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La espera por soluciones que nunca se producen; la pasividad frente a los problemas y las angustias que se nos presentan; el cuidado extremo con lo que se dice en público, mientras que nos vaciamos por dentro en los corrillos con aquellos con los que tenemos una máxima confianza, cuidándonos de no ser oídos por alguno de los extremistas detenidos en el tiempo y envejecidos no sólo por su edad biológica, sino también por sus ideas y consideraciones inamovilistas, estancadas y ocasionalmente oportunistas, se han convertido en actitudes muy extendidas en los medios habaneros en que me desenvuelvo. Paralelamente y en dirección contraria a estas tendencias se manifiestan los chistes ingeniosos, en los que se retrata la realidad de forma cruda e irreverente. El chiste tiene mucho que ver con la idiosincrasia cubana, lo que incluso ha sido identificado y teorizado por algunos especialistas que han estudiado nuestra sociedad local, tales como, por sólo mencionar dos ejemplos destacados, el sabio español asentado en Cuba a principios del siglo XX don Gustavo Pittaluga en su libro Diálogos sobre el destino, publicado en 1954, y muy especialmente el doctor Jorge Mañach, quien escribió un ensayo sobre el choteo en Cuba. Los chistes son termómetros de la situación local cubana; por eso, cuando no hay chistes circulando en las calles de Cuba y muy principalmente en La Habana, todos nos preocupamos, porque ese silencio chistoso es símbolo de algo muy grave que puede desencadenarse de forma negativa e inminente en cualquier momento.
En este orden de cosas, extremismo y oportunismo son dos vertientes que se tocan, resultan coincidentes y se manifiestan con determinada recurrencia dentro del conjunto de fenómenos que afectan a la Cuba de hoy. Lenin se encargó en su momento de señalar esta coincidencia cuando expresó que rasgar a un extremista nos lleva a encontrar a un oportunista. Este planteamiento leninista se hace evidente a simple vista dentro de nuestra actualidad local, en la que extremistas y oportunistas convertidos en alabarderos del pensamiento oficial se dan a la tarea de silenciar toda expresión que plantee una realidad distinta de la que ellos pregonan de forma esquemática y repetitiva y, en ocasiones, algunos de estos extremistas aparecen en los Estados Unidos hablando en contra del proceso que ayer defendían de forma esquemática e intransigente. Además, algunos de estos personajes han hecho de la denuncia por cualquier cosa que no les guste un hábito sostenido, lo que poco a poco va creando pequeños agravios y rencores que se acumulan en lo más interno de las personas, desarrollando una latente posibilidad explosiva. Sólo hay que darse algunas vueltas por los barrios de La Habana y hablar en confianza con los vecinos para conocer con anécdotas concretas a los que se identifican con estas actitudes, así como el rechazo silencioso que provocan dentro de los marcos de referencia del barrio o medio local en que se desenvuelven. Estos actos, en mi opinión, lejos de alcanzar los fines de convencimiento positivo que deberían pretenderse, hacen perder autoridad y credibilidad al proceso completo, incluso a los aspectos más beneficiosos de justicia y equidad que ha traído consigo. Muchos rencores se guardan muy adentro por las personas y las familias, como resultado de estas acciones mediante las cuales esos personajes descalifican y desacreditan a quienes consideran desafectos del sistema. Muy en especial, también cuando desde los centros de trabajo, o de estudios incluso, se presentan en comisiones de verificación en los lugares de residencia para conocer la actitud y la conducta de los que aspiran a trabajar en determinados puestos y actividades, así como a matricular en los planes de estudios especializados de acuerdo con sus aspiraciones, aptitudes y cumplimiento de los requisitos básicos de admisión, pero que por lo que se ha dado en denominar confianza política se les excluye de esas posibilidades a partir de la opinión que emiten esas personas, muchas veces por motivo de las creencias religiosas que profesen los candidatos en cuestión, así como también por la forma en que se visten, se pelan o por su no participación en las reuniones, movilizaciones y actividades políticas de la localidad de que se trate. Estos hechos y actitudes corroen por dentro a las personas y a la sociedad en su conjunto; y lo peor de todo es que originan como consecuencia un miedo generalizado, dadas sus esencias intrínsecas, que impide entre otras cosas que tales acciones se planteen con la claridad necesaria, lo que las convierte en un cáncer o una carcoma que silenciosamente lo va minando todo por dentro, estimulado por los rencores, la envidia y los pases de cuenta.
Este es un asunto tabú cuyo análisis público molesta a muchos, porque no quieren aceptarlo en la dura realidad que significa, pero que, en mi opinión, hace mucho daño y divide a la sociedad local de forma preocupante. Defender las ideas de justicia social y equidad distributiva propias de la sociedad socialista no debería realizarse con las actitudes y actuaciones de este tipo, que por demás, debido a la forma poco razonada y mecánica con que se desenvuelven los que así actúan, determinan que ellos mismos vayan sustituyendo la conciencia, el pensamiento y las ideas por la fuerza, la imposición, el lenguaje agresivo y la violencia en sentido general, contribuyendo a mantener un buen número de tensiones subterráneas que poco ayudan a la puesta en práctica de las verdaderas soluciones que se necesitan para salvar y desarrollar los aspectos positivos del proceso social cubano, el cual está constantemente amenazado desde fuera por la agresividad del gobierno de los Estados Unidos y por los errores, esquematismos y acciones burocráticas que desde dentro se manifiestan destructivamente y que, creo, resultan ser de una determinada peligrosidad a tener en cuenta, porque coincido con los que han planteado que la Revolución cubana sólo puede ser destruida desde dentro como consecuencia de sus propios errores y del desencanto, el hastío y las angustias que abren una gran brecha entre la vanguardia y la masa de un proceso social, lo que ya fue apuntado por el Che en su artículo titulado "El socialismo y el hombre en Cuba".
Yo considero que resulta muy necesario abordar estos problemas conflictivos, aunque realmente no nos guste su existencia, porque no hacerlo es permitir que lentamente vayan socavando la justeza del socialismo como sistema y que, además, se coadyuve al mantenimiento de los errores de aplicación, así como de las injusticias y desviaciones que en nombre de una sociedad de justicia social se cometen de manera controvertida.
Estos personajes locales tienen sus similares, pero de distinto signo ideológico, fuera del país, que actúan con métodos parecidos y aún peores, principalmente en Miami. Son personas también envejecidas y detenidas en el tiempo que han hecho del rencor, la revancha y el odio el centro de sus vidas. Se comportan de manera esquemática y viven anclados en la añoranza de los años cincuenta, pujando por la devolución de las propiedades confiscadas y nacionalizadas dentro del proceso revolucionario hace ya casi cincuenta años, entre las que se encuentran la gran mayoría de las viviendas que hoy habita la población cubana contemporánea, una buena parte de la tierra que mantienen en producción los campesinos cubanos y los inmuebles en que se asientan escuelas, policlínicos y muchas otras instalaciones de servicios a la población, lo que de producirse crearía una conmoción de consecuencias incalculables y una verdadera crisis de índole humanitaria. Estos personajes, además, dentro de su esquematismo tampoco admiten el libre juego de las opiniones consensuadas que busquen soluciones factibles para todas las partes, no respetan el pensamiento diferente de los demás, descalifican e insultan a quienes se manifiestan a favor del diálogo, la reconciliación y el perdón entre cubanos sin excepción alguna, no creen para nada en la libertad de conciencia, la libertad de pensamiento, así como de palabra, y actúan de manera compulsiva y represiva para imponer sus ideas mediante las amenazas, el chantaje y la represión violenta, incluyendo los actos terroristas, los atentados, la muerte y las torturas.
En este orden de cosas, debemos destacar las amenazas incluso masivas que han planteado estos personajes desde Miami hacia el interior de la Cuba actual, tales como las de conceder 73 horas de libertad para matar en los momentos iniciales de la caída del proceso revolucionario que ellos propugnan, así como recientemente la publicación de la existencia de un tribunal secreto encargado de juzgar y de condenar a muerte a los que hayan colaborado en sostener el actual gobierno de Cuba, comenzando por las más altas esferas hasta los municipios y las bases de la sociedad. Esa información de prensa expresaba que, según había trascendido, la lista de condenados a muerte alcanza ya la cifra de 5.000 personas, una verdadera masacre que se realizaría por encima de las normas más elementales de la justicia, lo que no es justificable por ningún motivo, ni siquiera de actuación anterior que fuera similar o parecida. Estos hechos concretos son el augurio de un verdadero encadenamiento de odios y revanchas que llegarían hasta nuestros hijos, nietos e, incluso, sus descendientes; con lo cual, se podría destruir por completo la nación que heredamos de los mambises.
Estas actitudes externas, fundamentalmente las de Miami, tienen su basamento en la política agresiva que han manifestado las diversas administraciones norteamericanas desde 1959 hasta la fecha en contra del sistema y del gobierno cubano, incluyendo invasiones, atentados, acciones terroristas y todo tipo de violencias, con el bloqueo y con una serie de leyes extraterritoriales que cercan el desenvolvimiento económico social de Cuba, con amenazas y chantajes incluidos, sobre los demás gobiernos e, incluso, empresas y empresarios del mundo que decidan comerciar o relacionarse con Cuba. Estas políticas norteamericanas han devenido un marco de referencias propicio para el desenvolvimiento de los odios y las revanchas que alimentan, amparan y promueven la forma de pensar y actuar de estos personajes del exterior. Internamente también algunos utilizan estas políticas agresivas del gobierno de los Estados Unidos para justificar sus extremismos esquemáticos y represivos, así como su obcecación.
Por otra parte, se puede observar otra tipología de personas devenidas burócratas de la economía, los servicios o de la política, que todo lo ven a través del prisma de sus concepciones esquemáticas que sólo conciben como posibles formas de actuar aquellas que se orientan desde arriba o que ya están establecidas. Para ellos, toda la creatividad se reduce al cumplimiento de orientaciones, lo que poco a poco los ha ido incapacitando para ni siquiera plantearse o comprender, sin que sea condenado apriori, algo distinto al universo de sus concepciones previamente establecidas, de las que manifiestan un respeto inamovible y un miedo casi enfermizo.
Este tipo de funcionarios son inconsecuentes y lo complican todo; además, su esquematismo los reduce al simple cumplimiento de orientaciones y de lo que está previamente establecido desde arriba tal y como ellos lo ubican en sus propias expresiones. Su forma de conducirse deviene un factor coadyuvante a la manifestación de un frío autoritarismo que hace perder las virtudes propias de la fraternidad y el humanismo comprensivo de los problemas de los prójimos. Como consecuencia, manifiestan un estilo agresivo y hostil que los hace desagradables e incluso temidos por sus interlocutores, quienes se cuidan en extremo de lo que van a expresarles. Esta tipología se presenta en una escala de posibilidades que comienza con los que detentan cargos importantes y realmente decisivos hasta los que en la base desempeñan las más sencillas funciones.
Otra conducta determinante en algunas personas con responsabilidad es la de los que se cansan y actúan con el criterio de que todo les resbala sin preocuparse por los demás. Su práctica esencial es dejar hacer para poder ellos a su vez hacer por sí mismos, cuidando siempre su lenguaje y sus formas externas con el objetivo de dar a entender hacia fuera lo que no son.
Estas gentes resultan también proclives al maltrato de los demás y se escudan en los esquemas para no resolver nada. Son especialistas en la explicación vacía y en la justificación, lo que causa gran daño en las personas que tienen que acudir a ellos para la búsqueda de soluciones o de recursos que nunca aparecen, porque en muchas ocasiones son desviados con fines estrictamente personales por los mismos que están en la obligación de distribuirlos dentro de la sociedad. Estas actuaciones producen muchos agravios y divisiones en la población. En mi opinión, estas expresiones se transforman en las mejores armas para ensanchar la confusión, el descreimiento, eldivisionismo, el rencor y el rechazo intersubjetivo que van afectando los anhelos y las opiniones de la población. El sostenimiento de estas situaciones da una idea del poco aprecio e interés oficial hacia lo que constituye la opinión pública verdadera.
Un fraccionamiento doloroso de la familia cubana está determinado por la diáspora que viene produciéndose desde la década de los sesenta, pero con distinta composición e incluso algunas motivaciones características de acuerdo con las coyunturas históricas del momento en que se manifiestan. Primero fueron los representantes de los anteriores regímenes de los años cincuenta, la burguesía, los que fueron o se sintieron afectados; después vinieron los éxodos masivos de Camarioca, del Mariel y el flujo sostenido de salidas legales e ilegales que se ha mantenido durante estos años. En primera instancia, se produjo un rompimiento interno en las familias, entre los que se quedaban y los que se iban. Esto llegó al punto de ser condenadas las relaciones entre unos y otros, lo que determinó rupturas muy dolorosas, algunas de las cuales se han mantenido con los años. Esta política se rectificó, y oficialmente llegó a recomendarse por la dirección del país que las relaciones se restablecieran, y poco a poco comenzaron las comunicaciones entre los que las habían roto y se permitieron las visitas de los que se fueron a sus familiares que se quedaron. Entonces, muchos de los que se fueron comenzaron a ayudar a quienes los habían negado y repudiado por haberse ido y éstos, a su vez, se arrepintieron de su repudio.
En las primeras épocas del éxodo fue cuando surgió la práctica de los repudios masivos que hasta el presente, aunque con menor frecuencia que entonces, se han mantenido dejando tras de sí una estela de rencores y deseos de revancha que enferman espiritualmente el panorama humano de nuestra sociedad local, así como de la diáspora de ayer y de hoy. Esta quiebra o fracción familiar la expongo en muy apretada síntesis, porque no es mi objetivo hacer historia, lo cual es muy importante, pero sería una extensión innecesaria a los efectos del presente análisis.
El momento histórico en que estamos inmersos requiere que las personas que defienden las ideas primigenias de la Revolución cubana se caractericen principalmente por su sacrifico, su sencillez, modestiay su ejemplo personal en sentido integral, así como su bondad manifiesta hacia sus vecinos y conciudadanos sin distingos ni excepciones de ningún tipo, porque la bondad y el amor son los mejores antídotos contra el odio, la violencia ciega y la injusticia. El socialismo no necesita para nada de quienes a contrapelo de la dialéctica se detienen en el tiempo y miran hacia atrás, tal y como lo hizo la mujer de Lot en el relato bíblico que explica que fue convertida en estatua de sal por hacerlo así; por el contrario, en su conjunto constituyen una verdadera rémora y una real quinta columna contra las ideas y convicciones que dicen defender. Esto es así muy a pesar del respaldo oficial de que hacen gala los que actúan de esta forma.
Los revolucionarios deben ser vistos en el medio en que se desenvuelven como los verdaderos representantes del humanismo, la paz, la justicia y el amor que son intrínsecos a las ideas esenciales del socialismo, con las que deberíamos enfrentar a los intentos sojuzgadores del gran capital y del neo-liberalismo que con persistencia tratan de globalizar e imponernos los poderes imperiales de nuestro tiempo. En este orden de pensamiento, el Che califica con precisión las características básicas que ha tener un revolucionario en su relación con los demás, y cito lo que escribió al respecto en "El socialismo y el hombre en Cuba": "... hay que tener una gran dosis de humanidad, una gran dosis de sentido de la justicia y de la verdad para no caer en los extremos dogmáticos, en los escolasticismos fríos, en el aislamiento de las masas. Todos los días hay que luchar porque ese amor a la humanidad viviente se transforme en hechos concretos, en actos que sirvan de ejemplo, de movilización"1.
Yo sé bien que los que actúan contradictoriamente con estos criterios del Che y los que en total contradicción con el pensamiento guevariano pregonan que sus actitudes personales, controvertidas y desviadas, son las correctas, hacen y plantean lo que se corresponde en última instancia con sus verdaderos intereses, que no son otros que los de mantener el control total de los timones de mando de la sociedad, por encima de los principios y de toda justificación lógica. A quienes así piensan y actúan se les hace muy difícil entender las verdaderas esencias que poseen estos planteamientos del Che que transcribo. Sé bien también que su respuesta siempre se caracterizará por el rechazo y el repudio de todo análisis al respecto, y que sus calificativos despectivos y grandilocuentes epítetos serán tan abundantes como oscurecedores del entendimiento; pero considero que, cuando se analizan los males físicos y espirituales que aquejan a la humanidad en su conjunto, hay que actuar con la misma frialdad que lo haría un médico de guardia en la urgencia de un hospital de primeros auxilios, para procurar que el enfermo grave no se le muera por una atención inadecuada. En estas circunstancias, ante las heridas abiertas, la sangre que brota, los tumores y las gangrenas evidentes, los verdaderos facultativos actúan con decisión, agilidad y sin miramientos injustificados a los efectos de proceder a una cura radical y efectiva de acuerdo con la gravedad de los pacientes en cuestión. En todos estos casos hay que desinfectar aunque duela, hay que coser lo abierto y hay que extirpar lo que nos mata. En la sociedad, salvando lógicamente las distancias propias de los ejemplos en sí mismos, hay que actuar de similar forma, aun cuando no nos guste hacerlo, porque lo básico es curar y salvar. Ocultar lo que realmente sucede o silenciar a los que se atreven a decirlo es un verdadero suicidio social.