El Padre Carlos Manuel de Céspedes, quien fue amigo íntimo y confesor de la gran escritora cubana, premio Cervantes Dulce María Loynaz, cierta mañana en el Instituto de Lingüística en La Habana, disertando sobre la obra de Dulce María, contó al auditorio una anécdota que la escritora le había narrado.
Durante la invasión a occidente, el entonces coronel del ejercito libertador cubano en la guerra de independencia de 1895 (alcanzaría posteriormente el grado de general), Enrique Loynaz, futuro padre de Dulce María, se encontraba vagando al mando de una pequeña partida de hombres por la Cienaga de Zapata. Varias columnas españolas los perseguían, a duras penas habían logrado burlar un cerco y trataban de escapar en medio de los pantanos. Llevaban días sin dormir, sin prácticamente provisiones ni agua, las municiones les excaseaban tanto como las provisiones, y el cansancio, los mosquitos, el fango, las heridas hacían realmente desesperada la situación del coronel Loynaz y sus soldados. Sucios, agotados y maltrechos hacen un alto en medio del mangle y el fango. Ni siquiera podían encender un fuego apropiado por temor a ser descubiertos, y por el terreno cenagoso donde se encontraban. El coronel Loynaz se tiende en su hamaca, los soldados en las suyas o como pudieron sobre el fango. El ánimo estaba sombrío, la desmoralización y la desesperación rondaban a los mambises. El coronel encendió su pipa sacó de su morral el ejemplar del Quijote que llevaba consigo y comenzó a leer.
De pronto entre el silencio de la cienaga y la pesada respiración de los soldados exhaustos se oye una carcajada estrepitosa. El coronel se está riéndo a mandíbula batiente. El resto de la maltrecha tropa se acerca intrigada, ¿de qué se ríe el coronel?, no hay motivo alguno para reirse en nuestra situación. Le preguntan y el coronel Loynaz apenas conteniendo las carcajadas les lee la escena del Quijote que le había provocado su hilaridad, y los soldados al oírlo arrancan en una carcajada unánime. La partida de soldados mambises, agotados, enfangados, acosados por las tropas españolas de pronto han olvidado su situación y están riendo por las aventuras de un hidalgo de Castilla la Mancha cinco siglos antes, por el genio de Miguel de Cervantes, por el poder de la literatura.
El futuro general Loynaz era un hombre de letras, además de un soldado de valor exepcional, pero ese momento, esa lectura en su hamaca, con la muerte pisándole los talones, no tuvo nada de solemne o heroíco, como cuando creó el Himno Invasor o cualquiera otra de sus hazañas de armas. Sin embargo, algo sucedió en esa carcajada de la tropa mambisa, algo cambió la situación por completo, sin que nada hubiese cambiado.
Dulce María, contó Monseñor Carlos Manuel, le dijo «cuando mi padre me dijo eso, entendí por completo el poder de la literatura».
De hecho, la moral se restableció en la tropa, los soldados renaudaron la marcha y lograron sobrevivir. Pero el momento de la carcajada, el momento del impacto de la literatura, va más allá del resultado concreto. Podían haber sido apresados, o haber muerto, no obstante, en el momento de su risa al oír a su coronel leerles al Quijote, algo que sobrepasaba sus circunstancias se había revelado.
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Sin dudas la lectura de literatura produce conocimiento, da acceso a emociones y expericiencas que sería imposible o tomaría mucho tiempo vivir por uno mismo. Amplía la realidad, ayuda a adentrarse en los entresijos más oscuros del alma humana y muestra perspectivas que pueden ser por completo distintas a las personales, y ensanchan la visión personal por consiguiente. Es un diálogo con entresijos de nuestra mente, con regiones inconfesadas o confusas, con ensueños y temores, con lo frágil, extraño, lo especial y también grandioso de nuestras vidas. Y es también, claro, enorme placer.
Cierto, la gran literatura nos fortalece, nos prepara para la adversidad al mostrarnos los abismos del dolor y la pasión humanas. Pero esto es sólo una porción, digamos más utilitaria, de lo que la lectura de la mejor literatura revela.
Los soldados que rieron con el coronel Loynaz no estaban aprendiendo nada nuevo en un sentido de conocimiento acumulativo. Supieron, quizás por primera vez del Quijote y sus andanzas, pero ese conocimiento histórico no es lo que los transportó fuera de su situación. Tampoco se estaban preparando para la adversidad ni solamente entreteniendose. La risa vino sobre ellos, y la risa que les llegó es algo ciertamente difícil de encuadrar en algo, de reducir a lo hilarante de la escena oída en sí misma. Es más, es justo la revelación de la literatura.
Por un momento el mundo del Quijote fue el real, y el suyo más bien una representación, sin ser conscientes, la comedia de la vida humana, y su tragedia, se les mostró, y sin que lo pensaran, pero sintiéndolo, por un momento también estuvieron sobre ella como observadores. Su risa entonces sí fue como una liberación, una revelación.
En esta revelación está el auténtico poder de la literatura, de todo arte en realidad, pero de muy particular manera en la literatura.
No es sólo la fuerza de la historia. De hecho, la historia en sí no es, pese a lo que bajo la nefasta influencia de la comercialización y banalización de la literatura, y del poder del mercado anglosajón para imponer su visión reducionista y consumista de la literatura, la historia no es lo más importante. Es eso que se revela de una manera que sólo puede hacerse por la literatura. Eso que no es una explicación, tampoco una resolución de ningún enigma filosófico, o científico o ético, sino como una muestra de la realidad en sí. En otras palabras, en la literatura el sentido aparece.
Cuando Macbeth luego de saber de la muerte de Lady Macbeth dice: “La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”, está revelando una posición filosófica, que de ser totalmente cierta es terrible. No obstantes, al leerlo, lo que se revela adquiere un extraño sentido. Aun viendo que Macbeth tiene razón, aun enfrente del puro absurdo de la existencia, en la experiencia de la lectura, o de la obra en escena, algo esencial se revela, y en ese algo esencial parece, pese a todo, haber un sentido, es más, el Sentido se muestra.
No es exactamente la propia tragedia de Macbeth, que muestra la tragedia de la vida en sí, o la hilaridad de la escena de Cervantes, que muestra su drama y comedia, sino ese especial revelación que está mucho más próxima a la experiencia religiosa que al conocimiento de mera información.
La literatura en sus comienzos no estaba separada de lo sagrado, y lo sagrado sigue en ella, siempre y cuando sea gran literatura. Pero lo sagrado de la experiencia literaria no es exactamente religioso. Nada se concilia en realidad en la lectura. Anna Karenina se suicida, arrastrada por fuerzas incomprensibles para ella. Es tomada, arrastrada, vapuleada por el destino. En la gran novela del Louis-Ferdinand Céline “Viaje al Fin de la Noche”, el cansancio de toda una época, el nihilismo y el sinsentido de la vida están descritos a cabalidad. No obstante la lectura, la obra, de alguna manera parece sanar el caos metafísico y revelar algo, algo inefable ciertamente, que aun desde la desesperación, aun removiendo en el lector, como diría Kafka en una carta a su amigo Oskar Pollak “Pienso que deberíamos leer solo los libros que nos hieren y apuñalan […] Un libro debe ser como un hacha para lo helado dentro de nosotros”, en ese remover la experiencia de la lectura, de la literatura, revela algo esencial, que sin aparentemente cambiar nada resulta necesario. Un tipo peculiar de saber, sin dudas, más que conocimiento sabiduría, pero un saber irreductible a ningún otro. Y un saber donde lo más profundo del alma humana parece encontrarse, donde el mundo justo se revela.
Desde esta experiencia el sentido de la literatura se sostiene sobre cualquier reducción, cualquier utilidad práctica o comercial. Y desde esta experiencia puede entonces realmente ser en verdad una ampliación de la vida personal, y más, un encuentro con la Realidad.
Semejante encuentro es en verdad revelación, en el sentido de algo que aparece, que se muestra, y ahí, justo ahí, la risa de los soldados oyendo a su coronel, o el temblor ante la tragedia, expresan la respuesta al por qué de la literatura.
Lo que se muestra no es explicación de nada, y sin embargo, en ello, en su muestra, ya no hace falta explicación, hay algo más que el conocimiento, hay saber.
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Un poco más tarde, esa misma mañana en el Instituto de Lingüística, tomando un café con Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, le pregunté: —padre, como fue la muerte de Dulce María.
Monseñor que la acompañó sus últimos minutos, tomó su café humeante y me dijo:
—Muy tranquila, se confesó, recibió la extremaunción, sus últimas palabras fueron “Padre, qué cosa más grande es la persona humana, me estoy muriendo, y me doy perfecta cuenta de ello”.
