Conversaciones con Gregorio,
con fondo de "El sirenito" de Rigo Tobar

Francisco Alejandro Méndez

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En el DF o te volvés topo o te dan por toda la madre. Por eso, los tres días interrumpidos que estuve en esa capital, anduve en el metro y finalmente en taxi. Desde que abandoné el aeropuerto, maldiciendo al afanado burócrata que se esmeraba para que yo no entrara a su país. Tras meterme entre pecho y espalda varias negras Modelo, me sumergí en ese gusano eléctrico que se mueve a grandes velocidades más abajo del piso. Familias fatigadas tras una extensa y mal remunerada jornada, varios vendedores de discos piratas, con bocinas metidas entre mochilas colgadas en los hombros y uno que otro mexicano parecido a don Ramón, fueron mis acompañantes, durante ese par de horas que anduve en el vientre de esos animales de neón.

Mi amigo Carlos me recibió con alegría, pero con la pena de estar atravesando una imperdonable resaca, que le provocó rehusarse a disputar unos partidos de ping pong conmigo o a compartir un par de caguamas. Así, pues, me ofreció una habitación, en la que dormí como niño dios hasta el día siguiente.

A las cuatro de la mañana, me volví a transformar en clorofila, pues me zambullí en las fauces del gusano-metro, para regresar la ruta que había recorrido horas atrás. Todo estaba casi igual. Solamente que las familias viajaban contentas con la esperanza de realizar una leve jornada sobre pagada. Los distribuidores de diarios lanzaban al aire noticias de corrupción y decepciones futboleras. Algunas mujeres vendían chocolate, panes o jugos a todo aquel que aceptara el reto.

Tras los engorrosos trámites para entrar al vientre, pero de un avión, o sea que me volví alpiste o maicillo, encontré mi asiento. Abrí la novela de Sallis, para olvidarme de los burócratas con Ipad o con maletines electrónicos y de esa manera trasladarme a un Nueva Orleans sesentero con fondo de jazz, blues y bourbon.

El vuelo duró un par de horas, las cuales fueron divididas por las aeromozas, que ofrecieron jugos, a lo que me rehusé, por supuesto, apelando a mi derecho de pedir cerveza como mínimo.

Finalmente aterrizó el avión en Mérida. El panorama era extenso, verde, plano, pero, en ese momento, para mí, desolado. No conocía a nadie, ninguno me esperaba con un cartelito incluido mi nombre mal escrito o con un combo y mariachis.

Tomé la decisión de comunicarme con Mónica por medio del chat, para preguntarle por algún conocido. Subí a un bar en el que pedí con impaciencia una negra Modelo y un password para usar la Internet. Abrí el wifi de mi Iphone y me conecté. En ese momento encontré un mensaje de un tal Di Saurio. Pensé que se trataba de una broma o un spam. Sin embargo, estaba escrito mi nombre y el de Mérida. Entonces lo leí: Me avisas cuando llegués a Mérida. Respondí de inmediato, solicitando información para viajar del aeropuerto a la ciudad. Entonces leí: Amigo, estoy en el aeropuerto.

Me terminé la cerveza de un trago y bajé de inmediato. Comencé por un vistazo panorámico. Hasta que lo visualicé. Era de tez blanca, con abundante cabello, anteojos con culo de botella, pero con una gran sonrisa. Estaba acompañado de otro muchacho.

—Soy D. Saurio. Mucho gusto amigo. Has venido a encontrarte con Gregorio. ¿Verdad?

Tengo la mala costumbre de emitir juicios de las personas mucho antes de conocerlas. Mi intuición fue muy acertada, ya que de inmediato comprobé que se trataba de un tipazo. Me tendió la mano mientras me encontraba con Gregor, que a esas alturas, seguramente iba de viaje hacia Bogotá, para luego ingresar al aeropuerto.

Saurio me invitó a trepar a su enorme picop doble cabina, con aire acondicionado, buena música y alguno que otro pelo de perro.

—Vamos a realizar unos mandados y luego te llevo al hotel —me explicó, mientras se subía la montura de sus anteojos, observaba los mensajes de su teléfono celular.

Durante el trayecto conversó con algunos de sus manejadores. Me habló de diversos temas y de lo turístico de Mérida. Yo tenía el pensamiento en Gregorio. Si con alguien quería conversar, era prácticamente con él.

Tras conocer algunos amigos de Saurio y conocer los trámites burocráticos que significan realizar una de las mejores exposiciones caninas de México, nos encaminamos hacia mi hotel. Yo guardaba 50 dólares para emergencias, así que estuve a punto de decir algo como que prefería una pensión para mochileros, mientras nos acercábamos a uno de los mejores hoteles del lugar.

—Aquí se hospedarán algunos jueces, me explicó.

Saurio conversó con la mujer del escritorio y se acercó hacia mí con una llave y tras decirme que ya estaba cubierta mi habitación, me explicó que más tarde me recogería para ir a beber unas cervezas.

Así fue.

 

***** 

 

Durante buena parte de la noche disfrutamos de una agradable velada, gracias a la charla de un etiólogo, un juez, una manejadora sudamericana y por supuesto, Saurio, quien no dejaba de organizar la exposición girando órdenes a través de su teléfono inteligente.

Cada uno de los presentes me preguntó por Gregorio. Alguno apostó porque nuestra primera impresión, tras conocernos, sería formidable.

Un mensaje de chat interrumpió la conversación. La noticia era que probablemente Gregorio no podría ingresar México. Habían ocurrido algunos problemas en  Bogotá por lo que no era seguro de su arribo a Mérida.

La noticia me quitó cualquier posibilidad de borrachera. ¿Qué haría yo en Mérida sin Gregorio? ¿Cómo me iba a regresar a Guatemala completamente solo?

Como ya no hubo más comunicación con Bogotá, pues cada quien comenzó a especular al respecto. Poco a poco  la conversación volvió a su nivel, así que yo me relajé y me propuse probar todas las marcas posibles de cerveza mexicana.

Poco a poco mi risa se fue convirtiendo en menos escandalosa, hasta que mis ojos se cerraron completamente.

 

Amanecí en mi habitación, justo a la hora del desayuno. Bajé al lobby. Un mensaje ingresó con la noticia de que lo más probable es que Gregorio no arribaría en el avión de las 12:00 del mediodía.

Saurio envió a uno de sus grandes amigos a recogerme al hotel. Yus era su nombre. Un tipo serio, trabajador y con mucho que contar sobre sus ancestros. Viajamos en su auto hacia el aeropuerto, con la esperanza de que Gregorio hiciera su aparición. Me relató cómo me habían regresado a mi habitación la noche anterior.

La espera fue larga y ansiosa. Cada vez que un vuelo aterrizaba, la esperanza de que allí viniera se agigantaba, pero cuando terminaban de salir los pasajeros por el corredor principal, se volvía a apagar.

 

Finalmente apareció. Venía acompañado de una elegante mujer, quien me lo presentó. Yo sudaba a mares. Además de recibir la noticia de que debía pagar un poco de plata por unos papeles, la emoción de tener a Gregorio cara a cara y el calor de Mérida, yo me derretía.
Todos se fueron, hasta que Gregorio y yo quedamos solos en medio de los jardines del aeropuerto.

Se me quedó viendo como diciendo: —¿Me vas a sacar a orinar o qué?

Así lo hice.

Abrí la puerta de la jaula, le trabé la correa y lo llevé a que meara a una de las palmeras.

—Tenemos  mucho que conversar —le dije —porque quedan más de seis horas para que nuestro vuelo salga para el Distrito Federal.

 

 

Epílogo

Tras comer unas buenas dosis en la taquería de Ossama, reírnos de las gracias de Santiago,  dormí en casa de Carlos, quien me brindó amablemente su cama de agua. A mi lado, Gregorio dentro de su jaula, no muy conforme, pero dispuesto a que continuáramos conociéndonos.

Ossama me había ofrecido llevarme al aeropuerto por unos 500 pesos. Sin embargo, me explicó que él solamente podría a las cuatro de la maña. Nuestro vuelo salía para Guatemala a las 12:30, pero me pareció bien.

A las tres fuimos con Gregorio a un parque en el que corrió como venado, tras un par de días encerrado en su guacal.

A las cuatro estábamos en la taquería. Sin embargo Ossama nos explicó que su vehículo se había descompuesto. Así que no podría llevarme.

En ese momento comenzó el estrés. Con mis maletas y la jaula no cabía en cualquier taxi. Necesitaba un picop, al menos. Durante más de una hora busqué hasta que gracias a la ayuda de uno de los trabajadores de Carlos, conseguimos un picop que realizaba fletes. El tipo me dijo que 500 pesos. Accedí, pero cuando se estacionó y me ayudó a sacar la jaula de la casa de Carlos, una grúa de la policía municipal enganchó su auto y se lo llevó, debido a haberse estacionado en un lugar prohibido. El tipo corrió tras la grúa y se desapareció, como de esa manera se desapareció mi esperanza de llegar a tiempo al aeropuerto.

Un par de horas más parado y deteniendo a cuando auto pasaba por el bulevar, se detuvo ante mis ojos una van blanca. Tras negociar en 500 pesos el viaje al aeropuerto, desarmé la jaula, porque no cabía de esa manera y me subí. El conductor avanzó temerariamente, porque el tiempo apremiaba.

Al rato sentí un olor a marihuana. Efectivamente, la van parecía la de  Chic and Chon. El conductor me ofreció, pero Gregorio le gruñó. Continuó avanzando un poco sonriente, otro poco ahogándose.

Cuando viajábamos a mitad de camino, observé que un policía motorizado se pegó al conductor y le ordenó que se orillara.

Así lo hizo.

El uniformado de café, tras echarme un vistazo, le recordó que su placa terminaba en 1 y que ese día NO circulaba ese número de placa. El policía me pidió que saliera y que abandonara el auto, porque el chofer no tenía para pagar la multa o la mordida.

Le expliqué al agente de mi apuro en llegar. Sin embargo, él se hizo el duro por algunos minutos. Al final accedió. Los 500 pesos que iban a ser para el chofer, se fueron para sus bolsillos.

—Le voy a dar una clave, por si lo vuelven a detener —le explicó el sonriente motorizado.

 

 

El malencarado conductor me dejó en la Terminal 1. La mía era la 2, pero si no me bajaba de la van con olor a marihuana, me parecía que me podría haber ido peor.

Unos pasajeros me explicaron que estaba a 20 minutos a pie de la terminal donde salía mi vuelo. Armé la jaula, metí adentro las maletas, le puse la correa bien apretada a Gregorio y comencé a avanzar bajo un sol fulminante.

Un policía me detuvo. Me explicó que el perro NO podía ir afuera del guacal. Tenía que meterlo. Eso fue suficiente para que yo renunciara a llegar a la Terminal 1, pues de esa manera jamás lo lograría. Eran las 12 en punto.

Mientras me sentaba resignado. Se acercó un joven melenudo, con aspecto de roquero. Me explicó que había escuchado lo que me había dicho el policía. Me ofrecía su ayuda para llegar a mi destino. Entre los dos cargamos la jaula con Gregorio adentro y avanzamos.

Ya en el escritorio de la aerolínea, revisé mi billetera para ofrecerle algo, pero solamente encontré papeles. Me recordé que Carlos me había dado 10 ejemplares del libro de cuentos que publicó amablemente en su editorial. Le expliqué al melenudo que solamente eso tenía y se lo firmé. El muchacho sonrió y me explicó que estudiaba literatura en la UNAM.

La mujer de la aerolínea que recibió a Gregorio me vio de mala gana, pues solamente nosotros dos faltábamos para que el avión despegara. Finalmente me deseó buen viaje y mi amigo se perdió en la cinta que transporta las maletas.

Sin lugar a dudas eso representaba el nacimiento de una gran amistad.

Así fue.

Del Autor

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Francisco Alejandro Méndez
(Ciudad de Guatemala, 1964). Escritor y crítico literario. Escribe en los géneros de novela ycuento, además de publicar estudios fundamentales de la crítica literaria. Es nieto del escritor guatemalteco Francisco Méndez (1907-1962). Se graduó de periodista por la Universidad de San Carlos de Guatemala, egresó del doctorado en Letras por la Universidad Nacional de Costa Rica y realizó su especialización en Literatura Contemporánea Estadounidense en University of Luisville, Kentucky.

Ha publicado los siguientes títulos Graga y otros cuentos (Guatemala, 1991), Manual para desaparecer (El Salvador, 1997), Sobrevivir para contarlo (México, 1999), Crónicas suburbanas (Guatemala, 2001), Ruleta rusa (México-Guatemala, 2001), Completamente Inmaculada (Costa Rica, 2002), Reinventario de Ficciones (Guatemala, 2006), Les ombres du Jaguar et autres nouvelles (Francia, 2009), Juego de muñecas (Un caso más para Wenceslao Pérez Chanán) (Guatemala, 2012) y Triple Play (Costa Rica, 2013). Como ensayista ha publicado América Central en el ojo de sus críticos (Guatemala, 2005), Hacia un nuevo canon de la vanguardia en América Central (Guatemala, 2006) y Diccionario de Autores y Críticos de Guatemala (Guatemala, 2010).