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Muchos de los que tuvieron un contacto directo con Coltrane recurren al lenguaje religioso a la hora de expresar sus sentimientos hacia el hombre y hacia el disco. «John Coltrane: Juan Bautista; John, el espiritualista; John, el creador», señala el trombonista Curtis Fuller. «John era todas esas cosas, el ojo que todo lo ve, el Flautista de Hamelín. En A Love Supreme se mostraba algo de todos esos Johns.» El bajista Reggie Workman insiste: «Entenderás el mensaje [de A Love Supreme] si estás preparado, tal como la filosofía hindú nos enseña. Si no estás preparado, tienes que dejarlo, prepararte y volver a intentarlo. ¿Vale?».
«En tu espiritualidad, son los gurús los que hacen que te inicies en el mantra», señala Alice Coltrane, igualando el obsequio de A Love Supreme a esa iniciación y considerando a su marido como el guía espiritual:
El gurú nos ha ofrecido una tarea buena y grande. Entonces puede decir: «No quiero que pienses que esto te va a servir para llegar a consumar tu objetivo espiritual». Ahora, John se ha ido a otras tierras y a otras latitudes y todavía habrá exámenes más elevados, pruebas más elevadas a las que enfrentarse. Necesitamos algo a lo que nos podamos aferrar, que nos sirva para reunir fuerzas para el siguiente paso en nuestro viaje. Eso es A Love Supreme.
Algunos han llegado a venerar al hombre y al álbum semanalmente de una forma institucionalizada. Cada domingo, la Iglesia Africana Ortodoxa St. John Coltrane de San Francisco atrae a una congregación inusualmente heterogénea, fieles locales y jóvenes visitantes en camiseta, que se reúnen para alabar a Dios, considerar santo a Coltrane y tocar y cantar juntos la música de A Love Supreme.
La ironía subyace en que un hombre que desconfiaba de la idea de un único camino religioso –«Cuando vi que había tantas religiones, más o menos opuestas las unas de las otras... No podía creer que un tipo pudiera tener razón, y... otro no»– haya acabado dejando como herencia un proyecto de ritual organizado. «No sé en verdad lo que siente la gente cuando escucha mi música», comentó Coltrane en 1961. Menos de un año antes de su muerte, remarcó: «Creo en todas las religiones».
Escribir sobre cualquier tipo de música es un reto: en buena parte todo depende de la subjetividad, de las reacciones personales. Cuando se trata de Coltrane, el listón sube más alto. Obligó a los periodistas a acuñar una nueva terminología que describiera su técnica y estilo revolucionarios. «Napas de sonido», escribió en 1958 un crítico sobre sus ráfagas sonoras. «Antijazz», escribió otro unos pocos años más tarde.
A Love Supreme agarra el listón y lo lanza hacia el cielo. La innegable espiritualidad del álbum –otra área de estudio que pone a prueba el vocabulario existente– abre la puerta a un reino en el que el análisis de los detalles específicos corre el riesgo de parecer poco serio, en el que la discusión del poder divino se convierte en un esfuerzo insincero y rutinario. A pesar de ello, cada vez que volvía a escuchar el álbum me sentía más obligado a tratar la apasionada espiritualidad de Coltrane. Aunque me considero un completo agnóstico y un racionalista acérrimo, estoy dispuesto a admitir que hay muchas cosas que parecen producto de alguna fuerza eterna bajo una dirección espiritual: las estaciones, la gravedad, las matemáticas, el amor romántico. «Dios respira completamente a través de nosotros», escribió Coltrane en A Love Supreme, «pero de una forma tan suave que casi no lo notamos».
Aunque con alguna que otra duda, estoy de acuerdo con esta visión de Coltrane. Y no creo que yo lo pudiera expresar mejor que él. De manera que he optado por limitar mis comentarios al cómo, el porqué, el dónde y el cuándo del álbum, y dejar que las palabras de Coltrane y de otros asuman las explicaciones sobre su significado religioso y poder trascendental, y así garantizar más espacio para aquellos que –apreciando también la profunda espiritualidad del álbum– prefieren al hombre, la música y el disco a un nivel mucho más inmediato. Tal es el caso de Nat Hentoff:
Cuando A Love Supreme salió, Trane consiguió conmover de una forma espiritual a tantas personas que la gente empezó a pensar que él estaba más allá de lo humano. Creo que eso no es así. Él tan sólo era un ser humano como tú o yo... pero él quería practicar más, hacer todas las cosas que alguien tiene que hacer para superarse. El valor real de lo que hizo John Coltrane es que lo que consiguió lo consiguió como ser humano.
A Love Supreme nunca ha sido objeto de una excesiva atención, a pesar de su afianzada reputación. Algunas pocas biografías de Coltrane de diversa índole y profundidad hablan del disco de paso; Lewis Porter dedica un capítulo entero a un estricto análisis musical del disco en John Coltrane: His Life and Music. Pero el álbum sigue siendo un territorio no estudiado a muchos niveles. Desde el comienzo, tenía claras las directrices para ponerme en marcha: investigar en campos vírgenes, reelaborar los viejos puntos de vista, suscitar nuevas preguntas.
Como materia de investigación, A Love Supreme no sólo supuso un profundo trabajo documental, sino que demostró ser el sueño de todo escritor, ramificándose en historias de gran relevancia histórica y personal y revelando una miríada de anécdotas.
Con perseverancia y suerte, descubrí objetos curiosos que aportaron profundidad y contexto a mi comprensión del álbum: una bobina de cinta que conservaba la única interpretación completa en público que Coltrane hizo de A Love Supreme. Un formulario en el que se podían ver los pagos a los músicos del 9 de diciembre de 1964. Un poema escrito a mano que conformaba la estructura de «Psalm». La fotografía de un Coltrane sonriente relajado en su casa con su primer hijo recién nacido.
Tuve la suerte de que tres de las seis personas que participaron originariamente en la grabación de A Love Supremeestuvieran vivas todavía y generosamente compartieran conmigo sus recuerdos y puntos de vista: el baterista Elvin Jones, el pianista McCoy Tyner y el ingeniero de sonido Rudy Van Gelder. También conseguí contactar con tres personas que estuvieron involucradas en el segundo día de grabación, más misterioso, las cuales se mostraron igualmente abiertas a compartir sus recuerdos: el contrabajista Art Davis, el saxofonista Archie Shepp y el fotógrafo Chuck Stewart.
Otras conversaciones me han ayudado a dibujar el mapa de la influencia del álbum: recomendado de una generación a otra, tal y como el pianista veterano y antiguo colaborador de Coltrane, Tommy Flanagan, opinaba: «Yo lo recomiendo fervientemente... Realmente tiene mucho más que decir que cualquier otro ejemplo de su música grabada, como alegato, como colectivo». Traspasado de músico a músico, como el saxofonista Branford Marsalis recuerda: «Había un trombonista con el que tocaba en la big band de Clark Terry... se llamaba Conrad Herwig... fue el primer músico de jazz al que oí hablar de A Love Supreme. Lo oí y le dije a Wynton, sal a la calle y consígueme esa mierda». Confiado de padre a hijo, como cuenta Zane Massey, hijo de Calvin, músico de jazz y uno de los colegas más antiguos de Coltrane en Filadelfia:
Estaba empezando a tocar el saxo, de manera que solíamos juntarnos temprano cada noche antes de cenar para mi lección diaria, haciendo notas largas. Le recuerdo tocando A Love Supreme y explicándome: «John no está tocando cualquier cosa. Éstas son ideas muy meditadas en las que ha estado trabajando mucho tiempo». En ese momento no lo entendí realmente, pero ahora sí que lo entiendo.
Testimonios de fuentes insólitas han ayudado a dibujar el panorama del legado del álbum. El guitarrista de REM, Peter Buck, agradece a un profesor de instituto el hecho de mostrarle «aquella explosión de otro planeta para mí... Hay muchas imágenes de América dentro de eso, sin que [Coltrane] haga conscientemente ningún tipo de alegato político». El protorrapero e intérprete de canciones protesta Gil Scott-Heron recuerda: «Fue en 1968, yo tenía diecinueve años [y] algunos tíos de la facultad con los que salía ponían jazz cada noche en su dormitorio... una noche pusieron A Love Supreme. Me impactó de inmediato».
El cantante líder de U2, Bono, me ofreció una historia personal que podría leerse como una explicación contemporánea del interés universal de Coltrane, y de su álbum:
Estaba en lo alto del Grand Hotel de Chicago [de gira en 1987] escuchando A Love Supreme y aprendiendo la lección de toda una vida. Momentos antes había estado viendo cómo unos telepredicadores rehacían a Dios según su propia imagen: pequeños, insignificantes y codiciosos. La religión se ha vuelto el enemigo de Dios, pensé... la religión es lo que quedó cuando Dios, como Elvis, se fue de casa. Desde los primeros recuerdos que guardo de mi vida, siempre he sabido que el mundo está girando en la dirección contraria al amor y que yo también estoy atrapado en eso. Hay tanta maldad en este mundo... pero la belleza es nuestro premio de consolación... la belleza de la voz aflautada de Coltrane, sus susurros, su astucia, su sexualidad maliciosa, su alabanza a la creación. Y de esta manera empecé a entender a Coltrane. Pulsé el botón de repeat y me quedé despierto escuchando a un hombre enfrentándose a Dios con el don de su música.
Yo mismo recuerdo como si fuera hoy una escena en Cinncinati, en 1976. El dependiente de una tienda de discos insistió para que, pagando solamente 2,25 dólares de más, me llevara una copia de segunda mano de A Love Supreme además de mi selección de discos de rock (recuerdo que llevaba All the Young Dudes, de Mott the Hoope, en la misma bolsa). Accedí, lo escuché una sola vez y lo dejé guardado sin tocar durante casi tres años. En la facultad volví a ponerlo. Antes de mi graduación se había convertido en mi álbum favorito de los domingos por la mañana.
A lo largo de los siguientes años he vuelto a él diversas veces, y cada una de ellas se ha convertido en todo un acontecimiento, consciente de que el álbum pedía tiempo y atención ininterrumpida: un viejo amigo, tranquilizador del ánimo, con una historia familiar que explicar. He hablado del disco con compañeros y amigos y les he pasado copias.
Ravi Shankar, cuya música profundamente espiritual influenció totalmente a Coltrane, ha sido una de las últimas personas a quien le he hecho este regalo. Cuando le pedí si quería hablar conmigo para el presente libro, me dijo que no estaba familiarizado con A Love Supreme. Sabía que la última vez que vio a Coltrane a finales de 1964 le había preguntado al saxofonista: «¿Por qué será que oigo una confusión tan terrible en esos chillidos? Me han perturbado de veras.» Pocos días después de haberle enviado el disco compacto me dijo:
Este disco me ha conmovido mucho. Ya lo he escuchado tres o cuatro veces, y se lo he puesto a los músicos que están conmigo ahora. Es precioso, especialmente el clímax del tercer movimiento, y después la resolución de la última pieza [«Psalm»]. Luego, leyendo el texto de la carátula, no me han sorprendido nada su entrega, su fe y su amor a Dios. Te estaré siempre agradecido por habérmelo enviado.
Poco antes de su muerte, en julio de 1967, Coltrane había estado planeando una visita a Los Ángeles para estudiar con Shankar. Ojalá hubiera sido el mismo Coltrane quien le hubiera ofrecido al maestro del sitar el disco de A Love Supreme y así hubiera podido oír de él su reacción.
Mientras guardo mi equipo después de finalizar mi entrevista en Woodland Hills y me dispongo a salir, Alice Coltrane me detiene. «Lo único que le pido... tan sólo me gustaría que lo que intente explicar esté guiado por la honestidad.» No veo otra manera de hacerlo.
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