Recepción crítica de los principales estrenos de Lourdes Ortiz en España

Sobre su dramaturgia

Eduardo Pérez-Rasilla y Guadalupe Soria Tomás
Universidad Carlos III de Madrid

Estrenos de lourdes ortiz. Ficha artística y recepción crítica

 "Penteo (1984). © Fotógrafo: Manuel Martínez Muñoz/CDT. INAEM"

«Penteo (1984). © Fotógrafo: Manuel Martínez Muñoz/CDT. INAEM»

PENTEO

Estreno: 1983 en la RESAD de Madrid y programada en el Real Coliseo de Carlos III de San Lorenzo del Escorial los días 27, 28 y 29 de enero de 1984. Montaje con dirección de Lourdes Ortiz y protagonizado por el Grupo Taller Arte Dramático de Madrid (ABC, 24.1.1984: 64; Hormigón, 2000: 642 y CDT.)

 

FEDRA

Edición: Madrid, Irreverentes. Colección de Teatro, 2013.

Estreno: 1984 en el 2º certamen de Teatro Madrid-región (Getafe), después programada en el Teatro Lope de Vega de Sevilla el 12 de julio  por el Grupo Taller Arte Dramático de Madrid con dirección de la propia Lourdes Ortiz. 4 funciones. Reparto: Marta Baro, Jesús Prieto, Julia Royo, Daniel Sarasola, Luis Valdivieso (Ortiz, 2013, ABC. Sevilla, 10.7.1984:31 y Martínez Velasco, 1984: 75).

Escenificaciones posteriores: Lectura dramatizada el 7 de marzo de 1996 en la Sala Manuel de Falla de Madrid dentro del II Ciclo de Lecturas Dramatizadas organizado por la Sociedad General de Autores y Editores. Lectura dirigida por Elena Cánovas y con el siguiente elenco: Paca Gabaldón, Miguel Ortiz, Antonio Canal, Mara Goyanes, José Bau, Juan Carlos Talavera, Robert Muro, Javier Mangado, Natalia Jara y Leopoldo Ballesteros. Músicos: Iñaki Arredondo, Adán Carreras, Nacho Herránz y Adriana Ruiz Azúa (López Mozo, 1996: 23-24 y CDT).

 

"Yudita: Marta Belaustegui (1988). © Fotógrafo: Enrique Castellano/CDT. INAEM"

«Yudita: Marta Belaustegui (1988). © Fotógrafo: Enrique Castellano/CDT. INAEM»

YUDITA

Edición: Yudita. Edición de Felicidad González Santamera. Publicada junto con Los motivos de Circe, Madrid, Castalia. 1991.

Estreno: el 8 de febrero de 1988 en la Sala de Columnas del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Función producida por la agrupación De Actores, con dirección de Francisco Ortuño y protagonizada por Marta Belaustegui y José María Sacristán. En cartel hasta el 13 de marzo. Tres días más tarde se realizó una función en la Universidad de Alcalá de Henares -Aula de la Cultura-. La obra se programó además en el Teatro Jovellanos de Gijón dentro del Festival Internacional de Teatro «Mujeres a Escena» celebrado en el mes de mayo del mismo año.

Escenificaciones posteriores:  El 21 de septiembre de 1996 la compañía Araira, bajo la dirección de Susana Cantero, programa Yudita en la Sala Ático de Getafe, Madrid. La función la interpretan Esperanza López Tamayo y Rafael Campos (CDT, Hormigón, 2000: 646-648, Ya: 08.02.1988, La Voz de Asturias: 08.05.1988 y  El Mundo: 13.9.1996 y 27.10.1996).

 

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Entrevista con Lourdes Ortiz

Programa de mano. Teatros del Círculo de Bellas Artes. Temporada 87/88. CDT (Signatura: PRO-6487 )

 

P.- ¿Qué es Yudita?

L.O.- Supongo que una meditación en voz alta sobre esa realidad dolorosa, cotidiana del terrorismo y la muerte.

P.- ¿Un discurso moral? ¿Una condena?

L.O.- No. En absoluto. El dramaturgo, el novelista no se plantea soluciones, mensajes o tomas de postura como el político o el sacerdote. Cuenta y crea desde uno o varios personajes, les deja hablar, se mete en sus tripas o más bien son ellos los que utilizan al autor para encarnarse.

P.-Pero en todas sus obras, también en sus novelas, hay esa preocupación, esa obsesión, más bien, por la violencia.

L.O.-Sí. Es verdad. Quizá porque soy demasiado pacifista, tengo poca adrenalina y entiendo mal el odio, son temas que literariamente no dejan de fascinarme. Me pregunto continuamente sobre ellos y además son situaciones límites donde el hombre se enfrenta consigo mismo sin que valgan justificaciones o discursos. Quizás por eso me parecen materia literaria.

P.-He creído ver en el título una referencia a la Yudith bíblica. Si es así, ¿por qué ese cambio de nombre?

L.O.- Porque podía haberme limitado a recrear el personaje bíblico: la mujer fuerte que cree salvar a su pueblo y da muerte a Holofernes. Pero esta vez no quería jugar con la metáfora, que podía distanciar la situación. Yudita es un personaje de nuestros días, de aquí y ahora. Era eso lo que me interesaba resaltar.

P.- ¿Por qué un monólogo?

L.O.-El texto fue escrito para una actriz, Marta Belaustegui. Además el monólogo me planteaba nuevos problemas de dramaturgia. En mis obras de teatro anteriores (Penteo, Fedra o en La Cenicienta, que todavía no se ha estrenado), jugaba con muchos personajes, coros, etc. Es un teatro difícil de montar, caro y que necesita el apoyo institucional. Yo desde Penteo he ido modificando muchos de mis planteamientos en torno al teatro que se debe hacer aquí y ahora. Me aburre cada vez más eso que se ha dado en llamar últimamente teatro cortesano. Creo en un posible tema ooff, off (o como prefiera llamarlo). Un teatro que recupere al actor, al texto y sobre todo que conecte con los problemas y la mentalidad de una época: 1988. Me sigue interesando mucho la experiencia de Brecht, el cabaret político, el engarce del lenguaje culto y popular…en fin: eso que también se daba en Lorca y en los clásicos. Esa síntesis la he buscado más en mis otras obras. De algún modo, Yudita supone una ruptura, porque me exigía un tono coloquial, que por otra parte conectaba con el tipo de teatro de tradición naturalista que el grupo de teatro «De actores» parece preferir por formación y gusto. Además, para contar precisamente lo que quería contar y no otra cosa, ese era el modo. Pienso siempre que no hay separación alguna entre forma y contenido. Ni en novela, ni en teatro. Y apuesto por un nuevo teatro hecho por esos nuevos directores, esas nuevas actrices que vuelven a pensar en el teatro no como profesión, sino como un Arte más, que las aúna a todas.

 

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El País (05.02.1988)

Realidad dolorosa

«Una meditación en voz alta sobre esa realidad dolorosa, cotidiana del terrorismo y la muerte». Así sintetiza la autora Lourdes Ortiz su obra Yudita, casi un monólogo dramático en el que al escribirlo pensó desde el primer momento en la joven actriz Marta Belaustegui.

El espectáculo -dirigido por Francisco Ortuño e interpretado, además de por Marta Belaustegui, por José María Sacristán- pretende ser, por parte de todos los que intervienen en el montaje una apuesta: «Queremos», comenta Lourdes Ortiz, «que sea una alternativa al teatro cortesano». La autora, una madrileña de 44 años y uno de los nombres femeninos más firmes de la dramaturgia española, afirma que, aunque en otros momentos le interesaba más el teatro social, «hoy por hoy este teatro sin medios, en el que un texto un actor desnudo se enfrentan al público, es el que más me interesa».

El personaje principal de la obra, Yudita, es una estilización contemporánea de la Judith bíblica, que tiene que matar porque cree que defiende una causa. La acción narra la situación que envuelve a una joven terrorista que se enfrenta a la decisión a tomar con un secuestrado.

Lourdes Ortiz, a quien el tratamiento de la violencia siempre le ha parecido uno de los temas más interesantes de la literatura, no se ha centrado tanto en el aspecto político como «en la situación que lleva a una joven a meterse en un grupo terrorista».

Los actores Marta Belaustegui y José María Sacristán han sido formado profesionalmente en la Escuela de Arte Dramático de Madrid. Fue allí donde Lourdes Ortiz les vio trabajar en un montaje, y desde entonces les considera dos firmes promesas de la interpretación española. El montaje ha tenido grandes dificultades para ser llevado a cabo, ya que por el momento no ha contado con ningún tipo de subvención. La autora está especialmente interesada en apoyar este tipo de propuestas.

Rosana Torres

 

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Diario 16 (08.02.1988)

Lourdes Ortiz se ha acercado con anterioridad a los conflictos terroristas en su novela En días como éstos. De hecho, la violencia es una constante en su producción, cosa que ella achaca a su visceralidad pacifista, que le lleva a plantearse las motivaciones de determinadas reacciones humanas en situaciones límite.

El origen de Yudita, que plantea la espera de una joven terrorista para matar a un empresario secuestrado, se incluye en una serie de relatos sobre personajes femeninos históricos o mitológicos. Agrupados con el título de Los motivos de Circe, aparecerán publicados próximamente.

Yudita se plasma en un monólogo para el teatro cuando la actriz Marta Belaustegui y el director Francisco Ortuño, responsable del montaje que se estrena hoy en la sala de columnas del Círculo de Bellas Artes, le piden un texto.

«Mi experiencia teatral, tanto en las clases de la Escuela de Arte Dramático como mucho más en los dos montajes –Penteo y Fedra– que dirigí, han hecho que me preocupe por el mecanismo del teatro dentro del teatro, por el proceso de construcción escénica, de dirección, de producción -afirma la directora-. Con Yudita he intentado escribir para las cualidades interpretativas de Marta, que es una destacable actriz. Me interesa el proceso del autor, la actriz y el director para hacer un vivo que mueva a la reflexión.»

En este sentido, Lourdes Ortiz, confiesa que cada día le aburre más lo que se ha dado en llamar teatro cortesano, entendiendo por esta denominación que el teatro se ha quedado convertido en un hecho de salón: «todo pulcro, en el que nada sucede. Al espectador se le ofrece como un hecho cultural, envuelto en una perfección estética. Hay mucho dinero detrás, pero una frialdad de ideas que nos conduce a un lenguaje muerto».

Sobre Yudita señala que superó la primera intención de hacer una revisión contemporánea de la Judith bíblica que manta a Holofernes para salvar a su pueblo, y se adentró a reflexionar sobre las contradicciones de una joven terrorista actual. Su meditación aborda el contrapunto de la inocencia y la ingenuidad de la doncella capaz de dar muerte: «He querido mostrar cómo puede vivir eso.»

Para Lourdes Ortiz, el monólogo como forma teatral aislada ofrece grandes posibilidades para el desarrollo de las cualidades interpretativas del actor. Marta Belaustegui, encargada de mantener durante una hora y cuarto la tensión escénica en Yudita, señala que lo que le importa es «conseguir que sea una verdad teatral».

Fernando Bejarano

 

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El Público, 53 (febrero 1988: 35)

Yudita contra Holofernes, antes del atentado

En la sala de las Columnas del Círculo de Bellas Artes, se estrenó el pasado día 8 de febrero Yudita, de Lourdes Ortiz. Un monólogo que nos pone en la pista de ese fugaz momento en que la ingenuidad de una joven se cruza con la violencia terrorista.

Yudita (la Judith de nuestros días). Con este título, Lourdes Ortiz toma contacto como autora con la escena por tercera vez. Antes fueron Penteo y Fedra, estrenadas en 1983 y 1984, respectivamente. Alusiones todas a personajes de la mitología literaria o religiosa pero con evidentes reelaboraciones personales. En el caso de Yudita, la proximidad fonética con la bíblica Judith no es más que una deliberada clave para interpretar de antemano el tema de la obra.

La terrorista Yudita debe dar muerte al secuestrado cuando el reloj señale las once de la noche. En la obra, una meditación en voz alta sobre la violencia terrorista. Y en la escena, una secuestrado escucha, amordazado, las justificaciones, los miedos, los discursos, el debate interior de una nueva Judith que, tiene el propósito político, la orden, de darle muerte…, como a Holofernes.

Sin embargo, no es una reflexión sobre el terrorismo lo que Lourdes Ortiz ha pretendido con esta obra, sino que su hilo conductor es esa «unión contranatura que representa una doncella capaz de dar la muerte». Y por tanto, «el miedo, el riesgo, la inocencia. Era eso lo que quería contar, ese extraño momento del cruce entre dos universos antagónicos: el de la violencia y la niñez, o esa ingenuidad del que conserva la pureza en medio de un juego peligroso».

En la obra, una mujer se enfrenta, en medio de una íntima soledad, con la pretendida necesidad de matar a sangre fría a un hombre secuestrado al que le oye respirar, al que ve asustarse, al hombre que tiene delante de sí amordazado. Otra Judith, o la misma «Juana de Arco, de nuevo. Pero sin la impronta del ángel, sin los tambores que acompañan al triunfo, sin un rey que legitime los desmanes y las batallas».

Diez años como profesora de Historia del Arte en la Escuela de Arte Dramático de Madrid han puesto a Lourdes Ortiz en contacto permanente con el hecho teatral. Sus anteriores obras (Penteo, Fedra), caracterizadas por la intervención de coros, una larga nómina de actores, con un lenguaje sintetizado entre lo culto y lo popular, exigían un montaje costoso y planteaban una dramaturgia que Lourdes Ortiz ha ido modificando hasta llegar a Yudita, con la intención estética de recuperar el teatro de actor, sin las grandes seducciones de costosos aparatos escenográficos. Yudita es un monólogo, en un escenario casi vacío, escrito con un lenguaje coloquial en la línea de la tradición naturalista.

Marta Belaustegui es la actriz que interpreta a Yudita. Titulada por la Escuela de Arte Dramático, cuenta ya con una notable experiencia. Ha formado parte de la Compañía de Teatro de Cámara, dirigida por Ángel Gutiérrez, en los montajes de Los escándalos de un pueblo, de Goldoin; Las picardías de Scapin, de Molière; El jardín de los cerezos, de Chéjov, y La promesa, del soviético contemporáneo Arbusov.

Lourdes Ortiz ha diseñado el texto para esta actriz, como una obra escrita por encargo. En este sentido, la autora ha dicho que «al escribir para ella yo tenía un rostro, unos ojos desaforados que todo pueden darlo, contaba con esa sensibilidad y con todos los recursos posibles de una joven actriz, decidida a aceptar el desafío que supone un tan largo monólogo».

José María Sacristán comparte cartel con Marta Belaustegui, pero su constante presencia escénica se reduce a escuchar -secuestrado y amordazado- el largo monólogo de Yudita. También titulado en la Escuela de Arte Dramático, ha intervenido en diversas películas dirigidas por Berlanga y Almodóvar, así, como en teatro, ha trabajado con Álvaro Custodio en el Real Coliseo Carlos III y con Ángel Gutiérrez y el Teatro de Cámara en el montaje de El jardín de los cerezos.

La dirección de Yudita corre a cargo de Francisco Orduño, cofundador de la compañía De Actores, en la que tanto Marta Belaustegui como Sacristán se integran. Yudita tiene programados treinta días de función única en la Sala de Columnas y no hay prevista, hoy por hoy, continuidad en otros escenarios.

                                                                                                          Juan Carlos Arce

 

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ABC (10.02.1988: 87)

Yudita, un monólogo sobre terrorismo

Autora joven, de fuerte raíz familiar periodística, Lourdes Ortiz propone un monólogo a la manera de Cocteau y otros seguidores. Figura femenina que habla y personaje masculino que oye. En este caso, chica activista de un grupo terrorista y sujeto secuestrado y condenado a muerte si, cumplido un plazo, su familia no ha pagado rescate. Situación límite. Yudita, que es la terrorista, más que monologar dialoga con un sujeto sometido a mudez forzosa por la mordaza.

La situación es buena y Lourdes Ortiz la emplea para que Yudita haga una confesión en la que afloran sus motivaciones psicológicas y sociales. Desarraigo, sentido de soledad en un pueblo en el que integrarse, sobre todo en la esfera separatista, equivale a extremar las actitudes, aceptar la acción como única réplica posible a un estado que no se recusa.

Se transparenta que el país en que el suceso se produce es el País Vasco y que el grupo al que la chica pertenece es la ETA. Pero la autora aspira a una generalización mayor, a un sondeo en los comportamientos de esos pequeños núcleos entregados al crimen por motivos más supuestamente políticos e idealistas que reales. La confidencia conduce a Yudita a percibir la monstruosidad de su acción, a ver que la otra, el cautivo, es víctima de las circunstancias tan fortuitas como las que a ella misma motivan.

Está bien llevada esa evolución personal. Los cortes mediante oscuros, si necesarios para dar impresión de temporalidad, son artificiosos, rompen la unidad de acción. Las transiciones del diálogo de sordos, a la evocación de antecedentes, no disponen de justificación situacional, pero en conjunto el texto tiene responsabilidad si que también en cierto grado de inocencia [sic].

Marta Belaustegui es una magnífica actriz, a la que el crítico admira y considera una gran promesa para nuestro teatro desde que hace algún tiempo vio su espléndida interpretación de Arbuzov, La promesa, en la sala Mirador. Por ese antecedente se ve obligado a confesar su decepción. Ortuño no ha sabido movilizar en ella los resortes de sinceridad, de expresividad conmovedora que en aquel excepcional trabajo había movilizado con sagacidad admirable otro director. La señorita Belaustegui está un poco plana. Dice bien el texto, tiene momentos muy afinados, otros en que la palabra queda al exterior, sin matices. La acción, sin fuerza. Su paciente escuchador, señor Sacristán, adolece de insuficiente expresividad. Sería difícil eludir el peligro del melodrama. Dicho sea en su favor.

Ensayo interesante sobre un tema delicado. La autora merece estímulo. La actriz, también.

Lorenzo López Sancho

 

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Diario 16 (12.02.1988)

Yudita

El terrorismo tiene muchas lecturas. Depende, en primer lugar, de la posición política de quien la realiza. En otro orden también podría hablarse de lecturas morales o estrictamente legales. Aproximaciones todas ellas que difieren de la que corresponde al teatro, para el que lo más importante debe ser el conflicto del personaje.

No es fácil, sin embargo, cumplir esta norma. Ahí está la obra de Mario Onaindía, estrenada en el propio Círculo de Bellas Artes no hace mucho tiempo. Al final, la ideología violenta, la realidad y el personaje, en lugar de ocupar el centro del drama se vuelven en la ilustración maniquea de las posiciones del autor.

Probablemente, el mayor mérito de Yudita, de la novelista, periodista, profesora de la Escuela de Arte Dramático y generosa personalidad Lourdes Ortiz, esté precisamente en su atención al conflicto del personaje. Un conflicto que si en primera instancia parece definido por la violencia -hasta llegar al asesinato- y, simultáneamente, el recuerdo de la infancia y las ansias de paz y serenidad de una joven terrorista, introduce otros factores contradictorios de enorme interés, que quizás corresponden agudamente a la incoherencia del «terrorismo» supuestamente político de nuestros días.

En todo caso, Lourdes Ortiz, evita cualquier tipo de prejuicio. El personaje está ahí, con un industrial secuestrado, al que deberá asesinar si no se recibe  a tiempo el rescate, y que utiliza como confesor, como el interlocutor -atado y amordazado- ante el que superar sus contradicciones, como la víctima que debe comprender y perdonar a su verdugo.

El texto, discontinuo, mezclando el pasado con el presente, necesita de una gran actriz, capaz de sostener la «unidad» del personaje y de la situación a través de sus muy dispersas evocaciones. Creo que ni la actriz ni el director lo consiguen, pese a lo meritorio del esfuerzo, a su denodada lucha contra la consabida dificultad de los monólogos dramáticos.

JM [José Monleón]

 

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El País (17.02.1988)

La doncella terrorista

Yudita es una maketa, pero está dentro de la organización terrorista; guarda a un enemigo -un rehén- al que debe dar muerte si las negociaciones de rescate fallan. Habrá que encontrar en el nombre de la muchacha el de Judith, que pasó las líneas del enemigo para cortar la cabeza de Holofernes. Pero la tesis es la contraria: esta Yudita, antes que matar,  prefiere dejar en libertad a su prisionero y suicidarse. Razón que cuenta la autora, Lourdes Ortiz: la «unión contra natura que representa una doncella capaz de dar la muerte». Es encomiable su fe en las doncellas: la historia y las páginas de sucesos muestran que esa contradicción sucede. La doncellez, por otra parte, no parece ya un estado muy original que signifique un comportamiento especial.

Para representar esta situación, Lourdes Ortiz escoge una casuística muy específica: Yudita es maketa, su padre ha sido explotado por ello y sus hermanos, condenados a la delincuencia y la droga, por lo cual se hace revolucionaria; pero sus compañeros de organización también la desprecian por la misma razón. Yudita tuvo un novio aborigen y comprometido, pero le torturaron y mataron en una comisaría; ella sospecha que fue denunciado por la propia organización porque tenía otra conciencia. La han obligado a participar en la matanza de cuatro niños inocentes: ve sus fantasmas. Querría salir de la organización, incluso buscarse una documentación falsa y huir; pero tiene miedo. Sus compañeros son brutales. Sospecha que la situación en que la han puesto -la guarda y ejecución del secuestrado- es precisamente una forma de deshacerse de ella. Y ya es demasiado tarde para todo. Además, el secuestrado le cae bien, aunque no deja de reconocer que esa clase es la culpable de que su padre y sus hermanos, etcétera. En consecuencia, Yudita deja escapar al prisionero y se suicida. Fin de la obra.

Lourdes Ortiz dice en sus notas al programa que no quiere hablar del terrorismo: no hace otra cosa. Sin embargo, rodea a su personaje de una casuística tan particular que lo que dice del terrorismo está referido a una óptica individual, y no a la gran discusión o debate que el tema requiere. Incluso la forma de monólogo que da a su obra incide en esta no-discusión, o no-esclarecimiento, o huida de la cuestión: el prisionero está amordazado, de forma que ninguna de las cosas que le dice Yudita tienen respuesta. Tras esta forma se ve que es la autora la que ha puesto la mordaza en su personaje para que no entre en el debate, que aun así sería incompleto.

Queda, entonces, la cuestión de la doncellez y la piedad. Está tan fuera de lugar que no forma tesis. Por muchos antecedentes y muchas justificaciones que se den de la criatura no parece que con ese espíritu dubitativo, con esa conciencia virginal, haya podido llegar a la situación de fanatismo en que se la sitúa.

La actriz Marta Belaustegui tiene muy buenas condiciones de presencia y voz; y la entidad artística suficiente como para lanzar y matizar, hasta donde puede su monólogo. La falsedad de la situación, sin embargo, puede con ella. No siempre intérpretes son responsables hasta más allá de su texto.

El público -no muy numeroso; principalmente femenino, y no muy joven, el lunes por la tarde- escuchó con atención la obra y pareció aceptar las premisas de la autora y el trabajo de la actriz: aplaudió con sinceridad visible.

Eduardo Haro Tecglen

 

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Ya  (26.02.1988)

No hay verdad, no hay emoción

La Sala de Columnas de los Teatros del Círculo de Bellas Artes no acaba de encontrar su línea ni su programación. No he tenido la fortuna todavía de presenciar en ella un espectáculo que me resulte de mayor interés, ni tampoco de asistir en una ocasión en que los espectadores pasásemos de veinticinco. He visto fundamentalmente un teatro político, pasajero, atado a la oportunidad del momento, sobre el que no se remonta ninguna de las piezas que me ha cabido conocer. Y es imprescindible que el teatro, a la vez que entretiene y enseña, cree arquetipos, se eleve por encima de lo vulgar. Como dijera Chéjov: «hace falta introducir en el teatro nuevas formas, nuevas ideas», y, si no se encuentran, «¿qué utilidad es la suya?».

En este caso, la Compañía de Actores, que no da a los espectadores ningún otro dato sobre su identidad, que prefiere mantenerse en el anonimato del trabajo colectivo, ofrece una pieza política más, un monólogo mantenido por una única actriz en escena. Le acompaña otro personaje que no habla. Este representa al raptado, aquélla a la terrorista encargada de vigilarle. Una muchacha joven que dialoga consigo misma, con su novio ausente, con su vida pasada y presente, con sus compañeros de ideología o acción, con el preso sobre todo. Diálogo inútil, lleno de lugares comunes, sobre las dudas y rabias que pueden alentar en el corazón de una muchacha que se ha introducido en la espiran de una organización violenta de la que ya no se sabe si es agente o prisionera.

Todo lo que la chica dice, en ese largo diálogo de tantos destinatarios que ella imagina y pronuncia en voz alta para nosotros, lo hemos supuesto o lo hemos oído mil veces. No hay originalidad alguna. Y la actriz se lo sabe de memoria. Lo que significa que en la escena no hay vida, sino recitado. Los gestos acompañando a las palabras no bastan. Hay que entrar en el personaje, dejar de ser uno mismo, hablar con convicción y no como quien se ha aprendido el texto. Si no, no hay verdad y no hay emoción. Que es cuanto sucede en esta monótona y manida Yudita.

AH [Alberto de la Hera]

 

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Reseña, 183 (abril 1988: 13)

Yudita

El monólogo es reto dramático siempre candente, patente siempre. El autor, porque lo teme, lo practica con cautela. El actor lo procura con la emoción contenida del trapecista desamparado en las alturas. El director siente que en sus manos palpita una pieza frágil. Hasta el espectador lo presencia con especial respeto, tenso por esa angustia que produce el doble salto mortal sin red. Pocas veces, esa es la verdad, el apasionante ejercicio se desarrolla sin dejar alguna herida de mayor o  menor importancia en alguno de sus protagonistas.

            Yudita, acaso libre diminutivo del personaje bíblico, plantea una situación límite y candente: una joven activista de ETA enfrentada a su víctima, un secuestrado al que tendrá que ejecutar si en el plazo de una hora no se recibe el rescate solicitado. Al riesgo natural del género se suma, no hay que decirlo, la recia intención del discurso. Yudita, firme al principio, siente la soledad compartida con el reo, que sólo por la mirada puede comunicar su desconsuelo ante tan inmisericorde destino. Pasan los minutos y la biografía de la joven aflora en una reflexión sincera y, por tanto, carente de tópicos al uso; trazo sutil de quien conoce bien el alma humana y sabe de su poliédrica y contradictoria composición. Atrapada en una realidad que en el fondo no comprende, presa en un laberinto social y emotivo que sus pocos años no aciertan a concretar, intoxicada por el absurdo «romanticismo» revolucionario, Yudita aparece como el indeciso material humano que el fanatismo necesita para prolongar su terror. Que el secuestrado sea finalmente puesto en libertad, y que el suicidio signifique la única redención para la muchacha son realidades a las que se va llegando de forma gradual y lógica.

La noche del estreno demostró, una vez más, que un texto lúcido y equilibrado puede diluirse entre las torpes manos de sus intérpretes. La joven actriz, Marta Belaustegui, desbordada sin duda por la complejidad de un personaje que quizá defienda felizmente con el tiempo, se encuentra muy lejos de lo apetecido. Tras ella, una inexistente dirección de escena, un lamentable vacío de sensibilidad y rigor. Con todo, no sería justo que estas carencias artísticas silenciaran una propuesta donde revive la dignidad del autor teatral tan perdida hoy entre hermosos envoltorios que nada esconden.

Miguel Medina Vicario

 

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Época (octubre 1996)

Contra la violencia

Un zulo, una mazmorra, una condena sin juicio, y dos personas: el secuestrador y el secuestrado, solos frente a frente. Este es el tema de Yudita, la obra de Lourdes Ortiz que acaba de estrenar en la Sala Ático de Getafe la Compañía Araira Teatro, bajo la dirección de Susana Cantero.

Yudita, activista de ETA, vigila a un industrial secuestrado durante ocho días. Ha llegado el momento de la verdad. La clave es una llamada telefónica a las once en punto, símbolo de que se ha pagado el rescate y de que el secuestrado ha de quedar en libertad. Si no, la consigna es el tiro en la nuca. Dos horas antes de ese momento se levanta el telón y Yudita se confiesa en voz alta al industrial amordazado. Un diálogo con revólver que sólo deja a su interlocutor comunicarse con los ojos y las manos atadas a la espalda. Lenguaje de las armas.

Para la directora, Susana Cantero, «se trata de una situación límite en un texto hermoso, lúcido, cuya grandeza casi épica abandona fácilmente la cortedad de miras del psicologismo al uso y crea un espléndido retrato humano de doble cara».

Desde esa dimensión épica, el texto de Lourdes Ortiz intenta proyectarse hacia lo universal, «trascendiendo el referente concreto de ETA para componer, al hilo del discurso, un limpio, inequívoco y apasionado alegato contra la violencia. Contra todo tipo de violencia, venga de donde venga, por encima de pretextos o las presuntas justificaciones ideológicas con las que se la quiera disfrazar».

Yudita está interpretada por Esperanza Tamayo, que encuentra la réplica en los ojos y la boca amordazada de Rafael Campos.

C.C.

 

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Primer acto (septiembre-octubre 1996: 141-142)

Yudita, de Lourdes Ortiz. ¿Un monólogo sobre ETA?

«Los actores hemos tenido que superar puntos de pudor importantes» ELT

El nombre de Yudita deriva de Judith, personaje bíblico, que, para ayudar a su pueblo, sitiado por el ejército asirio, sedujo al general enemigo Holofernes y una vez a solas con él, lo mató, cortándole la cabeza. En Yudita, de Lourdes Ortiz, el personaje principal es una mujer encargada de matar a un hombre. Porque ella es una terrorista, él, un secuestrado por el que no han pagado el rescate convenido, y el tiempo de la espera se acaba.

Asistimos durante la función a un repaso de referentes conocidos y muy nuestros, pero sin embargo y tal como señala Susana Cantero, directora de la propuesta escénica, «su grandeza épica abandona fácilmente la cortedad de miras del psicologismo al uso y se proyecta hacia lo universal, trascendiendo, sin abandonarlo nunca, el referente concreto de ETA, para componer, al hijo del discurso, un limpio, inequívoco y apasionado alegato contra la violencia».

Cualquier país, cualquier época, pueden adoptar este aparente monólogo, adaptando mínimas circunstancias de nombres o lugares, porque uno de los aciertos del texto es que son los personajes, llevados a una situación límite, los que viven, en el aquí y ahora de cada representación, sus contradicciones. Además, y como bien indican sus actores, Esperanza L. Tamayo y Rafael Campos, se trata de un monólogo atípico, «porque cuando uno empieza a trabajar en él se da cuenta de que en realidad se trata de un diálogo en el que uno de los interlocutores no habla en voz alta». Yudita desde la segunda frase del texto increpa a su prisionero amordazado; por lo tanto todo el equipo se planteó en seguida la participación activa de ese personaje mudo. Evidentemente era preciso usar un lenguaje distinto, propio también del teatro, muy enriquecedor en este caso concreto.

El trabajo actoral, llevado a cabo con maestría, resulta con todo duro y complejo, porque -y aun tratándose de otro de los aciertos del texto- es en la desnudez de la palabra y en la importancia del actor donde vemos la transformación paulatina de ambos personajes a fuerza de dolorosas reflexiones, de las que el verdugo hace partícipe a su víctima desesperadamente. Al menos ésta ha sido la elección tomada por los componentes de Araira Teatro en la representación y, ni la obra, ni la autoría de la misma, lo han rechazado.

En un espacio claustrofóbico, limpio, que no ofrece ningún punto de apoyo, los protagonistas, indefensos ante su realidad, son cercados por los recuerdos cada vez más estrechamente. Estos van tomando forma, haciéndose presentes, llevándolo todo; hasta tirar abajo las antiguas convicciones, hasta desdibujar todo lo que fuera de allí formaba antes el sentido de las cosas.

Yudita bebe el bálsamo de la comunicación como si fuera un veneno y juntos se enfrentan al miedo supremo de la muerte. Ella tiene que morir o seguir matando, atrapada entre las sucias paredes de su propia utopía. Utopía que también ejerció de bálsamo tiempo atrás y se descubre ahora venenosamente mortal. Los errores se pagan o se ejecutan. Pero lo único que podemos afirmar como auténtica verdad es que la violencia siempre mata, en todos los bandos del mundo en que se instale.

Margarita Reiz

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Bibliografía

A.G. (1999): "Una postura muy diferente", ABC (01.04.1999).

Arce, Juan Carlos (1988): "Yudita contra Holofernes, antes del atentado", El Público, 53 (febrero), p. 35.

Bejarano, Fernando (1988): "Estrena  hoy el monólogo Yudita, una meditación en voz alta sobre el terrorismo", Diario 16 (08.02.1988).

C.(1996): "Contra la violencia", Época (octubre).

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