

Atando palabras y arguyendo versos, José Kozer (1940), levanta cada día un poema desde el púlpito blanco de la página incitadora. Su actitud testamentaria, individual, ajena a mercados y mecenazgos, evadida de la lectura y lectora ante todo —relectora de nuestro devenir—, le convierte en un paradigma de la poesía “neomoderna” que alentó nuevas esperanzas para el arte con la crisis de la Modernidad en la década de 1980, cuando las jerarquías y el canon cultural de occidente, con sus topías, cambiaron de nombre o desaparecieron en el mapa del universo artístico-cultural.
En una entrevista de 2001, declaraba Kozer que la nueva perspectiva que se abre para el arte está aún filtrada por concepciones del pasado: «Pero por primera vez esta monstruosidad de Pablo Neruda sí pero Pablo de Rhoka no, César Vallejo sí, pero César Moro no, esto va muriendo, y es muy bueno que muera. Y cuando muera finalmente y las compuertas se abran y arrojen la verdad de la poesía, la verdad de todo lo que ha sido creado en los últimos cien, ciento cincuenta años, el beneficio será magnífico, será maravilloso. Esto permitirá leer no poetas sino poemas. A mí no me interesan los poetas, a mí me interesan los poemas, y si me aprietas —y me voy a apretar a mí mismo— lo que me interesa dentro de los poemas son ciertos momentos. […]». Momentos a que circunscribe también su obra madura, ligada a la palabra y a sus evocaciones significantes. Porque su búsqueda ha sido la del desarraigado, que desconfía de su existencia misma y se aferra al idioma, nexo con la realidad, que desandamos provisoriamente. Es el escriba que desangra la vida en cada texto, desustanciándose y singularizándose, en su intento de comprender el mundo y de traducirlo a la materia idiomática. «A medida que los poemas se densifican, se ramifican, se bifurcan, trifurcan, polifurcan, a medida que se hacen más extraños y más cargados, a medida que esa polivalencia, esa ambigüedad va dejando un rastro de complejidad en el espacio poético, en la continuidad de ese espacio, yo creo que voy retrocediendo, voy desapareciendo» —atisbó el poeta, conciente de la imposibilidad de ser más allá de la página y revelando su actitud hacia el acto creador. Su escritura calidoscópica, que busca el «tropos utópico», es anunciadora de un agotamiento de la metáfora tradicional en tanto significante múltiple; intenta rehacer el lenguaje del arte desde la naturalidad del verso y de la palabra rescatada en su valor etimológico y eufónico, evocador de asociaciones inconscientes en autor y lector, al cabo de una historicidad que nos afecta y determina.
Quizás asombre que se me ocurra el rótulo de «neomodernista» para enmarcar la obra de José Kozer, sin embargo no aventuro el término porque al cabo de cuatro décadas de original producción literaria, este cubano ha compuesto un sinnúmero de versos y logró imprimir casi una centena de libros en que el eclecticismo y la fusión, el desasosiego, la espontaneidad, el desarraigo, la búsqueda de las razones del arte y de la vida, le conectan con el fecundo resurgimiento del Modernismo en la literatura hispanoamericana, superada su tabula de oro y convertido el poeta en un enajenado cualquiera, a quien desdeñan los poderosos y la masa que no le comprende, aunque sus palabras la salven y la expresen.