“No sigo el camino de los/ antiguos: busco lo que ellos buscaron”
BASHO
Hay quienes desde la más extrema soberbia pretenden borrar de golpe el ingente y rico legado de siglos de los grandes maestros que nos han precedido (poetas, narradores, ensayistas), en nombre de una mal entendida libertad creadora, acogiéndose a la sacrosanta divisa de la innovación, del cambio, de la transformación, de la revolución de formas, estilos y contenidos.
“¿Altares?”, dice alguien por aquí. “Yo no tengo altares”. Y yo respondo: ¿Entonces debo entender que tú realizas desde la nada, sin contaminación externa alguna, una obra auténticamente tuya, única, singularísima, que no se parece a ninguna otra a lo largo y ancho del orbe conocido en razón de su audaz y libérrima innovación, de su radical originalidad?
Eso es ser libre, sí señor. Completamente autosuficiente. Y en extremo creativo. Ya veo yo por qué la literatura dominicana no termina, no acaba de inscribirse en la corriente de la literatura universal, y ni siquiera en la corriente de la iberoamericana en la que por derecho propio debería ocupar un lugar. De tan creativos e innovadores que somos — ¿o tan sólo prepotentes, insensibles, estólidos, ignaros, prejuiciados, desagradecidos…?—lo menospreciamos todo rabiosa, ciegamente… y tan satisfechos!!
Sabes, lo sospechaba, pero tú afortunadamente me lo has reconfirmado, cosa que te agradezco en cuanto vale. Porque a eso le llamo yo confundir las cosas de forma escandalosamente supina y entiendo que debemos desmontar estas falacias argumentativas, esta insensatez manifiesta, pero que bien camuflada quiere muchas veces vendérsenos por estas cálidas tierras como verdad cierta e incontrovertible.
Lo que con tanto menosprecio llamas “altares” es la tradición que deberíamos conocer obligadamente si queremos escribir algo de verdadero valor y perdurabilidad. Porque de ningún modo se puede crear de la nada, dándole la espalda al enorme caudal de aportaciones del pasado, desconociendo, en un arbitrario, insensible, obtuso y nada inteligente apto de autismo intelectual y estético, artístico, el rico legado de la cultura occidental: la germinativa y fecunda cultura grecolatina, la anónima y vivaz medieval, el luminoso humanismo renacentista, la torturada espiritualidad del barroco, la fría y controlada sobriedad del Neoclasicismo, la fogosidad extrema del Romanticismo, las audaces incursiones en lo onírico del Surrealismo, el conjunto de aportaciones de las beligerantes vanguardias de posguerra, el boon latinoamericano y el realismo mágico de los años 60…
Es sin duda una verdad elemental que todo creador auténtico se esfuerza (lo busca y procura con sumo agrado, pasión y placer, como bien sabemos lo hizo Cervantes1 en su época) por conocer lo más a fondo posible su tradición. En nuestro caso, ésta está constituida primeramente por las obras significativas escritas en nuestro propio idioma, el español o castellano, pero también por aquellas representativas de la variada y múltiple cultura occidental y, en definitiva —porque claramente nos pertenece por derecho propio como miembros indiscutibles de la humana especie—, las que conforman el riquísimo y plurilingüe legado de la cultura universal. Empaparse en las aguas de este océano y sumergirse en su rebullente magma hasta asimilar su sabia nutricia como cosa propia, haciendo que todos sus nutrientes, todo cuanto aporta y brinda, nos ofrece y pone a nuestra disposición —ciertamente de forma gratuita, tan sólo pagando el precio del personal esfuerzo y la concentrada, atenta, amorosa dedicación…—, entren en nuestro torrente sanguíneo, terminen formando parte de nuestro ser y, por tanto, de nuestro propio-singular mundo creativo e imaginativo.
Creo firmemente que la auténtica libertad creadora se sustenta necesaria y obligadamente en el conocimiento, en el entender, valorar y justipreciar lo que han hecho a lo largo de los siglos los maestros que nos han precedido en la ardua y esmerada tarea de la creación. A ellos nos debemos. A través de sus obras y en diálogo franco y a veces claramente conflictivo con éstas nos forjamos como escritores, crecemos y nos consolidamos hasta encontrar la propia voz, el propio estilo. Reconocerlo así es una cuestión de honestidad, de humildad, de justicia. Como confiesa el escritor argentino Alan Paul:
“Mi biblioteca es mi comunidad: ahí están mis interlocutores más amigos y radicales; ahí están los que me sostienen, me discuten, me forman, me seducen, me inspiran, me mejoran.”
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Tú escribes hoy en castellano no por una decisión de tu voluntad y por libre elección, sino por haber nacido en el seno de este hermoso idioma de Cervantes que es de todos y que viene de una rica y añeja tradición, y que un venturoso día (allá cuando arribábamos aproximadamente al año de edad) nos brotó dentro haciéndonos humanos. De ninguna manera este portentoso patrimonio común lo puedes tú variar y cambiar a tu antojo, so pena de que nadie pueda seguirte ni entenderte.
Porque el lenguaje impone sus límites a la libérrima creación literaria. Y esto de forma tan elemental como que la palabra “cerebro” no la puedes tú romper en una secuencia arbitraria tal como ”oeerbcr”, que a todas luces resulta no significativa.2 Y lo mismo vale para la sintaxis (“corazón de la gramática”, como la califica José María Valverde) y el flexible orden de las palabras en la oración castellana, que también te impone sus límites, sus normas.
Claro que como creadores podemos aporta nuevos giros, expresiones y vocablos al idioma de todos, a la lengua común, palabras que nombren lo que nunca se había todavía nombrado (“jitanjáfora”3. Como expresa Juan Ramón Jiménez:
“No sé con qué decirlo, /Porque aún no está hecha mi palabra”
Y Juan Gelman, en palabras que son un claro manifiesto programático, nos dice:
“La lengua es ahora mi obsesión, espero que la última: explorar sus límites desde el fundamento, sólido como una piedra, del español.”
Pero es además verdad por todos aceptada y sobradamente conocida que el lenguaje estructura la realidad, la organiza y clasifica, y configura y determina así lo que los alemanes llaman la weltanschauung, es decir, nuestra cosmovisión o visión del mundo.
Juan de Dios Luque Durán nos explica en Aspectos universales y particulares de las lenguas del mundo, la interacción del lenguaje y las actividades simbólicas y su impacto en la conformación de nuestra visión del mundo:
“Existe una gran cantidad de actividades simbólicas en la vida cotidiana que, aparte del lenguaje, también interaccionan con una visión del mundo determinada. Además, todas estas actividades están “mediatizadas por el lenguaje” en el sentido de que lo utilizamos para referirnos a las mismas. Y, de igual manera, estas actividades, música, danza, arte, arquitectura, tecnología, etc. pueden “mediatizar” el lenguaje e interaccionar directamente con él.”
Lo hayamos o no hecho cosa consciente los movimientos y corrientes culturales, filosóficos y literarios que se han manifestado a lo largo de los tiempos condicionan nuestro presente. Así, muchas de nuestras costumbres, hábitos y actitudes “vitales”, así como las concepciones ideológicas que las sustentan, tienen su origen y fundamento en corrientes y movimientos remotos. Sí, toma nota: más de una de las sublimes ideas y actitudes que defiendes hoy con ardor como propias, auténticamente tuyas, son parte del legado “no consciente” de los grandes creadores del pasado. Esto es así aun cuando jamás te hayas tomado el tiempo necesario para leer sus libros. Tu forma de entender el globalmente el amor, tu manera concreta de relacionarte con tu pareja, los besos que en la intimidad intercambias con ésta y las dulces palabras que le susurras al oído… Ahí está actuando sin duda alguna la literatura con todo su imaginario que trasciende el tiempo, que se hace insensible, inadvertidamente uno con el tejido social y vivencial: El Romanticismo y su impronta de misterio y leyenda lunar y de arrebatado fervor amoroso. Gustavo Adolfo Bécquer, ejemplo paradigmático, maestro de lo inefable, vive en cada enamorado, resuena como un lejano eco en el corazón palpitante de cada uno de ellos. Y todavía podemos remontarnos bastante más atrás en el tiempo (y en el espacio) hasta la Provenza francesa, los trovadores y el amor cortés… Y bien claramente el descarnado y cínico pragmatismo sin escrúpulos de los políticos y banqueros de nuestros días viene bien nutrido por oscuras vetas subterráneas intangibles que se configuraron en su esencialidad en los tiempos más remotos de nuestra añeja cultura hispánica. Me refiero a la tradición picaresca con obras como El Buscón, El Lazarillo, La Lozana andaluza y esa deslumbrante e implacable y feroz obra maestra del prerrenacimiento español (s.XV), La Celestina o Tragicomedia de Calisto y Melibea….
En la segunda de seis magistrales conferencia que sobre poesía pronunciara en inglés Jorge Luis Borges en la Universidad de Harvard durante el curso 1967-19684, el insigne escritor argentino nos hizo evidente y manifiesto cómo la metáfora (esa maravillosa estrella rutilante del vasto firmamento de la creación literaria, y más específicamente poética) obedece a unos pocos modelos que vienen repitiéndose idénticos a lo largo de los siglos y en todas las culturas por remotas que sean. Lo que hacemos por lo general los creadores (nos dice el genial escritor) es confeccionar variantes de esos modelos. Y concluye así Borges su memorable disertación:
…” si nos parece, podemos ensayar nuevas variaciones de las tendencias esenciales. Las variaciones podrían ser muy bellas y sólo algunos críticos como yo se molestarían en decir: «Bien, ahí volvemos a encontrar ojos y estrellas, y el tiempo y el río una y otra vez, siempre».
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El gran acervo de la cultura no se puede ignorar. De ahí venimos todos. De ese torrente, de ese manantial inagotable, de ese río caudaloso. Por eso, con todo el respeto, te digo que debemos ser bastante más humildes. No somos tan originales ni tan únicos. Tan excepcionales. Debemos reconocer a los que nos precedieron sus valiosas aportaciones y hasta qué punto las mismas han nutrido y conformado nuestras emociones y sentimientos, nuestras percepciones, nuestro particular gusto y sensibilidad estéticos.
Así de extraordinario es este mundo extraordinario de la creación, de la cultura, del lenguaje y de las representaciones simbólicas, lo que a veces se nos olvida por pura estolidez, desconocimiento, prepotencia, ingratitud y soberbia.
Para lograr una obra de verdadero mérito y relevancia debemos frecuentar las obras perdurables de la literatura universal, conocer la historia, la crítica y teoría literarias, tener clara idea de los géneros literarios y de la tipología textuales (narración, descripción, diálogo…), así como de la técnica de la propia escritura. Todo ello a más de dominar a fondo la propia lengua, sentir su espíritu y coloratura, estar en posesión de las adecuadas competencias lingüística y comunicativa.
“Nadie es escritor por decreto. —nos dice el escritor dominicano Andrés L. Mateo en un ya añoso artículo publicado en el Listín Diario— El escritor es el resultado de muchos factores, como la sensibilidad personal, los hábitos de estudio, las lecturas, las destreza lingüística, el manejo de la relación entre pensamiento y palabra, la construcción metafórica, el conocimiento de la historia del pensamiento literario, de las técnicas, de las posibilidades de producción de sentidos que caracteriza toda obra literaria”
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En el vacío y sin referentes ninguna obra puede ser, es de hecho, significativa, pues sólo la comparación con las demás de su propio y mismo género y especie, y el poder lograr inscribirla en la corriente general de la literatura de su país de origen y de su propio ámbito cultural y lingüístico (en nuestro caso el español) y eventualmente (o más bien obligadamente, también en el universal) cobra toda su relevancia, trascendencia y sentido auténticos.
Desde el desprecio y el desconocimiento del legado de la cultura de tu propio ámbito lingüístico y del universal podrías verte escribiendo afanosa, esforzada, penosamente una obra maravillosa innovadora y única sencillamente ya preexistente, sin que nunca llegues a saberlo.
Hasta que alguien te lo cuente y te lo haga ver, claro.
