Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Reconocernos en las diferencias.

Eduardo Antonio Parra

 

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A veces, al ver los carteles o anuncios televisivos que intentan dar una imagen de Latinoamérica al resto del mundo, contemplo los rostros alegres de los niños de las diversas etnias que integran el continente. Niños que juegan futbol, niños sentados en sus pupitres muy atentos a las palabras de su maestro, niños en plan familiar al lado de sus padres y hermanos, niños corriendo por alguna vereda hacia la cima de una montaña. Siempre con una sonrisa en los labios. Niños de todos aspectos y razas que casi invariablemente me llevan a pensar, a recordar, mi propia infancia.

Siempre me he preguntado en qué momento de la vida los latinoamericanos alcanzamos la conciencia de serlo. Es decir, cuándo es que ese ente llamado Latinoamérica adquiere sentido dentro de nosotros, y nos llena de una sensación de pertenencia que antes ignorábamos, al grado de que un mexicano ve a un argentino o a un ecuatoriano como miembro de su misma especie. Quizá para algunos el instante de “revelación” llegue dentro de la casa familiar, si los padres o los hermanos están imbuidos de identidad continental, o disfrutan la música o la literatura de otras naciones de habla española; acaso para otros sea en cierta lección escolar de historia o geografía; y para otros más seguramente será gracias al futbol (yo, por ejemplo, me enteré de la existencia de un sitio llamado Brasil durante el primer campeonato mundial que presencié por televisión).

En lo que a mí respecta –un mexicano crecido en el norte del país, a unos cuantos pasos de los Estados Unidos–, la conciencia de la identidad latinoamericana fue adquiriendo cuerpo a partir del descubrimiento de las diferencias. En las ciudades –fronterizas algunas de ellas– donde habité durante infancia y adolescencia, todo lo local se comparaba de manera automática con lo “americano”: los alimentos, las costumbres, el cine, la música, el aspecto de las calles y las ciudades, el ideal de belleza femenina y masculina, la ropa, los muebles, los autos y los aparatos electrónicos. No hay ni que decir que –excepto quizá lo referente a ciertos hábitos morales– siempre lo extranjero salía ganando ante lo autóctono. Aquello que venía de los Estados Unidos era óptimo, por la sencilla razón de que se trataba de productos procedentes del “primer mundo”.

En este contexto, era difícil que el descubrimiento de uno mismo como mexicano –como latinoamericano–, no produjera un cierto complejo de inferioridad. ¿Por qué venimos a nacer del lado donde todo es “peor”, si lo “mejor” queda tan sólo a unos metros al norte, detrás de la línea fronteriza? Esta pregunta, que estoy seguro se repetía en la mente de mis amigos y compañeros, pocas veces llegaba a traspasar el límite de los labios. Se pensaba, mas no se decía, pues su articulación podía provocarnos una incomodidad dolorosa que escapaba a nuestra comprensión. Y al no haber respuesta satisfactoria para ella, sólo nos quedaba la búsqueda de un paliativo para evitar la incertidumbre. Y de la identificación de las diferencias, hubo que pasar a la de las semejanzas: si éramos tan distintos a los del norte, tal vez encontráramos similitudes con los del sur. Primer paso: fomentar en nuestro interior el sentir nacional. Somos mexicanos, poseemos un devenir sangriento e interesante, pero sobre todo propio. Segundo paso: la revaloración íntima de nuestra lengua. Hablamos castellano, un idioma añejo cuyas raíces parten del mayor imperio conocido por la historia (el “primer mundo” de la antigüedad), que ha dado a muchos países una cultura rica en matices y cambiante a través de las épocas. Y con la revaloración de la lengua, vino el tercer paso: pertenecemos a un gran continente, poblado por muchos hombres semejantes a nosotros en historia, cultura, tradiciones, costumbres y modo de pensar y de vivir. Así, aunque viviéramos a la orilla de un imperio “ajeno”, al volver la vista al sur nos dábamos cuenta de que el nuestro se extendía a lo largo de miles de kilómetros, casi hasta el fin del mundo.

Pero si la adquisición de esta conciencia significó al principio una suerte de alivio por lo que tenía de protección contra lo “otro”, a partir de la adolescencia comenzó a transformarse –por lo menos en quien esto escribe y un círculo de amigos con los mismos intereses– en una satisfacción: un orgullo. Entonces habitar en las cercanías de la frontera con los Estados Unidos ya no sólo fue un accidente geográfico, sino una “misión” de carácter idiosincrásico plenamente asumida: la de ser la última trinchera de Latinoamérica. Y sin rechazar lo ajeno (lo norteamericano), la idea de cultivar lo propio ganó fuerza. Primero la música: esas canciones de protesta donde la reafirmación latinoamericana se repetía estrofa tras estrofa, desde el punto de vista cubano, nicaragüense, peruano o chileno, con un lenguaje lleno de fuerza poética acompañado por el sonido de nuestros instrumentos más tradicionales. Enseguida la literatura: el descubrimiento, seguido del hábito que devino pasión por algunos de nuestros clásicos contemporáneos, como Rulfo, Arlt, Carpentier, Vargas Llosa, Borges, García Márquez, Revueltas, Gallegos, Paz, Lezama Lima, Vallejo, Fuentes, Cortázar, Donoso, Nicanor Parra, la mayor parte de ellos vivos y en plena producción en esos años. Y de la literatura pasamos al cine y a las artes plásticas; y con estas tres disciplinas llegamos, inevitablemente, al pensamiento crítico y a la política.

Fue cuando, ya con el carácter formado y la vocación llenándonos de pies a cabeza –una vocación donde lo literario y lo latinoamericano se trenzaban hasta confundirse en un mismo impulso creador–, que al realizar un examen de conciencia tuvimos que volver al punto de partida: a reconocernos en las diferencias. Diferencias que a la luz de las letras, de las artes y de la discusión se habían vuelto más evidentes no sólo al compararnos con los Estados Unidos, sino con Europa, Asia, África y el resto del mundo.

Carajo. Supimos entonces (o tan sólo lo reafirmamos) que habitábamos una región del planeta que, por haber sido colonizada durante tres siglos por un imperio implacable y haber vivido otros dos siglos bajo el dominio de otro peor (aunque en ocasiones quizá más sutil), nuestra tendencia ha sido sobrevivir con lo que nos dejan, con lo que esos imperios no han querido llevarse, siempre por debajo de nuestras capacidades y nuestros medios, aunque gracias a las pretensiones de sus élites gobernantes algunas de nuestras ciudades, en ocasiones, parezcan vivir por encima de ellos. Supimos también que desde los orígenes ha habido una brecha, una separación evidente, entre el punto de vista de quienes redactan la historia y el de quienes la viven (o la sufren), y que tratar de establecer un término medio entre ambos extremos es tarea de los artistas y de los escritores.

Porque nos apasiona nuestra historia; incluso, a veces, la oficial. Aquella que nos habla de próceres en cuyas hazañas es posible leer entre líneas una ausencia absoluta de heroísmo. La que nos narra la vida de héroes que fracasaron en todas sus empresas, escamoteándonos sus peores momentos. La que traza nuestro mapa temporal de derrota en derrota, con victorias tan insignificantes que es necesario inflarlas hasta el delirio. La que se niega a hablarnos (aunque los adivinemos detrás de las palabras) de los egoísmos que triunfaron gracias a la fuerza original de sus ideales altruistas. La que imita sin cesar las estructuras dramáticas al presentarnos redentores que se convirtieron en tiranos. La que juega con las leyes de la lógica cuando nos entretiene con cuentos de tiranos que huyen vencidos para regresar unos años después bajo el amparo de otra bandera (o de la misma si las circunstancias de su país han cambiado). Pero sobre todo esa historia que, sin tapujos, nos ilustra acerca de pueblos enteros que resisten sin doblarse siglos de saqueo, sufrimiento y esperanzas vanas, como si fueran los protagonistas de una tragedia escrita con intenciones edificantes. Sí, nos apasiona nuestra historia, aunque de repente quisiéramos cambiarla, escribirla de manera que ciertos papeles se invirtieran o, por lo menos, abrirle un resquicio de ficción por donde pudiera colarse un poco de luz.

Un desfile de carros alegóricos, un carnaval, un juego de espejos, una ilusión óptica constante e interminable: así ha sido el devenir que nos otorga nuestra identidad latinoamericana. ¿Existirá otra región del mundo cuyo pasado pueda narrarse de manera tan entretenida y al mismo tiempo tan desalentadora? Me lo he preguntado muchas veces, pero me falta conocimiento para ensayar una respuesta. ¿África tal vez? ¿Los Balcanes? ¿O esta condición carnavalesca es exclusiva de nosotros? Desde que dejamos de ser parte del imperio español, unos países del continente antes, otros después, pareciera que procuramos fortalecer nuestros lazos mediante espectáculos políticos y sociales parecidos, a cual más de absurdos, casi materia de teatro guiñol. Vestidos con uniformes, sotanas y sólo últimamente elegantes trajes hechos a la medida, nuestros protagonistas han desempeñado sus roles de clericales o jacobinos, de déspotas ilustrados o revolucionarios sumergidos en el folclor, de Altezas Serenísimas locales o demócratas de levita luctuosa, de impulsores económicos pro-Wall Street o materialistas dogmáticos pro-Moscú, de caudillos populistas o restablecedores del orden, la tradición y las buenas costumbres. Nuestras revoluciones parecen sucederse con una frecuencia casi cronométrica, seguidas de su correspondiente golpe de Estado que a veces da paso a un breve periodo de democracia ilusoria, tan sólo para reiniciar el ciclo poco después en este eterno girar de la rueda de la fortuna continental. Se establecen códigos, Cartas Magnas, para luego ser abolidas con el fin de promulgar otras de signo contrario que poco después corren la misma suerte. Los oligarcas de ayer fueron expulsados o asesinados y sus bienes incautados por los revolucionarios de entonces que son los oligarcas de ahora, quienes posiblemente sufran el mismo destino en manos de los revolucionarios de mañana. Y al fondo, los espectadores –es decir, los pueblos– contemplan el desarrollo de la obra, ora sonrientes, ora aburridos, la mayoría de las veces inmovilizados por la abulia. A veces reaccionan y se entusiasman, pero su entusiasmo es breve pues comprenden que se trata de una simple representación cuyo desarrollo sólo pretende entretenerlos, que su participación no cuenta, y que al final el escenario quedará vacío, limpio, lleno de luz: listo para que otros actores arriben a él para iniciar de nuevo la misma función.

Todo eso supimos (supe) en aquel examen de conciencia impulsado por nuestra (mi) vocación literaria y latinoamericana. Al reconocerme en las diferencias con otras culturas y al advertir las semejanzas con la de otras naciones del continente, me di cuenta de que conocer nuestra historia era un ejercicio de comunión, al mismo tiempo inquietante, deprimente y liberador. Inquietante pues de él se desprendía la certeza de que en nuestros países es demasiado fácil –incluso atractivo– confundir verdad con ficción, los hechos realmente ocurridos con la representación artificiosa, ya que nuestra historia tiene, desde el primer vistazo, aspecto de ópera bufa, en tanto nuestra literatura suele ser más directa, precisa y objetiva en sus descripciones de la realidad. Deprimente porque quienes nos desenvolvemos en una historia que parece ficción podemos sentirnos de pronto dentro de una ficción que tan sólo luce como realidad, lo que sería lo mismo que confundir sueño con vigilia y vivir en un estado permanente de sonambulismo; esto sin duda acarrearía (ha acarreado ya) consecuencias funestas para nuestras naciones. Liberador porque identificar esta tragicomedia del pasado, y un poco asimismo del presente, significa conocernos a nosotros mismos un poco más, detectar los vicios y virtudes de un carácter continental, lo que podría servir para mostrarlos a los demás por medio de la literatura con el fin de poner un grano de arena en la edificación de un porvenir donde esta absurda rueda de la fortuna deje de girar, donde el vacío del escenario se llene con actores y personajes al fin distintos. Liberador, también, porque a partir de haber llegado a estas conclusiones, pude comenzar a ejercer la vocación sin exceso de incertidumbre, visualizados los orígenes de la idiosincrasia que me da razón de ser y de escribir.

Establecidas las diferencias externas y las semejanzas internas, ha resultado sencillo dar los siguientes pasos para adentrarme de manera más honda, menos esquemática, en el universo de esta nuestra cultura. Primero desde aquellos rincones del norte de México, y después desde la capital, además de algunos viajes por ciertos países del continente, bastantes conversaciones con colegas latinoamericanos y a través, sobre todo, de la lectura, he constatado que así como nuestra unidad es lo suficientemente sólida como para lucir un rostro monolítico, la diversidad interna hace de Latinoamérica un universo complejo cuyas variaciones parecen infinitas o, por lo menos, inabarcables. Igual que las familias de numerosos miembros, donde cada uno de ellos se ha desarrollado bajo el mismo techo, en el mismo espacio de tiempo e idénticas circunstancias, los países, regiones y hasta las ciudades y pueblos que integran nuestro universo poseen su propia personalidad, un lenguaje lleno de giros y acentos particulares, sueños que, si bien tienen algunos aspectos uniformes, también corren por caminos separados.

En el ámbito de las letras, por ejemplo, acaso debido a la evolución propia de cada circunstancia nacional, me parece que la literatura latinoamericana contemporánea es hoy más versátil que la que había cuando comencé a leerla hace poco menos de tres décadas. Las cosmovisiones de los narradores de una u otra región, sus temáticas, las influencias evidentes y ocultas, sus registros, en ocasiones no tienen nada que ver unos con otros, aunque como telón de fondo persista “algo”, quizás intangible o inefable, que los delate como miembros de una misma estirpe cultural. Y no se trata simplemente de que un escritor cubano viva una realidad distinta de la de un paraguayo, ni de que el argot de los arrabales bonaerenses resulte demasiado lejano del de los habitantes de la colonia Condesa en la ciudad de México. No, la diferencia no es tanto de forma, habla o mimesis, sino que responde a lo que, según mi punto de vista, es la mayor explosión imaginativa que se ha dado en nuestras letras hasta ahora. Como si después de los fundadores del siglo XIX y de los clásicos contemporáneos que dejaron asentada una cierta unidad en la literatura del continente, los escritores actuales hubieran decidido de manera conciente marchar cada cual por su propia ruta con el fin de seguirse reconociendo como latinoamericanos ahora a través de sus diferencias. Lo único lamentable es que tal versatilidad permanece oculta para la mayoría de los lectores de unos y otros países, pues también nunca como antes nuestras obras, salvo excepciones, son para consumo exclusivo de los lectores nacionales. Sólo ciertas casas editoriales españolas “latinoamericanizan” nuestra literatura al distribuirla a nivel continental, pero al mismo tiempo, como siempre siguen criterios de selección peninsulares, parecen empujarla hacia la uniformidad (esto también con algunas excepciones).

Unidad, diversidad. Reconocernos en las diferencias con los “otros” y establecer nuestras semejanzas, para enseguida reconocernos ahora en nuestras diferencias internas. Aunque formulado así puede parecer complicado se trata, al menos para quien esto escribe, de un proceso que se dio de modo natural. Cuando veo a los niños sonrientes de los carteles o de los anuncios televisivos que pretenden ilustrar el futuro de nuestra región del mundo, me pregunto si seguirán la misma ruta. No es importante. Lo que importa es que en uno u otro momento adquirirán la conciencia de ser latinoamericanos.


Eduardo Antonio Parra

(León, Guanajuato, 1965), considerado como uno de los nombres más importantes de las actuales letras mexicanas, colabora con regularidad en varios suplementos y revistas culturales del país con cuentos, artículos y ensayos. Entre los reconocimientos que su obra ha recibido se encuentra el Premio de Cuento Juan Rulfo 2000, otorgado por Radio Francia Internacional. Ha sido becario de la John Simon Guggenheim Memorial Foundation. Es autor de los libros de relatos Los límites de la noche, Tierra de nadie,  Nadie los vio salir y Parábolas del silencio, así como de la novela Nostalgia de la sombra.

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