La isla tiene forma de ballena
Vicente Quirarte
Editorial Planeta Mexicana – Seix Barral, 2015
Hay ciudades que son como países, desde las clásicas polis griegas hasta Génova y Venecia en el Renacimiento.
También hay países que son una isla –Malta, Islandia, Chipre o Madagascar- o varias –Japón o Gran Bretaña-, mas son muy pocas las de éstas que resultan ciudades. Pero hay al menos cuatro de ellas en el mundo, que empezaron siendo islas: Venecia, París, México y Nueva York.
La única que lo sigue siendo estrictamente es, por inevitable imperativo acuoso, la Serenísima del Adriático.
Las otras son hoy islas sumergidas en ciudades: la Île de la Cité de la antigua Lutecia; Manhattan, el cetáceo del Hudson; y Tenochtitlán, el peñón donde sobre un nopal se posó cierta águila devorando una serpiente, en el mismo ombligo de la luna, como propuso Gutierre Tibón1.
Vicente Quirarte nació en una isla dentro de la isla originaria: en el defeñísimo Barrio de La Lagunilla, excrecencia del vecino Lago de Texcoco, donde todavía algunos venerables recuerdan cuando hasta allí llegaban canoas y piraguas por el canal de La Viga que venía desde el lejano Xochimilco, que junto con el otro lago hoy en proceso de resucitación “in extremis”, son los únicos vestigios que persisten para recordar que, como dice la ranchera epónima, están asentadas “Guadalajara en un llano y México en una laguna”.
Por cierto, hay diferencias sustantivas y definitorias entre un “barrio” y una “colonia”: el primero se agrupa alrededor de una parroquia (en el caso de La Lagunilla, la Cofradía original de la Ermita de Santa Catarina de Alejandría) y tiene un carácter tribal, donde todos se reconocen entre sí y tienen lazos de sangre o crianza; la segunda, se distribuye alrededor de un Supermercado o Mall, no tiene identidad propia y generalmente no se conocen los que ahí viven, ni siquiera al vecino de junto; son pues “habitantes” no “residentes”, “colonos” no “parroquianos”. La Lagunilla se define con su centro propio, la Plaza Garibaldi –nombrada así no por el guerrero italiano, valeroso orfebre de la “Reunificazzione”, sino por su nieto, “Peppino”, quien combatió en la Revolución Mexicana de 1910 – y que originalmente se llamó Plaza del Jardín y luego del Baratillo. Y allí señorea, como centro del centro en el centro, “El Tenampa”, el hogar de los sin hogar, la farmacia del alma, el refugio de los desheredados, la alegría de los pesarosos, el infalible socorro y remedio de los necesitados de cariño y heridos de amor.
Y el mismo París, es también una isla dentro de otra: la Île de la Cité se inscribe dentro de otra isla –cultural más que geográfica- la Île de France, el antiguo feudo de los Capetos, el enclave de la tribu de los francos, y que por tanto le da nombre a todo un país –como México- pues originalmente era La Galia, tierra de gallos, como los “aztecas” eran “devoradores de serpientes” según algún historiador2. De esta suerte, el Quartier Latin es sin dudas La Lagunilla de la antigua Lutecia, con sus estudiantes trasnochados, sus mercados de pulgas y sus cajones de libreros de viejo.
Hay un vínculo insular muy especial entre México, isla lacustre y por tanto dulce3, y Manhattan, isla a la vez fluvial y marina, o lo que resulta, salobre.
Quizá por estas circunstancias soterradas, muchos escritores mexicanos sienten un afecto tan profundo por esas islas que son Venecia, París y Manhattan. Y entre ellos, de modo especialísimo y señero, ese gran viajero que “cuando no corre, vuela”, que es Vicente Quirarte.
Ahora entrega una nueva obra que sorprende desde su título y su género: es una novela –no la nivola unamuniana- histórica y detectivesca, donde se funden varios amores de Quirarte: Nueva York, Benito Juárez y las ballenas. Y una pistola salvadora llamada, simbólicamente, “La Patricia”.
El asunto histórico de la Reforma y la Guerra contra la Invasión que lleva a la República Restaurada, pasó de lo estrictamente histórico-político (en los terrenos de la oratoria, lo jurídico y lo militar) a la poesía primero, al ensayo después, y más tarde a la narrativa4, pero más recientemente a la narrativa de “ciencia-ficción” (por ejemplo 1874 de Bef –Bernardo Fernández- la “excéntrica historia retro-futurista que en 2011 obtuvo el Premio Grijalbo de novela, que tiene su referente en la “narración policíaca de ambiente histórico steam punk” del relato largo “La bestia ha muerto”5.
En efecto, mirada con la licencia de la fantasía, Manhattan semeja una ballena que se tiende a lo largo del estuario formado por los ríos del Este, Harlem y Hudson. Antiguo asentamiento de habitantes originarios, descendientes de aquellos que miles de años antes atravesaron el aún unido por tierra Estrecho de Bering, fue primero una colonia holandesa, cuando la minúscula nación que desafía al mar viviendo por debajo de su nivel con sus laboriosos diques y sus tulipanes asombrosos, asentó un grupo de pobladores y que, como no podía ser de otro modo, la llamaron Nueva Amsterdam. Se cuenta que fue comprada a los indios de la tribu Lenape, que la llamaban Manna-hata, el 24 de mayo de 1626, por el capitán Peter Minuit por sólo 60 güilders, poco más de mil dólares de hoy. De esa etapa fundadora vienen algunos de los apellidos más aristocráticos y de solera de la urbe actual, como Van Buren. Después, en 1664, llegaron los puritanos ingleses, aquellos que siguieron a los pioneros peregrinos embarcados en el “Mayflower” (poético nombre de buque: Flor de Mayo, como de romería) desembarcados poco antes plenos de fervor en la agreste roca de Plymouth. Cuenta la leyenda de esos tiempos que uno de los colonos puritanos adquirió por unas cuentas de vidrio coloreadas y unas pipas de porcelana, unos pocos acres de terreno al norte de la minúscula ciudad original, colindando con una barda de piedras y barro que marcaba su límite septentrional, y que allí levantó su modesta casa de troncos. En la estancia noble construyó una tosca chimenea pero sobre ella, en el grueso tablón que servía de repisa, junto con La Biblia –la de Ginebra, “la buena”, no la del King James- grabó con su cuchillo una frase: “Nunca venderemos la tierra”. Pasaron los años… El apellido de aquel colono era Barclay. Y el terreno donde levantó con sus manos la cabaña hoy se conoce como “la calle de la muralla” o, simplemente, Wall Street. Y en efecto, nunca han vendido la tierra.
New York es la ciudad del asombro permanente, que siempre mueve algo en el visitante: pasmo, admiración, terror, atracción, rechazo… pero nunca indiferencia. La urbe del perpetuo movimiento, de la que dijera Enrique Jardiel Poncela en 1932, que “tal parece siempre está esperando un ataque aéreo”. 69 años después, la profecía se hizo terrible realidad.
Y después vinieron, y siguen llegando, miles y millones de todos los rincones de este ancho y ajeno orbe, para formar hoy lo que se llama la Capital del Mundo, la “ciudad que nunca duerme”, “la gran manzana”. Pero la novela de Quirarte se sitúa en una época donde apenas empezaba este desarrollo asombroso, en los días cuando tanto los Estados Unidos (de América) como los Estados Unidos (Mexicanos) se debatían en sendas guerras: una civil el primero (la más incivil de todas las conflagraciones), y el otro en una contienda contra el invasor europeo, pero que tenía también mucho de guerra civil. Y sobre esta narrativa gravitan dos seres encarnados en el nervio mismo del conflicto, héroes como de otros tiempos homéricos: Abraham Lincoln y Benito Juárez.
No podrían concebirse dos figuras más distintas una de la otra: delgado hasta el naufragio y alto como uno de los árboles que cortaba en su natal Illinois, el primero; chaparro y prieto, como el barro negro de su natal Oaxaca el otro. Uno, leñador. El otro, pastor de ovejas. Ambos escogieron la senda del servicio y se formaron en el estudio y cultivo de las leyes. Uno glosó a Cicerón cuando dijo que “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no desaparecerá de la tierra”; el otro, bordó a Rousseau cuando declaró que “entre los hombres como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.
Esta novela es de aliento histórico, pero además, combinada con una trama policíaca y de espionaje, lo cual nos remite a un universo literario muy específico y original.
Si no del surgimiento, que es muy anterior, el XIX fue el siglo de la consolidación e institucionalización del espionaje, el cual culminará en 1914 con la famosa Mata Hari, tan bella y letal como Luz Contreras Flannagan. Lejos quedaban ya los tiempos remotos cuando Josué enviaba sus espías entre sus enemigos en Jericó, antes de detener el sol para alcanzar la victoria de una batalla, teniendo por aliado nada menos que al mismo Jehová. Por cierto, desde esa más antigua referencia al tema del espionaje, aparece vinculada con un prostíbulo, como en esta novela de Quirarte. Muy alejadas quedaban las tretas de los militares bizantinos y de los sinuosos embajadores venecianos, expertos en escudriñar y obtener información. El símbolo por excelencia del espionaje viene desde los tiempos homéricos, con el celebérrimo Caballo de Troya, introducido por los aqueos entre los de la fiera Ilión, por su ingenuidad suicida e irresponsable, a pesar de las clamorosas advertencias de Casandra, profética e ignorada. Dos célebres italianos del siglo XVIII también aplicaron sus encantos y saberes en el arte de espiar: Giacomo Casanova, célebre amante, y Alessandro Cagliostro -o José Bálsamo- audaz embaucador. Confirmando la regla desde Josué, ambos igualmente adeptos a los aires y ambientes prostibularios. Pero quien le otorgó la dignidad de una verdadera profesión y la precisión de una ciencia a esa antigua actividad, fue el hábil e inescrupuloso Joseph Fouché, Duque de Otranto: sirvió con sus artes lo mismo a la Revolución –indistintamente a jacobinos y girondinos, según soplara el aire-, al Directorio, al Consulado, al Imperio del Gran Corso y luego a la Restauración, y sentó toda una escuela.
En el New York de Quirarte compiten, por un lado, los nietos de Fouché –los infiltrados de Napoleón III-, los autóctonos colegas de los agentes de Allen Pinkerton, ese avispado escocés quien, de tan reservado, murió por morderse la lengua –que se le infectó- al sufrir una caída en Chicago, el cual creó la Agencia que llevaba un lema precursor del mote que distingue hoy a “la gran manzana” (“Nunca dormimos”), origen del Secret Service norteamericano; y los mexicanos –como los personajes ficticios Damián Alcázar y Arrieta, Arístides Bringas, Sebastián Casanueva, Luz Contreras Flannagan, Juan Martín del Alcázar y Zeus Arrieta- que en esos asuntos y haberes de espionaje y de encubrimiento eran en parte los herederos de Guillem de Lampart y de aquellos bandidos de Río Frío, después inmortalizados por Payno entre 1889 y 1891. De haber estado al cuidado de Pinkerton y no bajo la custodia del Ejército, la noche trágica del Teatro Ford, John Wilkes Booth no habría podido descargarle su mortal balazo en la cabeza a Lincoln, mientras aplaudía la representación de “El primo americano”.
El espionaje y la “intelligentsia” son recursos donde se emparejan fuertes y débiles: no importa el vigor, sino la inteligencia; no el ímpetu, sino el tino; no la fuerza, sino la habilidad y la astucia. A veces se olvida que detrás de los sucesos bélicos de “La Gran Historia” (Sa Majesté, l’Histoire, decía Jules Michelet6), se desarrollan otros actos protegidos por el telón, que son tanto o más decisivos, y no por menos conocidos, intrascendentes.
En una nación “neutral” como los Estados Unidos de entonces (aún no potencia), que apenas emergía de la más brutal contienda de toda su historia hasta hoy (incluidas las dos Guerras Mundiales y la aventura de Viet Nam: todavía es en la Guerra de Secesión donde han muerto más norteamericanos), los bandos extranjeros de los mexicanos liberales de Juárez y conservadores de Maximiliano, llevan en las sombras una guerra implacable, mucho más feroz que la que sostuvieron durante la “Guerra de los Tres Años”… El triunfo liberal, en parte, aunque no fue definitivo, preparó a México para empezar a trazar una senda precaria pero orientada hacia la modernidad, dejando atrás los rezagos coloniales.
Esta trama de espionaje y detectivesca que incorpora Quirarte en su novela, dista de ser una entera fantasía: además de resultar verosímil por la forma en que la concibe, responde también a hechos rigurosamente históricos. Consta que el yerno cubano de Juárez, Pedro Santacilia, además de velar por la familia del Presidente en el exilio, desarrolló una apasionada actividad como agente personal del oaxaqueño, e incluso ha sido acusado por alguna fuente como un elemento corruptor dedicado a sobornar las autoridades estadunidenses7. Quizá la persona más cercana a Juárez, como colaborador y parte de su propia familia, Santacilia recibió misiones delicadas y secretas para favorecer la causa de la República en los Estados Unidos con un activo cabildeo. Sumergido hasta el cuello en la “real politik”, Santacilia desempeñó un papel sustantivo en los Estados Unidos con su labor de “lobbying”, efectiva y oportuna.
Al mismo tiempo, otro cubano, pero desde San Antonio en Tejas, conspiraba en sentido exactamente opuesto, como representante personal del Presidente de la rebelión confederada Jefferson Davis, quien lo conoció en Richmond siendo oficial de los Rifleros de Quitman en Austin, y allí lo reclutó como espía. Además de en San Antonio, trabajó para los Confederados en la ciudad de México y en Matamoros. Era también poeta, como Santacilia, y de gran calidad literaria. Ambos isleños fueron incluidos entre los siete autores reunidos en la antología El Laúd del Desterrado (New York, 1858), pero hoy está totalmente olvidado: José Agustín Quintero Woodville. Sólo una obra, muy reciente, está dedicada a él.8 Es un personaje que sin duda merece una novela y es también la antítesis de Santacilia.
No fueron los únicos caribeños involucrados con México y Estados Unidos: otro cubano estuvo fuertemente implicado en la política mexicana de la época. El General José Antonio Mejía (o Mexía), nacido en la isla en 1790 (aunque algunas fuentes señalan que quizá nació en Xalapa en 1800, muy improbablemente) y fusilado en Puebla por órdenes de López de Santa Anna en 1839, después de desembarcar a principios de ese año en Tampico con una tropa de aventureros extranjeros. Este personaje tuvo una actuación política muy contradictoria, pues aunque primero defendió la causa soberanista de México, después promovió una invasión de mercenarios estadunidenses.
Hay un proceso de enmascaramiento y su inverso en el autor, que se manifiesta en la obra. Detrás del Quirarte novelista se transparentan y aparecen reiteradamente los “otros” Quirartes: el investigador e historiador, el crítico de la literatura, el poeta, el dramaturgo… en una sucesión de encarnaciones y reencarnaciones, una suerte de travestismo literario, donde se alternan Dr. Jeckyll y Mr. Hyde.
Por ejemplo, la larga conversación entre Francisco Zarco y José Rivera y Río, en el Capítulo “Vago con oficio” (pp. 157 – 167), donde con una tónica coloquial, se abordan aspectos de índole filosófica y social.
La narración transcurre a través de varias voces. Una de ellas, la que forman las cartas apócrifas de Margarita Maza a su esposo, aporta un componente intimista, familiar y doméstico, no exento de sencilla grandeza, que contribuye a darle vida a la estatua de bronce del prócer oaxaqueño, lo despojan de la sempiterna levita y lo ponen de bata y en pantuflas, lo humanizan y hacen cercano a nosotros.
También debe destacarse que aunque se desarrolla en New York, esta novela no es extraña y ni siquiera cosmopolita, sino muy mexicana, en su idea, su factura y su propósito. El autor adopta aquella antigua recomendación clásica, Ducis docet, educar suavemente, y asume la función cívica de la novela que viene desde muy antigua fecha, casi desde los mismos orígenes de ella y especialmente la de carácter histórico. No evade, sino asume su resonancia decimonónica, hasta en el apéndice donde el autor declara sus fuentes y los perfiles de sus personajes –reales o imaginarios- así como sus caracterizaciones y evocaciones.
Como suele ocurrir en las obras de Quirarte, del género que sean –ensayo o poesía- en esta, la ciudad (New York, como en otras México) no es un fondo o un ambiente, ni siquiera un escenario: se convierte en un personaje más y de modo principal. Si todo viaje es el germen de una novela, aquí se refuerza y alcanza especial intensidad: como a su referente clásica, a esta Roma contemporánea conducen todos los caminos.
Entre sus servicios históricos rescata para nosotros la ceremonia luctuosa que la ciudad de Nueva York rinde al presidente mártir Abraham Lincoln, pues generalmente la que se recuerda es la que recibe en Washington y sirve de referencia a una posterior en circunstancias parecidas: Jacqueline Bouvier escoge para el sepelio de su marido John F. Kennedy, precisamente, la ceremonia de Lincoln en la capital federal, con el sarcófago sobre un armón de artillería tirado por cuatro caballos negros y al final del cortejo, la impresionante presencia del brioso caballo blanco, ensillado pero sin jinete, con la funda del sable vacía, como de general muerto en batalla. Sin embargo al evocar ambas ceremonias se impone la comparación, entre la severa pompa militar fúnebre de Washington D.C., la capital política, y el luto “comercial” de la activa, incansable y laboriosa capital económica, donde cierran tiendas, fábricas y oficinas y, tributo supremo, detiene sus labores la Bolsa.
Aunque puede asumirse de diversos modos, no considero que esta sea una novela de sucesos o acción, aunque es obvio que estos se producen y animan la trama y atrapan al lector con la intriga de lo que acontecerá. La veo más bien como una novela de tesis, directamente emparentada con la primera novela histórica mexicana, el Jicotencal (Filadelfia, 1826) curiosamente, escrita por el cubano José María Heredia, donde asume no el modelo más popular de Walter Scott, sino el más útil y de servicio que representa el Cinq Mars, de Alfred d’Vigny.
Las reflexiones de sus protagonistas, sus amplias conversaciones –casi parlamentos- están destinadas a la exposición de ideas y programas, y buscan transmitir una conciencia histórica y cívica en el lector, para que con esta alternancia de voces dispares, contradictorias, pueda representarse el íntimo y desgarrador conflicto de la patria mexicana en uno de los momentos más trágicos de toda su accidentada historia milenaria.
No hay que olvidar, según se ocupa de hacer enfáticamente Quirarte, que ambos bandos contendientes defendían una idea, su idea, y los dos por igual, vencidos y vencedores sucesivos, ansiaban lo mejor para su patria. Podían fallar en sus medios, pero no es sus fines. Como alguien muy querido dijo, “podían partirse, pero no doblarse”.
Muy representativo es el personaje tomado de la realidad histórica, el General Epitacio (vaya nombre para una lápida) Huerta, quien nos recuerda que que en el sector liberal y nacionalista, había también voces que miraban con recelo a Benito Juárez, sin menoscabo de su patriotismo, como figura “providencial” demasiado afecta al poder y su perpetuamiento en él, que parecieron tener razón posteriormente. Se ha dicho que la muerte salvó a Juárez para la Historia: murió en el momento preciso. Todo lo contrario de Don Porfirio Díaz, cuyo pecado mayor quizá fue envejecer en el poder y morir demasiado tarde. Esa lección sigue vigente en América Latina…
Hace muchos años ya, escribí sobre un querido amigo EN común (que no “común amigo”, pues lo es de modo fiero y fervoroso en grado heroico y excepcional), que compartimos –avaros- Quirarte y yo, a quien, después de haber arrasado con todos los premios nacionales y extranjeros habidos y por haber, anuncié tempranamente su presencia en la República de las Letras (o el Reino de la Literatura como prefieren algunos monárquicos culturales) que “mucho más que una promesa era –y lo sigue siendo- una verdadera amenaza”.
Pues en el caso de Vicente habría que señalar algo semejante, y agregar que la amenaza es cumplida y cabal.
Todavía estoy tratando de adivinar cuál será el próximo género literario donde pruebe sus armas este poeta, ensayista, cronista y dramaturgo. Para colmo, si infancia es destino, el nombre es aviso: otro amigo ha desplegado un derroche de cultismo clasicista cuando ha desmenuzado el apelativo de este autor, que en su propio nombre lleva su estrella o sino, pues “Vicente” en latín –Uiquente– significa “Vencedor”, y su apellido cabe entenderlo como “Qüir-Artis”, de tal suerte que puede leerse como “las manos en el arte”, compuesto que nos da aceptablemente “quien pone sus manos vencedoras en el arte”. Y con semejante predestinación, queda abierta de par en par, de jamba a jamba, la multiplicidad de plectros: lo mismo es un gran poeta (entre los más conmovedores elegíacos de la lengua hispana hoy), que exitoso autor teatral, citámbulo cronista, jinete de jaripeo sobre el centauro del ensayo, gramático severo, académico querido y respetado, y servidor público aplicado y laborioso. Es decir, lo que se dice “un estuche de monerías” o, para acentuar su color autóctono, “un joyero de Olinalá”. Y todo lo anterior, dejando fuera esa medular elegancia del bien ser y el mejor estar que hace que sus amigos nos refiramos a él como “El Chentelman”, quien ahora va cabalgando, con la pluma como arpón, sobre el lomo de otro cetáceo blanco, Moby Dick de la historia, un nuevo Capitán Ahab de las letras mexicanas.