Un acercamiento a “Sagradas Pasiones”,
un poemario de Arístides Vega Chapú

Edelmis Anoceto

sagradas-pasionesSagradas pasiones
Arístides Vega Chapú
Editorial Voces de Hoy, Miami, 2012

 

Arístides Vega Chapú (Santa Clara, 1962) es un  poeta del detalle, de  mirada inquisidora, un poeta descriptivista. En este sentido me detengo en su libro  Sagradas pasiones, publicado por la editorial Letras Cubanas (Habana, 2005) y reeditado por la Editorial Voces de Hoy (Miami, 2012). Vemos allí que el poeta va describiendo sus pasos, describe además el significado de cada cosa o fenómeno que frente a él sucede, sus connotaciones y denotaciones, sombras y luces, y los diferentes efectos que en él van causando. Pero también se detiene a registrar aquello que ve con el rabillo del ojo, como corresponde a todo ser hipersensible y al mismo tiempo tentado por la palabra.

En la primera sección, «Bajo la luna de Valencia», la palabra vacío aparece doce veces, casi siempre entrañando en el poema el anhelo por algo valioso y trascendente. Así encontramos: el vacío de una imagen, el vacío espacio de lo que fue mi casa, vacío perfecto de la noche, vacío que dejó desocupada mi mala memoria, vacío de todo cuanto dejó de existir, casa vacía, enorme vacío, parcelas de vacío en que no sopla viento alguno, vacío de signos, manos vacías, vacío espacio, boca vacía del silencio.

Las ideas están concatenadas con una limpieza y con un respeto por la palabra que nos sitúan ante una realidad conocida y perfectamente reconocible, un mundo que nos es siempre familiar.

Los títulos son enunciativos en su mayoría, aunque no explicativos; no regalan el misterio del poema. Casi siempre funcionan como una señal que sirve de punto de partida, un hecho concreto del cual parte el poeta para entrar en una serie de reflexiones, a una historia que va aumentando en intensidad; pero paralela a la misma subyace otra que significa una verdad muy íntima, y esta no es más que la verdad poética, eso otro que el poeta quiere trasmitir, un estado, un efecto que mediante el coloquio normal y cotidiano es imposible lograr.

Aquí parece que el poeta está dominado por la observación (la observación del ser que está en solitario) y por la revelación minuciosa y lenta de lo captado, con un decir en el cual lo primordial no es la sonoridad del verso sino su exactitud, su eficacia, su síntesis.

Muchas veces se apela al recurso del suspenso, en el sentido de que solamente al final se resume en una frase aquello que estamos esperando y que sin embargo nos sorprende. De esta forma lo poetizado se reduce a la contemplación, la revelación y la coherencia del discurso. Es el sosiego lo que rige estos textos que se sugieren como dichos en voz muy baja, en los que rara vez se recurre a la interrogación, la exclamación, la interjección, la negación. Nada es grandilocuente.

Esas «pasiones» de la segunda sección del libro, «Diálogos con la luz», señalan el encuentro de Arístides Vega, de su yo más anecdótico, con personajes como Frida Kahlo, Oscar Wilde, Anna Ajmátova, el padre; otros ficticios como el clarividente, el arquero; también con nociones abstractas como el silencio, el sosiego, la libertad, la cotidianidad, la contemplación, el pasado, etcétera, que en cada caso se erigen centros de poemas nostálgicos, hondos y finos en su aspecto compositivo, y, como ya he señalado, sorprendentes por sus finales. Aquí el poeta se mueve en una atmósfera de total frugalidad: «No poseía máscara alguna, ni siquiera los perfectos postigos que me convierten en un ave del paraíso», dice en «Pasión de San Judas por la luz», poema capital en el libro, donde lo primordial es el ambiente que crea su prolongada lectura, sin notas discordantes o sobresaltos, dejando como sedimento esa paz del alma y esa ternura que provoca el amor por la naturaleza.

En general, “Sagradas pasiones” tiene la marca de una poesía de la lucidez, de la seguridad y el convencimiento, con ello por supuesto arrastra un vocabulario propio de la consagración de una intimidad; intimidad como sitio único donde se permiten asociaciones y cercanías simbólicas entre: cuerpo y noche, luz y Dios, vacío y oscuridad, abismo y noche, verdad y Dios, palabra y estrella, ave y belleza, libertad y fuga.

El libro es «una suerte de guía sentimental», según reza con acierto en su nota de contracubierta, pero también es una especie de galería confesional de la experiencia y la emoción del poeta que ya no teme mostrarse tal y como es. Para ilustrarnos en ello debe leerse un poema como «Pasión por la búsqueda». Pero baste como ejemplo por ahora estos versos de «Pasión por la belleza»: «A merced de quedar sin fuerzas / dejo constancia de lo que me produce asombro».

Todo gran poeta es también un gran solipsista y la mejor forma de comprenderlo es desentrañando aquello que ese poeta dice de sí mismo, como si con ello se descubriera la manera en que el mundo se realiza en él; pues un solo verso lo define más que toda una vida de conversación.

Pienso que por este camino encontramos la mejor poesía de Arístides, de una progresión de quien forja, como Vulcano, en las profundidades del alma. Creo que así es en efecto este poeta, y su obra toda, para nada maleada por corrientes estéticas de su tiempo, es como una gran revelación, especie de soliloquio que se hace extensivo al lector, al prójimo, a quien le habla en voz tenue y cariciosa, con un admirable poder de sugestión.

Santa Clara, 21 de diciembre del 2012.