Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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La Tabla

Armando de Armas
Editorial Hispano Cubana

Una novela que se realiza en sí misma

Por Emilio Ichikawa

Portada del libro La lengua y los dialectos

A la manera de aquellos guiones del alto Hollywood, la novela La Tabla (Fundación Hispano Cubana, Madrid, 2008), de Armando de Armas, tiene un arranque subyugador. Y un final del mismo tipo. Parte con violencia y deseo: “la pistola; entre la pelvis y el calzoncillo”. Cierra con violencia y esperanza: “… el charco, que Amadís miraba con una sonrisa; medio-sonrisa, medio-mueca; casi feliz.” El charco y la pistola, el agua y el fuego: cualquiera diría que es una novela jónica. Y lo es, de veras lo es, pero solo parcialmente.

En el primer tramo, recorrido a una velocidad promedio de tres páginas por minuto, se desata una avalancha de eventos, juegos de lenguaje, historias, memorias borradas y personajes. Y el personaje. El personaje con sus “compinches o amigotes”, que es como dicen las madres cubanas al tipo de gente que rodea al protagonista de La Tabla. De esas gentes no hablaremos aquí, ya que cada uno representa un micro universo fascinante e inabarcable en la prisa.

En ese mismo primer tramo, recorrido ahora a una velocidad de un párrafo por hora, un lector avisado puede alcanzar la cifra oculta, las bifurcaciones, las claves, las trampas. La lectura de La Tabla puede ser veloz y lenta; porque es lo mismo una novela de aventuras, a lo Dumas, Salgari o Stevenson, o un libro de consultas. En esta segunda metamorfosis, yo apostaría por su carácter de guía a-crítica (templada) del paganismo cubano. De una y varias épocas. De todas las épocas. Porque si bien en La Tabla hay señas de temporalidad (lo digo en el mismo sentido en que Goytisolo habla de “señas de identidad”), en su cuerpo se superponen, se “pinchan” puntada a puntada, eras del mundo para conformar por interacción un tatuaje elusivamente “local”.

Hay que insistir: en el repaso que esta novela hace de la vida, de la dimensión que podemos recoger en esa arriesgada palabra que es la “realidad”, no hay regaño ni celebración. No se percibe intención axiológica, moralizante, ni en los momentos en que el personaje trata de acomodar sus vivencias a su vertiginoso ritmo cerebral. Se ama y ya está. Se odia y ya está. Las cosas son como son y uno se cuelga de ellas para salvarse o lo contrario. La Tabla no trata de seducir a nadie, ni siquiera juega con las apetencias del mercado, toda vez que los colorines cubanos ya tienen exhaustos a los lectores. Reyes, reinos, palacios, matones, jineteros, balseros… Uno siente como que es necesario otra cosa y, sin embargo, tercamente, La Tabla se cuela por esos túneles salvándose por su autenticidad y el planteamiento literario puro de su autor: contar, sencillamente narrar.

La Tabla es parte de la historia de Amadís, un niño lleno de sueños y miedos que quiere salvar el sentido de las cosas con su propio sentido. Más adulto, el mito y el temor serán convertidos en un eje a través del cual el protagonista mirará la vida. “Amadís” y “Tabla”, nombre a nombre, son dos motivos de especulación lingüística que acompaña a la novela. El primero anuncia el mundo de la caballería, el advenimiento de un héroe sobre el que se invertirán las facultades del género. Un héroe que debe pelear, viajar, amar y finalmente vencer. Por otra parte, “Amadís” es como un emblema que un Alciato cienfueguero graba en la fachada de su propio libro para decirle al lector: “Confíen, tengan fe, que yo sé lo que estoy haciendo.”

“Tabla” es otra palabra emblemática, un titular atinado que nos puede sumir en las más entretenidas adivinaciones.  Porque “Tabla” es, ante todo, aquello con que un cubano se salva. Con lo que multiplica, hace su cara, designa los empates, cierta cantidad de dinero y… castiga. Un tablazo en el pie, en la planta del pie, argumenta la novela, puede ser la más persuasiva de las torturas. En fin, una decena de significaciones que todos ustedes saben. Pero “Tabla” es también, como mismo reconoce la obra, el espacio donde Amadís y sus amigos dirimen el uso del poder. De su poder al margen del Poder. Incluso su naturaleza, porque en medio de los excesos de la banda (o panda) Amadís, caballero que es, mantiene una intensa batalla consigo mismo para deslindar lo justo de lo injusto.

Amadís está acosado por su propia moralidad o, mejor, por su capacidad de discernimiento ético (¿no han escuchado eso de que pensar es una maldición?): si corre, se debate entre si estuvo bien correr o no. Si no quiere cortar caña, se maltrata en divagaciones eticistas acerca de la altitud moral que tiene llevarse los tendones del muslo para justificar una ausencia del campo. Toda la hagiografía mambisa, desde Maceo hasta Gómez, desde Martí hasta García (s) puede ser evocada por este héroe cuando tiene que concretar un gesto que le reporta más de un significado. Entre tantos seres intensos pero “simples” (El Lobo, El Boba, Wily…), que hacen lo mismo que él pero sin tantas complicaciones, el lector siente ganas de decir sobre Amadís algo que una poeta cubana dijo sobre Julián del Casal: “Es como que no estaba donde estaba”. O debería estar. ¿O sí?

Decíamos que, aunque el tiempo en La Tabla es inasible, burocráticamente podemos situarlo entre mediados de los 70 y principios de los 90, más o menos. Más o menos entre John Travolta y Mijail Gorbachov, entre “Saturday Night Fever” y la Perestroika que, como el mismo el autor se ha cuidado de manejar, es una palabra que aparece solo un par de veces en la novela.

Pero el tiempo de La Tabla es exacto no porque De Armas diga, o sub-diga: “Historia desarrollada en Cuba entre mil tanto y mil más cuanto”, sino porque va dejando migajas crónicas en los rincones de su narración. Así, de pronto, encarando asuntos intemporales como la muerte, la automutilación, el amor hombre-mujer, mujer-mujer, hombre-hombre, una oración habla de “tu blanca palidez”, o un conjuro sopla: “juro juro, por la bolsa del canguro…” Decía que eran “guiños de temporalidad”, lecturas en código que requieren la destreza de un público iniciado. Aquí la lógica está (aparentemente) invertida: los temas inmortales son democráticos, la minucia, el punto en la mirada es solo para cómplices.

Entre detalles, entonces, La Tabla se hace aristocrática, digamos que monárquica, que es uno de los órdenes políticos que más ansía un personaje de la novela. Quién recuerda aún, por ejemplo, que en las guaguas cubanas se pasaba el dinero del pasaje de puerta a puerta, provocando duelos e incomodidades; o que los accesorios blanquiazules del uniforme escolar (como la pañoleta y la saya), se mediocrizaron un día, sin aviso, en rojo y amarillo. Así como el algodón y el hilo, “se fueron” en sintético poliéster. Nadie recordaba. Pocos. En cualquier caso, La Tabla es también (decía que desde las primeras páginas) un archivo de la memoria.

La Tabla, por lenguaje y por temática, es un desafío a la literatura cubana contemporánea. Su lengua es “sucia”, como la del moribundo realismo urbano de Norteamérica, que es el padre del convaleciente realismo sucio del “área editorial” cubana. Pero la lengua es en La Tabla auténticamente “sucia”. No produce “cagafemas” para la tienda, ni trafica con el sexo y la violencia: todo eso emerge naturalmente desde ella y contra ella. Porque lo que más escandaliza de La Tabla es que no quiere llamar la atención, quiere que lo mundano pase inadvertido, como una forma estrambótica del lujo, de la elegancia y hasta de cierta “disculpa”, por parte de un autor cuya seguridad moral le permite no ser complaciente siquiera con su pasado. Y es precisamente por eso, por el contraste (y consecuencia) entre la pretensión y el logro, que toda la dureza de la vida golpea al lector en medio de los ojos. Sin mentira.

Lo anterior me permite decir que la escritura de La Tabla fue, es, sobre todas las demás cosas que el lector y la crítica le puedan adjudicar, un gesto de extremada cortesía por parte de Armando de Armas.

El arte de narrar cubano contemporáneo, sobre todo el que tiene que ver con esa narración de corta duración que solemos llamar “cuento” y que, inflada con alguna memoria o constancia notarial de vida estamos re-bautizando urgentemente como “novela”, suele malograrse en aras de un final “ocurrente” que le justifica. La Tabla también está a salvo de todo eso. Para decirlo en una jerga conocida: es importante el gol, pero también el “juego bonito” que a él conduce.

La Tabla es tabla de salvación al fin y al cabo, e interesa en todo aquello que tiene de cubridora de destino: de origen, de llegada y travesía. La Tabla flota y por ello da cuenta de la superficie; es cierto, pero mientras lo hace van emergiendo los secretos. Guiños que solo un lector avisado puede captar. Hechizos que se adentran más allá de la referencia libresca y le agregan a esta obra, además de un valor estético, un valor testimonial y antropológico, un valor de vida que resulta incompleto cuando nos limitamos a investigaciones dedicadas explícitamente a ese tema. Por eso, decía, son también “de identidad” esos guiños, porque esas claves son también llaves, ademanes iniciáticos propuestos por el autor a sus lectores a ver si son, en sentido estricto, “lectores de confianza”.

Y hay enigmas de todo tipo. Test de época que interesan a todas las ideologías, prejuicios, músicas y narraciones involucradas en ese amasijo de existencias en que se ha convertido Cuba en el último medio siglo, y en que se convierte también, a nivel de escritura, la novela de Armando de Armas.

La Tabla es una de esas obras que no tiene que prometerse como parte de una trilogía, una tetralogía u otra colección mayor para negociar la perdurabilidad. Es una novela que se realiza en sí misma; no depende sino que hace depender. Ella marcará, por lo menos, la carrera del autor, por más novelas o cuentos nuevos que escriba, o que publique. Cumple con las cosas que promete: como síntesis de un tiempo, archivo de jerga y lenguaje, diálogo de mitologías, topografías descritas a nivel de mapas, personajes diseñados a punto de realidad. “La Tabla” es Grecia y es Cuba, es Atenas y es Esparta, La Habana y Cienfuegos, es América y es África.

 

Notas del artículo:

Ante la imposibilidad de que Emilio Ichikawa viajara a Madrid el día de la presentación (el 22 de octubre de 2008), el Sr. Orlando Fondevila tuvo la amabilidad de leer este texto en la sede de la Fundación Hispano Cubana, donde se presentó la novela de De Armas.

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