


En librerías, en una edición especial de Planeta, se encuentra la novela Dile que no estoy, de la escritora chilena Alejandra Costamagna, que resultara con esta obra finalista del Premio Planeta-CasAmérica de Narrativa Iberoamericana 2007.
La provincia, la clase media y los años '90 en Chile son algunas de las coordenadas de este libro. También lo es el viaje, desde el momento inicial en que Lautaro y Miguel Palma, hijo y padre, se trasladan desde la sureña ciudad de Calbuco hasta Santiago a fines de diciembre de 1989, para probar suerte en una ciudad donde los recorridos de las micros todavía no son reconocidos por simples números. Lautaro, el protagonista, viaja también entre el presente y ese pasado cercano, en un recorrido que configura una novela sobre las transiciones, la espera, el fracaso, los celos, el sentido de no pertenencia y la delgada línea que separa al sentimiento del sentimentalismo, tan delgada como la que separa al amor del odio, dos ingredientes más de esta historia.
Dile que no estoy es la novela de un hombre, o un muchacho más bien, que se enfrenta a lo irreversible de las cosas con un solo aliado, que es su relación silvestre con el piano: la música como un pulmón, como un refugio, como una manera de estar sin estar. Más de mil kilómetros separan a Lautaro Palma de su padre, Miguel Palma. Más de mil kilómetros es la distancia entre Calbuco y Santiago: en el sur está Lautaro; en la capital se encuentra Miguel. Pero son más de mil kilómetros interiores los que realmente dividen a padre e hijo, por eso éste responde a las insistentes llamadas telefónicas de aquél con un escueto, frío y melancólico “Dile que no estoy”. Lautaro, adolescente, debe emprender un viaje con su padre hasta Santiago. El viaje se transforma para el hijo, después de años, en uno de regreso y de huida a esos mismos lugares del sur, ocultando un secreto doloroso. Ésta es una novela con la banda sonora de un piano cadencioso a cada frase, emotiva y triste como su historia sobre las pequeñas y trascendentales rupturas entre un padre y un hijo, demostrando otra vez que la autora es una de las más interesantes nuevas voces de la literatura chilena.
En la Revista de Libros de El Mercurio, el crítico Camilo Marks escribe: “Hay que decirlo con todas sus letras: Dile que no estoy, de Alejandra Costamagna, no sólo es su mejor obra hasta la fecha, sino que también constituye una buena y, por momentos, hasta una muy buena novela desde donde se la mire y bajo cualesquiera criterios —estéticos, morales, literarios— con que se la juzgue. Luego de un promisorio comienzo con interesantes textos —En voz baja>, Ciudadano en Retiro—, altibajos que en una crítica elogiosa como ésta sería mezquino citar, en Dile que no estoy Costamagna ha trabajado con seriedad, rigor y parece haber dejado atrás el rebuscamiento, la sofisticación forzada, el tono impostado, la frase de laboratorio, que a veces tornaban la lectura de sus títulos en una tarea ardua, pesada, difícil porque sí, con un efectismo y una tendencia a lo gótico-sombrío que son, de modo enfático, inconvenientes para una autora imaginativa y dotada. Por el contrario, Dile que no estoy, si bien conforma un artificio novelesco muy elaborado, la intervención de la escritora en la trama apenas se nota o se insinúa y en contadas oportunidades percibimos sus intenciones. El resultado es una narración bien estructurada de punta a cabo, amena, en ocasiones desgarrada y conmovedora, muchas veces elegiaca, hasta épica en el buceo de vidas y personas anónimas, grises, desesperanzadas, pero cuyas acciones u omisiones la convierten en un argumento vital, contradictorio, humano, demasiado humano.
En forma gruesa, la historia entrega los desplazamientos de Lautaro Palma en dos planos temporales: la infancia remota y la niñez en Calbuco o la adolescencia en Santiago, para luego retornar a la localidad sureña tras la derrota de sus vanos sueños por labrarse un futuro digno en la capital. Después de la muerte de uriana, su joven madre, el protagonista se instala en la casa de un tío con Miguel, quien de padre tiene muy poco. Dedicado a viajar por todo Chile vendiendo ropa y quizá trabajando en otros asuntos ilícitos, Miguel se desentiende hasta tal punto del hijo luego de matricularlo en el colegio, su desinterés hacia el muchacho es tan grande y su irresponsabilidad de tal magnitud que Lautaro, más tarde que temprano, termina abjurando de la relación con el único pariente que posee en el mundo. Demás está decirlo, Costamagna sugiere en forma leve, entrega hilos de un doloroso vínculo y es el lector, en definitiva, el que emitirá un veredicto, ambiguo o definitivo, sobre el comportamiento posterior de Lautaro, pues Dile que no estoy, además de ser el nombre del libro, se transforma en la respuesta a los cientos de llamadas telefónicas del progenitor a su único vastago, cuando el primero está enfermo y sin recursos y el segundo se halla a más de mil kilómetros de distancia, con el propósito manifiesto de romper todo lazo con Miguel”.