LA VIDA DEL REVÉS (OLIVIA Y MACEDONIA)
Estreno: 18 de marzo de 1999 en la Sala Triángulo de Madrid, se mantiene en cartel hasta el 2 de mayo. Producida por Barbotegui y Producciones Inconstantes, con dirección de Emilio del Valle y Carolina Salas, Pilar Tordera y Chete Guzmán en el reparto (CDT, Muñoz Rojas, 1999, Tiempo, 12.4.1999, Perales, 1999).
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Textos de Producciones Inconstantes y de Lourdes Ortiz. Programa de mano. CDT (Signatura: PRO-11024)
La vida del revés nos plantea una nueva manera de mirar el transitar por la vida: despacio, valorando las pequeñas cosas. Quizá esto evitaría un buen número de desastres. Tomarse tiempo para pensar en los demás. Valorar la vida no por cuánto se consume, sino por cómo se saborea. En la carrera por la mundialización y lo que tiene eso de pérdida del sentido del humanismo, de monopolio de emociones y sentimientos, todos somos iguales y no podemos pensar de distinta forma. La vida del revés propone una vuelta al tiempo disfrutado, sin prisas, a sentir la naturaleza y sus seres vivos en directo, al amor de la carne y los olores, muy lejos del amor de pantalla y papel couché. La dualidad entre espíritu y materia, tan anciana como la propia historia del pensamiento.
Producciones Inconstantes
Hay compañías que nacen y a veces, mueren. Otras resisten empeñadas en la búsqueda de su espacio, compañías que aciertan o yerran, pero persisten en su actitud de riesgo. Nuevos directores que trabajan con nuevos o viejos dramaturgos. Repartos renovados que han hecho volver a las salas a un público joven que había desertado y con razón del teatro cortesano, comercial y huero.
La vida del revés, es la historia de Olivia y Macedonia, dos mujeres que se encuentran en una anécdota trivial que se carga de sentido. Unos personajes que nos reflejan y nos duelen, marionetas de un presente que tiene que llenarse de ironía para ser soportado. Teatro urbano, de situación. Para todo tipo de teatros y salas que hayan entendido que el teatro no es de «pequeño o gran formato», sino bueno o malo, bien o mal hecho. Esa es la diferencia real, y no otra. Teatro. Poco más que decir.
Lourdes Ortiz
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Entrevista con el director. Emilio del Valle. El País (23.03.1999)
Un montaje escrito por Lourdes Ortiz recapacita sobre la excesiva rapidez con que se vive en esta sociedad
Todo transcurre en un banco. Una mendiga habla con una ejecutiva y cambia la vida de esta última. En la escena siguiente, la ejecutiva, que ya no lo es, dialoga con un yonqui. Y luego el yonqui se topará con la mendiga, que ahora es una ejecutiva. Así transcurre La vida al revés [sic], un cuento para adultos de estructura circular que escribió Lourdes Ortiz para ser representado en teatro. Al director Emilio del Valle le gustó y ahora lo representa la compañía Producciones Inconstantes en la sala Triángulo.
«Cada uno de estos personajes da a los demás un punto de vista de la realidad distinto al que está viviendo. De alguna manera, unos a otros se aconsejan que hay que vivir mejor. Y cambian sus vidas», comenta Del Valle.
«Para mí hay un tema muy interesante en la obra: el valor relativo del tiempo. Coincido con la autora en que en esta vida vamos demasiado rápido, estamos en una sociedad que corre demasiado y la prisa no permite ver las cosas en su verdadera dimensión. Si fuéramos más despacio sacaríamos más jugo a esta vida», explica el director.
Carolina Salas, Pilar Tordera y Chete Guzmán son los tres actores que protagonizan esta pieza, que no es la única ni la primera que ha escrito Lourdes Ortiz para teatro. La compañía Producciones Inconstantes es una formación con seis años de vida en los que han representado obras de Alfonso Vallejo o Rodrigo García.
Rita Muñoz-Rojas
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Entrevista con el director . Emilio del Valle. ABC (01.04.1999)
Una postura muy diferente
Después de Gaviotas subterráneas, escrita por Alfonso Vallejo; Rey Lear, de Rodrigo García y Los Justos, de Albert Camus, la compañía Producciones Inconstantes ha vuelto a demostrar la versatilidad de sus planteamientos escénicos con La vida del revés, un montaje sobre un texto homónimo de la escritora Lourdes Ortiz.
Según afirma su director, Emilio del Valle, La vida del revés «es un cuento para adultos, donde se plantea la necesidad de ver el mundo con más calma para evitar presentes y futuros desastres porque las personas, al ir tan deprisa como nos exige hacerlo esta sociedad utilitaria y de consumo, no sólo nos perdemos las cosas agradables de la existencia, sino que contribuimos activamente a empeorarla, ya que buena parte de las injusticias se producen porque no nos paramos a pensar en los demás».
En esta obra, una mendiga (Carolina Solas), una ejecutiva (Pilar Tordera) y un yonqui (Chete Guzmán) se encuentran por casualidad en el banco de un parque, como declara Emilio del Valle, «es el verdadero protagonista de la historia, porque a través de él asistimos a la evolución interior de estos tres personajes tan distintos». Poco a poco, la mendiga Oliva [sic], la ejecutiva Carolina y el yonqui Raúl irán cambiando paulatinamente su actitud ante la vida, dándose tiempo para la reflexión sobre los momentos felices del pasado y para el disfrute de la olvidada Naturaleza.
De hecho, Emilio del Valle explica que «en La vida del revés hemos pretendido evocar sentimientos y situaciones utilizando la luz, el color y la música con el fin de acentuar el encanto de sentir lo real, del amor de la carne y los olores, frente a lo ficticio del amor de pantalla o papel couché».
A.G.
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Diario 16 (23.3.1999)
Estrena poco Lourdes Ortiz: demasiado poco, como sucede con muchos de nuestros dramaturgos, porque es autora que siempre tiene algo que decir e historias que contar. Ésta de La vida del revés es un triángulo de personajes vivísimos que se encuentran en tres momentos diferentes separados por otros tantos cuadros con una distancia precisa de tres años cada uno de ellos. El escenario es un banco callejero. El mismo que Edward Albee imaginó en 1960 para su Historia del zoo y que ha sido, desde entonces, recurso para la economía escénica y símbolo de la isla íntima o de la desolación en la gran ciudad.
Este banco es el domicilio de una vagabunda, una mujer de esas en las que apenas se repara («para muchos soy transparente», asegura ella resignada) y que aquí, por una leve circunstancia, vamos a conocer. Como la circunstancia es una ejecutiva, que se detiene para ofrecerle una eventual ayuda, sabremos también de este segundo personaje; finalmente, un tercero llegará al mismo paisaje en forma de ingenuo y desdichado ladrón de bolsos. En las tres fases indicadas Lourdes Ortiz va mostrando la evolución o el cambio de vida de cada uno de ellos. En ningún momento trata de hacer el cuadro social, realista o sórdido de nadie: más bien se trata de un carrusel de sabor dulce, donde presenciamos las transformaciones individuales y conocemos el sentido de la amistad y la solidaridad con una poética cotidiana, sencilla, casi vulgar.
La mirada de la autora hace que las divergentes vidas y modos de pensar de sus personajes no sólo se encuentren, sino que se comprendan y hasta lleguen, de alguna manera, a intercambiar sus situaciones personales. Lo que parece querer decir es que todo es posible en el corto espacio de una vida, y que tenemos el tiempo y la oportunidad de transitar por diferentes y distintas circunstancias. Aunque la última, la que verdaderamente nos facilitará la sonrisa, será el placer de lo más sencillo. No es necesario estar de acuerdo con ella, ni con esta obra, que presenta situaciones al margen de todo un mundo existente más allá del banco público: lo que importa es que lo cuenta muy bien, con diálogos llenos de encanto, con humildad alejada de grandilocuencia alguna. Además, cuanto se dice en la obra es de extraordinaria verosimilitud, y los diálogos poseen gracia y encanto.
Hay que medir muy bien el tono de la actuación y de la puesta en escena para no traicionar esa sencillez del mensaje. Así lo ha entendido la compañía Producciones Inconstantes, que hace un trabajo de delicado punto de cruz (es un tipo de bordado al que se alude frecuentemente en el texto como terapia y actividad para hallar la calma), dibujando cuidadosamente la labor. Con la dirección pausada de Emilio del Valle, consiguen un notable trabajo los tres intérpretes, que deben ofrecer diferentes aspectos y actitudes en cada cuadro. Carolina Solas, vagabunda primero y mujer de negocios después, muestra una gran convicción tras su aparente fragilidad; con el curioso nombre de Macedonia, el personaje que interpreta Pilar Tordera recorre un camino inverso, y consigue la actriz realizarlo con toda fluidez; Chete Guzmán, por su parte, encarna magistralmente su tipo con una eficacia -es el lado más cómico de la función- que el público aplaude con regocijo. Sin duda es ese nivel medio excelente el que hace que la representación se siga con la sensación placentera de estar presenciando una disección amable de nosotros mismos.
Enrique Centeno
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El cultural. El Mundo (28.3.1999)
Desde luego la vida no es así, como se ve en las obras de Lourdes Ortiz. No es así, pero sería fantástico. Un bulto abre la escena: es una mendiga. Pasa una ejecutiva, un encuentro casual, y todo comienza. La ejecutiva, en realidad un trasunto del ángel de «¡Qué bello es vivir!», consigue que la mendiga se recicle, consigue reciclarse ella misma y logra finalmente ayudar a un atracador a reconducir su vida. Son tres soluciones planteadas en tres actos, separados cada uno por tres años de diferencia.
Es un juego, un cuento bonito, una parábola con olor evangélico en el que los personajes se relatan unos a otros, a veces en exceso: «estamos dando demasiadas vueltas al rollo éste de las biografías», dice uno de los interrogatorios del hada buena. Una parábola para mostrar que es posible cambiar y que hay tiempo para hacerlo, por tarde que a uno le pueda parecer. La especie de hada buena tiene además una sensibilidad tan especial que adivina los nombres y llega a los corazones. Es un ángel. La vida no es así, pero sería fantástico que lo fuera. Para eso también está el teatro; para proponer otra opción, aunque en el escenario pueda sonar ingenua. Sin embargo, no. No suena ingenua. La dirección y los tres actores hacen que no lo parezca. Consiguen que juguemos todos a ese juego de si todo fuera del revés. Están muy bien, hay que decirlo; con sus cosas, pero muy bien; a veces con recurso y tono de eso que llamamos «profesional»; a veces, sin tiempo para que sucedan las cosas que tienen que suceder, pero la mayoría del tiempo muy bien. Un buen trabajo, sencillo, como la obra de Lourdes Ortiz, sin pretensiones, pero con verdad. Eso, señoras y señores, es casi un milagro en el teatro actual.
J. Guerenabarrena
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Guía del Ocio (01.04.1999)
Utopía mínima
En las últimas temporadas, la obra teatral de la narradora y dramaturga Lourdes Ortiz ha interesado a compañías y salas jóvenes: El cascabel al gato (Ensayo 100), Yudita (Araira Teatro), y ahora, La vida del revés, a esta interesante agrupación que viene de estrenar textos de Alfonso Vallejo, Rodrígo García y Albert Camus (Los justos, que mantienen en gira).
Como en El cascabel al gato, a la autora le interesan los cruces y transformaciones de mujeres y vidas mínimas, aunque en esta comedia urbana hay un giro jovial de rebelión y utopía cotidianas, que juega con el azar y roza la fantasía de lo posible. En un tríptico de relevos, un banco callejero enfrenta y altera las maneras de vivir de una alta funcionaria, una vagabunda y un drogadicto, en un interesante vaivén de valores y afanes. La comedia cuestiona la exaltación del éxito, del consumo y de la imagen, plasmando opciones personales, sencillas, de un mayor disfrute vital.
El montaje propone una representación sobria, que busca teatralidad, en un difícil equilibrio de climas y tonos que elevan la pieza a una atmósfera de ilusión cálida. Esta pátina de irrealidad filtra y desmarca de la caricatura chata y manida los tipos de la comedia, su diálogo coloquial y reconocible, alguna tendencia de acciones y conflictos contados, en un trabajo que se puede enriquecer y afinar.
Jose Henríquez
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Reseña, 305 (mayo 1999: 39)
Una idea bella
Lourdes Ortiz construye un texto intimista en un espacio minimalista: un sugerente banco de un parque. La anécdota aparece como trivial. Un fortuito encuentro de tres personajes, sucesivamente, obliga a la reflexión y al intercambio de papeles, a veces tan deseados en la vida, porque la mayoría de las personas terminan ansiando -no se conoce la desdicha real de cada vida- el deambular profesional y anímico del otro.
La reflexión fundamental es la de detenernos a observar la vida valorando cada instante, cada movimiento de una hoja en el árbol o cada gesto o paso del que nos rodea. Esa observación lleva a pensar en los demás y a entenderlos. Tal comprensión es una vía de solución para no llegar a los grandes desastres de la humanidad. Se trata de -en este obligado transcurrir por la vida una vez que hemos nacido- saborear cada instante propio y el del mundo que nos rodea, olvidando las precipitaciones o el ir de un lado a otro haciendo cosas, muchas de ellas sin sentido. Podría ser como catar un buen vino: hay quien lo bebe de un trago y hay quien lo mantiene en el paladar. Paladear cada instante, para ir hacia un mundo mejor, es lo que nos propone la autora.
La idea es bella y aleccionadora. Esto nos lo entrega con un lenguaje, unos diálogos bien construidos y con humor, surgidos del choque de personalidades. No obstante, tras los primeros momentos, se tiene la sensación de que la anécdota no da mucho más de sí y se reduce a un ingenioso juego de chispeantes diálogos, en los que queda de lado el sentido de dramatización del texto y el transcurrir del tiempo se nota. Aparece más como una lectura a saborear en un sillón, que un texto de representación.
Los tres actores, Carolina Solas, Pilar Tordera y Chete Guzmán, realizan un buen trabajo interpretativo en la encarnación de unos creíbles personajes. La dirección de Emilio del Valle es fluida, creando los ritmos adecuados.
José Ramón Díaz Sande

