No sabía quién era Lezama. Y durante mucho tiempo creyó que Lezama era el viejo negro que siempre encontraban sentado en las escaleras de la entrada del edificio. Luego le tomó gusto a la lectura y profe de literatura siempre decía que era El Maestro, que había que leerlo, y confiesa que lo intentó pero, qué va, no podía avanzar, y llegó a convencerse de que Lezama, como muchos escritores, se metía unos cuantos pitos de marihuana para escribir o estaba loco, porque una gente normal no escribe así, tan enredado.
Un amigo del barrio, delincuente que se dedicaba a la venta clandestina de obras de arte, le había dicho que allí, en el número 160, donde ahora está el cartel que dice “Museo José Lezama Lima”, había vivido “un gordo enorme, loca de carroza, que siempre andaba metido en sus libritos y su escribidera”, y le aseguró que uno solo de los libros más viejos que guardaban en aquel museo podían valer cien o doscientos dólares en el mercado negro.
“No se hable más”, se dijo y le metió mano al asunto. Entró en la casa de madrugada, como a eso de las dos y media, después de haber llegado a Trocadero sobre las doce. Estuvo esperando en casa de una jinetera, antigua compañera de estudios. Esa noche estaba con un italiano platudo, que se alojaba en el cercano Hotel Inglaterra, de manera que tuvo el apartamento para ella sola, y pudo analizar bien por dónde y cómo sería la mejor manera de colarse en la casa de Lezama. No tuvo que romperse mucho la cabeza. Mirando a través de una persiana que apuntaba justamente al patio del museo, descubrió que una de las puertas debía estar rota, o con el seguro interior flojo, pues no cerraba igual que las otras, y se dijo que por allí entraría. Y así entró, apenas dando a la puerta un par de secos empujones para que el seguro cediera. Y como por un raro instinto algo la hizo caminar hacia un estante donde encontró algunos libros viejísimos, entre ellos una edición del Quijote de 1600 o algo, que metió en una bolsa. Después miró a ver si no había gente en la calle y salió por la misma puerta de entrada.
Un tesoro increíble, según supo después cuando llevo los libros a un librero que vendía a los turistas, pues muchos libros estaban en griego o latín: la edición antigua del Quijote, La Odisea, publicado en 1938, de Nicos Kazantzakis; Guía de perplejos, de 1612, escrita por un tal Maimónides; y Asunto para dudas, un manuscrito viejísimo, de papeles muy amarillos, manchados por el moho, y escritos en tinta, seguro que con esas enormes plumas antiguas. En la primera hoja, en una letra casi del tamaño de una hormiga, pudo leer: Propiedad de Anäis Nin…
Llegó a tener la jodida carga de la culpa. No lo niega. Ella jamás había robado nada y mucho menos libros, y todavía menos a alguien como Lezama Lima. Pero después supo que aquel era el quinto o el sexto robo que habían hecho en aquel museo y a las autoridades culturales no les había importado mucho. Eso la consoló: en definitiva, ella necesitaba, y para vivir, no para otra cosa, el dinero que le darían por aquellas joyitas.
