Recepción crítica de los principales estrenos de Lourdes Ortiz en España

Sobre su dramaturgia

Eduardo Pérez-Rasilla y Guadalupe Soria Tomás
Universidad Carlos III de Madrid

 

PENTESILEA

Edición: Aquiles y Pentesilea; Rey Loco. Prólogo de Fernando Doménech Rico. Alicante, IX Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos. Colección Teatro Español Contemporáneo, nº 13, 2001, pp. 9-45.

Estreno: Bajo el título de Pentesilea, reina de las amazonas se estrenó el 30 de julio 1991 en el Festival de Teatro Clásico de Mérida  un espectáculo basado en Aquiles y Pentesilea, de Lourdes Ortiz. El montaje fue el resultado del taller de actores dirigido por Guillermo Heras, responsable entonces del Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas (El Sol: 20.06.1991, El Mundo:  20.06.1991, ABC: 21.06.1991, Ortiz, 2001: 6 y 2016a: 7-11).

Escenificaciones posteriores: ver la entrada Aquiles y Pentesilea, estrenada en abril de 2016 en el Teatro Valle-Inclán de Madrid.

 

EL LOCAL DE BERNARDETA A.

Edición: Acotaciones, revista de investigación teatral, 1 (julio-diciembre 1999), pp. 55-101. Introducción de Fernando Doménech Rico.

Estreno: el 17 de noviembre de 1995 en la Sala Galileo de Madrid, con producción de la Compañía Fin de Siglo y dirección de Paca Ojea. El reparto lo formaron: Esperanza Guallart, Goizalde Núñez, Pepa del Pozo, May Pascual, María Álvarez, Ángela Elizalde, Violeta Albacete y Cristina Arranza. En cartel hasta el 3 de diciembre. (CDT, Hormigón, 2000: 652-654, Galindo, 1995: 88 y Guía del ocio: 25.11.1995).

 

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Programa de mano. CDT (Signatura: PRO-12004 y 12005)

El local de Bernardeta A.

Como en un espejo deformado la obra surge en la cabeza de la autora probablemente como respuesta iconoclasta, guiño dirigido al espectador, ante esa obra ya mítica, punto de referencia obligado en la historia contemporánea del teatro español, que es «La casa de Bernarda Alba».

«El local de Bernardeta A.». Un mundo cerrado y claustrofóbico, como antaño, de mujeres. Pero el mundo rural de deseos insatisfechos, donde el ansia de varón de la España profunda y represiva era el eco sintetizado en el Romano, presente siempre sin estarlo, que presidía la obra de Lorca, se ha trasladado ahora a un mundo degradado, el mundo del burdel de la España de los noventa, donde el sexo ya no aparece como salvación, sino como castigo, como rutina que se compra y se vende, un mundo asalariado donde el gran patrón machista y macarra controla desde lejos la mercancía.

Metáfora también, como ocurre en la obra de Lorca, y que nos deja entrever en su desengaño el sueño utópico del amor distinto, del goce verdadero, de la vida posible.

Y en esa rebeldía final de las mujeres, que se unen al fin frente al explotador para crear una especie de comuna, que regenta la casa sin amos controladores, hay un final que, a pesar de la sordidez de lo visto y oído, se abre a la esperanza o a la reflexión.

Lourdes Ortiz

 

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El Mundo (22.11.1995)

Ramería y lucha de clases

Cuando se enciende el escenario Adela acaba de colgarse y Pepe el Romano es un chuloputas carroza, lejos del macho garañón lorquiano tiroteado por Bernarda. Es un arranque audaz, sin parodias ni bufonadas, de un lorquismo indisimulado en la estructura de la obra, en el título y en los apócopes onomásticos de las mujeres.

No hay que ser un lince para concluir que Bernardeta, Poncina, Josefina, Magda, Meli, Gus y Marti, son Bernarda, Poncia, María Josefa, Magdalena, Amelia, Angustias y Martirio. Pero en esto acaba la savia lorquiana que Lourdes Ortiz ha metido a El local de Bernardeta A.; en esto y en el espacio clausurado y opresivo que, sin en La casa… era un gineceo levítico de vírgenes enlutadas, aquí es un serrallo miserable.

En realidad, el esquema de Lorca es un pretexto. Y la escenografía, inspirada en Las señoritas de Avignon picassianas, destierra muy pronto cualquier simbología sobre la España profunda del himen, en cirio y la mantilla.

Las rameras dicen palabras como plusvalías, mercado libre, bienes muertos, distribución del trabajo y ganancia, explotación, reconversión… A mí, un burdel como metáfora del sistema capitalista -con sus patronos, sus capataces y su proletario dividido y a la greña- me parece un acierto.

Sobre todo, si se manejan conceptos de economía política con la soltura que lo hacen los personajes de Lourdes Ortiz: con sentido dramático y sin catecismos doctrinales. Y sin que la capacidad de ensueño y regeneración por el amor quede sepultada del todo.

Un acierto y audacia que, a mi entender, Lourdes Ortiz no lleva hasta el final, y no me refiero al desenlace, sino a la radicalización del trazo goyesco, del miserabilismo y su correlato de explotación.

            La casa de Bernardeta A. es una pintura negra y, por ahí había que haber entenebrecido aún más el fondo ideológico de la cuestión. Quizá sea cosa de la dirección, pero en ocasiones una cierta ternura por los personajes ablanda el argumento; a veces, una cierta reiteración disquisitiva debilita la tensión beligerante de las pupilas y la sombra oculta de Pepe el Romano.

Mas, para ello, quizá hubiera sido necesario desbrozar más la interpretación. Todas las actrices ponen brío, pasión, acre sinceridad a sus infortunios. Y entre todas, quizá, la Gus, de May Pascual, pone un poco más de aplomo y justeza.

Afortunada simbología, sin embargo, de un mundo de ásperas relaciones laborales, dentro de la aspereza y la abyección de la ramería.

Javier Villán

 

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ABC (05.12.1995: 89)

El local de Bernardeta A. o las tristezas del lupanar

El local de Bernardeta A. se titula una pieza dramática original de Lourdes Ortiz, una escritora que usa como título de crédito haber sido finalista en este año del premio Planeta, se supone que de novela. Cuadro burdelario el de esta pieza teatral que resulta ser una descripción escenificada de una casa de prostitutas a la que resulta  sumamente exagerado atribuir la calidad del contrapunto de La casa de Bernarda Alba que García Lorca estrenaba en Buenos Aires en 1945 como un homenaje póstumo de Margarita Xirgu.

Son las dos piezas dos situaciones de mujeres encerradas, pero la distancia entre las hijas de Bernarda y las pupilas de Bernardeta es sideral. Ni hablar de los paralelos.

Lourdes Ortiz pone en el puticomio de Bernardeta a unas cuantas chicas por lo general descontentas de la vida que llevan en su clausura, algunas de ellas, desde casi la inocente adolescencia hacia la fatigada senectud. Nada sucede que no sea el blablablá de las chicas, asustadas por la extraña muerte de una de ellas. Las chicas se describen, van y vienen, aluden a sus ilusiones, a sus desengaños y de cuando en cuando la luz se apaga para que un tiempo pase en vista de que nada pasa en realidad. ¿Se ha documentado la escritora? Parece que sí. Las chicas se muestran como tipos diferentes. Están, según parece, en distintas etapas de su profesión, que no es otra cosa que una forma tremenda de esclavitud y enclaustramiento.

Como la alusión a un tal Romano, nombre de parentesco lorquiano, chulo, copropietario del pecador cenobio y usuario abusivo de las chicas, según se cuenta, porque a él jamás se le ve, no produce auténtica situación dramática, se decide que la primera putita muerta sea completada con la de otras dos que aparecerán teatralmente colgadas y sólo visibles por las piernas para que las otras se lo pasen de gloria largando y largando, pronto acostumbradas a ver a las otras colgadas para secarse.

Siempre sin situación dramática, se cuentan cosas; entre ellas el cambio de empresa, la posible despedida de las viejas, la modernización del puticomio y finalmente el vengativo asesinato de Romano por una de sus coimas, con lo que al fin el largo discurso de discurso se acaba.

Lo mejor de todo esto es la dirección de Paca Ojea. Después, el cuidado escenario de Luis de Ben. Y, moviéndose ahí, las cinco actrices, muy matizadas en sus diferencias, animosas, casi como si fueran seres reales, seres vivos, no descritos. Algunas exageraciones gestuales, y sobre todo de tono verbal, calientan el largo polidiscurso o lección sobre la prostitución, sus ilusiones y desencantos, que se quedan entre el teatro y la novela sin llegar a ser bien ni lo uno ni lo otro.

Las piernas colgadas del techo jamás valdrán lo que el trágico suicidio de Adela, ahorcada tras la puerta detrás de la poética puerta lorquiana. Esperamos un trabajo más libre, más maduro, de Lourdes Ortiz, cuya marcha literaria le da legítimo derecho a esta espera.

Lorenzo López Sancho

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