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Entre las personas que durante los últimos años en la vida de Dulce María Loynaz visitaron con más frecuencia su residencia habanera de El Vedado, figura, sin duda, Juan Antonio Sánchez. En los primeros momentos, la visitó en funciones de animador de la cultura cubana, buscando el modo de rescatar del olvido a la extraordinaria escritora, cuyos libros, publicados más allá de las costas de la Isla, apenas eran conocidos en su deslumbrante plenitud por el lector cubano.
Las visitas sucesivas no las realizó Juan Antonio Sánchez atraído sólo por el hechizo de la obra poética de Dulce María, sino para reanudar sus contactos con la que ya era también su admirada amiga.
Esa amistad se prolongó durante más de doce años, y cada una de las visitas a la eximia escritora, las hizo Sánchez llevando un ramo de flores en la mano, que ella siempre recibió con las mayores muestras de agradecimiento.
Sus reiteradas visitas a la escritora, le sirvieron además a Sánchez para conseguir lo que hasta entonces nadie siquiera había intentado: que Dulce María abandonara el círculo reducido de su residencia para entregarse a una relación directa con su pueblo. Así se creó en Pinar del Río el Centro de Promoción y Desarrollo de la Literatura Hermanos Loynaz, del que Juan Antonio Sánchez fue fundador.
Ahora, a tantos años de distancia, Juan Antonio Sánchez no me lo dice, pero sospecho que para él esta entrevista, en la que relata sus relaciones de amistad con la escritora, es como una flor más que le ofrece a Dulce María.
Oí hablar de Dulce María por primera vez en los finales de la década del 70 del siglo pasado, cuando trabajé como profesor de Literatura en los Centros de Enseñanza Media. Sólo escuché su nombre, porque ella apenas aparecía registrada como escritora cubana.
Trabajaba como Jefe de la Sección de Literatura en el Sectorial Provincial de Cultura en Pinar del Río en 1980. Por esta fecha, el señor Aldo Martínez Malo, quien se recuperaba de una operación, pasó a trabajar en mi oficina hasta que pudiera incorporarse a su respectivo trabajo en el teatro lírico. Una mañana, después de haber conversado acerca de Dulce María, me enseñó una carta que ella le había enviado. Hablamos de su amistad y de su epistolario con ella; me incitó llevarme a conocerla, él se encargó de concertar la cita. La noche anterior a la visita preparé un ramo de gladiolos, y de madrugada iniciamos el viaje a la Capital para conocerla.
Después de haber escuchado hablar de ella, me dio la curiosidad de preguntar e investigar y supe que alrededor de su vida había una aureola de cosas: que era la hija del General Loynaz del Castillo, de la guerra de independencia, quien había trabajado muy cerca de José Martí. Que no salía de su casa, que sus amistades eran muy selectas. Pude leer algunos de sus poemas, entre ellos el que me dio la primera y gran impresión: “Al Almendares”, que me trajo recuerdos de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Heredia y otros poetas que le cantaron a la isla.
No recuerdo la fecha, pero sí que ese día fue uno de esos raros privilegios que me ha dado la vida. Acababa de conocer a una bella mujer, bella en todos los sentidos de la palabra, aún cuando la acompañaban muchos años, y con ella empecé a conocer otro mundo, el mundo de los misterios de los Loynaz.
Conservo los mejores recuerdos: su hidalguía, su fina ironía y el amor a su familia. Su casa era todo un misterio; me hablaba de sus recuerdos, de los encuentros con Juan Ramón Jiménez, Gabriela Mistral, Lorca y otros grandes de la literatura que conoció en sus viajes por el mundo. Recuerdo con la mayor precisión el piso de mármol y las estatuas que rodeaban la casa, la gigantesca escalera para subir al segundo piso y el elevador para su uso personal, de la cocina directamente a su alcoba. Siempre que habló de la familia, lo hacía mesuradamente, muy explicativa. Conservaba muchas fotos, cuadros valiosos, y objetos finos en marfil.
Tenía una colección de abanicos muy costosa y una muda de ropa típica de cada país que visitó, entre los que se encuentran: Turquía, Siria, Egipto, Francia, España, etc. Varios álbumes de fotografías y, lo más importante, una biblioteca con más de 20 mil ejemplares de selectas ediciones en estanterías de cedro.
Cuando hablaba de su padre era obsesión, medía mucho las palabras, buscaba los calificativos más delicados, grandilocuentes; en su rostro se reflejaba su cariño y admiración por él. En una ocasión, cuando ya teníamos bastante amistad, me pidió que le averiguara acerca de las memorias de su padre, pues las había entregado para publicar a petición de una editorial y se tardaban, no le daban respuesta. Fui donde radicaba Pablo Pacheco, el encargado de la publicación, y me dijo que había dificultad para publicarlas porque el General Loynaz hablaba de cosas profundas de la guerra, que comprometía a personajes importantes de la historia, que quedarían mal parados.
Este funcionario ya conocía de mis relaciones con Dulce María, por lo que me rogó que no le explicara a la escritora lo que sucedía en realidad y que lo más inteligente era darle la vuelta hasta que se determinara el futuro de las memorias. Me di a la tarea de justificar la tardanza, y ella me dijo: “No quisiera pensar que quieren cambiar algo de lo que dijo papá, eso no lo permitiré, sería un ultraje a su memoria”.
Cuando ella se refería a su padre le llamé obsesión, cuando hablaba de Enrique, su hermano, te diría que idolatría: era el perfecto, fino, educado, inteligente, cariñoso, cuantos atributos encontraba se lo daba. Todo le parecía poco para él. Decía que Enrique era el verdadero poeta de la familia.
Flor, que así se llamó su hermana, fue un personaje muy cercano a ella. Le conocía sus particularidades, su carácter parecido al de García Lorca, alegre, jocoso, de ahí la relación tan cercana del poeta español y Flor.
Cuando la conocí, ya estaba medio enferma de los nervios e interrumpía nuestras conversaciones para leer alguno de sus poemas, y Dulce María la mimaba como a una niña. En una oportunidad, se acababa de bañar y apenas sin ponerse bien la bata de baño salió a la sala donde conversábamos y dijo “traigo un soneto que le hice al meruco del baño para leérselos”, y Dulce María con toda la parsimonia la regañó diciéndole: “¿qué manera de salir, así despeinada y sin acabar de ponerte bien la ropa de baño?”, a lo que Flor respondió: “la gente de Pinar del Río es mi familia. ¿No es cierto, Señor Sánchez?”. “Ay, Flor, todavía crees que eres una niña”, agregó Dulce María. Todos reímos; no era la primera vez que hacía una de sus travesuras, y ahora también en presencia de Angelina de Miranda, esa gran amiga de la casa que pasaba la mayor parte del tiempo con ellas y que también quería mucho a Flor.
No recuerdo exactamente, pero existe la versión de que García Lorca y un amigo estaban en una gestión de abogados y Dulce María tenía que ver en eso pues ella estudió Derecho. Es ahí donde se encuentran por vez primera Lorca y Enrique Loynaz que, al decir de ella, el poeta granadino quedó fascinado con la presencia de Enrique. En esa ocasión se estrecharon las manos por vez primera (Dulce María y Lorca) y sintió que el intelectual era de esos hombres que cuando apretaba su diestra lo hacía con el corazón.
Según me contó Dulce María cuando García Lorca vio a Enrique quedó maravillado con la figura y porte de éste, y cuando supo que era poeta y leyó sus poemas mucho más. A partir de ahí comenzó una amistad muy grande con los hermanos Loynaz. Lorca paseaba mucho, hacía recorridos por la Habana acompañado de Enrique y Flor. En más de una ocasión Enrique y Lorca visitaron unas amistades en la provincia cubana de Matanzas. Fueron al Valle de Yurumí, Varadero y llegaron a Pinar del Río donde tenían amigos que se dedicaban al cultivo del tabaco y juntos visitaron Viñales, que los fascinó por los variados verdes de su vegetación. En una carta que Lorca escribió a sus padres les decía: “si yo me pierdo, que me busquen en Andalucía o en Cuba”.
Los perros, que eran varios en la casa de Dulce María, salían detrás de ella cuando iba abrir las rejas que daban a la calle. De momento ladraban, los mandaba a callar y se retiraban, excepto Chelyn, perro sato y fiel guardián. Cuando nos sentábamos a conversar en el portal, él se echaba debajo o al lado de su sillón. Si ella tenía que hacer alguna diligencia él salía detrás y regresaban juntos. Fue su mascota favorita; me contaba anécdotas de cómo se ponían celosos los demás por su preferencia con él. Chelyn lo sabía y ella lo disfrutaba. Esta fue mi impresión desde el primer día que la conocí.
Casi desde que la conocí. En 1980, en dos ocasiones me invitó a su casa. La primera vez el Día del idioma o de la lengua, y luego el día de su cumpleaños. En ambas oportunidades me acompañaba el Sr. Martínez Malo, que era su amigo. Le llevé ramos de flores, lo mejor que había en el mercado en esa época. Descubrí su preferencia por los gladiolos y en cada oportunidad que iba a la Habana a gestiones de trabajo destinaba un tiempo, la llamaba por teléfono y le hacía llegar sus flores.
Preparando condiciones para proponerle el viaje, a partir de ese año las llamadas desde Pinar del Río se fueron incrementando y lo hacía al menos una vez al mes, y si yo demoraba en llamarla, decía: “yo pensé que los pinareños se habían olvidado de mí”. Ella asumió a Pinar del Río como algo muy especial. Le hicimos saber que un grupo de profesores del Instituto Superior Pedagógico de la cátedra de español estaba realizando estudios investigativos sobre su obra y esto le dio ánimo y por primera vez la vi interesada en asuntos literarios que estuvieran fuera de su casa. Conversábamos de las tertulias literarias, de presentaciones de libros y fue cuando supe de sus labios que a ella primero le publicaban sus libros en España que en Cuba.
Esto de los pinareños preocupados por su obra le llegó muy de cerca y entonces preguntaba cómo iban los trabajos, si estaban adelantados, en fin se sintió atendida por los vueltabajeros, me habló de sus viajes a Soroa y a Viñales en su juventud y de lo bien que la pasaba. A mi entender, ella se vio re-descubierta pues desde 1959 hasta 1980 su vida se desarrollaba en sus “torres de marfil” y tras las rejas de su casona, donde creó un micro mundo, con sus amigos e invitados, entre ellos el padre Gaztelu, que además de ser sacerdote era poeta, José Antonio Portuondo, Manuel Díaz Martínez, Alejandro González, Alberto Lauro y César López, quien ha venido desarrollando desde que la conoció una serie de trabajos investigativos acerca de su obra.
Ella sabía que fuera de su casa existía otro mundo, pero ése no le interesaba; el que ella quería fue el que se creó a su alrededor, lejos de los grupos, las fechas, las condecoraciones y compromisos extra literarios. Luego de un análisis de esa situación, me motivaron varios propósitos: primero darla a conocer públicamente a ese pueblo que desconocía su obra, agasajarla como se merecía por su obra, desconocida hasta ese momento, y por su cubanía. Esto me ayudaría a rescatarla de su insilio.
Una vez que caí en la cuenta de que éramos importantes en su vida, le hice la propuesta de visitar Pinar del Río y me dijo: “Sr. Sánchez, ¿a qué quiere usted que yo vaya a Pinar del Río? Le respondí: “a pasear, a leer poesía o a dar una conferencia o a lo que usted más guste”. Me respondió: “yo no salgo de mi casa a nada, pero si lo hiciera algún día sería para hablar de mi hermano Enrique”, besó el crucifijo que llevaba encima y agregó: “que Dios lo tenga en la Gloria”, se sonrió, y exclamó: “lo voy a pensar”. Desde ese día, supe que iría: su sonrisa y su forma de expresarse no me engañó, y ese mismo año, unos meses más tarde, hizo su primer viaje.
Siempre tuve la certeza de que ella iría a Pinar del Río pues me esmeré durante 3 años en ir buscando los detalles de su personalidad y sus gustos, de manera que esa mujer apacible, dulce, como lo dice su nombre y que también era muy Loynaz, pues llevaba lo de mambí, y que de momento se convertía, se transformaba en otra mujer, me diera un sí; aunque para mí te digo, era fuera de lo común. Yo la vi así: se sonreía a carcajadas y la sentía como una mujer joven, presumía de la certeza de lo que hablaba. Era difícil discrepar con ella. De ahí salía esa mujer de blanco nacarado y de ímpetu de mar bravío.
En el año 1984 se concretó la visita. Estábamos en su casona del Vedado cuando, 3 meses antes de su llegada a Pinar del Río, me dijo: “Sr. Sánchez le tengo una sorpresa”. Ciertamente, casi perdí la respiración, imaginé lo que me diría, pero quería escucharlo de esa mujer de la que amigos y enemigos habían hecho una coraza impenetrable y qué alegría, dicha y orgullo me hizo sentir cuando nos dijo: “Acepto visitar Pinar del Río”
Una vez que tuve la respuesta, prenda en mano, regresé a Pinar donde estaba la incertidumbre lógica, pues se conocía a diferentes instancias que ella había dicho que lo pensaría. En cuanto hablé con el director de Cultura que por aquel entonces era Alberto Ballart Medina respondió que ese hecho se le debía plantear al Gobierno ya que era lo más grande que se lograba en la Literatura en cuanto a visita de una personalidad.
Fui con él a conversar con el Sr. que atendía Cultura en la gobernatura, Ballart, y hablamos de que Dulce María había aceptado visitar la provincia pinareña; entramos en un intercambio de la importancia que significaba porque esta mujer no hacía vida pública. Uno de los funcionarios me preguntó: “¿esa mujer está clara?” Y respondí: “Fíjese si está clara que escribe buena poesía e imparte conferencias”. “No me refiero a eso”, agregó el funcionario, “si no a su actitud con la revolución”, y esta fue mi respuesta: “qué más actitud que estar en este país, escribirle un poema a nuestro río Almendares y ser la hija de Enrique Loynaz del Castillo, general de la guerra de independencia”. “Lo entiendo”, dijo mi interlocutor, “pero siempre es bueno saber su posición política”.
A todos los niveles se creó la expectativa pues no encontraban un motivo cierto del viaje. Primero no tenía familia en Vueltabajo, segundo después de más de dos décadas de silencio, ir a provincia una escritora que no se había doblegado a las decisiones injustificadas de la dirección de la UNEAC, que no la había incluido en su membresía, acaso porque con Nicolás Guillen ella no hacía buenas migas. En una oportunidad estando en su casa había una revista Bohemia donde salieron unos poemas de Guillén, y ella comentó: “A su edad no es para que este escribiendo poesía”. No hice comentario, me quedé perplejo. Entonces recordé que el poeta nacional no era miembro de la Academia de la Lengua, de la cual ella era su presidenta en Cuba.