Tradición, creación e innovación

Carlos Enrique Cabrera

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“No sigo el camino de los/ antiguos: busco lo que ellos buscaron”

BASHO

 

Hay quienes desde la más extrema soberbia pretenden borrar de golpe  el ingente y rico legado de siglos de los grandes maestros que nos han precedido (poetas, narradores, ensayistas), en nombre de una mal entendida libertad creadora, acogiéndose a la sacrosanta divisa de la innovación, del cambio, de la transformación, de la revolución  de formas, estilos y contenidos.

“¿Altares?”, dice alguien por aquí. “Yo no tengo altares”. Y yo respondo: ¿Entonces debo entender que tú  realizas desde la nada, sin contaminación externa alguna, una obra auténticamente tuya, única, singularísima, que no se parece a ninguna otra a lo largo y ancho del orbe conocido en razón de su audaz y libérrima  innovación, de su radical originalidad?

Eso es ser libre, sí señor.  Completamente autosuficiente. Y en extremo  creativo. Ya veo yo por qué la literatura dominicana no termina, no acaba de inscribirse en la corriente de la literatura universal, y ni siquiera en la corriente de la iberoamericana en la que por derecho propio debería ocupar un lugar. De tan creativos e innovadores que somos — ¿o tan sólo prepotentes, insensibles, estólidos,  ignaros, prejuiciados, desagradecidos…?—lo menospreciamos todo rabiosa, ciegamente… y tan satisfechos!!

Sabes, lo sospechaba, pero tú afortunadamente me lo has reconfirmado, cosa que te agradezco en cuanto vale. Porque a eso le llamo yo  confundir las cosas de forma escandalosamente supina y entiendo que debemos desmontar estas falacias argumentativas, esta insensatez manifiesta, pero que bien camuflada quiere muchas veces vendérsenos por estas cálidas tierras como verdad cierta e incontrovertible.

Lo que con tanto menosprecio llamas “altares” es la tradición que deberíamos conocer obligadamente  si queremos escribir  algo de verdadero valor y  perdurabilidad. Porque  de ningún modo se puede crear de la nada, dándole la espalda al enorme caudal de aportaciones del pasado, desconociendo, en un arbitrario, insensible, obtuso y nada inteligente apto de autismo intelectual y estético, artístico, el rico legado de la cultura occidental: la germinativa y fecunda cultura grecolatina, la anónima y vivaz medieval, el luminoso humanismo renacentista, la torturada espiritualidad del  barroco, la fría y controlada sobriedad del Neoclasicismo, la fogosidad extrema del  Romanticismo, las audaces incursiones en lo onírico del Surrealismo, el conjunto de  aportaciones de las  beligerantes vanguardias de posguerra, el boon latinoamericano y el realismo mágico de los años 60…

Es sin duda una verdad elemental que todo creador auténtico se esfuerza (lo busca y procura con sumo agrado, pasión y placer, como bien sabemos  lo hizo Cervantes1 en su época) por  conocer lo más a fondo posible su tradición. En nuestro caso, ésta está constituida primeramente por las obras significativas escritas  en nuestro propio idioma, el español o castellano, pero también por aquellas representativas de la  variada y múltiple cultura occidental y, en definitiva —porque claramente nos pertenece por derecho propio como miembros indiscutibles de la humana especie—,  las que conforman el riquísimo y plurilingüe legado  de la  cultura universal. Empaparse en las aguas de este océano  y sumergirse en su rebullente magma hasta asimilar su sabia nutricia como cosa propia, haciendo que todos sus nutrientes, todo cuanto aporta y brinda, nos ofrece y pone a nuestra disposición —ciertamente  de forma gratuita,  tan sólo pagando el precio del personal esfuerzo y la concentrada, atenta, amorosa  dedicación…—, entren en nuestro torrente sanguíneo, terminen formando parte de nuestro ser y, por tanto, de nuestro propio-singular mundo creativo e imaginativo.

Creo firmemente  que la auténtica libertad creadora se sustenta  necesaria y obligadamente en el conocimiento, en el entender, valorar  y justipreciar lo que  han hecho a lo largo de los siglos los maestros que  nos han precedido en la ardua y esmerada tarea de la creación. A ellos nos debemos. A través de sus obras  y en diálogo franco y a veces claramente conflictivo con éstas nos forjamos como escritores, crecemos y nos consolidamos hasta encontrar la propia voz, el propio estilo. Reconocerlo así  es una cuestión de  honestidad, de humildad,    de justicia. Como confiesa el escritor argentino Alan Paul:

“Mi biblioteca es mi comunidad: ahí están mis interlocutores más amigos y radicales; ahí están los que me sostienen, me discuten, me forman, me seducen, me inspiran, me mejoran.”

 

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Tú escribes hoy en  castellano no por una decisión de tu voluntad y por libre elección, sino por haber nacido en el seno de este hermoso idioma de Cervantes que es de todos y que viene de una rica y  añeja tradición, y que  un venturoso día (allá cuando arribábamos aproximadamente al año de edad) nos brotó  dentro haciéndonos humanos. De ninguna manera este portentoso patrimonio común lo puedes tú variar y cambiar a tu antojo, so pena de que nadie pueda seguirte ni entenderte.

Porque  el lenguaje impone sus límites a la libérrima creación literaria. Y esto de forma tan elemental como que  la palabra “cerebro” no la puedes tú romper en  una secuencia arbitraria tal como ”oeerbcr”, que a todas luces resulta no significativa.2  Y lo mismo vale para la sintaxis (“corazón de la gramática”, como la califica José María Valverde) y el flexible orden de las palabras en la  oración castellana, que también te impone sus límites, sus normas.

Claro que como creadores podemos aporta nuevos giros, expresiones y vocablos al idioma de todos, a la lengua común, palabras que nombren lo que nunca se había todavía nombrado (“jitanjáfora”3. Como expresa  Juan Ramón Jiménez:

“No sé con qué decirlo, /Porque aún no está hecha mi palabra”

Y Juan Gelman, en palabras que son un claro manifiesto programático, nos dice:

“La lengua es ahora mi obsesión, espero que la última: explorar sus límites desde el fundamento, sólido como una piedra, del español.”

Pero es además   verdad por todos aceptada y  sobradamente conocida que  el lenguaje estructura la realidad, la organiza y clasifica, y configura y determina así lo que los alemanes llaman   la weltanschauung, es decir, nuestra cosmovisión o visión del mundo.

Juan de Dios Luque Durán nos explica  en Aspectos universales y particulares de las lenguas del mundo,   la interacción del lenguaje y las actividades simbólicas y su impacto en la conformación de nuestra visión del mundo:

“Existe una gran cantidad de actividades simbólicas en la vida cotidiana que, aparte del lenguaje, también interaccionan con una visión del mundo determinada. Además, todas estas actividades están “mediatizadas por el lenguaje” en el sentido de que lo utilizamos para referirnos a las mismas. Y, de igual manera, estas actividades, música, danza,  arte, arquitectura, tecnología, etc. pueden “mediatizar” el lenguaje e interaccionar directamente con él.”

Lo hayamos o no hecho cosa consciente los movimientos  y   corrientes  culturales, filosóficos y literarios que se han manifestado a lo largo de los tiempos  condicionan  nuestro presente. Así, muchas  de nuestras costumbres, hábitos y actitudes “vitales”, así como las concepciones ideológicas que las sustentan, tienen su origen y fundamento  en corrientes y movimientos remotos. Sí, toma nota:  más de una  de las  sublimes ideas y actitudes que  defiendes hoy con ardor como propias, auténticamente tuyas, son parte del legado “no consciente” de los grandes creadores del pasado. Esto es así  aun cuando jamás  te hayas tomado el tiempo necesario para  leer sus libros.   Tu forma de entender el globalmente el amor, tu manera concreta de relacionarte con tu  pareja, los  besos que en la intimidad intercambias con ésta y  las dulces palabras que le susurras al oído… Ahí está actuando sin duda alguna la literatura con todo su imaginario que trasciende el tiempo, que se hace insensible, inadvertidamente uno con el tejido social y vivencial:  El Romanticismo y su impronta de misterio y leyenda lunar y de arrebatado fervor amoroso. Gustavo Adolfo Bécquer,  ejemplo paradigmático, maestro de lo inefable, vive en cada enamorado, resuena como un lejano eco en el corazón palpitante de cada uno de ellos. Y todavía podemos remontarnos bastante más atrás en el tiempo (y en el espacio) hasta la Provenza francesa, los trovadores y el amor cortés…  Y bien claramente el descarnado y cínico pragmatismo sin escrúpulos de los políticos y banqueros de nuestros días viene bien nutrido por oscuras vetas subterráneas intangibles que se configuraron en su esencialidad en  los tiempos más remotos de nuestra  añeja cultura hispánica. Me refiero a la tradición  picaresca con obras como El Buscón, El Lazarillo, La Lozana andaluza y esa deslumbrante e implacable y feroz obra maestra del prerrenacimiento español (s.XV), La Celestina o Tragicomedia de Calisto y Melibea….

En la segunda de seis magistrales conferencia que sobre poesía pronunciara en inglés Jorge Luis Borges en la Universidad de Harvard durante el curso 1967-19684, el insigne escritor argentino  nos hizo evidente y manifiesto cómo la metáfora (esa maravillosa estrella rutilante  del vasto firmamento de  la creación literaria, y más específicamente poética) obedece a unos pocos modelos que  vienen repitiéndose idénticos a lo largo de los siglos y en todas las culturas por remotas que sean. Lo que hacemos por lo general los creadores (nos dice el genial escritor) es confeccionar  variantes de esos modelos. Y concluye así Borges su memorable disertación:

…” si nos parece, podemos ensayar nuevas variaciones de las tendencias esenciales. Las variaciones podrían ser muy bellas y sólo algunos críticos como yo se molestarían en decir: «Bien, ahí volvemos a encontrar ojos y estrellas, y el tiempo y el río una y otra vez, siempre».

 

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El gran acervo de la cultura no se puede ignorar. De ahí venimos todos. De ese torrente, de ese manantial inagotable, de ese  río caudaloso. Por eso, con todo el respeto, te digo que debemos ser bastante más humildes. No somos tan originales ni tan únicos. Tan excepcionales. Debemos  reconocer a los que nos precedieron  sus valiosas aportaciones y hasta qué punto  las mismas han nutrido y conformado nuestras emociones y sentimientos, nuestras percepciones, nuestro particular gusto y  sensibilidad estéticos.

Así de extraordinario es este mundo extraordinario de la creación, de la cultura, del lenguaje y de las representaciones simbólicas, lo que  a veces se nos olvida por pura estolidez, desconocimiento, prepotencia, ingratitud  y soberbia.

Para lograr una obra de verdadero mérito y relevancia debemos  frecuentar  las obras perdurables de la literatura universal, conocer  la historia, la crítica y teoría literarias, tener clara idea  de los géneros literarios y de la tipología textuales (narración, descripción, diálogo…),  así como de la técnica de la propia escritura. Todo ello a más de  dominar a fondo la propia lengua,  sentir su espíritu y coloratura, estar en posesión  de las adecuadas competencias lingüística y comunicativa.

“Nadie es escritor por decreto. —nos dice el escritor dominicano Andrés L. Mateo en un ya añoso artículo publicado en el Listín Diario— El escritor es el resultado de muchos factores, como la sensibilidad personal, los hábitos de estudio, las lecturas, las destreza lingüística, el manejo de la relación entre pensamiento y palabra, la construcción metafórica, el conocimiento de la historia del pensamiento literario, de las técnicas, de las posibilidades de producción de sentidos que caracteriza toda obra literaria”

 

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En el vacío y sin referentes ninguna obra puede ser, es de hecho, significativa, pues sólo la comparación con las demás de su propio y mismo  género y especie, y el poder  lograr inscribirla en la corriente general de la literatura de su país de origen y de su propio ámbito cultural y lingüístico (en nuestro caso el  español) y eventualmente (o más bien obligadamente, también en el universal) cobra toda su relevancia, trascendencia y sentido auténticos.

Desde el desprecio y el desconocimiento del legado de la cultura de tu propio ámbito lingüístico y del universal podrías verte escribiendo afanosa, esforzada, penosamente  una obra maravillosa innovadora y única sencillamente ya preexistente, sin que nunca llegues a saberlo.

Hasta que alguien te lo cuente y te lo haga ver, claro.

Notas del artículo

  1. Como escribí en un artículo sobre Cervantes (“El Quijote”) recogido en Los libros de la isla desierta: Jorge Luis Borges dijo de Quevedo que éste era más que un escritor una vasta literatura. Pues bien, de El Quijote podemos decir –sin caer en juicio hiperbólico– que más que un libro es una vasta biblioteca. Cierto: allí confluyen todos los géneros de su tiempo: la épica o epopeya, la poesía lírica, la tradición retórica, la poética aristotélica, el teatro renacentista y las diferentes corrientes de la novelística en ciernes, entre las que podemos destacar la pastoril, la sentimental, la de caballerías, la picaresca y la bizantino-barroca.
  2. “Este teclado de sonidos –nos dice José María Valverde en La literatura-, sin que quepa de esto ninguna explicación, no se combina de todas las maneras cómodamente posibles, sino solo de unas pocas”…
  3. El término fue acuñado por  Alfonso Reyes en un artículo de 1929, quien lo  tomó de un poema (“Leyenda”) del poeta cubano Mariano Brull, donde éste juega con los sonidos, inventando palabras sin significado. Una de ellas es  jitanjáfora. Tanto en la  poesía popular como  en escritores influidos por ella, como  Lope o Sor Juana se encuentran  testimonios de realización de este modo de expresión poética.
  4. Las referidas conferencias fueron recogidas en libro: Borges, Jorge Luis, Arte poética. Editorial Crítica. Barcelona, 2001. Traducción de Justo Navarro.

Del Autor

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Carlos Enrique Cabrera
(La Vega, República Dominicana). Se licenció en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid (España) y realizó estudios de Bibliotecología y Documentación en instituciones educativas de esa capital europea. Durante años se desempeñó como funcionario de la Red de Bibliotecas Públicas de la Comunidad Autónoma de Madrid y como colaborador externo de importantes editoriales españolas (Editora Nacional, Plaza y Janés, Alfaguara, Playor). En 2001 fundó la revista de letras, artes y pensamiento Caudal, que bajo su dirección dio a la luz, de forma ininterrumpida, 29 números. Ensayos y cuentos suyos han aparecido en diversos medios impresos y digitales y son de su autoría los libros Reflexiones de bolsillo (2002), Tiempos difíciles (2010) –recopilación de ensayos– y el conjunto de microrrelatos: Conjuros y otros microcuentos (INTEC, 2013). Es también coautor de la obra didáctica Español Universitario (Santillana Universitaria, 2006) y el de información turística Ciudad Colonial Santo Domingo (Tando Editora, 2011). Asimismo, mantiene en la Red varios blogs: Conjuros en “La Comunidad” del diario madrileño El País, y en Blogger el personal Carlos Enrique Cabrera (CEC) y el promocional de la revista Caudal, así como el educativo: Español CEC. Desde 1994 es profesor a tiempo completo del Área de Ciencias Sociales y Humanidades del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC).