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Una mirada al ciclo poético de Arístides Vega
En su libro Juez y parte, de la Editorial electrónica CubaLiteraria, 2004, Jesús David Curbelo se pregunta:
“¿Dónde están las antologías personales de Roberto Méndez, Sigfredo Ariel, Carlos Augusto Alfonso o Arístides Vega, todos acreedores de prestigiosos premios nacionales e internacionales, y que han visto salir sus cuadernos a salto de mata entre esta y aquella oportunidad?”. Por suerte ya esa preocupación de Curbelo, y nuestra, ha dejado de ser, por lo menos en el caso del amigo Arístides Vega Chapú.
La mejor forma de comprender a un poeta es desentrañando aquello que ese poeta dice de sí mismo, como si con ello se descubriera la manera en que el mundo se realiza en él; aun cuando ese poeta llegue a escribir: a veces enmudecer es mi manera de comunicarme con el mundo.
Ocho libros de poesía de Arístides Vega Chapú aparecen compendiados en Que el gesto de mis manos no alcance (Ediciones Unión, 2007). Ocho libros que atestiguan más de dos décadas de constancia en el quehacer de la escritura poética, que ahora puedo sopesar en un solo volumen para que con ello me sea dada la posibilidad de releerlo de principio a fin, deteniéndome allí donde me dicten el brillo de los versos y el pasaje conmovedor,o repasarlo de una manera caprichosa y aleatoria, saltando de una a otra página como si con ello se me reafirmara aquello que ya conocía por las anteriores visitas a sus libros. Es como entrar en la casa del poeta.
En el primero de los libros aquí antologados, Últimas revelaciones en las postales del viajero (1989), me reencuentro con el poeta que canta a una ciudad y a un amor, temas en los que se muestra como sabio emisario de observaciones nostálgicas, de las cuales queremos ser parte. Se da a conocer como aquel que con voz latente nos dignifica desde esos sitios y situaciones que le son propios sin dejar de ser universales, diciéndonos a cada paso cómo ha sido su vida, sin el temor de ser juzgado.
Así será entonces el camino a seguir por Arístides Vega en La casa del monte de los olivos (1996). Con igual desgarramiento parece convencernos de una verdad que sólo puede ser encontrada en el sueño, ese sueño que logra levemente rozar la cotidianidad, pero sin demorarse en el cuestionamiento de esta, más bien su decir es una conversación a partir de sitios o seres entrañables.
Es ese perenne dialogar, de palabra cuidada que parece reverenciarse a sí misma, sin un tono rotundo o aleccionador, lo que mejor nos acerca a las interioridades del poeta, sus obsesiones, vicisitudes y satisfacciones, que lo llevan constantemente a dar testimonio de sí, de un yo potencializado, también a autodefinirse en el acto de la escritura:
Escribo al amanecer, con el terror de no saber
en qué brazos me dejaré atrapar para siempre
abrazando a un cuerpo que derrama fuegos sobre mi sombra.
He sido el dolor, la sutil perfección de una lágrima,
furia de acero en la letanía
del hondo vértice de una campana,
en la que reposan las aves venidas de los dudosos inviernos.
(“Días en los que Dios pone en mis manos
la suerte de una flecha y un arco”)
En este libro se nos presenta también la muerte, un estado que se acepta y se predice como un alivio, pero además como la salvación de todo lo que acompaña al poeta:
Ignoras que voy a morir, que ya he muerto
y sólo soy una aparición
recorriendo esta casa ajena a las luces de la noche.
(“Días en los que Dios…”)
Paso ahora a un poema libro que con acierto el autor no ha dejado fuera de la antología. Retorno de Selím es sin duda uno de los poemas más conmovedores que haya escrito Arístides.El texto gravita sobre una fina y profunda sensibilidad. La frase exacta, en un tono sutilmente elegíaco como telón de fondo, le sirve admirablemente para transcribir todas las coloraciones que la noción pérdida encierra. Retorno de Selím, no es para mí otra cosa que un magnífico ensayo lírico sobre la pérdida, que tiene antecesores en textos como algunos de los grandes poemas del siglo XX cubano, Últimos días de una casa, Muerte de Narciso, Faz… los menciono sin ningún pudor. Recio poema en versos libres -como en toda su obra-, encarna una envoltura lírica de primer orden, un punto de vista sutilmente actual, si bien suspendido al margen de toda angustia común o particular.
En El signo del azar encuentro a un poeta que trasluce experiencia, experiencia de vida y vivencia poética. Noto su profunda inserción en el devenir del mundo y de aquellas cosas que le son más cercanas.Me dice ahora de sus encuentros (o desencuentros) con Alejandra Pizarnik,T. S. Eliot, Rilke, Julián del Casal y Raúl Hernández Novás, es por lo tanto un poeta más universal sin dejar de serlo de la Isla, con una visión mucho más amplia del hombre, con frecuentes atisbos filosóficos y un dejo de escepticismo, un pensamiento sin fronteras que abarca al hombre y a la divinidad; bien se señala en la nota de contracubierta en la edición primera de El signo del azar (Capiro, 2002): “la contundente fuerza lírica de un poeta arribado a su madurez vital y creativa”.
Su palabra es ahora concentrada,la frase se alarga en un deleite que nos apresa desde una escritura que cuida la cadencia del verso libre y entabla una relación conflictiva entre las ideas, para implicarnos en entornos existenciales de sugerentes reafirmaciones éticas.
El riesgo de la sabiduría (Editorial Capiro, 2000) lo reafirma como un poeta de sello profundamente humano, y en el sentido más amplio de este adjetivo adviértase la naturaleza compleja del ser humano en lo sensorial y lo religioso, en lo pasional y lo apacible, en las bondades del mundo y en sus desdichas, en lo inocente y en lo suntuoso, y en resumen, en la virtud y sus contrarios.
Poesía de lo humano porque está recorrida por el hombre, porque en ella se trasluce lo intuitivo por encima de la razón y las ideas parecen desprenderse de ese impulso de lo primitivo,como si obedecieran a una lógica de los instintos -o una ilógica de la razón- que deriva irremediablemente en el misterio como sustrato de toda la creación de este poeta; lo cual es también apreciable en los dos penúltimos libros de la antología: De lo que se supone (2001) y Días a la deriva (2003):
Voy por calles de nombres desconocidos
que nunca antes recorrí
porque hacia donde conducen no son sitios
en los que pensé hallar mi felicidad.
Acompañado por el silencio
de cuando se ha interrumpido la lluvia
y el cielo queda despejado de nubes y aves,
cierro los ojos
por no mirar lo que no me seduce.
Lo que seduce al poeta es esa búsqueda misteriosa por calles de nombres desconocidos/ que nunca antes recorrí, el límite que existe entre la palabra sin lujos idiomáticos, sin pirotecnia, y ese silencio acompañante, todo disuelto en evocaciones que al final descubrimos como la entraña misma de su poesía.
Por último, la poesía inédita que recoge el volumen prolonga el intimismo anterior y llega hasta el umbral del singular texto “La soledad de soñar con un ciervo” -ciervo este no vulnerado-, donde se describe un mundo de apegos que el yo del poema necesita compartir, el ciervo es alegoría del bien y la belleza, principio de un mensaje que agrupa preocupaciones ontológicas, sobre amor como sujeto con quien conversa, todo lo cual confiere a los textos un profundo carácter de introversión.
Esta antología personal contiene además de lo mejor de su obra una muestra amplia de su progresión como poeta que a todas luces factura sus textos con cuidado artesanal.Por ello los temas no resultan ampulosos ni desmedidos y nos van señalando su floresta intimista en la que aparecen notas de sensualidad, intelectivas y emotivas.
Así es el poeta Arístides Vega.Y su obra toda, para nada maleada por corrientes estéticas de su tiempo, bien llámese Que el gesto de mis manos no alcance, es como una gran revelación, especie de soliloquio que se hace extensivo al lector, al prójimo, le habla en voz tenue y cariciosa, con un admirable poder de sugestión.
Publicado originalmente en: La letra del escriba, Junio 2008
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Un acercamiento a “Sagradas Pasiones”
Arístides Vega Chapú (Santa Clara, 1962) es un poeta del detalle, de mirada inquisidora, un poeta descriptivista. En este sentido me detengo en su libro Sagradas pasiones, publicado por la editorial Letras Cubanas (Habana, 2005) y reeditado por la Editorial Voces de Hoy (Miami, 2012). Vemos allí que el poeta va describiendo sus pasos, describe además el significado de cada cosa o fenómeno que frente a él sucede, sus connotaciones y denotaciones, sombras y luces, y los diferentes efectos que en él van causando. Pero también se detiene a registrar aquello que ve con el rabillo del ojo, como corresponde a todo ser hipersensible y al mismo tiempo tentado por la palabra.
En la primera sección, «Bajo la luna de Valencia», la palabra vacío aparece doce veces, casi siempre entrañando en el poema el anhelo por algo valioso y trascendente. Así encontramos: el vacío de una imagen, el vacío espacio de lo que fue mi casa, vacío perfecto de la noche, vacío que dejó desocupada mi mala memoria, vacío de todo cuanto dejó de existir, casa vacía, enorme vacío, parcelas de vacío en que no sopla viento alguno, vacío de signos, manos vacías, vacío espacio, boca vacía del silencio.
Las ideas están concatenadas con una limpieza y con un respeto por la palabra que nos sitúan ante una realidad conocida y perfectamente reconocible, un mundo que nos es siempre familiar.
Los títulos son enunciativos en su mayoría, aunque no explicativos; no regalan el misterio del poema. Casi siempre funcionan como una señal que sirve de punto de partida, un hecho concreto del cual parte el poeta para entrar en una serie de reflexiones, a una historia que va aumentando en intensidad; pero paralela a la misma subyace otra que significa una verdad muy íntima, y esta no es más que la verdad poética, eso otro que el poeta quiere trasmitir, un estado, un efecto que mediante el coloquio normal y cotidiano es imposible lograr.
Aquí parece que el poeta está dominado por la observación (la observación del ser que está en solitario) y por la revelación minuciosa y lenta de lo captado, con un decir en el cual lo primordial no es la sonoridad del verso sino su exactitud, su eficacia, su síntesis.
Muchas veces se apela al recurso del suspenso, en el sentido de que solamente al final se resume en una frase aquello que estamos esperando y que sin embargo nos sorprende. De esta forma lo poetizado se reduce a la contemplación, la revelación y la coherencia del discurso. Es el sosiego lo que rige estos textos que se sugieren como dichos en voz muy baja, en los que rara vez se recurre a la interrogación, la exclamación, la interjección, la negación. Nada es grandilocuente.
Esas «pasiones» de la segunda sección del libro, «Diálogos con la luz», señalan el encuentro de Arístides Vega, de su yo más anecdótico, con personajes como Frida Kahlo, Oscar Wilde, Anna Ajmátova, el padre; otros ficticios como el clarividente, el arquero; también con nociones abstractas como el silencio, el sosiego, la libertad, la cotidianidad, la contemplación, el pasado, etcétera, que en cada caso se erigen centros de poemas nostálgicos, hondos y finos en su aspecto compositivo, y, como ya he señalado, sorprendentes por sus finales. Aquí el poeta se mueve en una atmósfera de total frugalidad: «No poseía máscara alguna, ni siquiera los perfectos postigos que me convierten en un ave del paraíso», dice en «Pasión de San Judas por la luz», poema capital en el libro, donde lo primordial es el ambiente que crea su prolongada lectura, sin notas discordantes o sobresaltos, dejando como sedimento esa paz del alma y esa ternura que provoca el amor por la naturaleza.
En general, “Sagradas pasiones” tiene la marca de una poesía de la lucidez, de la seguridad y el convencimiento, con ello por supuesto arrastra un vocabulario propio de la consagración de una intimidad; intimidad como sitio único donde se permiten asociaciones y cercanías simbólicas entre: cuerpo y noche, luz y Dios, vacío y oscuridad, abismo y noche, verdad y Dios, palabra y estrella, ave y belleza, libertad y fuga.
El libro es «una suerte de guía sentimental», según reza con acierto en su nota de contracubierta, pero también es una especie de galería confesional de la experiencia y la emoción del poeta que ya no teme mostrarse tal y como es. Para ilustrarnos en ello debe leerse un poema como «Pasión por la búsqueda». Pero baste como ejemplo por ahora estos versos de «Pasión por la belleza»: «A merced de quedar sin fuerzas / dejo constancia de lo que me produce asombro».
Todo gran poeta es también un gran solipsista y la mejor forma de comprenderlo es desentrañando aquello que ese poeta dice de sí mismo, como si con ello se descubriera la manera en que el mundo se realiza en él; pues un solo verso lo define más que toda una vida de conversación.
Pienso que por este camino encontramos la mejor poesía de Arístides, de una progresión de quien forja, como Vulcano, en las profundidades del alma. Creo que así es en efecto este poeta, y su obra toda, para nada maleada por corrientes estéticas de su tiempo, es como una gran revelación, especie de soliloquio que se hace extensivo al lector, al prójimo, a quien le habla en voz tenue y cariciosa, con un admirable poder de sugestión.
Publicado originalmente en: OtroLunes – Revista Hispanoamericana de Cultura, No.26, Febrero 2013


