Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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De un librero y de unos autores

Álvaro Castillo Granada

 

Página 1

Para Amir, Mario, Jorge, Ricardo y Santiago.

Un 30 de noviembre de hace veinte años entré por primera vez a una librería sin el propósito de ver qué no podía comprar, qué encontraba, qué descubría. Ahora entraba para emprender el oficio de mi vida: ser un librero. Era delgado, tenía pelo que caía sobre mis hombros y "una sed de ilusiones infinita". Lo primero que hice, después de que Martín Moreno (el librero que yo debía reemplazar) me explicó cómo estaba organizada la librería (por temas y orden alfabético), fue sentarme en una escalera-banquito que había en una esquina, bajo un espejo, y esperar que entrara la primera persona para atenderla. Cuando entró no actué: me quedé paralizado viendo como Martín la escuchaba y le hablaba (en ese orden) para después desplazarse rápidamente hasta un estante y regresar con el libro buscado. Dejé pasar uno, dos, tres clientes en esta actitud búdica hasta cuando él me dijo: "El próximo lo atiende usted". Ya no recuerdo quién fue ni qué preguntó. Ni si el libro estaba y cuánto costaba. Lo que si conservo en mi memoria es la sensación de satisfacción por el deber cumplido cuando el cliente se fue satisfecho. En ese instante tuve la primera revelación que me ha deparado este oficio: un librero es quien satisface un deseo o una necesidad. Había algo muy hermoso en esos primeros años heroicos: podía acercarme a cualquier persona sin prevención o prejuicio alguno debido a mi absoluta ignorancia sobre los rostros de los escritores y personajes de la vida pública. Eso me daba una sensación de libertad inmensa y una capacidad de asombro permanente. No recuerdo tampoco cuál fue el primer escritor que conocí en mi oficio. Creo que fue un poeta al que le recomendé que leyera las cartas de Gustave Flaubert a Louise Colet. En una época, aunque parezca un invento, estuve obsesionado con este escritor. Me asombraba la manera como se adentraba en el alma de los personajes y era capaz de describir hasta los más íntimos detalles con una sencillez aparente que no podía sino ser fruto de una disciplina y rigor extraordinarios. Después supe que ese señor era un poeta famoso en el jardín local. Poco a poco fui conociendo a muchos escritores de mi país que iban a la librería donde yo trabajaba (no por mí, por supuesto). Era un espacio hermoso y acogedor, lleno de libros cuyo criterio de selección no obedecía exclusivamente a los más vendidos del mes. Había un afán (o por lo menos ahora quiero verlo así) por tener unas muy buenas secciones de humanidades, donde convivieran, sin distingos de clase o abolengo, los clásicos, los olvidados, los modernos y los nuevos. Fueron años en los que los libros entraron de manera fija y última en mi vida. Siempre me habían (han) acompañado. Han estado conmigo a cada instante. Mi primera biblioteca la recuerdo casi a la perfección. Tenía 42 libros que eran mi orgullo. Creo que los leí una y mil veces. Ahora la relación se tornaba diferente. Ya no se trataba únicamente de tenerlos, leerlos y poseerlos. Ahora se trataba de embarcar mi destino con ellos. Pasaría ahora (y ojalá hasta cuando cierre la última hoja del último libro de mi biblioteca y pueda irme al paraíso de los libreros donde me estarán esperando todos los libros que no pude encontrar y una que otra mujer espléndida dispuesta a compartir conmigo ese lugar verde donde los libros no están en una biblioteca), a vivir con ellos y de ellos. Los libros se transformaron en mi pan y abrigo, mis alas y mis ruedas, mi día de mañana. Con el paso de los años fui encontrando que un librero no es sólo un librero sino un cómplice y testigo. No sé por qué se desarrollan en ocasiones unos lazos de confianza totales con algunos clientes (lo digo así porque primero son eso, clientes, y después, se pasa el tiempo y se da la magia, nos volvemos amigos y, a veces, sólo a veces, en algo más) que hacen que el librero se transforme en confidente. Dentro de los libros que sé no voy a escribir (como el del hombre cuya mirada se volvió elíptica de tanto intentar mirar la maravilla que se esconde detrás y en medio de los escotes de las blusas de las mujeres) está el del librero que desde su refugio, su lugar ve cómo el tiempo cambia las personas y construye historias de las que él sólo es testigo y se acumulan en su cabeza hasta que llega un momento en que la temporalidad se rompe y todo ocurre aquí y ahora, para siempre. No sólo he escuchado y visto historias de amor y desamor, alegrías, desdichas, triunfos, victorias, sordideces, pequeñeces. También he visto cómo personas que alguna vi como lectores se transforman en escritores. Esto ha sido, la mayoría de las veces, un placer inmenso. Cuando lo han logrado, cuando triunfan, cuando encuentran reconocimiento y, lo más importante, lectores, siento que de alguna manera, “como si fuera la primavera”, yo estuve allí. Ahora quiero nombrar a cuatro de ellos que he visto, desde mi barricada y bosque, convertirse en autores. Voy a contar la imagen que tiene el librero que soy de Jorge Franco, Santiago Gamboa, Ricardo Silva Romero y Mario Mendoza como compradores de libros. No sé si alguno de ellos me considera su “amigo” pero sé que algo de ellos se ha quedado en mi mirada. ¿A cuál conocí primero en mi oficio? Creo que a Mario. Me intimidaba un poco la fuerza, energía y seguridad que proyectaban su mirada y su voz cuando buscaba o preguntaba un libro. Era un lector de obsesiones, temas y autores. Alguien que tal vez buscaba en ciertos libros lo ya había encontrado pero quería ver/leer cómo otro lo había contado. Es un lector que lee como librero: descubre y emocionado grita a los cuatro vientos lo que lo conmociona. ¡Lea esto, es una maravilla, no se lo pierda! Y acierta, generalmente acierta, cuando recomienda algo. Le debo a él la lectura de uno de los libros que más me ha estremecido: El defensor tiene la palabra, del rumano Petre Bellu. Guardo como anécdota el haber conservado durante mucho tiempo ¿Para qué sirve la literatura?, de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, firmado con su nombre en la primera página, que compré ya no sé dónde, cuándo y por cuánto, hasta que se lo pude devolver gracias a la complicidad de una muchacha de ojos avasalladores llamada María Claudia. Cuando regresó a sus manos dijo: "Ya no me acuerdo en qué olla tuve que venderlo". Con Jorge Franco me une la complicidad del agradecimiento. En 1997, "como cambian los tiempos, Venancio, qué te parece, cómo cambian los tiempos", hubo una firma de su primer libro de cuentos, Maldito amor, en la librería donde yo trabajaba. La cifra ya no la recuerdo exactamente, pero fueron cuatro o siete personas. En esos inciertos y frágiles tiempos me atreví a decir que ese libro era, para mí, una de las sorpresas más gratas de ese año. Al otro día Jorge, sin dejarme casi llegar a la librería, desconectar la alarma que estallaba cuando quería, caprichosa, abrir las dos chapas, descolgar mi morral y colgar la chaqueta de jean con la bandera cubana que siempre me acompaña, me llamó por teléfono para darme las gracias por esa insignificante frase. Desde entonces de cuando en cuando, una llamada o un correo electrónico, me sorprende para encargarme algo. No es un lector aventurero, diría yo, sino más bien un lector explorador, alguien que, más allá del inmenso placer que le proporciona la lectura de ciertos constantes como Juan Carlos Onetti (el más) o Juan Marsé, busca y encuentra caminos y trochas para continuar su marcha de contador de historias. Sabe siempre qué quiere y por qué lo quiere. Recibe los libros como un tesoro del cuál es necesario saber cómo llegaron a la isla. Con Ricardo Silva Romero me une un afecto que no ha sido necesario demostrar a lo largo de los años. Creo que lo conozco desde cuando estaba finalizando el colegio o empezando la universidad. Generalmente iba a la librería acompañado por dos cómplices que el tiempo y la vida se han encargado de dispersar. Buscaba, también, libros específicos, con una especie de ansia vertiginosa: había que leerlos y tenerlos ya, inmediatamente, por que si no quién sabe qué pueda pasar o de qué me estoy perdiendo. Recuerdo ahora uno que demoró en llegar un poco (los libros, como el amor, tienen su tiempo y su ritmo): Los recuerdos del porvenir, de Elena Garro, en una edición bellísima de Joaquín Mortiz. Uno de sus cómplices también buscaba y leía específicamente. Lo último que me dijo que quería leer, antes de irse cuando todavía no era el momento y dejarlo a Ricardo tan solo, tan sin hermano, fue a Knut Hamsun. Siento que Ricardo es un lector en busca de señales, retos y signos. Algunas veces un guiño hecho por otro en un océano de palabras lo lanzan a la aventura de la escritura y encontrar sus propios guiños y signos que le permiten no perderse en una imaginación prodigiosa. Con Ricardo me ocurrió algo distinto que con los dos anteriores y el que viene en un momento. Un buen día se me apareció con un libro de regalo, Sobre la tela de una araña, su primer libro, con una dedicatoria hermosísima. ¡No sabía que era escritor! Me hizo, mucho tiempo después, personaje de reparto, ocasionadísimo y secundadísimo, de su segunda novela, Tic. Con Santiago Gamboa me une otra cosa. Somos cómplices en el fetichismo y coleccionismo de primeras ediciones. Pasión muchas veces malinterpretada y nunca bien entendida. Lo conocí después de leer su primera novela, Páginas de vuelta. Creo recordar que llegó a la librería de la mano de su padre, don Pablo Gamboa, explorador de San Agustín y los arcángeles de Sopó. De inmediato hubo un reconocimiento. Las pasiones compartidas hacen que la confianza se instale y se comience un diálogo que parece venir de muy lejos, de mucho tiempo. Hablamos, hablamos y hablamos de Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Julio Ramón Ribeyro, José Lezama Lima, Gabriel García Márquez, Ernest Hemingway, Joseph Conrad y William Somerset Maugham... De libros encontrados y anhelados. De aventuras prodigiosas, de hallazgos inverosímiles… Como el que habla de conquistas femeninas nosotros hablamos de conquistas bibliográficas. Se estableció un viene y va, un tengo y tienes, conseguí y consiguió, que aun hoy (a pesar de no verlo casi) no cesa. Dentro de los muchos, muchísimos tesoros, que le he vendido están las primeras ediciones de Paradiso, de José Lezama Lima y Un oficio del siglo XX, de Guillermo Cabrera Infante (este libro, junto a otros, casi no llega a su destino romano: la maleta se extravió temporalmente en un aeropuerto). Es un lector apasionado que comparte hallazgos y revelaciones, un lector que guarda historias que han contado otros y las cuenta con sus palabras como si ocurrieran aquí y ahora. Ya. Esto le da a las conversaciones sobre libros y ediciones una sensación de estar fuera del tiempo, en una terraza tal vez, tomándose un whisky y viendo el día caer. De cada uno de ellos atesoro sus libros con unas dedicatorias que los hacen únicos y entrañables. A cada uno lo he visto pasar y avanzar. Crecer. De lectores a autores, cumpliendo un destino que estaba marcado desde el comienzo de los tiempos: leer para leerse después. Alguna vez “el abuelo”, librero bogotano dueño de la librería “el dinosaurio”, me dijo una frase que me hubiera encantado decir primero a mí: “Los libros son muy bonitos”. Sí, lo son. Vivo con ellos y de ellos. He viajado con mi imaginación y con un morral en mi espalda. Con ellos he visto crecer a otros que algún día, cuando ya no estemos, se transformarán a su vez en libros para que el ciclo de la lectura no se rompa y siempre pueda un librero, detrás de un mostrador o sentado en silla, decirle a alguien que se acerca: “Mire, este libro es muy bueno, se lo recomiendo, lo leí, se trata de…”.

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