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La memoria defendida
Decía Jorge Luis Borges que los libros son «simulacros de la memoria»; sin embargo, el volumen No hay que llorar de nuestro Arístides Vega Chapú, logra resistirse a esa definición. Más cercanas se encontrarán estas páginas al «cesto en llamas» martiano, antes que entregarse a la simulación. Yo, como Alonso Quijano al leer novelas de caballería, he creído cada palabra.
Digo he creído porque nací en el año de la muerte del mismo Borges, de modo que al comenzar lo más atroz de la crisis, era todavía un niño. Al repasar ahora estos testimonios comprendo a cabalidad que mi memoria de entonces también ha sido defendida, pero de forma distinta: entre aquella realidad y yo, mis padres cavaron el foso de los castillos medievales; algo que a su vez hicieron Lidia Meriño y Laidi Fernández de Juan con sus propios hijos. No puedo decir, como en los versos lezamianos, «mi memoria prepara su sorpresa: / gamo en el cielo, rocío, llamarada», sino que la memoria de los otros prepara mi sorpresa: el hambre (Dean Luis Reyes, Yoss, Agustín Labrada, Ernesto Peña, Carlos Esquivel); la doble oscuridad (Aitana Alberti, Enid Vian); la lucha del espíritu (Rebeca Murga, Virgilio López Lemus, Ricardo Riverón, Reinaldo Montero, Guillermo Vidal, Luis Cabrera Delgado, Edel Morales, Lina de Feria, Zaida del Río); ventas, compras y trueques insólitos (Félix y Francis Sánchez, Arturo Arango, Lourdes González, Víctor Hugo, Otilio Carvajal, Lorenzo Lunar); el nacimiento de hijos (Caridad Atencio, Alberto Garrandés); dejar o no dejar la Isla (Emilio Comas Paret, Aramís Quintero, Rolando Rodríguez, Luis Mesa Fernández, Manuel García Verdecia, Odette Alonso, Laura Ruiz).
Desdeño, pues, toda crítica vana, todo cuestionamiento indigno, toda posible intolerancia, todo comentario sin revestimiento humanísimo con respecto a este libro. Me enorgullece el decoro, como cubano y escritor, de respetar la memoria defendida. Si en Cuba se hubiese vivido un tiempo de prosperidad y abundancia que igualasen a la magnitud de la miseria vivida durante del Período Especial, Arístides habría juzgado necesario dar fe de ello también. Recuerdo que en Roma existió un general: Arístides el Justo; no creo que nuestro Arístides desmerezca ese título. Para mí las calamidades que Alvar Núñez Cabeza de Vaca narra en sus Naufragios valen tanto como el oro o la fuente de la eterna juventud que los mismos conquistadores buscaron.
Pensemos, pues, que estos testimonios son el oro de aquellos años de naufragio. Así, con el fervor del devoto a quien le son concedidos los dones del espíritu, agradezco tales signos de permanencia capaces de hacerme disentir de don Francisco de Quevedo cuando dice que «apenas se defiende la memoria / de las oscuras manos del olvido». La memoria tiene a sus valientes en este libro; la memoria tiene en Arístides a Urías, el heteo, aquel soldado que dormía a la puerta de la casa del rey David sin querer retirarse a otro sitio, aunque después el soberano lo enviase a lo más cerrado de la batalla.
Publicado originalmente en: Blog “Ogún guerrero”, 17 de enero de 2012
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Steinway & Sons
La editorial madrileña Atmósfera Literaria recién acaba de anunciar la salida de una cuidada y atractiva edición de la última novela escrita por Arístides Vega Chapú (Santa Clara, 1962) un cubano que pese a tener un sitio en la lírica de su país en los últimos años se ha reafirmado como un excelente narrador.
Singular, como la rosa de Jericó que crece en los desiertos de Siria; elegante y conmovedora, como el piano de cola al que remite su título; así resulta Steinway & Sons del ya universal Arístides Vega Chapú. Sin embargo, a riesgo de ganarme la desconfianza del lector prejuicioso, sumaré otro adjetivo: divertida. Dicha característica, aunque más propia de la novela decimonónica, trasciende aquí la mera acumulación de hechos risibles y los vanos efectismos del folletín. Divertida es porque desacraliza las absurdas nociones que imperan en las culturas occidental y oriental. En ese sentido, Arístides ofrece el mejor ejemplo al tratar cuestiones como religión y sexualidad dentro de la tradición árabe. Así pues, lo inusual de sus personajes, con sus acciones no menos inusuales, nos habla en realidad de la tolerancia, de la libertad y de la plenitud, negadas al hombre solamente por el hombre mismo. Desde la Bernhardt, que dormía en un sarcófago, hasta su bisnieta Zoila Kaput, quien hizo instalar una bañera en la saleta para recibir metida en el agua a las visitas, pueblan estas páginas los seres más pintorescos: Petrus Giaburt, «capaz de atender y satisfacer hasta dieciséis damas en un día»; la baronesa Elsa von Freytag Loringhoven, quien sabía «las abismales diferencias entre las culturas china, laosiana, indonesa y japonesa» y había hecho el amor «con hombres, mujeres y animales»; el Moro, quien preparaba «remedios naturales para todo tipo de disfunción sexual, fuera impotencia o eyaculación precoz o cualquier otro de los muchos trastornos que pueden aniquilar a un hombre»; el Indio y sus cuatro esposas: la depiladora, la partera, la escribana y la embelecadora; la dueña de un circo y su amante el domador de leones, que gustaban de tener sexo junto a las fieras; el triángulo amoroso de una china, un negro y una enana sin brazos; Peggy Stam y su novio somalí; el ciego afinador de piano, apodado «Oídos de oro»; Mary Wels, «la cuarta y última esposa de Hemingway»; y no podían faltar, por supuesto, verdaderos mitos de la música que Arístides reverencia: el Bola, Rita Montaner, Esther Borja, María Teresa Vera, Caturla, Lecuona… Justamente, si ya Mozart ejecutó susDivertimentos, una novela tan musical como esta es el gran divertimento de Vega Chapú. No me atrevería a clasificarla, porque como toda obra maestra vuelve en si misma a fundar el género: novela psicológica, novela de viaje, novela poética, novela simbólica… participa de cada una y sobre ellas se eleva. Con Steinway & Sons, Arístides ha sido fiel a la definición dada por Henry James: «Una novela es una impresión personal de la vida.», así como a la que sostiene Virginia Woolf: « ¡Qué extraño es el vivir! No se sabe nunca hacia dónde se va, ni qué es lo que realmente se desea (…) La novela es un buceo en todo lo infinitamente extraña que es la condición humana.» De un autor como Vega Chapú, nunca esperen menos.
Publicado originalmente en: OtroLunes – Revista Hispanoamericana de Cultura, No.24, Septiembre 2012
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Los encantadores oficios de un hombre discreto y los discretos oficios de un hombre encantador
La Antigüedad podría entregarnos notables modelos del hacerdevenido ser, pero creo que la Edad Media con sus gremios de artesanos propone una magia mayor: la herencia de una tradición que nos convierte. El maestro zapatero, por ejemplo, transmitía los secretos de su arte al hijo o al aprendiz, puesto que todo aprendiz es un hijo de su maestro, algunos menos fieles que otros. Más que hacer zapatos el hombre era el zapatero. Poseía una ética, un código bien estricto; atesoraban su oficio como caballeros templarios. Cada gremio tenía una índole de secta religiosa que la Modernidad luego disolvió.
Cuando digo Modernidad, digo también burguesía. Si para los romanos el artista no rebasaba el estatus de mero artesano por ser un hombre que vivía de trabajar con sus manos, para la burguesía —y por la misma razón— el artesano vuelve a ser un esclavo. En ese sentido, el título del más reciente poemario de Arístides Vega Chapú El discreto encanto de los oficios (Editorial Voces de Hoy, Miami, 2013) no se reduce a un simple juego verbal con el título de la película de Luis Buñuel El discreto encanto de la burguesía, sino que evidencia una intención de mayor alcance. El matiz irónico del rótulo fílmico pasa a un carácter dignificador en el rótulo poético; lo discreto retoma su sentido de humildad a la vez que de grandeza reales.
En una página memorable como “La conversación con el carpintero”, Eliseo Diego asume una posición que, en cierto modo, sigue Vega Chapú; posición a medio camino entre el poeta como un artesano de la palabra y el poeta como un burgués del espíritu. Nos dice el autor de En la Calzada de Jesús del Monte: “otra conversación secreta va / tramándose a su modo entre los dos, / el Carpintero tú, y yo el Escriba, / viejos oficios respetables, / maneras de vivir / y de morir / que ciertamente han visto / más de un amanecer, más de un crepúsculo”.1 No por azar entonces Arístides ha situado como primer poema “El albañil”, texto que marca una pauta ética en el posterior desarrollo del libro:
Dejo que arme esta casa, pieza tras pieza,
sobre el cimiento de mis hombros.
Abro la puerta, la puerta recién colocada
en medio del polvo, en medio de mí,
para que los días penetren en una casa a medio hacer.
Dejo que coloque ladrillo tras ladrillo,
aparente simetría que me obliga a permanecer
con las manos a las espaldas,
los ojos bien cerrados para alejar los ruidos
y quedar a solas con mis ancestros.2
Tanto el Escriba y el Carpintero como el Poeta y el Albañil se igualan al tiempo que se enaltecen. Alguien que escribe es alguien que construye. El poder edificar una obra sobre nuestros hombros se logra al estar nosotros levantados sobre nuestros mayores. La escritura como tradición, como legado; idea que nos recuerda otra vez la herencia del oficio en los hombres medievales.
Ya con “El albañil”, primera de las treinta y cuatro piezas que integran el volumen, Arístides nos devela una constante: el hacer como pretexto para discurrir sobre el ser. No resulta extraño entonces que junto a poemas de ocupaciones más convencionales como “El albañil”, “El guardián”, “El jardinero”, “El carpintero”, “El herrero”, “Barredor de calle”, “El leñador y su mujer en la despedida”, “El pescador”, “El balsero”, “El matarife”, “Narrador de noticias”, “El portero”, “Recogedor de perros”, “El enterrador” y “Lector de ciego”, aparezcan otros sin nombrarse oficios propiamente: los familiares “Cabeza de familia”, “El esposo”, “Los amantes” y “Los emigrantes”; los sensitivos “Hombre que mira”, “Hombre que escucha” y “El ciego”; los devotos “El apostador”, “El pagano”, “El caminante en su noche” y “El penitente”; los deportivos “El jugador” y “El canopysta”; los circunstanciales “El testigo”, “El asombrado”, “Hombre solo” y “El condenado”; los artísticos “El equilibrista” y “El fabulador”. Una constante. Desde los primeros versos del primer poema hasta los últimos del último. Así en “El fabulador” nos declara:
Ninguna hay que le resulte más conmovedora,
entre las múltiples para referirse a la muerte,
que la propia palabra muerte.
Tanto, que a veces la escribe sobre el vacío,
cegado por el sonido al deletrearla,
por la sensación de creerse otro
y vencer el miedo a las tantas cosas que teme
quien se cree un único sobreviviente.
Es un hecho comprobado:
desde la distancia disfruto del ritual
en que Dios le ordena sus palabras
y él las sopla desde su herida garganta
a sabiendas de que sus ojos han quedado fijos
como si no existiese otra verdad.3
Si “El albañil” es el alfa en esta galería, “El fabulador” es por ley la omega. Alfa y omega, y entre ellos el poeta. El fabulador, a quien “Dios le ordena sus palabras”, nos remite, en cierto modo, al diálogo platónico “Ion o de la poesía”, donde el poeta es el vínculo entre la divinidad y los hombres, el poeta como un trabajador de Dios que no merece exaltación porque su obra es obra de un ser superior. Sin embargo, nadie negaría la honda entraña humana que recorre la página, aunque sea la palabra muerte —o porque es la palabra muerte— la que profiere el fabulador. No interesa lo arquetípico si deviene fórmula, mero esteticismo. Entre el albañil y el fabulador se genera un diálogo otro, una sensibilidad otra, como la conversación entre el Escriba y el Carpintero.
Hasta hoy no había comprendido el principio rabínico que prescribe a cada hombre aprender un trabajo manual. Baruch de Spinoza, por ejemplo, dominó el arte de fabricar y pulir cristales, lo cual le ganó cierta fama de óptico respaldada después por su agudeza filosófica a la hora de desentrañar el universo. Antes que Spinoza ya Sócrates había hecho otro tanto al equiparar su obra con el oficio de comadrona de su madre; la mayéutica no era sino el arte de hacer parir las ideas. Esos hombres que son el pasado han vuelto a mí con Arístides.
Publicado originalmente en. Letralia, Año XVIII • Nº 296, 3 de marzo de 2014



