

Tiempo dejas raídos a los ángeles,
pegas el pie del esqueleto al acelerador.
Me aconsejas que beba menos y haces
que mi mente se doble aún más como polietileno drástico
cuando me meto drogas. Podas mi cráneo
con minúsculas tijeras invisibles
para ganarte unas risas fáciles.
Yo, cuya cabellera era antes tan persistente
como los antiguos bosques de Caledonia.
Reduces mis posibilidades de salir en el cine
al eliminar a John Cassavetes y Bill Douglas.
Encoges y arrugas las ambiciones de mis amigos
como un pato de plástico en una parrilla.
Me recuerdas que si no soy parte de un grupo
soy parte de un aislamiento.
Dejas que llene este espacio
de hojas sin revisar repletas de tinta
de tantos árboles como alguna vez
coronaron la ceja de Escocia.
Haces que anticipe
las excentricidades sexuales del futuro
tales como la fetichización del tartán,
de las algas marinas, del fish and chips,
del tartán de lycra, y de mujeres con pies de vidrio.
Haces que tema que se popularicen
mis obsesiones solitarias predilectas
por los camarones, por Norman Wisdom,
por las esculturas y los accesorios de concha nácar para el buró.
Haces que dude de la realización
de mis planes para rearmar las herbosas catedrales
de St. Andrews, Balmerino y Arbroath.
De llevar ahí a cabo ceremonias inventadas por mí
que te harán entregar el pasado
en la chillante y dramática regurgitación
de algunos poetas pictos, de Wang Wei y de media botella
de vino de arroz, de los manuscritos digeridos a medias
de James Wedderburn, y todo lo de Frank O'Hara
que un Cielo celoso sea capaz de brindarnos,
como lo haría incluso un lobo gris, si el adecuado
cachorro gris le pusiera el bozal
en el sitio adecuado.
Tiempo devorador de bosques y
pequeñas computadoras carnosas, tú
nos amas porque nos creímos el ardid de la eternidad,
y nunca dimos vuelta a nuestros coches, nunca nadamos
hacia la orilla del río: corremos como corre un gato
cuando no está siendo perseguido,
pero quiere pensar que lo está.
Nos amas porque seguimos poniendo
nuestras semanas en la lavadora
de tal manera que siguen
encogiéndose. Porque seguimos
creyendo que puedes vendernos más
semanas, más ángeles, más bosques.
Tiempo piensas que correspondemos a tus sentimientos
pero es sólo un amor interesado.
Sobrevivimos antes sin ti y,
después, también sobreviviremos.
(Dundee, Escocia, 1961). Se educó en su ciudad natal antes de partir a Oxford, donde su tesis de Doctorado en Filosofía fue publicada como To Circumjack MacDiarmid (1992). Sus libros de poesía incluyen Sharawaggi (con Robert Crawford, 1990), The Testament of the Reverend Thomas Dick (1993), Forked Tongue (1994), Cabaret McGonagall (1996) y The Laurelude (1998). Su obra ha recibido numerosos reconocimientos, incluyendo el Scottish Arts Council Book Award y dos de sus colecciones han sido Recomendaciones de la Poetry Book Society. En 1994 fue uno de los 20 poetas seleccionados como New Generation Poets por la Poetry Society.