


Hay una Cuba, una isla distinta, otra aunque la misma en sus esencias, en la narrativa cubana escrita en las últimas dos décadas. Se trata de una Cuba cambiante, mutable, que ofrece cada año (a veces, incluso, cada día) una realidad diferente, más compleja, más inaccesible incluso para quienes la habitan, y sin embargo, en ese universo recreado, revivido, por las palabras, por las historias de y sobre la isla, uno puede verse, reencontrarse, redescubrirla (y redescubrirse), una y otra vez.
Hay un tono especial, incluso, en la narrativa escrita por mujeres nacidas alrededor de los primeros años de eso que todavía se insiste en llamar Revolución Cubana. Y esas narradoras, desde un punto de vista desenfrenado, desinhibido, a veces libertino si miramos sus historias con la moralina normal en que fuimos educados, están ofreciendo una isla tal cual es: múltiple y cambiante, esencial y común, insular y cosmopolita, en obras como Silencios, de Karla Suárez; Cien botellas en una pared, de Ena Lucía Portela (que, por cierto, acaba de publicar Djuna y Daniel, que creo es la mejor novela cubana publicada, al menos, en los últimos 10 años); Todos se van, de Wendy Guerra; y Posesas de La Habana, de Teresa Dovalpage.
De Teresa es, también, Muerte de un murciano en La Habana, obra con la que resultara finalista del prestigioso premio Anagrama de novela.
Leer a Teresa Dovalpage, casi cinco años después de haber leído su primera obra, ha sido un real descubrimiento, una de esas iluminaciones que uno recibe cuando se ha decidido a ser un lector y, además, un lector especializado (en mi caso, en la narrativa escrita por mujeres cubanas desde el 1959 hasta la fecha en que escribo estas líneas). Y es que mientras leía esta jocosa y muy cubana historia, llegó a mi cabeza la misma pregunta que me hice, a finales del 2002 (o el 2003, no preciso ahora), cuando una Teresa Dovalpage para mí desconocida me escribió un email pues quería someter a evaluación de la Colección de Cultura Cubana, de la editorial puertorriqueña Plaza Mayor (que yo representaba en La Habana) una novela con un título que me sigue pareciendo horrendo: Posesas de La Habana (aunque debo confesar que, leída la obra, no encontré un título más exacto que ése). La novela recibió cinco votos positivos de cinco votos posibles, y fue incluida en un plan editorial que, lamentablemente, no llegó a concretarse debido a diversos problemas de la propia editorial. La pregunta que me hice entonces, y que ha regresado al leer esta nueva novela de Teresa, tenía que ver con una preocupación casi omnipresente desde que cientos de escritores cubanos han tenido que salir de la isla en este último gran exilio que comenzó cuando Fidel Castro le arrebató la batuta dictatorial a Fulgencio Batista: ¿cómo es posible escribir con tanta cubanía cargando con el desarraigo que impone, lo quieras o no, el exilio?
La historia de Muerte de un murciano en La Habana parece simple: Pío, un murciano, sesentón, divorciado, más ingenuo de lo que él mismo cree, es enviado a Cuba por la empresa para la que trabaja en España ante una verdad que tiene preocupados a los empresarios españoles: el caos corroe la filial en la isla del Caribe; y bajo esa cruz, asumida como cualquier otro trabajo, va a encontrarse con dos figuras de la cotidianidad callejera de La Habana: Maricari, una hermosa muchacha a quien su madre presiona para ejercer como jinetera, y Mercedes, una santera y consultora espiritual, quien en realidad es el trasvesti Teófilo, que verá su vida cambiaba desde el momento en que Maricari la visita para consultarle si está en su signo aquella relación con el empresario de Murcia.
Nada más sencillo, podrá pensarse: una más de esas historias, tantas, que hoy se escriben con los tópicos de la isla, es decir, las jineteras, los extranjeros que llegan a la isla de turismo o como inversionistas, la religión afrocubana y los tabúes oficiales del gobierno.
Pero hay mucho más. Y es interesante. Porque hay tres aspectos que Teresa Dovalpage no ha olvidado, a pesar de que salió de Cuba en 1996: la estrategias de la cotidianidad habanera, el ruido de la ciudad y el sentido del humor que flota en todas las esquinas; tres importantes puntos mediante los cuales esta escritora lanza sus dardos sobre sitios muy precisos de la realidad social de su país, sin que por ello se pierda en los esquemas, los lugares comunes, los estereotipos y los pésimos calcos que son notables en la mayoría de las novelas (de autores cubanos o extranjeros) que intentan develar los muchos por qués en los cuales se debate el pueblo y la sociedad cubanas en estos tiempos.
¿Qué otros “pequeñísimos detalles” cobran vida Muerte de un murciano en La Habana? Y nótese que hablo de esos pequeñísimos detalles convencido de que forman parte de la mirada que sobre una realidad puede tenerse; detalles, en apariencia insignificantes, que suelen pasar inadvertidos en esa agitada cotidianidad en la que viven hace muchos años los cubanos de a pie: la promiscuidad social como ámbito, ambiente y atmósfera de la vida; la amoralidad o la doble (y a veces triple) moral como mecanismo de comunicación social extendido a todas partes; y las nuevas costumbres y leyes de la conveniencia aplastando las antiguas costumbres y leyes de la convivencia (años atrás, por sólo poner un ejemplo, la madre de Maricari jamás entendería que prostituirse podría ser “conveniente” para ella y para su hija). Los demás detalles (una ciudad que se pierde en sus escombros, los apagones que apagan hasta la vida íntima de la gente, la depauperación social y los estadíos de otros posibles modos de vida que establece el turismo y la inversión extranjera en la isla), son cosa masticada, camino trillado, y por eso no es lo fundamental en esta novela.
Esos “pequeñísimos detalles”, en su conjunto con estos últimos que menciono, van a propiciar los mecanismos de comportamiento, las estrategias de la cotidianidad de los cubanos que habitan la capital de la isla (y que Teresa Dovalpage secuestra y traslada a los escenarios ficcionados – que no ficticios, de su novela). Lo cotidiano cubano es, ante todo, una marca de pertenencia que comparten los cubanos de la realidad isleña con los personajes construidos por la escritora.
Curiosa, y efectiva, resulta la apropiación del ruido de la ciudad que Teresa Dovalpage coloca en Muerte de un murciano en La Habana, más como un recurso de caracterización de los personajes que como uno de los tantos tópicos utilizados para hablar del modo de ser del cubano: todos los personajes parecen vivir ruidosamente, escandalizando, como una pieza de ese rompecabezas sonoro que es la ciudad, bulliciosa, tronante como esas olas que estallan sobre el malecón, vociferante como esos cláxons de las máquinas viejas que rugen por las calles atestadas de baches, coralmente ensordecedora como esos cientos de ritmos que salen de las casas y los autos y flotan sobre los edificios en una mezcla de canción-regueatón-rock-salsa-timba-zarzuela que obliga a la gente a vociferar hasta sus miserias. Ciudad y personajes unifican el ruido sobre el escenario en una puesta en escena que destaca, también, porque ese ruido es un personaje más, invisible pero vivo.
Y es divertida. El humor de Teresa Dovalpage en Muerte de un murciano en La Habana tiene la nota típica de esa cubanidad que nos envuelve, aunque a la cabeza de esas oleadas esté la mirada cáustica, cínica, manipuladora de Mercedes-Teófilo que se asombra de que aquella muchachita (Maricari) pueda ser capaz de matar. “Ojalá hubiera sido una jineta, pienso ahora. Porque ésas roban una billetera si a mano viene, o te levantan veinte fulas, o te pegan una venérea, pero no matan a un cristiano sin motivo de un bandejazo en la cocorotina”, dice en una parte de la novela, que se lee, además, de un tirón, gracias a estos chispazos de sabiduría popular, a las escenas que se encabalgan cediéndose el paso una a la otra, a la precisión con la que han sido narradas esas escenas, a la cinematográfica (o teatral) estructura donde protagonistas y personajes secundarios forman una fauna vociferante, un muestrario de las capas sociales de la Cuba actual y al lenguaje, rítmico, chispeante, sonoro y, otra vez, cubanísimo.
Muerte de un murciano en La Habana es, sin dudas, la mejor novela publicada por Teresa Dovalpage; una novela donde, desde esa isla que se ha llevado a Estados Unidos rescata (y reconstruye, y crea) esa otra isla, también verdadera, que ha quedado allá, anclada en medio del Mar Caribe.