Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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La soledad del exilio

Entrevista a Uriel Quesada

Por Amir Valle

Página 1

El escritor costarricense Uriel Quesada, en una de sus entrevistas, escribe que: “Los amigos son como las bibliotecas. La mayoría corresponden a épocas muy concretas, a eventos específicos, a etapas de la vida marcadas por cambios radicales. Los amigos, como las bibliotecas, responden incluso a ciertos estados de ánimo. Muchos libros/amigos están pegados a un recuerdo y por ello son intocables, mejor no tener nunca la pretensión de hurgar en el placer de una memoria, cualquiera que ésta sea. Como los amigos, los libros tienen virtudes y defectos, y son importantes a pesar de esas virtudes y defectos, o más bien gracias a las virtudes y los defectos. Los libroamigos que enumero seguidamente tal vez no sean los mejores del mundo, responden más bien a distintos periodos de descubrimiento, incluido el presente. Al escoger determinados títulos provoco varias ausencias. Quién sabe si mañana, o dentro de un rato, mi lista será distinta.

El marino que perdió la gracia del mar, de Yukio Mishima. Mishima siempre fue un maestro de lo perverso, de los juegos de atracción/repulsión, de la vida llevada a extremos. El marino… es una de sus obras maestras, una especie de libro de terror cuya historia surge de lo más cotidiano. Sigue siendo una de mis obras de cabecera y una meta imposible.

Murámonos, Federico, de Joaquín Gutiérrez. Yo empecé a leer literatura costarricense siendo muy niño, con Pío Luis Acuña y sus libros de humor, con los Cuentos de Ñor Román, de Fernández Luján. Gutiérrez significó para mí descubrir la literatura costarricense como una gran literatura, capaz de conmover, hacer reír y pensar. Puerto Limón, la novela y la pieza de teatro, fueron la primera revelación del potencial de una literatura costarricense. Murámonos, Federico es un pináculo de nuestra literatura (y de nuestro teatro). Me hubiera gustado decírselo a don Joaquín.

Cien años de Soledad, de Gabriel García Márquez. Siempre me costó leer a García Márquez, como si no lo comprendiera, como si me hablara de una América Latina que excluía a un lugar tan oscuro como mi natal Cartago. Cien años de soledad fue un lento descubrimiento, un libro al que volví muchas veces hasta lograr entenderlo y disfrutarlo. Su gran lección es la parodia de una fundación mítica a la que tarde o temprano todos recurrimos.

Ondina, de Carmen Naranjo. A Carmen Naranjo le debo muchas cosas, según mis detractores le debo algún premio y el minúsculo espacio en el mundillo de la cultura que gocé hace muchos años (a veces los enemigos saben más de nuestra vida que nosotros mismos). Creo que mis deudas con ella son otras, más profundas y determinantes. Una de ellas es el descubrimiento del cuento como un género mayor, y Ondina para mí es el mejor de su vasta producción cuentística. En realidad, el cuento se parece al timbal: es un instrumento limitado solamente cuando cae en manos de ingenios torpes.

Las mil y una noches. Anónimo. Entre todos los clásicos que podría escoger, me quedo con éste. Si todo el mundo cabe en un libro, ese libro es Las mil y una noches. Para mi fortuna y mi desatino, tuve una primera versión de manos de una muchacha (eufemismo para empleada doméstica) muy linda, de la cual yo me creía enamorado. Ese libro solamente tenía trescientas noches, pero fueron más que suficientes para introducirme en las fantasías del sexo, la aventura, los espacios abiertos más allá de la puerta de mi casa.

Las palmeras salvajes, de William Faulkner. A Jorge Luis Borges no le gustó este libro, al menos así se desprende de una reseña publicada en la revista femenina El hogar, de Buenos Aires. Sin embargo, lo tradujo pocos años después y este texto, publicado por Sudamericana, fue mi entrada a Borges y a los grandes escritores norteamericanos del siglo XX, dos influencias fundamentales en mi concepción de la literatura y del arte de crear.

La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, y La tía Julia y el escribidor, de Mario Vargas Llosa. Voy a permitirme hacer una trampa en este apartado, pues no puedo hablar de humor sin referirme a dos obras que son entrañables. Y no pueden ser más distintas. La conjura… fue la única novela de un escritor en ciernes, una novela hilarante, memorable, el único producto de un genio que se suicida ante la imposibilidad de ver publicado su libro. La tía Julia… marca el final del segundo periodo creativo de Vargas Llosa y anuncia su decadencia. Pocos años después publicará La guerra del fin del mundo" y a partir de ese momento empezará a desinflarse como novelista y a crecer como "conservador compasivo" (oxímoron atribuido a George W. Bush). Con estrategias muy distintas, ambas obras hacen del humor un poderoso instrumento de disección. Crean además personajes a quien todos amamos, y recordamos siempre. ¿Debe pedirse más?

Catedral, de Raymond Carver. El más brillante exponente del realismo sucio norteamericano, fue además un maestro de la precisión y la compasión. Como Borges, siempre tuvo la poesía guiando a su prosa. Como Borges, llevó la relación brevedad/eficacia a nuevas cimas. A diferencia de Borges, se plantó en la tierra, en los fracasados, en las amas de casa frustradas, en los niños sometidos a un régimen de violencia que no pueden describir. Fue Carver quien señaló que todo buen cuento tiene una amenaza oculta. Vale la pena tomar nota de esa enseñanza.

Historia de la Monja Alférez, de doña Catalina de Araujo. ¿Es éste un libro de prosa del Siglo de Oro español? ¿Es una obra colonial americana? ¿Es una autobiografía? ¿Son unas falsas memorias? ¿Es un libro queer? ¿Es un libro de aventuras? ¿Es una crónica de conquista? ¿Fue su autora una adelantada de lo que siglos después sería el feminismo? Si alguna vez se me encargara un guión para una película, me gustaría escribir sobre esta mujer maravillosa.

Médico de cuerpos y almas, de Taylor Caldwell. Creo que ahora nadie lee a Taylor Caldwell, una escritora de fórmulas, horriblemente conservadora y religiosísima. Caldwell fue la escritora de mi niñez y puedo decir con orgullo que me leí prácticamente toda su extensa producción de novelas gordas y repetitivas: hombres bellos y extraviados de la fe, mujeres horribles, el eterno viaje hasta la recuperación del amor, que no era otro que el amor de Dios. Pienso que ahora no soportaría leer un libro de Caldwell, pero en su momento sus historias fueron para mí extraordinarias, principalmente ésta, la novela de San Lucas, hermoso doctor fue salvado por la fe y, ¿por qué no?, por la escritura”.

Eso dice. Y por eso he preferido empezar esta entrevista de ese modo: a través de sus lecturas uno puede conocer mejor a un escritor. Y que conste, la frase no es mía, pues de algún modo también la dijeron, en sus respectivos tiempos, Flaubert, Hemingway, Sartre, Cortázar, Carpentier… No obstante, hay preguntas que deben hacerse.

 

¿Cuándo descubres el deseo de ser escritor?

Como una gran mayoría de los escritores, el deseo de escribir se lleva desde niño.  Creo que surge cuando uno se da cuenta del valor de la fantasía,  que va más allá del juego y se vuelve parte de tu vida cotidiana.  Mis primeros intentos de escribir algo "formal", es decir, un cuento, y hablo de un cuento porque empecé con ese género y nunca hice intentos reales de acercarme a la poesía aunque sí al teatro y al ensayo; decía que mis primeros cuentos los escribo cuando estoy en la secundaria,  tratando de imitar a un autor hoy casi completamente olvidado: Pío Luis Acuña. El escribía  textos muy cortos,  con una gran carga humorística y muy plantados en la realidad inmediata.  Hace años que no leo a Pío Luis, pero me parece que la especificidad geográfica y temporal de su obra es lo que lo ha matado para la posteridad.  Pues yo empiezo escribiendo a la manera de Acuña, luego pruebo suerte con brevísimas obras de teatro, pero sin mayor suceso; la verdad, Costa Rica ha sido un país lleno de silencio a la hora de estimular a los nuevos escritores, aunque paradójicamente existen varios premios.  Esta contradicción se explica en el hecho de que no hay posibilidades para el escritor o la escritora joven de entrar a un verdadero proceso de aprendizaje y crecimiento.  Hay algunos premios, pero no son la culminación de un camino en el que las viejas generaciones impulsan a las nuevas, sino que  se llega a esos concursos por pura necesidad individual y la mayoría de las veces no hay nada después.  En mi caso, topé con la suerte de un breve período de excepción: había dos talleres importantes: uno a cargo de Carmen Naranjo y otro bajo la dirección de Carlos Catania. Antes de cumplir los veinte, empecé a frecuentar el taller de Carmen, quien acababa de volver de los talleres de Iowa, y con su guía sentí que podía dar el paso siguiente después de los primeros intentos de adolescencia.

¿Existió alguna influencia familiar que te impulsara al mundo de la escritura?

No, no existió ninguna influencia directa ni concreta.  Hay un antecedente en la familia de un narrador oral, un campesino que vivió en Cartago, mi ciudad/pueblo natal,  a principios del siglo XX, y que frecuentaba una tertulia muy popular, "El Club de la Boñiga". Se llamaba Juan Román, como mi abuelo materno, y era célebre por el humor y las exageraciones. Sin embargo, la única recopilación de sus narraciones ha desaparecido prácticamente de bibliotecas y yo tengo la duda de si en realidad eran solamente los cuentos de "ñor Román", o si había historias de propia cosecha del compilador, un periodista de apellidos Fernández Luján.

¿Recuerdas algunas de tus primeras lecturas?

Aparte de las obras completas de Pío Luis Acuña ("Ropa Tendida",  "Gallito Pinto", "Güipipía"), leía otros autores nacionales como Joaquín Gutiérrez o Manuel González Zeledón. Tuve mi época de Julio Verne,  también leí mucho de una escritora norteamericana que se dedicaba a novelas de corte histórico,  Taylor Caldwell.  Muy pronto empecé a leer a los latinoamericanos del boom,  pues un tío mío poseía una completísima biblioteca, con títulos por entonces raros, como por ejemplo Los Adioses o El Pozo,  de Onetti. Pero lo que más había en esa biblioteca era Vargas Llosa y García Márquez.

¿Qué libros o autores han marcado cambios o el desarrollo de tu carrera como escritor?

Siempre he pensado que los libros, y las bibliotecas personales por extensión, son como los amigos: la gran mayoría van quedando en el tiempo,  hay unos pocos a los recurrís constantemente,  otros los tenés en el estante sin tocarlos para no destruir la magia de cuando fueron importantes... yo he dejado atrás varias bibliotecas.  Para bien o para mal, quienes nacimos en los sesentas no podemos liberarnos del impacto del boom.  En mi caso fueron muy importantes Vargas Llosa y Cortázar, sobre todo el Cortázar de cuentos como "El perseguidor" y el Vargas Llosa de La Casa Verde, Conversación en la Catedral, Los Cachorros y La tía Julia… Luego vienen etapas de descubrimiento,  de las que rescato La Guerra y la Paz,  de Tolstoi, El marino que perdió la gracia del mar,  de Mishima y Palinuro de México,  de Fernando del Paso. Más recientemente me han impactado Reinaldo Arenas y António Lobo Antunes,  Raymond Carver y  Julio Ramón Ribeyro.  Siempre ando en la búsqueda del gran cuentista más que el gran novelista, y creo que inevitablemente vuelvo a Chejov,  John Cheever y Cortázar, aunque la obra más importante para mí es Las mil y una noches.  

¿Qué autores de tu generación consideras más destacados en la creación narrativa?

Hay un grupo importante de nuevos escritores, no sé si formamos una generación, creo que esas clasificaciones no son importantes; lo que sí vale la pena es que somos escritores sobrevivientes. Sobrevivimos al fin de las utopías,  a una promesa incumplida por la economía de mercado, a la década perdida,  al fracaso de la revolución  sandinista,  al desconcierto de una Costa Rica que se sume en la pesadumbre y la incredulidad.  En este grupo están Linda Berrón, Carlos Cortés, Rodrigo Soto, Tatiana Lobo, José Ricardo Chávez,  Fernando Contreras, todos ellos narradores.   La poesía sigue siendo fuerte en Costa Rica, y particularmente me parece importante la obra de Ana Istarú,   Osvaldo Sauma y Guillermo Fernández,  entre otros autores.

¿Qué zonas temáticas son más recurrentes?

En el caso de los narradores,  a quienes he seguido más de cerca,  creo que parten de la negación de un estereotipo del costarricense: este es un país de paz donde no pasa nada. Este grupo de escritores hurga en las contradicciones de un país que se ha ganado a punta de sacrificio y lucha, no una arcadia donde todos vivimos en un edén mítico. Una escritora tan interesante como Tatiana Lobo, por ejemplo, ha tomado la historia como bastión de sus indagaciones de las relaciones de poder; Fernando Contreras ha explotado grandes símbolos como la ciudad-basura,  o  ciertos monstruos urbanos para sacar a la superficie parte de esa Costa Rica que nos negamos a ver; José Ricardo explora el mundo homosexual en varias obras; Linda Berrón, el espacio de la mujer;  en fin, las temáticas son muy variadas, pero creo que en general hay una inquietud en cuanto a que es necesario hacer visible un país que el discurso oficial ha ocultado bajo montañas de azúcar.

¿Es provechosa la relación exilio / literatura en el caso de los autores costarricenses?

Pienso que no sólo es provechosa, sino necesaria.  La distancia, la soledad que acompaña la mayoría de las veces esa condición de exilio, te permite ver con nuevos ojos tu realidad y la de tu país. Poco a poco, la rutina empieza a absorber a los individuos y el entorno -lo bueno y lo malo- se hace invisible.  El escrito necesita siempre una distancia, eso tiene un valor incalculable para lograr que la obra madure. Hay que oír otras voces, enfrentarse a valores distintos, exponer los conceptos propios a otros puntos de vista.  En el caso de Costa Rica, hay autores que tuvieron que irse porque no soportaron la estrechez del medio, como Yolanda Oreamuno y Eunice Odio, a mediados del siglo pasado; hay escritores en constante peregrinación, como por ejemplo Laureano Albón, Julieta Dobles y José León Sánchez. Siendo una literatura bastante desconocida,  esa necesidad de salir y enfrentarse al mundo es aún más apremiante.

Dentro de las mujeres, ¿qué narradoras destacarías?

Te he mencionado dos: Linda Berrón (El expediente) y Tatiana Lobo (Asalto al Paraíso, El año del Laberinto). Otras muy importantes son Ana Cristina Rossi (María la noche, La loca de Gandoca), Carmen Naranjo (En Partes, Diario de una multitud) y Myriam Bustos (Una ponencia y otras soledades). Y eso, solo por mencionar las que ahora me vienen a la mente, pues seguro olvido algunas.

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