Los primeros libros de mi biblioteca los obtuve de un naufragio empresarial de mi padre que tuvo en Panamá, hace varias décadas, una distribuidora de revistas españolas del corazón, tebeos y libros. De aquel hundimiento salieron a flote “Cien años de soledad”, “Poemas de otros” y “Los poemas del destierro y la espera”. Márquez, Benedetti y Alberti. Por allí por mi biblioteca siguen, obstinados y amarillentos por el paso del tiempo, orgullosos de haberme sacado a flote como lector. Hubo más autores, Asimov, Quevedo, Hesse pero esos tres fueron los héroes.
No me imagino un mundo sin libros, sin libros de papel, llenando estanterías y convirtiendo mi casa, casa tomada por ellos, en un laberinto de vidas que se cruzan, todas posibles, todas plausibles, breves como una novela o eternas como un microrrelato. La poesía encaramándose hasta el techo y el cuento, esquivo, huyendo por el pasillo hasta la cocina. La tenencia, lícita o no de libros en casa, provoca, las más de las veces, una apertura de miras que es muy sana.
Le cuenta Antonio Gamoneda a Jesús Marchamalo en su libro “Donde se guardan los libros”, que de niño, en su casa, solo había un libro. Al leer esto me sentí triste por el pequeño Gamoneda. Su madre le contaba de los libros que su padre tuvo en su biblioteca, libros dedicados por Valle-Inclán y Rubén Darío. Una madre cuenta a un hijo historias de una biblioteca, historias de los libros perdidos de su padre.
Gamoneda dice que aprendió a leer de ese único libro, un libro que escribió su papá, un poemario: Otra más alta vida. El título parece toda una declaración de intenciones. Un solo libro puede transformar cualquier vida en otra más alta vida. Gamoneda aprendió la magia de esa alquimia que es la lectura de aquel solo libro. Me lo imagino imaginando la casa llena de los libros que su madre le contaba, le imagino juntando letras, palabras y frases hasta llegar a los versos que le han convertido en el poeta que es. Un solo libro, otra más alta vida.
Un mundo sin libros en una vieja pesadilla apocalíptica que ya tuvo Ray Bradbury por todos nosotros en Farenheit 451. Asusta aquella clandestinidad en la que los lectores tenían que vivir memorizando libros para que el alma y la conciencia del ser humano no desapareciera. Pero ¿y si ese infierno fuera real ahora? Creo que Bradbury se equivocó y esa plaga contra los libros que el soñó está activa hoy, solo que los libros no son destruidos, son ignorados, y no son memorizados, son olvidados con conocimiento de causa. Leer, es cada vez más un acto contra lo más oscuro del ser humano.
Vuelvo al pequeño Gamoneda. Ese Otra más alta vida, ese poemario de su padre, fue su único nutriente durante la grisura de los fríos días de la guerra. Más allá de la cantidad de libros está la calidad de los lectores. Leer es un querer, es un deseo apasionado por ser iluminado y discutido. Es sentarse ante otros con el propósito de ver de otra manera. En estos momentos en los que las posturas para todo se enconan y se van a los extremos, la lectura ha de ser experimentada como una vuelta al equilibrio en todo lo que se discute. Hay un sistema al que le conviene los polos porque el equilibrio y la sana discusión de lo que nos pasa se clausura, no hay término medio, eso le viene bien a los que no desean que nos resolvamos.
Otra más alta vida es posible por medio de los libros. Bradbury acierta en su pesadilla al llenar el vacío dejado por los libros con personas que contienen esos libros. Al final, los libros vinculan, terminan por acercarnos. Verbo encarnado, dice el Evangelio, la palabra hecha persona. Otra más alta vida es posible, salgámosle al encuentro por medio de un buen libro.
