

Se confiesa un autor de género. Es decir, que escribe creyendo que hay espacios donde ciertas obras literarias se mueven como peces en quietas aguas. Y se le ha oído afirmar que se considera, por igual, un escritor de novelas negras, de novelas históricas y de ciencia ficción. Aunque basta sumergirse en las historias contadas hasta hoy por Somoza para descubrir que su concepto de género es muy curioso, digamos que bastante híbrido, aunque de esa lectura salgamos convencido de que el creador de esos mundos novelas conoce al dedillo todas las artimañas, técnicas o trampillas de los géneros en los cuales incursiona. Mucho se ha dicho, y es una casi absoluta verdad (lo de “casi” es porque en este mundo nada es absoluto), que las novelas de José Carlos Somoza pueden leerse como literatura épica, novela de aventuras, intriga negro-criminal, fantasía (heroica o no) y como ciencia ficción. La caverna de las ideas, esa novela que lo lanzó al reconocimiento internacional por su exquisita factura y altísimo nivel de propuestas, ¿es novela histórica?, ¿novela negra?, ¿fantasía épica? Y nótese que estas preguntas están referidas al terreno temático, al mundo novelado de esa novela y no a los recursos propios de esos géneros que utiliza magistralmente el escritor.
Quizás esa sabrosa indefinición nazca allá, en noviembre de 1959, cuando el entonces bebe José Carlos miró por primera vez, y vio La Habana, sin imaginar que los cambios profundos que ocurrían en aquel país se los llevaría en las venas, o guardados en la retina, el día de 1960 en que sus padres decidieron irse a vivir a España. Quizás esa enriquecida mirada sea parte de la naturaleza biológica, de esas señales que se llevan en los genes y que, generalmente, suelen dirigir las sendas de los seres humanos sin que estos lo noten: Somoza confiesa que es cubano y que es un escritor español. Curioso híbrido, ¿verdad? Aunque seguir la ruta de las obras publicadas por Somoza conduzca, contrariamente a lo que esa indefinición de géneros pudiera indicar, a una conclusión (también casi) rotunda: José Carlos Somoza es uno de los escritores más seguros de la actual literatura española. Para él, la mezcla de géneros, la ruptura de categorías tradicionalmente ubicadas en sitios estancos, es una simple lectura de la vida: “la vida no es sólo intriga, no es sólo aventura, no es sólo fantasía, no es sólo historia, no es sólo la construcción cotidiana del futuro… es todo eso a un mismo tiempo”, parece decirnos.
Planos (1994), Silencio de Blanca (1996, premio La Sonrisa Vertical), Miguel Will (1997), Cartas de un asesino insignificante (1999), La ventana pintada (1999, premio Café Gijón), La caverna de las ideas (2000), Dafne desvanecida (2000), Clara y la penumbra (2001, Premio Fernando Lara), La dama número trece (2003), La caja de marfil (2004), El detalle (tres novelas breves) (2005), Zig Zag (2006) y La llave del abismo (2007, Premio Ciudad de Torrevieja) son un camino escogido para hablar de una poética personal que refleja una visión del mundo tal cual el mundo es: caótico, híbrido, abierto, humanamente inexplicable. O un camino trazado por Somoza para lanzar ciertas señales, a veces olvidadas: señales personales, señales públicas, entre las que destaca una, ésa, la que parece estar en el constante de su vida como escritor y en el universo creado en sus páginas: la vida es una eterna búsqueda de algo que le falta a la especie humana, el eterno deseo de caminar en pos de los secretos que harían al ser humano un animal menos imperfecto.
A sus colegas escritores, simplemente, José Carlos Somoza les ha demostrado que no es tan importante escribir dentro de un género como escribir dentro de ese género mixto, plural, asombroso, inquisitivo, complejo, que es la propia vida. Y algo más: que se puede escribir un bestseller, esa palabreja tan detestada pero tan deseada, haciendo gran literatura.