Nunca he podido escribir sobre el viaje a las marismas, aunque el tema lo he cargado entre pecho y espalda por casi diez años. Es posible que el texto que ahora escribo y que ustedes leen no sea fiel ni al recuerdo ni a los sentimientos ni a los impulsos. En breve, puede ser simplemente una mentira, mi mentira. Me miento a mí mismo para decir que ahora sí, finalmente puedo escribir sobre el viaje a las marismas de la costa de Luisiana. Quizás por eso mismo este ensayo desde ya está condenado al fracaso, pues cuando uno escribe se oculta, pero difícilmente se miente a sí mismo. También éste es un escrito sobre la vergüenza, la de tener miedo, o peor aún: darse cuenta con los años de que no había trascendencia alguna en ese viaje de julio del 2005, que fue una experiencia menor, como ocurre con la mayoría de nuestras desgracias, la medida de nuestra pequeñez de seres humanos.
Sin embargo, tal vez hubo algo en esos dos días que sirvieron de premonición a lo que vendría después. Escribir puede ser también mostrarse, y por eso es tan difícil volver a ciertos momentos de la vida para narrarlos. Para protegerse en estos momentos de enfrentamiento entre la necesidad de mostrarse y el acto de esconderse, la memoria se vuelve fundamental. Pero la memoria juega sus propias cartas. En mi caso, se ha dedicado a volver confusas las imágenes y el orden de los acontecimientos. Las conversaciones han desaparecido por completo, pero los pequeños detalles saltan de vez en cuando no se piensa en nada, y yo no entiendo el porqué. A pesar de haber intentado convertir la experiencia en olvido, las marismas siguen ahí, como el dinosaurio de Augusto Monterroso. Así que asumo el fracaso y trato de nuevo de escribir.
Un artículo reciente del New York Times me hizo recientemente volver a las marismas. La pieza era sobre John Barry, el autor de un poderoso libro sobre la historia del río Mississippi, titulado Rising Tide. En él, Barry cuenta de los muchos intentos para dominar el río con el fin de volverlo provechoso para los humanos. Rising Tide es también el relato de la decadencia de una ciudad, Nueva Orleáns, la que a finales del siglo XIX era una de las más ricas del país y que vino abajo luego de la inundación de 1927. La historia no es la de una ciudad anegada, donde toda la riqueza material y cultural se pierde a manos de un evento de la naturaleza. Por el contrario, como en el 2005, es a los hombres a quienes se les debe señalar como responsables. En algún momento el cauce del Mississippi empezó a crecer peligrosamente. Se creía que los diques no aguantarían, que las paredes que contienen al río en su paso por la ciudad—convirtiéndose en una serpentina—se iban a romper y con ello el agua tomaría calles y edificios. Entonces, los que detentaban el poder decidieron sacrificar las comunidades al sur de Nueva Orleáns. Ordenaron que se dinamitaran los diques que protegían la zona más cercana al mar y que se dejara anegar todo: pueblos, cosechas, tradiciones. Como consecuencia, se perdió el precario equilibro entre las minorías negras y la mayoría blanca, se inició un éxodo hacia el norte, buscando los afroamericanos nuevas oportunidades en regiones menos agresivas. Para terminar, como una maldición, el país le dio la espalda a Nueva Orleáns, y ésta siguió reculando hasta que en el 2005 recibió un golpe de gracia.
Pues más recientemente, John Barry se ha lanzado a una cruzada para detener el deterioro de la costa de Luisiana. Se ha documentado que el estado pierde cada hora un área equivalente a un campo de fútbol americano. Publica el New York Times que si tal cantidad de tierra se diera en la Gran Manzana, ésta desaparecería del mapa en cuestión de un año. La tierra cerca del mar en el Golfo de México se ha debilitado tanto que simplemente se hunde en el agua. Eso hace que ciudades tierra adentro, Nueva Orleáns incluida, podrían convertirse en ciudades costeras en apenas unos años, y luego también desaparecer. Barry quiere demandar a las compañías petroleras y a las que extraen gas natural, a quienes acusa de ser responsables de la erosión. ¿Hay alguna manera de evitar o al menos retrasar la desaparición de todo ese terreno? Sí, con marismas.
En julio de 2005 me invitaron a visitar un proyecto de reconstrucción de marismas en Cajun country, esa parte del estado de Luisiana fundada por emigrantes francófonos originarios de Canadá. La principal actividad económica es la pesca, desde camarón hasta cangrejo. Éramos siete personas, incluyendo una argentina que estaba haciendo un postgrado en biología. Primero nos detuvimos a ver los barcos camaroneros que reposaban en pequeños muelles construidos a lo largo de canales. Las casas estaban construidas de tal manera que los dueños de cada embarcación podían verla desde su cocina, como si los canales fueran parte del patio trasero. Cada mañana los barcos salían con las redes replegadas como brazos a lo largo de un cuerpo; una vez en aguas abiertas, se abrían igual a alas de mariposa.
Nosotros tomamos al sur de la pequeña ciudad de Monroe, hasta Cocodrie, donde había unas cuantas casas y edificios universitarios—dormitorios, salones de clase, laboratorios—levantados sobre pilotes altísimos para mitigar los efectos de las recurrentes inundaciones. Los cuartos tenían un balcón con vista a unos pantanos de superficies redondeadas, muy verdes, como si fueran motas cubiertas de musgo. Los anfitriones nos advirtieron, quizás en broma, no bajar a oscuras de los edificios, pues en esos pantanos vivían lagartos, y que no era inusual verlos llegar hasta el mismo pie de las escaleras. También había un bar donde la gente se reunía a comer crawfish y pescado frito, a bailar música regional y participar en competencias de dardos o partidos de futbolín. Nada del otro mundo, pero en Cocodrie, ése era el mundo. Así que nosotros nos sumamos a lo que el pueblo ofrecía. Hubo cervezas, mucha comida, horas de baile, gente nueva por conocer.
Al día siguiente tomamos unas lanchas rápidas hechas de aluminio. Saltaban sobre el agua, haciéndonos sentir que cabalgábamos sobre piedras. Nuestros guías eran profesores de Nicholls State University. Llegamos al primero de muchos islotes. En realidad una marisma no pasaba de ser eso: arena, hierbas, desolación. Esta en particular tenía una playa de conchas, los restos de una tubería enorme que se metía al mar, y al fondo una cabaña. Las paredes estaban despintadas, pero la madera no mostraba un deterioro significativo. Había unos rústicos muebles de cocina, y un aire de abandono reciente, como si quienes habitaban esa marisma hubieran salido de repente, dejando la puerta abierta. ¿Quién pudo haber vivido en esas soledades? Alrededor solamente se podía ver el mar infinito. ¿Y la tubería? Nadie pudo explicar su uso, pero tal vez en algún momento por ahí pasaba valiosa mercancía (petróleo, gas natural) y desde la cabaña un vigilante tomaba nota de que todo el proceso estuviera bien, o se dedicaba a avistar la inmensidad por si acaso terribles enemigos estuvieran por tomar posesión de la marisma. En el suelo de la cocina habían dibujado la silueta de un muerto, como lo hacen en la escena de un crimen. Varios de nosotros nos tiramos a simular a que éramos la víctima, posando para una foto en la que aparecíamos sonrientes pero con el cuerpo completamente desencajado. Entonces jugamos un rato al detective, y el vigilante de las primeras conversaciones se convirtió en un cadáver para unos, y en un cruel, loco asesino para otros. El dibujo en el piso nos sugería muchas historias, aunque casi todas pasaban por las rutas de la locura, de la ambición o de la venganza.
De ahí fuimos a otras marismas a aprender cómo se iban creando a partir de arena y de hierba. Poco a poco, las raíces de la vegetación ya existente empezaban a expenderse y a abrazar la arena que traían pequeños barcos. Bajo la superficie se iba creando una red que sostenía el islote, compactando el material vertido desde los barcos. En algunas ocasiones vimos pájaros que anidaban entre las plantas, crustáceos y hierba ya muy alta que el viento movía. En época de huracanes, esos modestos islotes eran el primer frente para detener la furia del viento. Gracias a ellos las tormentas se desaceleraban, protegiendo las comunidades costeras.
Regresamos a Cocodrie, al bar, a la música zydeco, la cerveza y el futbolín. Al día siguiente tomamos la carretera de vuelta a casa. Al pasar por un pueblo vimos un jardín de esculturas multicolores, todas talladas en madera. Nos detuvimos y el vecino de al lado nos hizo un improvisado tour. El jardín contaba la historia de un hombre desde su nacimiento (en realidad bajaba de un árbol como si fuera una criatura que venía de los cielos). Vimos su juventud, su caía en los vicios, la posterior redención gracias a la mano de Dios. El vecino nos dijo que todo lo representado en el jardín era cierto, y que el escultor, una vez vuelto al buen sendero, se había echado a andar hacia otro estado. Nosotros nos maravillamos, sobre todo por el empeño del artista de plasmar sus obsesiones y tormentos en el espacio reducido del jardín. Agradecimos la gentileza del vecino y prometimos volver pronto. Nunca lo hicimos, ya van casi diez años y quienes fuimos a ver las marismas no hemos vuelto a hablar del viaje.
Cinco semanas después el huracán Katrina arrasó con el pueblo de las esculturas, con Cocodrie y las marismas.
