Veinte años después, Onetti regresa a Santa María

Jorge Martínez Jorge

Jorge-Martinez-Jorge-opinion-2-OtroLunes34

 

Era noche de viernes y el doctor Díaz Grey había elegido el lugar más oscuro del bar del Plaza, lejos del mostrador ocupado desde temprano por Marcos, sus amigos y las mujeres. Desde allí le llegaban voces airadas alternadas con susurros, junto con las miradas furtivas que hablaban de política y de barrer basuras que estarían llegando a sus mismas casas y era menester limpiar con presteza.Estaba acostumbrado y si no fuera porque esa noche esperaba a un invitado muy especial, ni siquiera les habría prestado oído. Temprano en la mañana había pasado por la Botica de su amigo Barthé y le comprometió a que esa noche le acompañara a darle la merecida bienvenida a un viejo amigo de todos ellos, al que los años y la vida había llevado lejos de Santa María, pero que hoy estaría llegando de visita en el mismo tren donde en la tarde había llegado el amigo Larsen, se acuerda de él?, preguntó Díaz Grey al boticario, sabiendo que nadie podía esperarle con tanta ansiedad como su amigo, sobre todo porque con Junta venían ellas,  las que al decir del Cura y su cohorte vendrían a traer la perdición a la, hasta ahora, incorruptible ciudad.

A pesar del traje y sombrero negro metido hasta los ojos, el doctor Días Grey no dudó un instante en afirmar que el extraño personaje que atravesaba con paso vacilante la plaza en diagonal era Larsen, aquél enigmático individuo, siempre gris, siempre abotonado, que otrora a diario depositaba su humanidad en la administración de El Liberal y que el ingenio popular había bautizado como Juntacadáveres, Junta a secas para sus amigos.

Mientras veía a su amigo llegar cansinamente hasta el bar, Díaz Grey rememoró el pasado viernes, cuando en la mañana temprano, nada más llegar al consultorio, había reparado en el extraño sobre que descansaba sobre su escritorio. Con matasellos de España, sin fecha legible, nada más mirar la letra enrevesada le pareció conocerla, aunque el dorso en blanco se encargara de ignorar al remitente. Abrió la carta con una mezcla de recelo y extrañeza, para encontrarse dentro de ella una escueta nota dirigida al amigo doctor Díaz Grey, en la que el corresponsal le anunciaba su regreso a Santa María, apenas por un día, mi amigo, luego de tanto tiempo que al doctor le costaba no solamente ponerle una cara al nombre del firmante sino un tiempo en el que hubieran compartido tragos y anécdotas, como éste, el firmante, se ocupaba de recordarle. Cuando pasó a invitar a Barthé a acompañarle esa noche, al boticario le sucedió otro tanto, aunque se hubiera cuidado muy mucho de confesárselo a su amigo el doctor; el tal Don Juan que anunciaba su visita parecía haber sido parte importante en sus vidas y en la de la propia Santa María, desde su fundación misma según le dijo Díaz Grey, pero a él se le escapaban los detalles.

La media hora que les separaba desde la llegada de Larsen y la anunciada por el invitado, se fueron en la bienvenida a Junta y al agradecido desplante de Marcos y sus amigotes, borrachos y belicosos como parecía ser su estado natural agravado por el regreso del ex administrativo de El Liberal y ahora, convertido en empresario en rubro non sancto que no iba a contar, faltaba más, con la complicidad de la gente de bien de Santa María, dentro de las cuales los susodichos se incluían sin pudor.

Cuando aún estaban promediando las investigaciones sobre las características que adornaban la belleza de las chicas que acompañaban a María Bonita, y las que con más razón aderezaban a ésta, abriéndose paso entre la porfiada parquedad de Junta cuando de éstos asuntos se trataba, el aire se detuvo y la puerta batiente de la entrada emitió su clásico chirrido para anunciar el ingreso de un nuevo parroquiano. Tras la débil luz proveniente del exterior,  se recortó la silueta de un individuo alto y desgarbado, vestido con un traje que habría conocido mejores épocas y con un sombrero ladeado de compadrito porteño que avanzaba, lento y taciturno, como si su figura no pesara más que el propio aire.

En el momento que el doctor Díaz Grey y el boticario atinaban a levantarse a recibir a quien seguramente era su invitado, mientras Larsen seguía envuelto en la nube de su propia pena secreta, una voz grave y cavernosa víctima de años de alcohol y tabaco se les adelantó.

Mi querido doctor! ¿Cómo está usted? ¡Tantos años sin verle! Y usted, Barthé, pero si está igualito!, como si no pasaran los años, eh? Ah, buenas noches amigo, usted es Larsen, no? Años también que no le veía, tanto que no le hacía de vuelta en Santa María, sabe?-

Hubo un apretón de manos a cada uno y los pedidos de las copas, compañeras que habrían de facilitar la conversación con el recién llegado, hombre que por la manera como les trataba parecía haberles conocido desde siempre, aunque a todos ellos les siguiera costando fijar un año en que hubieran compartido mesa e infortunios, como sin dudas lo habrían hecho, simplemente que los años habían ido acumulando polvo encima de los recuerdos y ahora andaban necesitando un poco de plumero y trapo para limpiar la superficie brumosa de un pasado incierto.

Don Juan Carlos!-, exclamó Díaz Grey, cuando la débil luz de la memoria llegó hasta su mente y le trajo la cara de quien, con justicia, podría haber ocupado el lugar de aquél a quien ahora la lechosa luz de la luna creciente iluminaba en su eterno cabalgar un caballo quieto en el bronce congelado de su improbable hazaña de fundador de Santa María, ciudad con tan pocos oropeles como para merecer semejantes alardes ecuestres, –pero si ha pasado tanto tiempo que casi no le reconocemos, hombre!

En efecto, mis amigos, han pasado muchos años…tantos que ni sé cuántos…Para ésta noche, cuando he salido de El Pozo que era Tierra de Nadie, he dicho Los adioses a ésta Vida Breve, he estado Tan triste como ella, he visto La Muerte y la Niña y frente a Una tumba sin nombre me he dicho que quizás esa era La cara de la desgracia, pero que, Cuando ya no importe, cuando estemos Tan triste como ella, que Cuando entonces, mejor Dejemos hablar al viento y que él nos diga que a pesar de La Larga Distancia es tiempo de recordar a Jacob y el otro, de ver otra vez El Astillero y volver a ver a mis queridos amigos, Juntacadáveres querido como el que más, sin que ello vaya en desmedro de mis entrañables Díaz Grey y Barthé, a quien siento no he dejado de ver nunca a lo largo de tantísimo tiempo…

-Don Juan!!! – se exaltó el boticario, -pero si creíamos haberle perdido para siempre…usted, el escritor, que bien puede posar de hijo como fungir de padre de ésta Santa María que, ya lo ve, está tan igual y tan distinta como la dejó usted…apenas si con el amigo Larsen andamos consiguiendo aquélla vieja aspiración nuestra, recordará usted?-

-Tanto tiempo sin noticias suyas, Don Juan- apostilló el médico, mientras Junta guardaba un respetuoso silencio acorde a su persona- si nosotros le hacíamos en Montevideo, esa pequeña ciudad gris y brumosa, recostada al río marrón, que de tanto nombrarla y hacernos recorrer sus calles, sus boliches y sus burdeles, nos hizo creer que era de verdad nomás, y tal vez lo sea, que con usted nunca se supo nunca qué era cierto y qué no…-

-Cierto doctor, créame que me siento un poco culpable de haberles abandonado tanto tiempo sin noticia alguna…al fin y al cabo me siento parte de esto…pero ahora que lo menciona, hace veinte años, ¡veinte años ya!, que abandoné ésta tierra y éste tiempo, y dígame usted, que de seguro -al igual que los amigos- leen El Liberal a diario, les ha llegado alguna noticia desde Montevideo relacionada conmigo? Ya saben que a los que pasamos por la vida inventando vidas al cabo de los años, a algunos, no todos, que todos tenemos suerte diversa, se les recuerda y conmemora con fastos que en vida ninguno estaría dispuesto a dispensar…hubo algo de eso éste año por la Fiel y Reconquistadora?- preguntó Don Juan, con su barba blanca perdida detrás del humo de un cigarrillo negro que hacía lagrimear sus ojos cansados, más que cansados como aburridos de ver lo que ya no merece ser visto.

-Nada Don Juan-, se apresuró a anotar, con tristeza y desazón el doctor Díaz Grey, afanoso lector de cuanta cosa pudiera catalogarse de noticia, –apenas hemos sabido que por España sí, le han dispensado no pocos homenajes, pero en su Montevideo, pues ahora que lo dice, nada, bueno como que casi nada, apenas alguna notita suelta en un diario escrita por algún lector consecuente…pucha que es ingrata la vida, no?-, terminó el doctor mientras alzaba su mano pidiendo otra ronda que distrajera la amargura que había andado gambeteando sus palabras a medida iba viendo el desencanto en la mirada del viejo escritor, condenado al peor de los destierros, el de la memoria.

-No se apene, mi querido doctor, amigo Barthé y Larsen, demasiado bien supe lo que era eso que usted llama destierro…siempre lo supe, hay Tiempos de abrazar y otros que son tiempos de olvidar…

 

En homenaje a Juan Carlos Onetti, Montevideo 1909 – Madrid 1994, a quien ninguna mezquindad humana podrá quitar la grandeza de su arte.  Salud eterna, Maestro!

 

 

Del Autor

jorge-martinez-jorge

Jorge Martínez Jorge
Escritor y periodista uruguayo independiente, radicado en Punta del Este, Maldonado, Uruguay Como periodista ha colaborado con medios de prensa escritos locales y regionales (Revista La Plaza, Semanario Palabra) habiendo sido columnista y editorialista del Diario La Región de Maldonado, publicando además columnas de opinión en su blog El Mirador Independiente. Como escritor ha publicado en diversos medios digitales (El Libro de Arena, Unión Hispanoamericana de Escritores, bajo el seudónimo Lectoradicto), ha colaborado en género Narrativa y Poesía con publicaciones digitales como Molino de Letras. Publica periódicamente relatos y cuentos breves en su blog “El sitio literario de Lectoradicto”.