En el DF o te volvés topo o te dan por toda la madre. Por eso, los tres días interrumpidos que estuve en esa capital, anduve en el metro y finalmente en taxi. Desde que abandoné el aeropuerto, maldiciendo al afanado burócrata que se esmeraba para que yo no entrara a su país. Tras meterme entre pecho y espalda varias negras Modelo, me sumergí en ese gusano eléctrico que se mueve a grandes velocidades más abajo del piso. Familias fatigadas tras una extensa y mal remunerada jornada, varios vendedores de discos piratas, con bocinas metidas entre mochilas colgadas en los hombros y uno que otro mexicano parecido a don Ramón, fueron mis acompañantes, durante ese par de horas que anduve en el vientre de esos animales de neón. Leer más…



























