Ernesto González Barnert (Temuco, Chile, 1978). Es coeditor de la antología PIB, Poesía chilena postdictadura (2014) y de los poemarios Trabajos de luz sobre el agua (2014), Coto de caza (2013), Arte Tábano (2010) e Higiene (2007). Obtuvo el Premio Nacional de Poesía a Mejor Obra Literaria Inédita por la obra Playlist (2014), el Premio Nacional Eduardo Anguita (2009) y el Premio de Honor Pablo Neruda de la U. de Valparaíso (2007). Mención Honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral (2005) y Mención de Honor en el Concurso Nacional de Poesía Joven Armando Rubio-Chilepoesía (2003), entre otros. Fue becario de la Fundación Neruda, de la Biblioteca Nacional-Fundación Mustakis, del Centro Cultural de España y de la SECH. En dos ocasiones obtuvo el Fondo del Libro: para el muestrario Poesía Amorosa Actual –edición braille- (2009) y para la serie de televisión Obturaciones (2011). Entre las antologías que recogen su obra están Cajita de música, Poetas de España y América del siglo XXI (2011), Regen der Gediche über Berlín (Bombardeo de Poemas sobre Berlín, 2011) y Un libro oscuro, 105 poemas oscuros (2012). Es licenciado en Cine Documental por la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y Diplomado en Estética del Cine por la Escuela de Cine de Chile. Actualmente es Productor del Espacio Estravagario de la Fundación Pablo Neruda.
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Always on my mind
Ya sé que esta noche no te la canté como Elvis,
aún apagando las luces en esta ciudad no se ven estrellas
y por borronear en mi ley no podemos dormir juntos,
tienes que seguir volviendo a casa de tu abuela.
En la de los míos espero me cuentes la jornada por teléfono.
Sabes, estoy durmiendo poco. A veces me paso horas soñando
con todo lo que queremos. Hay días en que no salgo del cuarto
pero te canto con tanta decisión que siento me perdonas
haberte arrastrado al foso de la poesía, no poder escribirte un poema
como Annabel Lee.
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Me recalientas cuando tapada con una toalla te secas el pelo
o sobre la cama te buscas pelitos locos en las piernas
en ese calzón que costó más que mi biografía de los años rusos de Nabokov
o cuando con un algodón apenas mojado en acetona
limpias lo que dejaste de pintura en las uñas
después de ver una película horrible en Cinemax
¿Qué chucha le pasó a Cinemax?
Y no te explico lo que es verte agarrar el secador
y apuntarte.
O cuando me pides favor que te ponga calcetines
o muerdes una galletita con mermelada en la cocina.
¿Por qué dejas la puerta abierta del baño?
¿Por qué actúo como si no se me estuviera permitido
más que ver y guardar silencio?
Ese vestidito, cebrita, no calmó nada.
Tomarte el pelo con las manos
con un pinche con forma de mariposa entre tus labios,
menos.
Mientras una naranja en la mesa del velador
recibe el corte oscuro de la persiana.
Tu gatita por primera vez se sube a mis rodillas.
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Hansel y Gretel
¿Hace cuánto no escribes
Ernesto?
¿Por qué no lo haces sobre niños
encerrados con llave por sus padres
echados por su madre al bosque?
Ahora que rehúsas bajar de la tarima
y sin conejos en el sombrero, con nariz de payaso
revuelves mies y farsa con el lápiz.
¿Crees que seguirán el pájaro blanco,
bastará un hueso entre barrotes a la bruja?
¿Te salvarán del desierto
y esta sequedad a latigazos de bloody mary,
viejo caballo del horóscopo chino?
Nada de refrescos: hielo.
Y no digas que hace frío
porque cualquiera puede abrigarte.
Tiene que haber injusticia,
de lo contrario no acabarías nunca.
Tienes que decir la verdad
aunque nada cambie.
Pero esta tarde de sábado invernal
el corazón es una plumilla de raqueta en raqueta
y la poesía dos hermanos que nunca se cayeron bien.
Simplemente dejaron de hablarse
después de que la madre, fácil de grito
los conminara guardar en plena batalla sus ejércitos
con un empate salomónico.
Por cierto, los hermanos Grimm, crueles
jamás dejaron de hablarse
por temor –como en sus cuentos- de que fuera para siempre.
Jacob y Wilhelm
nunca escribieron para niños.
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A veces, de golpe, con unas copas de más
quedo frente al espejo al final del pasillo
no sé si puesto para aterrarme o enmarcar: no hay salida.
Y claro, no soy un vampiro sino un pez globo
o si lo prefieres la clase de militar que se lleva de Hawai
la lámpara de una chica hula.
O como me decías ayer apretando con su propio hilo
una bolsita de té: un gángster
porque soy víctima de la depresión.
Alguien que culpa a los libros infantiles
que rápidamente marcó con su nombre.
No te asustes, algún día entenderás
que no importa que se destruya todo.
Lo que importa es que no salgas lastimada
ahora que perdono a los que me aburren
pero no a los que aburro.
Al día siguiente, en la resaca más inclemente
daré un paseo veneciano por los canales de dibujos animados,
nunca pude soportarlos más de una hora.
Pero esta noche, como Cristóbal Colón, no puedo alardear
de haber descubierto un continente
sino de meter el pimiento.
Por supuesto, si alguna vez apoyé la cabeza
en la taza del baño
fue cuando las que me ayudaban en la tarea de matemáticas
sabían que no podían hablarme en el recreo.
En mi última pesadilla era el único espectador
de un challenger estival, jugado al mediodía
por dos efebas en jumper. Arbitraba Juan Villoro
que en un momento x
se daba vuelta en su atalaya
y me decía: Somos hijos de Pedro Páramo.
Hombres parcos a quienes la vida arrincona
hasta hacerlos elocuentes. Le hubiera respondido
que la poesía dos rubios, deslavados y canijos,
Axl y Kurt, dándose con todo en los 90´s
por el título de los pesos pesados,
pero no atiné.
A veces, de golpe, con una copas de más
quedo frente al espejo al final del pasillo:
velo por ti misma.
