La mala experiencia del migrante
Un inmigrante puede venir de cualquier parte y donde vaya tiene el síndrome del exiliado. Vivir en un país extranjero, oí decir al standupero venezolano Laureano Márquez, siempre es un Plan B. El Plan A es construir el país donde uno nació y merece vivir. Lástima que en ocasiones el Plan A es imposible y para el pueblo judío el Plan A, históricamente es casi una entelequia. Sin ser un pueblo nómade, sus casi seis mil años de historia están marcados por la dispersión por el planeta. Ni siquiera el Estado de Israel, con poco más de 60 años de existencia, logró constituirse en la nación en la que todo judío quisiera vivir.
A Denise León (Tucumán, 1974), este sufrimiento y este pendular no se le escapa ni un poquito. Nieta de inmigrantes sefaradíes, mágister en Lengua y Literatura y Doctora en Letras, creó un poemario que es un alhajerito de tradición judía y femenina. Ya desde su título hace referencia a ese espacio en la anatomía femenina que no se sabe muy bien para qué sirve: El saco de Douglas. En 1793, James Douglas describió el peritoneo y halló que en las mujeres hay un saco o bolsa; es el espacio entre el útero y el recto, espacio que debe estar vacío de fluídos para considerárselo sano. Dado que la salud es un valor negativo (recién cuando estamos enfermos sabemos que éramos saludables), el saco de Douglas parece cumplir este efecto en la poesía de Denise León: cuando te duele, sabés que hay un algo que no sabías que existía y no sabés cómo curar.
Escrito en prosa poética, el libro está dividido en tres partes, que hacen referencia a tres inmigrantes judías y sus épocas históricas: Luisa, que en 1914, sale de Esmirna, dominada por los turcos; Klara que en 1939 abandona la Europa nazi y Alegre que en 1971 intenta adaptarse a una Argentina donde se huele el tufillo de la violencia que vendrá. En los tres casos, la experiencia inmigratoria está marcada por la desazón. Dice Luisa: “Desde que el gallo ha cantado mi carne y mis huesos son piedra: la hora de la partida se esconde en mis labios –mansos- como perras” Dice Klara: “entonces mi madre escribe: por desgracia vivimos todavía” y “Mi madre tenía sólo veintincinco años cuando escribió por desgracia vivimos todavía”. Dice Alegre: “llega un tiempo en que ya no se dice Dios mío. Es un robo o no lo es. No es una traición, o sí. No es perjurio ni crimen. No puede matar o sí. Resulta inútil. Y los ojos no lloran. Y las manos hacen el trabajo cotidiano. Y el corazón está seco. Y el mundo no pesa más que la mano de un chico sobre los hombros”. La conclusión de las tres migrantes, ese desencanto eterno del que anhela algo a lo que no se puede volver, porque ya es un imposible la vuelta, está resumido en los versos que, de alguna manera, evoca la tristeza del pueblo judío por su condición: “No nos salvamos porque lo merecemos. Nos salvamos porque somos amados. A veces no nos salvamos”.
Como si fuera poco y que para el lector que disfruta de la poesía (de las palabras y de la música de las palabras) la autora traduce al judeo-español los versos escritos en la parte de Luisa, la inmigrante sefardí. El judeo-español, antes llamado ladino (palabra que empezó siendo sustantiva para referirse a una persona judía y acabó siendo adjetivo por traidor y felón), era la lengua hablada por los judíos que habitaban la España (la Sefarad) de antes de la diáspora sefardí. Cuando ascendieron los Reyes Católicos se procedió a la expulsión de todos los judíos del país, a su conversión al catolicismo o directamente a la ejecución por parte de la Inquisición española. Los judíos marcharon de Sefarad llevándose su lengua la cuenca del Mediterráneo (Francia, Italia, Grecia, los Balcanes, Turquía, Marruecos, el norte de Africa), una lengua que hoy por hoy suena más similar al Libro del Buen Amor del Arcipestre de Hita que al hebreo bíblico.
Después de El saco de Douglas, Denise León publicó Templo de pescadores (Alción, 2013) y el ramillete que hasta ahora constituye su obra Poemas de Estambul (Alción, 2008) y El trayecto de la herida (Alción, 2011), la sitúan como una de las más brillantes poetas argentinas de las nuevas generaciones.
Poema
llega un tiempo en que ya no se dice Dios mío. Es un robo o no lo es. No es una traición, o sí. Resulta inútil. Y los ojos no lloran. Y las manos hacen el trabajo cotidiano. Y el corazón está seco. Y el mundo no pesa más que la mano de un chico sobre los hombros.
Poema
son variados los modos en los que una cosa está en otra. Una mujer cuida a un chico no está en el chico del mismo modo que un pájaro está en un árbol. No de la misma manera que el susto está en el pájaro que huye y en el borde de la sombra, la naranja. La mujer está en el chico como un árbol sin voz, como un árbol sin pájaro, como un pájaro que deja su huella en el aire.
de El saco de Douglas, de Denise León (Paradiso, 2011)
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Sesgada
Talvez para ser mujer y estar bien parada en el mundo, lo mejor es no ser mujer del todo. Tener ciertos hábitos de, por ejemplo, los pájaros y mirar la vida de costado, con un solo ojo. Tal el pensamiento de Mercedes Alvarez (Tandil, 1979) en su libro de poemas Imitación de los pájaros. A caballo entre la inocencia submedicada de la Amélie de la película y la desfachatez en verso libre de Idea Vilariño, Alvarez surca con sus poemas el universo de las mujeres que pasan mucho de su tiempo –sobre todo el mental- dedicado a los hombres. No tiene nada malo, casi es una inclinación natural, o mejor dicho, una segunda naturaleza: después de todo las mujeres inventamos el amor para tolerar a los hombres. (Y los hombres, por supuesto tienen el derecho a decir la misma cosa, aunque ellos pongan el acento en el deseo y nosotras en el relato de la fábula amorosa). ¿A quién un mal amor no le rompió el corazón? ¿Quién no pensó alguna vez, que de amor nadie muere, aunque los hospitales estén hasta el tope de estadísticas que afirman lo contrario? ¿Quién no corearía el poema Desesperanza de Anne Sexton cuando afirma “ ¿Quién es él? / (…) /¿El amor que dijo siempre, siempre / y luego te atropella como un camión?” ¿Quién no se pasó a veces el día y las horas crepusculares, con el pulso agitado, parada en una pata como las aves zancudas, esperando por aquello que la madre y la abuela, las tías, la madrina, dijeron que existían, y empezando a cavilar que si existe, quizá es mejor que pase de largo? ¿Quién no leyó afanosa la vida de las grandes actrices, o más aún, de las rubias comediantes de la industria del cine, para darse cuenta que las cosas no parecen ser como las contaba en tal o cual ocasión Goldie Hawn, ni Meg Ryan, ni Cameron Díaz? ¿Quién no sintió que la carga cultural sobre lo que debe ser la vida amorosa de una mujer, puede llevarte a vivir media vida –o una vida entera- equivocada?
En Imitación de los pájaros hay consejos asépticos y escépticos sobre el vestido de novia, apreciaciones sobre las ex esposas de los actuales amantes, recomendaciones a los futuros amantes, a las futuras novias. Vivir de acuerdo a la comedia romántica de Hollywood no puede traer sino decepciones; también Mercedes Alvarez tiene sus propio vademecum sobre el arte de perder. Hace sesenta años, Bishop escribía: “El arte de perder no es difícil de aprender / Basta perder algo cada día / para aprender que / perder no es –¡convéncete!– una catástrofe”. Hoy, Alvarez escribe: “Fuimos / grandes amantes / de una sola noche. / Tuvimos / una pareja perfecta / de una tarde entera. / Todo matrimonio / debería durar / un solo día.” Sin duda, la poesía es una herramienta bastante avezada para hacer comprender a los lectores (y al poeta en cuanto lector de su propia poesía y de la poesía toda) la fragilidad de los afanes y nuestro estúpido aferrarnos a una moral que no hace sino momificarnos.
Imitación de los pájaros es un compilado de 54 páginas sobre la vulnerabilidad y la decepción de la femenina. Y siempre, sobre eso, hay algo que aprender.
Recomendación a las futuras novias
Que sea blanco el vestido
para que destaque sobre él el rojo de la sangre
si por casualidad se pinchan un dedo.
Que sea azul la ropa interior
pero solo si sus ojos son azules
para poner en consonancia
lo que se ve con lo que no se ve.
Los zapatos, de taco fino.
De raso la cinta que anude
el talle – también fino –
de la cintura marcada
por los dedos de tantos impúdicos amantes.
Cásense si están hartas
de repetir siempre la misma ceremonia
pónganse corona de flores
maten con su perfume el perfume del jazmín.
Como los perros
elijan al marido por el olfato.
Las mujeres de mi familia siempre tuvieron
Las mujeres de mi familia siempre tuvieron
para la tragedia
un gran sentido de la oportunidad.
Mi abuela murió un viernes a la noche
mi madre se accidentó un domingo al mediodía.
Los nietos y los hijos
viajamos con nuestros bolsos
desde nuestras casas
no tuvimos que salir corriendo
del trabajo o del gimnasio
parar un taxi en plena calle
maldecir el tránsito.
Llevamos nuestros celulares
nuestros cargadores
nuestra ropa interior
la ropa de abrigo
junto con la pena. Vi a mi madre
en el hospital
después de la tragedia
víctima de sus buenas intenciones
la cara lívida
y un ojo destrozado
por intentar salvar a un gato.
“Ese gato – le dije-
debería estar muerto”.
Pero ella
que apenas podía moverse
me sonrió misteriosa
y su ojo sano tenía
el resplandor de fuego
de los ojos
de algunos animales heridos.
(De Imitación de los pájaros, Zindo & Gafuri, 2013)


