

Viajero por gusto, librero de vocación y escritor por necesidad
Por Andrea Aguilar
«Nuestra revista se une al continuo y justo reconocimiento que va recibiendo en el universo cultural de Bogotá, Colombia, nuestro colega y colaborador, el escritor, editor y librero Álvaro Castillo Granada. Por esa razón publicamos el siguiente trabajo de una de las estudiantes de Comunicación Social de la Universidad Javeriana que lo entrevistara en fecha reciente y que propone un hermoso acercamiento a la reconocida labor de este intelectual colombiano. »
En el país del sagrado corazón cada quien le reza al santo de su devoción según la necesidad que lo aqueje: a San Antonio para conseguir novio, a Santa Filomena para tener hijos, a San Martín para conservar o recuperar el trabajo y a San Judas Tadeo, si ninguno de ellos funciona. Sin embargo, a la hora de encontrar un buen libro, es preciso dirigirse a San librario.
Fundada hace 10 años en el barrio Quinta Camacho, al nororiente de Bogotá, se alza sobre una casa antigua de corte inglés una librería en la que convergen libros viejos, nuevos y raros, como se indica en su tarjeta de presentación.
Sus creadores, 4 amantes de los libros de los cuales, en la actualidad, sólo 2 se reparten la labor de atender la librería: Camilo Patiño y Álvaro Castillo. Este último, un hombre alto, de barbas espesas y negras como el poco pelo que rodea su cabeza y de mirada penetrante pero bien disimulada detrás de las gafas del librero por excelencia, es el protagonista de está crónica.
Al llegar a San librario me sorprendió el particular orden de las pilas de libros que llegaban hasta el techo, y entre las cuales era posible encontrar desde autores tan clásicos como Platón, Rousseau y Nietzsche, hasta poetas como Neruda y Benedetti, pasando por libros de fotografía, ejemplares sobre caricatura política, socialismo, novelas y un montón de revistas de ediciones viejas de “El Malpensante”.
Entre tanto, el librero conversaba con un posible comprador sobre bandas de rock y metal, lo cual me causó gran curiosidad: no era usual que aquel que a mi vista saltaba como un intelectual, tuviera gustos tan “profanos” como Iron Maiden o Placebo. Entonces este hombre no era sólo ese que, según anunciaba una crónica de “El espacio”, se leía hasta 180 libros al año.
Cuando despachó al cliente con el que se encontraba, procedí a sentarme en una silla de madera que dispuso con cordialidad a su lado. Lista para escuchar su historia:
Álvaro Castillo tiene 39 años, de los cuales ha dedicado 20 a trabajar entre libros, los últimos 10 en San Librario. Estudió Literatura en la Javeriana, pero no se graduó, porque tenía “mejores cosas que hacer”. Confiesa que le encanta aprender pero no estudiar y que lo mejor que le dejó la universidad fue el recuerdo de una mujer a la que amó muchísimo.
Desde muy niño comenzó a leer. Su primer libro fue Corazón, de Edmundo de Amicis, un diario juvenil que, según Castillo, contiene elementos muy importantes sobre la amistad y la lealtad, ambas virtudes fundamentales para él. Sin embargo, apunta que el libro que más ha marcado su vida ha sido Confieso que he vivido de Pablo Neruda, el cual llegó a sus manos a la edad de 12 años para mostrarle que el mundo era mucho más grande de lo que él creía y que tenía mucho que vivir.
Con el paso del tiempo, su biblioteca personal se fue llenando de libros, y hoy en día cuenta con 10.000 ejemplares. Al preguntarle por el origen de San Librario, cuenta que surge como una librería de segunda por economía y variedad.
– Una librería nueva es mucho más costosa y es igual a las demás, todas tienen los mismos libros, mientras que una de segunda, aparte de ser más económica, ofrece diversidad de ejemplares que suelen ser difíciles de conseguir.
Describiendo su pasión por los libros afirma: “Los libros me abrieron las puertas al mundo, porque aparte de ser instrumentos de placer y de conocimiento son instrumentos de vida.” Y es que Álvaro Castillo conoció el mundo a través de la lectura, antes de recorrerlo; cuenta que cuando viajaba por un lugar que ya había leído, sentía que el paisaje no le era extraño, que ya lo conocía.
Su primer viaje solo fue en el año 1987, cuando cambió la excursión de grado por una travesía con solo 10.000 pesos de la época, lo cual, si bien no era demasiado, tampoco le permitía darse ningún lujo, pues su propósito era recorrer toda la Costa Atlántica.
Para lograrlo estableció un sistema de racionamiento en el cual un día comía y al siguiente ayunaba. Se hospedó en una residencia que de “Buenos Aires” sólo tenía el nombre. Aún recuerda la singular pregunta de la dueña del lugar cuando llegó: -¿Viene solo? A lo que él contestó: - Sí –, para obtener por respuesta: - Ah, bueno, entonces ahí tiene una cama grande para que se revuelque solo - . A los pocos días y como resultado de su eficaz sistema de ahorro, Castillo había adquirido una palidez que no tardó la señora del hostal en notar, ofreciéndole comida a cambio de trabajar en las noches llevando a las parejas a los cuartos y golpeándoles cuando se les acabara el tiempo.
De formas similares ha recorrido casi toda Latinoamérica, Cuba, y varios países del viejo continente. Señala que se debe vivir barato y viajar de la misma forma en la que se vive. Su último viaje fue hace algunos meses a España y a Berlín, para reencontrarse con unos amigos. En esta ocasión, a diferencia de su primer viaje, no tuvo que pagar ni una sola noche de hotel.
Además de librero y viajero, Álvaro Castillo tiene una faceta como escritor que ha plasmado en tres textos: “El libro (recuerdos de un lector)” en el 2004, “Julio Cortázar una lectura permutante del Capítulo 7 de Rayuela”, en el 2005 y “En viaje”, en el 2007. De este último se editaron 100 ejemplares solo para regalar a los amigos, de los cuales me enseñó el último que le quedaba, perteneciente a alguien que aún no ha ido a recogerlo.
Al final de la tarde conversamos sobre cine, poesía y música, admitió que lo bueno de dar entrevistas es que obtiene publicidad gratis, expresó que es librero de vocación, porque su oficio le permite vivir de algo que lo apasiona, que lee por gusto y que escribe por necesidad, como un acto amoroso. Confesó que el librero era un personaje que había creado pensando en lo que le gustaría encontrar al llegar a una librería, un hombre con quien hablar, alguien que pudiera orientar al lector a través de su experiencia y ofrecerle algo más que libros en venta. Ese personaje fue justamente el que yo encontré.