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No hace mucho, una amiga cubana me invitaba a su casa para cenar en familia. Entre los invitados, un médico norteamericano, entusiasta del sistema de salud que, según el falso testimonio de los Michael Moore de este mundo, existe en Cuba para el supuesto beneficio de todos y crédito de la tiranía, me preguntaba si a la muerte de Castro “se mantendrían” los que él llamó “logros de la Revolución”. Bien decía Orwell que “no había que vivir en un país totalitario para tener una mentalidad totalitaria”. Innumerables acontecimientos que a diario tienen lugar en este país, y en muchos otros donde impera la democracia, bastarían para dar a Orwell la razón.
Cuando se es cubano, y se radica fuera del país —no como enviado o representante beneficiado de los intereses de la tiranía— sino como simple mortal, está llamado uno a tolerar este tipo de asedios de la ignorancia más supina, para no hablar de la mala intención de muchos otros. En los Estados Unidos, por oponerme públicamente a que se censurara el documental “Conducta Impropia” cuando se anunció su exhibición en uno de los cines de la ciudad de Philadelphia, ya hace de esto varios años, fui llamado en público “fascista” entre otras muchas linduras, por un afro-americano y un judío sindicalista que constituían un panel de “expertos” “en el tema de Cuba”, y quienes debían presentar los testimonios todos de la cinta como una falsificación por parte de batistianos, gusanos, homófobos y todo tipo de crápula.
Admito, que me solivianta la pregunta: ¿Qué va a pasar en Cuba después de Castro? (Algunos concederán “después de la muerte de Castro”, y aún otros preguntarán “qué va a ser de Cuba” como si la mera posibilidad de que Cuba siguiera existiendo sin Castro fuera poco menos que inimaginable, o más bien, como si Cuba, para existir, precisara de él). Me irrita porque nadie ha demostrado más odio contra su país que Castro, ni ha hecho más por precipitar su fin que el tirano de marras. Cierto que hay “amores que matan”, según dicen, y asimismo que “tanto quiere el diablo a los hijos hasta que les saca los ojos”, pero puestos a pesar con ecuanimidad los hechos ¿quién por amor a los suyos provocaría lo que muy cerca estuvo de convertirse en un holocausto nuclear en el que todos los suyos y media humanidad más serían incinerados? Como botón de muestras baste con este recordatorio. Me irrita la complacencia selectiva tan extendida en nuestro mundo libre, hacia el tirano (y no con cualquier tirano, ni con todos los tiranos o déspotas), especialmente cuando acabo de regresar de una visita familiar de dos semanas a la isla. Casi todos esos que se empeñan en formular preguntas de la índole de las antes señaladas, cuentan de antemano con respuestas propias, y si buscan saber lo que uno piensa al respecto, lo hacen en espera de oír que sus propias conclusiones resulten confirmadas por nosotros. A mí, por el contrario —y es lo que digo en tales casos— me parece más importante discernir lo que pasa ahora mismo, entender lo que ha estado pasando durante casi cincuenta años para llegar a una respuesta medianamente inteligente acerca de lo que sucederá en un futuro inmediato, ya sin Castro. Lo que sucederá en un período más o menos largo sin Castro en el poder, advierto, seguirá arrastrando, no hay que acudir a una bola de cristal para predecirlo, la rémora de su nombre aún cuando todos queramos olvidarlo sin más trámite, pues un país en bancarrota absoluta, económica, política, y social, que ahora mismo se parece más que nada a la Europa de post-guerra devastada por las potencias enfrentadas, pero con la diferencia de que la post-guerra castrista amenaza durar casi tanto como la guerra precedente, no vuelve a ser país por obra y gracia de ingentes transfusiones de dinero y recursos. ¿Qué fue lo que vi en Cuba durante mi más reciente viaje que tan desoladora impresión me provoca? Pues, más de lo mismo ya visto en anteriores ocasiones, pero a una escala minimalista que marea. Empecemos por cualquier parte:
¿Quiénes constituyen los cuerpos represivos de la policía en un país donde casi nadie quiere ser policía? En una ciudad como La Habana, donde por decreto oficial no pueden residir quienes no hayan nacido en la ciudad, este cuerpo acoge en sus filas a cualquiera que con tal de residir en la capital, y devengar además un salario superior muchas veces al de cualquier médico u otro profesional, se avenga a integrarlo. Las exigencias se limitan a demandar lealtades al cuerpo armado, y a la línea oficial, naturalmente. Conocidos delincuentes comunes, incluso con crímenes en su haber (el pueblo los señala subrepticiamente) detienen a cualquier ciudadano con una excusa o sin ella. Pero esto sucede no sólo en la capital, sino también en otras partes, y es aún peor en las provincias. En cualquier pueblo de Cuba los casos de “decomisos” de objetos o mercancías precedidos o seguidos de otros abusos, y hasta de hechos de sangre protagonizados por estos maleantes de uniforme, son harto conocidos. Varias voces me cuentan que por negarse a darle a una de tales autoridades que se lo exigía, algunos de los aguacates de su patio que intentaba vender, un joven fue baleado y quedó paralítico, sin que el policía enfrentara el menor correctivo o sanción. Otro agente —que varios dedos me señalan subrepticiamente— puso a prueba sus habilidades de karateca contra un viejo de setenta y tantos años, el cual se atrevió a protestar por un despojo semejante al otro. En la acera o arcén quedó el septuagenario con la cadera fracturada hasta que algunos vecinos se atrevieron a levantarlo para procurarle la debida asistencia. Ni entonces ni después, a la muerte del anciano causada por sus lesiones, sufrió el delincuente uniformado el menor contratiempo. Los que exponen y denuncian estos y otros crímenes y delitos, son a su vez víctimas de atropellos y amenazas, cuando no de represalias de toda índole, y si la protesta reviste la forma organizada de la disidencia política, los que tal hacen se convierten en verdaderos parias en un país de parias por decreto.
¿Qué esperan los cubanos de los anticipados “cambios” que tendrían lugar y han sido recientemente anunciados por el gobierno cubano? —Pregunté a varias personas con la intención de tomar nota—. ¡Nada! —fue la respuesta más cabal que obtuve, cuando no un arqueo de cejas o expresiones corporales que me eran fácilmente reconocibles y equivalían a lo mismo.
“Aquí, mientras no haya otra cosa hay que seguir robándole a quien nos lo roba todo”, me comentó un barbero que me cortaba el pelo, en referencia a unos pocos ladrillos que de contrabando le procuraba nada menos que la presidenta del Comité de Defensa de la Revolución. “Lo malo es que ya ni que robar hay”. Resumía ella de manera gráfica lo dicho por su cómplice, y por extensión el que constituye uno de los males creados y en cierta medida consentido y estimulado por el sistema en la medida en que conviene a sus intereses de dominación sobre la sociedad, la apropiación de lo ajeno sin experimentar mala conciencia de ninguna índole. A fin de cuenta, este despojo casa muy bien con la filosofía del régimen que comenzó arrebatándole a sus legítimos dueños nacionales e internacionales sus propiedades, y terminó incautándose las propiedades todas y todos los derechos de los cubanos hasta quedarse con el país y sus habitantes en calidad de esclavos. Los que viajamos a la isla por razones familiares, aún cuando poseamos un documento de nacionalización o pasaporte (no reconocido por el gobierno cubano, pero exigido por él para permitirnos el ingreso) debemos someternos en cada visita al despojo arbitrario de nuestras posesiones según el criterio de aduaneros adiestrados en la rapacidad minuciosa. Peor aún, si fuera posible, puede irle a un cubano residente en su país, que haya conseguido un permiso especial para trabajar en México u otro país. Fui testigo de qué manera se le exigía pagar a una joven que regresaba al que debía ser su país, el precio completo de una video-casetera y después de pagarlo se le decomisaba la misma por tratarse de un artículo introducido con propósito mercantil, aunque la mujer jurara que se trataba de un regalo para sus hijos que la aguardaban a la salida.
Obra en mi poder un pasaporte cubano que las autoridades del país me exigen para viajar a Cuba, por el que pagué algo más de cuatrocientos dólares. El pasaporte es válido hasta el 2011 y además cuenta con un sello que declara que el pasaporte es hábil para entrar y salir de la República de Cuba, pero al momento de abordar el avión de Mexicana en el D.F. no me fue permitido, a pesar de que la aerolínea había dado como bueno el pasaporte, porque había que renovarlo, retroactivamente, al costo de ciento y tantos dólares, válido por otro año. No creo que haya en todo el mundo un pasaporte más costoso que éste, a lo que se añaden las actualizaciones cada dos años. Si un cubano que cuenta con autorización del gobierno para residir en otro país no desea cortar los lazos con su país de origen, bien sea que resida en México o que se halle de visita en cualquier parte, deberá pagar regularmente al gobierno cubano por la extensión de un permiso de residencia en el exterior. Cuando el sistema esclavista (con este nombre) aún campeaba en Cuba por sus respetos —o irrespetos— durante el siglo XIX, algunos esclavos lograban la autorización de sus amos para emplearse por su cuenta y reunir algún dinero que, si el amo por caridad cristiana le permitía conservar, a veces les valía comprar su libertad. El sistema esclavista de tal nombre se parece mucho al actual, pero la caridad cristiana no es contemplada entre sus premisas.
Podría afirmarse sin temor a mucho errar que el actual régimen de La Habana se sostiene gracias al envío de millones en divisas de parte de los que residimos fuera para el sostenimiento de nuestros familiares en Cuba. En cualquier parte donde esto sucede, las autoridades nacionales facilitan, lejos de entorpecer, el flujo de dinero del exterior. El gobierno cubano, con su acostumbrada arrogancia, grava los envíos de dinero con un 20 % por dólar o euro que es enviado al país, de manera que si uno les hace llegar cien dólares a sus familiares, el gobierno se apodera de 20 de ellos sin mediar explicaciones de ninguna índole.
Cuando murió mi madre, hace varios años tuve que viajar precipitadamente a Cuba a través de México, adelantando mi viaje un día. Un amigo en La Habana, por encargo mío, “consiguió" y fletó un taxi que habría de llevarme en un viaje relámpago, sin escalas, a Vertientes, en la provincia de Camagüey. El costo del taxi que debía ser de doscientos cincuenta dólares —según la tarifa oficial— terminó por convertirse en seiscientos. Llegué al aeropuerto, y en contra de lo acostumbrado: trabas, humillaciones, esperas, cuestionamientos, para alcanzar al fin la autorización para llegar a mis familiares que aguardan ansiosos, llamaron mi nombre por los altavoces, y una señora muy sonriente y cordial vino a mi encuentro. Me reconoció de inmediato, a pesar de que nunca antes nos habíamos visto, y me condujo sin que mediara reclamo alguno de pasaporte ni nada hasta el auto que ya aguardaba por mí. El pago de seiscientos dólares, me anunció sin parpadear, lo haría al taxista en el momento de llegar. Abordé el automóvil sin vacilación y de este modo pude alcanzar al funeral de mi madre. De todos los recuerdos de ese momento desolador, no sé muy bien porqué causa, guardo la impresión de un sarcófago mal confeccionado, cuyo forro raído en parte y mal cosido en otras eran indicios de algo que no hubiera deseado para mi madre. Ya sé que aquello era en definitiva un hecho menor ante la mera idea de la muerte, pero me afectó más creo, porque me pareció simbólico de un todo. Me consta que mi familia había procurado, a precio de oro, el mejor ataúd que se podía conseguir para sepultarla en él. Años después, a la muerte de mi padre, sin embargo, la entrada a Cuba me fue denegada al llegar al aeropuerto de La Habana. Esta vez no valió la pena haber hecho gestión alguna para asegurarme un transporte que me llevara al lugar del sepelio. Entre una y otra defunción y aún antes de la muerte de mi madre mediaban varias experiencias de índole policial, en las que no me detendré demasiado aquí, y mediante las cuales se intentó de varios modos reclutarme como “colaborador” de la Seguridad del Estado en el extranjero. Mis credenciales, llegaron a decirme, como intelectual; como profesor universitario; como escritor; mi prestigio, mi solvencia, pues aunque había firmado cartas ‘y eso’ nunca me había manifestado como «anti-cubano» —fueron estas más o menos las palabras de mis anfitriones — me proporcionaban una coartada estupenda. Ante mi pasmo, verdadero, me explicaron las de facilidades y oportunidades que acceder a esta proposición me proporcionaría: entrar y salir del país a mi antojo; quedarme en él por el tiempo que quisiera; facilidades de publicar más a través de medios y editoriales «amigos» de Cuba y la Revolución con todo género de garantías. Ni siquiera debería modificar mis «críticas» al sistema. Les respondí, entre otras cosas, que yo no escribía “críticas” a nada, que yo sólo escribía de lo que vivía o había vivido, y al final de esta larga y penosa entrevista, parecieron resignados a dejarme en paz. Todo esto ocurrió antes de la defunción de mi madre. Luego seguí yendo a Cuba con regularidad, una o dos veces por año y una de tales veces volvieron a citarme para más de lo mismo: la Revolución era sumamente generosa, pero no era «boba», ni dejaba que se burlaran de ella…, etc. etc. Y si se lo proponía podía llegar a ser inflexible. Luego de esta citación en una de las sedes de la policía secreta, con cierta reserva le anuncié a mi padre que era posible que no me permitieran regresar al país antes de mucho. Lo hice para anunciarle lo que seguramente ocurriría como represalia por no haberme plegado a las demandas de los esbirros de la tiranía, que contaban con doblegarme finalmente. Sin embargo, nada ocurrió enseguida, sino que esperaron al momento en que murió mi padre para demostrarme de lo que eran capaces. Naturalmente que no constituyó sorpresa alguna a estas alturas. Como contaba con pasaporte cubano debidamente actualizado y visado por las autoridades cubanas para entrar al país, Mexicana de Aviación —cómplice siempre de la tiranía castrista como corresponde a la tradición de ese gran país hermano— no me puso obstáculos esta vez para abordar el avión que me condujo a La Habana, pero una vez allí tuve que esperar al final de una cola interminable para que un aduanero me dijera, con absoluta impersonalidad, que yo no estaba autorizado a entrar. Confrontado con la evidencia en contrario que representaban los documentos de que yo era portador, y de la circunstancia de hallarme allí, pues no había hallado oposición alguna de parte de la aerolínea que tan bien obedecía al código de conducta impuesto por ellos respecto a los viajeros de origen cubano, concluyó diciéndome que en última instancia, él “se cagaba”, es decir, que tenía la potestad de hacerlo simbólicamente “en mi pasaporte cubano con visado y todo cuento”. Le respondí con igual sorna que tuviera cuidado, ya que hacerlo sobre el escudo de la cubierta y la firma de un superior podía costarle muy caro. Me arrestaron, “por bocón y causar desorden público” —aunque no hubiera nadie más que los dichos y yo mismo— y no me devolvieron a México sino al día siguiente. Esta experiencia no era nueva para mí ya que un mes previo a la visita del Papa a Cuba, años antes, me había sucedido más o menos lo mismo, aunque esa vez me autorizaron a estar unos días con mi familia. En ambas ocasiones me vi obligado a pagar por un segundo pasaje de vuelta, a través de la misma aerolínea, que tal vez no estuviera al corriente de lo sucedido, pero la que indudablemente se beneficiaba de mi situación.
Luego de lo sucedido a la muerte de mi padre, me hice el propósito de no regresar a Cuba, y cumplí lo prometido hasta fecha reciente cuando mi hermana mayor cayó muy enferma y me obligué a transigir con lo que pudiera pasar. Una vez más viajé a través de México. Desde que, pasados dieciséis años de mi salida de Cuba, el gobierno cubano me permitió al fin volver para ver a mi familia, he viajado al país desde muchos lugares de la geografía que me lo “facilitaban” en uno u otro momento: Las Bahamas, Canadá, los Estados Unidos o México. Desde este último país, y como deferencia de las autoridades cubanas a los mexicanos que viajan a Cuba, entre los que conseguía más o menos confundirme, me resultaba un poco menos oneroso entrar al país. Viajar desde Nueva York o Miami representaba acumular un número de sinsabores que no empezaban precisamente en Cuba. Las Bahamas o Canadá venían a ser poco más o menos lo mismo que Nueva York o Miami. Llegar, al menos hasta mi penúltimo viaje, vía México lo colocaba a uno en una categoría totalmente distinta, distinguida incluso con una mejor terminal aeroportuaria y personal más sensibilizado con la manera de tratar al turista amigo. Eso también ha cambiado bastante, lo que comprobé durante mi última visita, pero era un hecho hasta entonces. Durante la misma, apenas si salí de casa, algo que solía hacer en mis anteriores viajes. Me desplacé apenas entre la ciudad de Camagüey, donde vive mi hermano, y la ciudad de Vertientes, donde radica mi hermana enferma. En el auto que conducía mi hermano, hacía el recorrido entre estos dos puntos. No quise ver a los amigos de siempre, a otros parientes, no quise volver a observar más de los mismos síntomas que todos y cada uno acarrea. Con los de aquellos más próximos era suficiente. Una tarde, con un libro en la mano caminé a poca distancia de la casa de mi hermano, y me senté en el banco de un parque. La mayor parte de los bancos no se ha repuesto de la acometida de que fueran objeto en uno u otro momento del desbarajuste, cuando los listones de madera que hacían el asiento y el espaldar de los mismos fue dedicado a otros fines por los vecinos, que subrepticiamente lo saqueaban para contar con leña para encender los fogones. Los que han sido reparados cuentan ahora con fondo y espaldar de cemento. Tratando de ignorar cuanto me rodeaba, intenté leer algunas páginas, pero enseguida dio comienzo el asedio. El primero en hacerme compañía, insinuándose sin reboso alguno, un pinguero de los muchos que abundan, se dirigió a mí en un español incomprensible: —¿Tuejpañon?, o algo semejante, dijo. Al comienzo, ni siquiera me di cuenta de que se trataba de una interrogante. Le respondí que “no” sin siquiera llegar a saber lo que decía, y si lo colegí al final, se debió a que el último de los gentilicios por el que preguntó “’taliano” ya me resultó comprensible. Según me informó tenía a mi disposición todos los placeres que yo pudiera imaginar: niñas, mujeres, jóvenes, gordas, flacas, y lo mismo del sexo opuesto, así como una retahíla de estupefacientes. No se conformaba con mis respuestas reiteradas: Un NO conciso, reiterativo, infranqueable. Al final se alejó porque “no quería molestarme”, pero para “que viera que lo de él iba en serio” o algo así dijo, permanecería por los alrededores “por si me decidía a disfrutar de lo que [él] tenía que ofrecer”. Traté de sumirme en la lectura cuando llegaron dos jineteras. Intentaban aparentar una edad que estaba muy lejos de ser la suya. Una de ellas era evidentemente más vieja de lo que quería parecer y la otra, demasiado joven. Contar en detalle lo que sucedió, sería reiterar con alguna que otra variante la anécdota anterior. Me excusé lo más airosamente que pude, me levanté y les dejé el campo libre. Volví a la casa de mi hermano, de prisa, y no volví a salir hasta que regresé a La Habana para tomar el avión de vuelta a casa. A diferencia de mis anteriores viajes, esta vez no tuve la sensación de un país devastado, sino de un país que ha dejado de existir. Cuando creía que mi tristeza ya no podría ser superada, lo fue por esta percepción última de pueblo fantasma, fantasmagórico, más cerca de Comala que de Macondo, aunque se trate de una Comala macondiana en mayor o menor medida. Un español de paso, con el que coincidí en el aeropuerto mientras esperaba la salida de mi vuelo, me confesó voluntariamente que le gustaba mucho Cuba, sus mulatas, etc. Seguramente me tomó por un turista más, empeñado en una búsqueda de algo fácilmente al alcance. Eso, precisamente, me dijo alguna vez mi padre que había acabado por significar CUBA, como si se tratara de las siglas de cualquier corporación: Cada Uno Busca Algo. Sin responder a las palabras de mi interlocutor ocasional —y con indiscutible grosería de mi parte— le volví la espalda al español cretino y me cambié de asiento. Me he preguntado desde entonces, con obsesiva reiteración, de qué modo pudieron sentirse los atlantes que sobrevivieron a la hecatombe definitiva de su mundo, si es presumible que algunos lo consiguieran por vías muchas veces impensables. Es ésa, la sensación más definitiva que me ha quedado de mi último viaje a Cuba, y seguramente la que no me dejará ya nunca en lo adelante. Tal vez el siguiente poema dé mejor cuenta de esto que intento expresar, un sentimiento que sin poder remediarlo me obsesiona desde entonces: