Conversando con el amigo escritor Otilio Carvajal Marrero en la sala de su casa en Santa Clara, me movió el mundo bajo los pies, viró mis días al revés al decirme:
Tú tienes demasiados amigos. Tienes el corazón demasiado ocupado. Yo solo tengo cuatro, y esos me bastan: Francis Sánchez, Jorge Luis Mederos (Veleta), Ángel Santiesteban, y tú (Los Tres Mosqueteros y D’Artagnan). Deberías repensar quienes son los tuyos, y reducir de una vez en una mano, ese enjambre de nombres que galopan en tu mente, que lo único que ocasionan son dolores de cabeza, y una soledad infinita. Una cosa son los socios, y otra muy distinta, los amigos.
Entonces tuve que darle para atrás al casete, rebobinarlo uno y otra vez hasta el cansancio con un lápiz. Fue doloroso escuchar tal aseveración salida de la boca de un ser que estimo y quiero. Que ha estado en estos últimos meses siempre a mi lado, él y su familia, al igual que Luis Pérez de Castro, en las buenas y las malas. Pero nunca hubiera querido escuchar sus palabras. La sinceridad de su cariño me ha hecho repensar una y otra vez el listado enorme de nombres que van y vienen.
Para mí, que nací un 10 de diciembre día de Los Derechos Humanos, en un campito de Oriente llamado El Cero de Las Mil Nueve, allá por el Valle del Cauto, un caserío donde no había luz eléctrica, ni calles, ni parques, ni tienda del pueblo, ni nada de nada, la ternura de la familia era algo común y cotidiano; ahí, entre ellos, aprendí amar, a mirarle a los ojos al otro, a sincerarme sin miedo alguno. Eso lo vi y lo viví con los míos. No entiendo de rencores ni envidias. Yo que sé bien, porque padezco, las miserias humanas del día a día, también sé del perdón.
¿Cómo definir que este es amigo, y este otro no?
¿Cómo ponerlos en una balanza?
¿Cómo apuntarles con la pistola caliente de espaldas al paredón?
¿Cómo hacer tiro al blanco mirándolos a los ojos?
Es como averiguar si mi padre es mi padre.
Mi madre mi madre.
Mis hermanos.
Mis hijos.
Mi soledad.
La historia vivida, y padecida.
La muchacha que amo.
Recordar cómo llegaron a mis días cada uno de ellos, es algo complejo, y hermoso, porque ese instante bien puede escapar de la memoria recobrada. Sé que un día acontecieron como acontece el amor, la felicidad, y ahí permanecen todos, como el sol que se levanta todas las mañanas para iluminarnos. Están desperdigados por la isla, por el ancho mundo. Mi cariño es como la diáspora, un cojonal de astros iluminando mi patria personal.
Un día Manuel Navea Fernández me dijo: “tienes que contar cómo conociste a cada uno de tus amigos”. Y me lo dijo con orgullo. Con ese amor recóndito, de saber que yo atesoro instantes envidiables con seres extraordinarios, mis amigos.
¿Y si Otilio Carvajal tuviera razón?
Quisiera recordar, ahora que no tengo a mano sus libros, porque quedaron en mi biblioteca personal en una casa en Holguín de donde me marché para siempre, unos versos de Luis Felipe Rojas: Pongo a los amigos en fila, como a las Matriuskas…
Una vez preparé una selección con poemas dedicados a los amigos, todos los textos los pasé a mano en una libreta. Cada uno de ellos decía cosas maravillosas a ese ser que suele ser el amigo. Aún deseo un buen día poderla publicar.
Si Otilio me preguntara: “¿Dónde estuvieron la mayoría de esos seres que tú proteges en el cariño, cada vez que los burócratas de este país te descalificaron y te expusieron al escarnio público?, le diría que me conformo con saber que por pocos que fueran los que estuvieron y acudieron a socorrerme, siempre hubo al menos uno, dos; él fue uno entre ellos, que el número no es importante; sí el pan ofrecido, el vino, la casa, fueron bendecidos por el respeto y la ternura hacia el amigo. Eso fue suficiente para alimentar el espíritu y el cuerpo del ser humano que seguiré siendo a pesar de los reveses. Y eso los ampara y los reúne a todos en mi cariño. Y hace que las puertas de mis afectos estén abiertas y la mesa con mi amistad siempre esté servida, dispuesta para el que pasa y llega. Pero aun así tengo que reconocer que vivo en Cuba, un país sin fronteras, en el que todos estamos condenados, y hay que sobrevivir.
Yo tengo muchos amigos, ahora solo quiero recordar a uno solo, al mejor narrador cubano viviendo en Cuba. Ángel Santiesteban, que permanece en prisión, y para el que pido la libertad, y toda la gloria, con el respeto y cariño del hermano, y un poema:
Los amigos ven escapar las estrellas
sin una sola imprecación
ni palabras de arrepentimiento.
Presagian el dolor
las flores
nos dejan un golpe de playa
cuando parten
no vuelven los ojos
no estarán presentes
en la despedida del duelo.Siempre
los amigos dejan
los árboles desnudos
y su sabor en la palabra
a la hora del café.Cuando los amigos se despiden
nos dejan la casa vacía.
