EL CASCABEL AL GATO
Edición: Ciudad Real, Ñaque, 1996.
Estreno: el 12 de enero de 1996 en la Sala Ensayo 100 de Madrid. En cartel hasta el 31 de marzo. Producción de la propia sala Ensayo 100, con dirección de Rafael Rodríguez e interpretada por Carmen Pardo y Pilar Romera (CDT, Hormigón, 2000: 654-656, ABC, 8.1.1996: 81).
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Entrevista. Compañía. El Mundo (16.1.1996)
Lourdes Ortiz afronta los conflictos de las mujeres en su última obra teatral. El cascabel al gato es un recorrido emocional con Madrid de fondo
Dos mujeres: Clara y Susana. Un tiempo de desengaños y deseos: tres años. Una ciudad de restaurantes de lujosos y bares sucios: Madrid. Un espíritu: «Nadie recibe como consejo lo que otros ya han vivido».
Estos son los puntos de partida de El cascabel al gato, la última obra teatral de Lourdes Ortiz, todavía inédita, que ahora se presenta en Ensayo 100.
La novelista, dramaturga y finalista del Premio Planeta, escribió esta obra para dos actrices (Carmen Pardo y Pilar Romera) de la compañía madrileña que dirige Jorge Eines.
Todo en un tiempo récord y al calor del verano. Y rompiendo con el hábito de esta sala y de este colectivo -un período de ensayos que ronda el centenar de sesiones antes del estreno- se decidieron a abarcar esta historia de mujeres.
No ha sido éste el único cambio. Al equipo de Ensayo 100 se han añadido nuevos colaboradores, procedentes de las aulas de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD) de Madrid, facilitando su integración en proyectos artísticos.
«Estoy contento con la forma en la que están trabajando, con el riesgo asumido y con la satisfacción de Lourdes ante la puesta en escena», comenta Rafael Rodríguez, director del montaje de El cascabel al gato.
Clara y Susana buscan, desde premisas distintas, una fórmula propia y satisfactoria en sus relaciones de pareja. Clara aboga por el silencio. «No hagas demasiadas preguntas», dice. Susana cree en la sinceridad, en el compromiso sin ataduras. Tras tres años de infidelidades, medias verdades y un embarazo -el de Susana- coinciden en un bar del barrio de Usera. Ninguna ha conseguido la relación deseada.
«Clara llega a una cierta forma de independencia a costa de perder status social y dinero; Susana sigue necesitando y buscando ese afecto. Sólo al final la incomunicación entre ambas se rompe», matiza Rodríguez.
«Creo que las dos viven la pelea por sobrevivir. Toman decisiones para seguir adelante, aunque arrastran un poso de dolor y pesimismo. Y su opción final es la soledad», comentan Carmen Pardo y Pilar Romera.
Lejos de un ambiente descriptivo -«no era necesario hacer obvias las imágenes de la ciudad, porque se entiende perfectamente a lo largo de la obra»-El cascabel al gato se desarrolla ante una gran mesa blanca, con dos jaulas que encierran objetos de mujeres: zapatos rojos de tacón, pintalabios, chaquetas.
A ambos lados del escenario, imágenes de un hombre y una mujer que se desnudan poco a poco hasta encontrarse de frente: «Creo que una mirada más sincera entre hombres y mujeres haría más fácil el mundo de las relaciones», añade Rodríguez.
Los fines de semana de este espacio alternativo, inaugurado con Alrededor de Borges, por Juan Echanove y Jorge Eines, el pasado mes de septiembre, estarán teñidos de esta historia agridulce de amistades peligrosas y soledades hasta el próximo 31 de marzo.
Itziar Pascual
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Diario 16 (14.1.1996: 33)
Desastres femeninos
Uno quisiera acompañar y compartir todo con estos personajes, con estas entrañables Clara y Susana, que Lourdes Ortiz nos presenta por una sola cara, como fracasadas entrañables, llenas de fuerza esperanzada en sus miradas y sus diálogos solidarios. A ambas les ha sobrevenido el desastre por culpa de los hombres, y no queda suficientemente claro si es porque estos son intrínsecamente malvados o porque ellas han proyectado su vida sólo en función de ellos.
Las conocemos primero en un momento lleno de proyectos, de ilusiones, de sueños, y vemos también que sus castillos de naipes se edifican sobre débiles cimientos, sobre una dependencia masculina en los dos casos. Una situación que sería impensable en el caso de dos personajes masculinos, probablemente inquietos y ambiciosos en aspectos muy distintos de los puramente afectivos. De modo que no extraña que en su segundo y dramático encuentro ambas muestren su fracaso, su decepción, su amargura, porque han sido traicionadas. Y en la cálida mirada de la autora hacia Clara y Susana no termina de verse claro si se hace una crítica -que sería cruelísima- a esa dependencia que las conduce al fracaso o si se defiende a dos seres humanos sencillamente ingenuos. La lectura o la interpretación feminista del texto aparece, en cualquiera de los dos casos, con una singular valentía.
La escritura de Lourdes Ortiz, apasionada tanto en los conceptos como en la agilidad de diálogos, se escucha de forma impecable en boca de las dos actrices, Carmen Pardo y Pilar Romera. A cuerpo limpio, porque el director, Rafael Rodríguez, ha prescindido de juegos escénicos y ha preferido el teatro desnudo de todo aquello que no sea la palabra y el actor obligándolas a un duro ejercicio prácticamente sin red. Los tres superan muy bien el desafío, y en la puesta en escena sólo hay una objeción que hacer, tan grave como el que un director de cine ignorara, por ejemplo, para qué y cómo se utiliza el cinemascope: el espacio escénico dispuesto -un largo rectángulo, con los espectadores a uno y otro lado- hace que la situación física de los personajes diluya la acción, obligue a un grotesco cabeceo del público y, sobre todo, imposibilite presenciar momentos de acción y reacción en las dos mujeres, puesto que no es posible verlas al tiempo; o, lo que es lo mismo, se pierde algo tan esencial en un escenario como es el gesto colectivo.
Enrique Centeno
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ABC (14.1.1996)
El cascabel al gato, o ahí está el problema, en Ensayo 100
«Ensayo 100″ en su nuevo escenario de Raimundo Luli, propone un duro texto de Lourdes Ortiz titulado El cascabel del gato que, en cierto modo, apunta a una intención literaria elusiva del verdadero asunto de la obra. Dos mujeres afrontadas al problema de poner el cascabel a los dos gatos de sus amores irregulares con dos hombres comprometidos, dos hombres que ya tienen otra mujer.
No hay acción efectiva en esta construcción carente de toda estructura realmente dramática. Dos mujeres solas, dos entretenidas de dos hombres que se cuentan los problemas de sus dos vidas paralelas. Los dos hombres que las sostienen, de las que ellas hablan, no tienen entidad teatral. Su personalidad. Su personalidad, la de cada uno de ellos, pertenece a la forma narrativa. Son dos personajes descritos, dos tipos de los que se habla y que, por lo tanto, forman parte de un pasado por cercano, por inmediato que resulte. No a un presente activo, dramático teatral.
Esta circunstancia desactualiza el problema de esas dos mujeres, burladas, usadas, defraudadas por sus respectivos amantes, que hablan y hablan de sus inútiles esperanzas, de sus deseos, que no se verán cumplidos. Clara y Susana están en la misma situación social tristísima. Viven a cuenta de unos hombres socialmente ya corrompidos que las engañan hablándoles de unos amores que no sienten, ofreciéndoles un porvenir que jamás les darán.
Las dos mujeres se expresan mediante formas equívocas. Dicen amar a esos amantes a costa de los que viven, ansían llegar a ser sus esposas, no sus queridas y parecen creer lo que ellos les dicen respecto a sus propias relaciones con las otras. Las esposas son para ellas, las otras. Las otras de la canción llevándole la contraria al sentido de la canción. La palabra misoginia, que expresa un sentimiento injusto contra la mujer, la fémina, pide en este texto amargo, triste, cargado de moralina correctora de Lourdes Ortiz, un sinónimo exacto, fiel que encuentra el crítico al salir de esta representación no realmente teatral.
Los malvados, aquí, son los hombres, esos dos amantes desleales que engañan a esas dos mujeres que ven su situación real, que se obstinan en creer lo que no es cierto. Que resultan condenadas al fracaso, por su terca voluntad de no ver la situación efectiva en que las han puesto dos hombres frívolos, infieles, que las engañan con otras, inmersas en otras, semejantes, aventuras sexuales mucho más que amorosas.
Como no existe la acción dramática, las dos actrices recorren durante la función algunos kilómetros en torno a una mesa, que sustituye cualquier simulacro de escenografía en ese escenario entre dos lados, que impone al falso movimiento escénico un reparto convencional entre los dos costados de los espectadores. Sin embargo, el texto, por artificioso y poco teatral que sea, tiene la fuerza del desencanto, la violencia de una admonición moral contra las situaciones equívocas en que la mujer se vende, camuflando en vagas esperanzas, la verdad de su penosa sumisión, degradación, ante el macho abusivo, falso, indiferente.
Las dos actrices dicen con sinceridad el papel que les corresponde y en esos papeles sí hay una sola situación dramática. La de dos seres que rechazan su paralelismo social y moral del que emana su fracaso. Cuando el tiempo pase y se encuentren, culminado ya, aunque con matices diferenciales, un mismo fracaso, castigado, una sanción socio-moral innegable, harán deducir al espectador la conclusión de que las mismas causas llevan a las mismas consecuencias atroces, inadmisibles. El texto viene a ser una severa admonición social, más que un hecho dramático, una admonición socio-moral.
Habrá que estudiar un replanteo técnico del nuevo escenario de «Ensayo 100». Una clarificación, que también ha de proponerse esa inteligente escritora que es Lourdes Ortiz, de lo que ha de ser un renovador esfuerzo dramático en las formas creadoras de lo que hemos dado en llamar, sea lo que sea, teatro alternativo.
Lorenzo López Sancho
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El Mundo (17.1.1996: 83)
Victimismo ambiguo
El título de la obra, El cascabel del gato, es revelador; vale por sí mismo. Y se apoya en un refranero secular: conciliábulo de una asamblea de ratones que trata de idear algún artificio que les avise del peligro. Un cascabel. Pero ¿quién pondrá ese cascabel al gato? El gato en esta obra de Lourdes Ortiz es, obviamente, el hombre; y las mujeres son los amedrantados ratoncillos que perciben la cacería, mas no hallan cascabel que ponerle al cazador. Quizá porque no quieren que haya cascabel, quizá porque esa cacería las excita y, al final, sueñan siempre con un cazador cazado. Y casado con ellas. No resultaría difícil advertir la llegada del hombre, pues la vanidad de éste se anuncia con fanfarrias y gran despliegue de aparato bélico amatorio. Para estas mujeres resulta más fácil considerar que ésa será la última expedición del macho rendido. Esto es, el resumen, tal como yo la he entendido, de un tema cálido e hiriente.
La autora ha dado al áspero diálogo de Clara (Carmen Pardo) y Susana (Pilar Romera), una insólita intensidad. El juego dramático surge de la dialéctica entre la pasión y la resignación. Esas dialéctica se tiene en pie por dos razones: la fuerza de ese diálogo y la capacidad actoral de las actrices: Pardo y Romera.
Registros actorales distintos, porque distinto es el rol, pero ambos en el límite de la pasión y del sentimiento. Y, entre ambos -diálogo e interpretación- el pulso equilibrante de la dirección (Rafael Rodríguez) para que el clima no se diluya por exceso o por defecto. Habrá que ver a las actrices en otros papeles; de momento, su trabajo resulta ejemplar: con matices, con fuerza, con seguridad las dos, aunque resulte más espectacular el trabajo de Pilar Romera en el papel de ingenua autoengañada.
Javier Villán