Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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En busca de la esperanza perdida.

Manuel Gayol Mecías

 

Página 1

“De hecho nos hallamos creyendo, apenas sabemos cómo o por qué… En resumen, de nuestra fidelidad el propio Dios puede extraer fuerza vital y aumentar su existencia misma”.

William James
La voluntad de creer

La esperanza y la desesperanza existencial constituyen un dualismo extremo al que se ha enfrentado el hombre a través de los tiempos. De aquí que desde la segunda mitad del siglo XX hasta estos días de un nuevo siglo y nuevo milenio parece que el conflicto shakespeariano de ser o no ser se ha venido manifestando con particular relevancia. Las crisis, de hecho, comenzaron con el mismo origen del hombre; y para no ir muy lejos en la historia, desde la Primera Guerra Mundial, y mucho más a partir de la segunda, y aun después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, junto a las sucesivas guerras de Afganistán e Irak y ahora la debacle financiera que comienza a regarse por el mundo, las crisis de la existencia humana han hecho la conciencia de que el ser humano, al igual que Sísifo, puede estar condenado a cargar eternamente la roca de su propia inmolación, como si no quedara más (para muchos, claro) que reconocer lo inútil del para-qué-vivir.

En efecto, da la impresión de que las crisis fueran algo más allá de una razón cíclica (algo mucho más profundo que un decir popular: tiempos de vacas flacas y vacas gordas); que las crisis fueran una sinrazón de no-ser para la existencia, que no va a cambiar nunca, un estado vitalicio que acompaña la necesidad del hambre y la sed, y las ansias de poder del individuo o de las locuras fundamentalistas de pseudorreligiosos, y que el ser de este planeta no ha podido comprender del todo hasta no haber entrado en el siglo XXI (si es que ha comprendido algo), siendo víctima de un terror tan extremo, sorpresivo y real que ha rebasado la ficción de sus propios instintos de animalidad.

Naturalmente, la función de crisis también es relativa: crisis según la clase social desde la que se perciba o se sufra, porque no es lo mismo la crisis existencial y financiera de una persona o clase adinerada que la de un pobre diablo o pueblo en general que tenga que luchar por su vida cada día del mundo y, por lo tanto, cada día del mundo se encuentra en crisis.

En realidad, aquí, intento hablar desde una perspectiva antropológica y cultural, lo que me hace ver que en este nuevo siglo, el hombre se enfrenta a pura conciencia, de una vez por todas, ante la disyuntiva del horror, y tendrá que darse cuenta de que su destino, tanto en sus manos como en las de Dios (digamos así, incluyendo en buena medida a los creyentes), si no acaba de decidirse por la estrategia de la paz y del amor, podría continuar estando más lleno de “sin” que de “con” para ordenar y desarrollar las supuestas razones de su vida.

Esto si es que no se sitúa ante la macabra revelación de una tercera guerra mundial de alcance devastador, por problemáticas de envergaduras extremas que a grosso modo podríamos señalar como conflictos de intereses económicos, políticos y religiosos en el Medio Oriente y entre el mundo árabe y el mundo occidental; desestabilización y crisis de valores dentro de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y también dentro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), por citar algunas, entre las organizaciones mundialistas que lo que más atestiguan es la división y no la unidad. Por otra parte, hay que pensar en la amenaza del síndrome respiratorio agudo severo (SARS), como una de las nuevas enfermedades del siglo XXI, además del sida, aún sin una cura radical, y de los demás virus y bacterias que pudieran aparecer, y las amenazas de conflagración nuclear entre países que poseen armas atómicas y otros que las quieren poseer y que por encima de toda racionalidad pueden pretender convertirse en protagonistas del destino fatal de este planeta; y para colmo, en estos precisos momentos en que escribo (miércoles 2 de octubre de 2008), nos amenaza una crisis económica devastadora, como si estuviéramos en vísperas del fin del capitalismo, de la historia moderna y de Occidente. En fin, una gama de superproblemas tan complejos que pudiéramos pensar que las posibilidades de solución son realmente bien pobres para no decir nulas.

Sin embargo, si reconocemos que existe un proceso cíclico para las crisis (recordemos que las crisis pasan; una misma crisis aunque dure muchos años no perdura, termina y da paso a un tiempo de calma, quizás relativa, pero que podríamos decir también: tiempo de cambio), proceso cíclico, repito, que me permite afirmar que la esperanza y/o la desesperanza la resuelven cada país, cada generación, cada colectividad y hasta cada individuo, con las respuestas activas que puedan darse a las innumerables situaciones que suscita una época dada.

En realidad, tengo la esperanza por encima de toda amenaza, de que no ocurra ninguna guerra atómica ni tampoco una total catástrofe financiera mundial (simple intuición), y que lo que sí se está poniendo de manifiesto es un gran cambio. El proceso de una nueva era, un nuevo enfoque existencial; es decir, hablo del cambio que se encuentra a las puertas de los primeros 30 años, o probablemente de toda la primera mitad de este nuevo siglo. Hablo de un proceso de cambio crucial y no de un cambio menor ya totalmente realizado, y mucho menos de un cambio anunciado políticamente, como si los grandes movimientos de un país o de la historia se pudieran llevara a cabo mediante decretos. Los grandes cambios económicos, políticos y sociales surgen de la realidad de un país, de una región o del mundo y de circunstancias coyunturales que son productos de un largo proceso que ha venido buscando su culminación histórica. Es decir, me refiero a la posibilidad de que el cambio mundial ha comenzado, o de que ya comenzó desde la caída del Muro de Berlín y sigue con la globalización (economía, comunicaciones y estilo de vida, entre otros aspectos), una nueva manera de ver la vida que aun no podemos abarcar, y por ende, caracterizar, si acaso advertir intuitivamente; lo que se podría prever como el advenimiento de “un nuevo espíritu de época”.

En cuanto al tiempo oscuro en que vivimos, más específicamente los momentos en que se cuecen estos escritos, es la oscuridad que antecede a la claridad de un nuevo día; y es esta convicción de fe en el mismo ser humano la que me hace reiterar que la crisis de guerra y apocalipsis financiero que tenemos por delante, sin duda, pasarán; sólo que hay que contar con el recurso de la paciencia (aunque para muchos peque de simplista, dicho así, con la mayor displicencia y con buena dosis de distanciamiento si es que yo también puedo distanciarme: debemos “contar con el recurso-de-la-paciencia”). Y como ya la paciencia existe (y es porque estamos hablando de ella como fe dentro de lo humano y lo religioso: la fe de la esperanza), entonces hay que estimular esta espera paciente de fe con mecanismos de fe, que no dejan de ser recursos psicológicos, y que pueden apoyarnos desde un ámbito humanístico.

En resumidas cuentas, estos tiempos extraños de hoy son también interrogantes que aspiran a tener una infinidad de respuestas que definen poco o nada, cuando se trata de llegar a un consenso a priori, o mejor decir: un consenso en el presente, sin distanciamiento histórico; simplemente escribiendo e intuyendo dentro de esta, una de las crisis más largas y crueles que ha tenido la existencia humana. Basta dejar en claro, el contexto en el que nos encontramos inmersos en estos primeros años del siglo XXI, y aquí vuelvo de nuevo a las imágenes de esos ataques fulminantes a las Torres Gemelas de Nueva York, el derrumbe de una parte del Pentágono en Washington, D. C. y la caída en Pennsylvania de un cuarto avión asediado por otro grupo de fanáticos terroristas, pero asimismo la confrontación, primero en Afganistán y después en Irak (guerra errónea, sencillamente desproporcionada con la cordura), y la amenaza de una destrucción nuclear por parte de Corea del Norte, o de Irán, junto a la crisis financiera mundial también ya mencionada y generada en el centro del mayor gigante económico de todos los tiempos: Estados Unidos, aun cuando ahora pase por su propia falta de liderazgo en un momento tan tenso y carente de la energía luminosa que siempre históricamente caracterizó a este país. Por consiguiente, con estos elementos, tendríamos entonces una medida de la posibilidad concreta que en estos tiempos arriesga el ser humano de caer definitivamente en su más profundo horror.

El máximo horror en el hombre es tener que llegar a su autodestrucción. Y el horror de esa posible autodestrucción se ha hecho presente en muchas etapas históricas, mediante guerras y matanzas indiscriminadas, causadas por la miseria, el hambre, la corrupción, los afanes de riqueza y poder, y en estos tiempos modernos por el racismo, supremacismo, nazismo, comunismo, fundamentalismo, consumismo y populismo, esos “ismos” que no han hecho otra cosa que devorarnos progresivamente.

El horror no está en el “factor Dios”, como dice Saramago, sin percatarse que entonces existe el “factor ateísmo”, como le ha replicado el escritor Gabriel Zaid. El horror está escondido dentro del hombre mismo, que es quien ha inventado ese “dios castigador” o esa “ausencia de creencia” para justificar su propio “factor simpleza” (Zaid); este horror es causado por el instinto de lo perverso, que también se usa con inteligencia, aun cuando se sea ignorante y populista, y que predomina en ciertas almas oscuras, para después diseminarse contagiando a miles; es el lado tenebroso de la condición humana (también el lado grosero, vulgar y payaso de la condición humana), al que hay que saber primero controlar y después sepultar bien hondo hasta extirparlo. Si el ser humano no es capaz de una vez por todas de luchar (y esto es en la mayoría de los casos una lucha individual) contra lo perverso de su condición, empezando por reconocer que lo tiene dentro de sí mismo, entonces seremos incapaces de rebasar el horror.

Pero así como existe el horror de lo perverso en el hombre, también se encuentra —al menos eso apuesto— la condición sensible de la esencialidad humana. Algo que en mayor proporción ha venido creciendo desde la pérdida del origen divino, o para otros lo que es la sustancialidad de lo racional con la facultad de amar; es el recurso de restaurar lo perdido, de recuperar y avanzar en el vector bondad; es como la búsqueda constante de la esperanza perdida; es la necesidad vital de ser a pesar de ser.

Y por ser y para ser es por lo que el hombre creó su modernidad, y lo hizo como una forma más de sobrevivir hacia adelante, resolviendo —al decir de Miguel de Unamuno— que la enfermedad significa progreso y que el hombre —y esto ya no lo dice Unamuno— puede llegar a ser autosuficiente. Pero sucede que nunca la modernidad había previsto que entre las enfermedades del hombre se encontrara la de su horroridad (esa capacidad de producir horror), ese germen o gen de lo perverso in crescendo que late en lo profundo y que puede desvirtuar la potencialidad del progreso (habría también que revalorizar la noción de qué es realmente el progreso, desde una perspectiva funcional; es decir, para qué puede servir un supuesto progreso).

En este sentido, el del progreso, la modernidad nació como mismo nació el hombre, con su pecado original: después del Renacimiento fue imponiéndose la racionalidad fría de la ciencia y la tecnología; y a la sensibilidad, a la imaginación y a la poesía se le echó a un lado, porque el hombre para ser centro del mundo y del universo por autosuficiencia ha necesitado creérselo, y por ello ha intentado (está intentando aún) ser su propio demiurgo (¿podríamos pensar entonces en el riesgo de una clonación desenfrenada, sin normas éticas y sensibles que la rijan?; ¿o podríamos pensar en un hombre que haya sido elegido democráticamente, y a partir de ahí se burle de todos y lo cambie todo para reelegirse sin cesar?). El ser humano con la modernidad —creyendo sólo en el cálculo frío— aprendió y se acostumbró a negarlo todo (posmodernidad), creó el nihilismo de la racionalidad hasta que ha llegado en estos tiempos, por su misma autosuficiencia, a la negación de sí mismo y de su modernidad, sin siquiera haber logrado una definición consensual de su significado.

Por ejemplo, nos hemos preguntado qué ha sido la modernidad, y creo que ni todavía ahora, después de revisar su historia, incluso en varias de sus facetas más importantes como la económica, social, política, artística, filosófica y religiosa, encontramos una definición que satisfaga a plenitud un consenso de expectativas humanistas, teóricas y prácticas. Sólo se ha podido —pienso— caracterizar su dinámica de errores (los más) y de aciertos (los menos). Quizá nunca hallemos esa respuesta esencial, y, por supuesto, total, por ser la diversidad de la razón (cambio infinito) la razón de su indefinición. Así las cosas, desde hace tiempo andamos corriendo con la consabida pregunta —para algunos pedante y para otros evocadora de una infernal cosmovisión dantesca— de qué es la posmodernidad.

La posmodernidad yo la veo como un paso más en la espiral de la historia. Es una respuesta cíclica, como de eterno retorno (Nietzsche), algo a la manera de otra vuelta de tuerca, como diría Henry James, y que puede interpretarse hacia adelante o hacia atrás (y esto último no lo dice James). Este evento de la posmodernidad es un proceso de tránsito, complejo y vital, existencial y cultural, y que comenzó en los finales de los años 60. En años posteriores, desde un plano sociocultural, se dejó conocer como una de las proyecciones estéticas más importantes del siglo XX.

Esta manera de ver el mundo, que ya cuenta con más de 40 años, abarca en realidad todas las esferas de la vida, y, por lo que al humanismo corresponde, entra directamente en el campo del pensamiento con las características, eso sí, de haber heredado, por un lado, una diversidad que se hace insistente en las búsquedas ideoestéticas y, por otro, la experiencia de un nihilismo que incluso hoy en día, en muchos casos de manera radical, ha planteado conducir a un final de la Historia (esta vez con mayúscula).

No obstante, esa misma fragmentación, junto a su propuesta de filosofía “nadaísta”, entraña las posibilidades de la reevaluación. Porque, paradójicamente, tanto la estratificación sociocultural como el escepticismo a ultranza, por formar parte de las contrariedades humanas, implican sus propias negaciones; es decir, contienen sus correspondientes potencialidades cíclicas (como puede ser el hecho de decir que la posmodernidad no es tal, sino la modernidad misma en una de sus nuevas variantes) en las que ahora también tenemos la posibilidad de hacer surgir una dinámica que establezca otros caminos de esperanza y optimismo hacia un nuevo espíritu de época. Es como reconocer, a pesar de las guerras y la deshumanización histórica y cotidiana, incluso de las ya mencionadas guerras de Afganistán e Irak, del populismo zonzo y falaz que practican algunos países y hasta de los próximos eventos de violencia infernal que puedan venir antes de publicarse estos criterios, además del terrorismo en toda su extensión y de la despiadada y desconsoladora crisis financiera, es reconocer, digo, que todo lo que ha hecho el hombre ¡no es malo!; que el ser humano, en sus ensueños y desvelos, ha creado también muchas cosas de altos valores y beneficios, tanto en la ciencia y la tecnología como en el campo del arte, la literatura y el pensamiento; y que en última instancia, inconsciente o conscientemente, entre tantas cosas, aún el hombre cuenta con su afán, y tiene la posibilidad de “tomar el cielo por asalto” para lograr mejores cambios hacia otra dimensión más compleja y revitalizadora. La complejidad vendría entonces de esa misma diversidad hacia un centro universal, desde donde se volvería a tomar el sentido —todavía inefable— de la duda imaginaria y liberadora (impulso imaginativo, contrariedad creativa), recurso sin el cual no pueden surgir los cambios.

Si sabemos que la política, la estética y la economía, la sociedad y la cultura, en general, de esta contemporaneidad se han propuesto desde hace años la descanonización de los postulados modernos, no descontamos entonces que ya se está promoviendo —quizás de una manera imperceptible, invisible o inconsciente— la descanonización de la descanonización posmodernista si es que no ha ocurrido ya. ¿Es que no son las relaciones humanas una sucesión de cambios, un diálogo constante (Bajtín) con sus propias fronteras? ¿Y esta impronta de cambios no ha representado igualmente a la modernidad, por lo que el posmodernismo podría ser su variante (Octavio Paz), esa etapa de transición hacia otra era diferente o hacia otra modernidad más moderna?

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