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Cuando nos desesperamos por no oír las noticias de un robo. Ni el número de víctimas de un accidente. Ni el parte del tiempo anunciando un ciclón. Ni la agonía del transporte urbano.
Cuando no pudimos vivir más porque nos faltaba el aire en los parques vacíos.
Cuando los perros sin dueño se nos acercaron y nos lamieron las manos y las piernas.
Cuando se nos rompió algo por dentro porque oímos una música y corrimos al lugar con la esperanza de que alguien más nos estuviera buscando y nos sorprendimos y nos frustramos porque la música salía de un equipo electrónico que alguien hubiera programado para alguna fecha especial.
Cuando sólo encontramos en la ciudad a los mutilados y a los viejos muy viejos que no pudieron irse en su momento porque les faltó la decisión o el dinero.
Fue entonces cuando Lizandra se atrevió a hablarme del punto.
El punto era la única esperanza.
El punto era un lugar en la costa donde se podía esperar por las lanchas. A tres días de camino estaba el punto. A tres días de camino a pie entre los charrascales peligrosos y los guaos y los montes resecos que llegaban hasta la costa.
─ Es la vía más segura ─ dijo Lizandra.
Y llegar hasta el punto no sería tan fácil. Se precisaba conocer el lugar y el camino. Hubo gente que salió por su cuenta. Nunca llegaron sus cartas ni se supo de ellos. Y hubo gente que regresó porque no pudo encontrar la ruta precisa. Volvieron con las piernas rotas. Con los hombros dislocados. Con las quemaduras del guao en la piel. Con los ojos comidos por los mosquitos y el sol. Se repusieron un poco y volvieron a intentarlo. Se murieron un poco y trataron otra vez. Decían que el punto era la vía más segura. La más barata también.
Lo discutimos mucho antes de decidirnos. Lo averiguamos todo. Lo preguntamos bien. Nos informamos con los viejos y con los mutilados que sabían de esas cosas. Recomendaron hacer provisiones de pan y de carne. Dijeron que el punto era la vía más segura. Y la más barata también.
El hombre se abría paso entre lo guaos con facilidad. Esquivaba las hojas y la sombra de las plantas. Nos pedía tener cuidado también. Nos hablaba de cuerpos hinchados y de lesiones graves en la piel. De alergias como quemaduras profundas que dejaban las marcas para siempre. Lo explicaba todo sin voltearse. Nos daba siempre la espalda. Avanzaba seguro sobre las zanjas del suelo. Se detenía cuando nos quedábamos muy atrás. Nos miraba con sus ojos de ciervo y esperaba por nosotros.
Para entonces ya no sentíamos miedo. Nos habíamos acostumbrado a los ojos de ciervo del hombre. Nos había ganado con su voz serena y reposada. Con la mirada profunda y distante.
Empezamos a sentir seguridad y confianza. Las sentíamos a pesar del sol y de los mosquitos. A pesar de las zanjas peligrosas y los declives del suelo. A pesar de las historias que conocíamos con finales trágicos y cuerpos hinchados que aparecían en el monte. Cuerpos de hombres o de niños. Cuerpos de gente que se murió en el intento, de muchachos desesperados que no encontraron la vía más segura, o muchachas arrastradas por alguien que las abandonó a su suerte porque no pudieron caminar entre las zarzas.
En la segunda noche dormimos mejor. En la oscuridad veíamos brillar los grandes ojos de ciervo, pero ya su brillo no nos molestaba. Era una luminiscencia agradable que indicaba la presencia de alguien necesario. Un inofensivo parpadeo de ventanas que se mantuvo toda la noche.
─ Por qué no duermen juntos ─ preguntó el hombre.
Lizandra estaba todavía en la poza de turno. Yo había salido del agua y busqué al hombre para conversar.
─ Es que no somos pareja ─ dije. ─ Ni siquiera somos novios.
─ Pues mejor lo son ─ dijo el hombre, y se apartó.
Entonces no entendí lo que quiso decir. No lo entendí ni entonces ni después. Lo entiendo un poco ahora, pero no me preocupa demasiado. No lo entendí entonces, y no me preocupó. Entonces no podía pensar en eso. Pensaba sólo en el tiempo que Lizandra y yo habíamos pasado juntos en la ciudad.
Una vez estuvimos el día entero en la costa. Había mucha gente mirando el mar. Hablaban de unos planes y de unas salidas. Hablaban un poco de todas las cosas que podían hablar. Y nosotros hablamos también. Conversamos de unos planes que teníamos. Hablamos de los planes y de mucho más. Pero no hablamos nunca de nosotros. Allí, entre la gente que miraba el mar, no hablamos de nosotros. No teníamos esa necesidad. Creo que no la tuvimos nunca. No la tuvimos ni antes ni después.
Lizandra nunca me dio a entender que yo le interesaba. Como amigos nos sentíamos bien. Podíamos andar dondequiera sin complicar la relación. Sin preocuparnos por las cosas que preocupaban a la gente. Y yo nunca me atreví a proponer otra cosa. Estaba bien así para mí. Para los dos estaba bien, aunque a la gente le pareciera extraño. Podía parecer extraño que no fuéramos novios. A la gente podía parecerle extraño. A nosotros, no.
En la tercera noche conversamos un poco con el hombre. Nos sentíamos seguros y confiados. Nos sentíamos bien. Junto al arroyo nos sentamos los tres y conversamos un poco. De las cosas de la vida conversamos. De las cosas de la gente y la ciudad. De nosotros conversamos también. De por qué nos íbamos. De lo que buscábamos y lo que esperábamos encontrar.
─ Estamos cansados de lo mismo ─ dije yo.
El hombre me miró con sus grandes ojos de ciervo. Había en ellos algo de la nobleza del animal. Algo de la ternura que habitaba en los montes. Algo de la ternura humana también. Había un poco de esa mezcla, y eso me gustó. Ahora creo que hay ternura humana también, aunque no lo parezca. Ahora puedo creer lo que antes nunca creí.
─ Sí ─ dijo el hombre. ─ Lo mismo cansa. Tiende a cansar. Es inevitable.
─ Y usted estará cansado también de lo mismo ─ dijo Lizandra.
─ Un poco cansado, sí ─ dijo el hombre. ─ Un poco cansado, pero sólo un poco.
─ Por qué no se va con nosotros ─ pregunté yo.
─ No ─ dijo el hombre. ─ Lo mío es aquí, aunque sea lo mismo.
Pero el parpadeo de sus ojos de ciervo quería decir otra cosa. Podía ser verdad lo que decía, o podía ser mentira. Quizá sólo estaba inseguro y le costaba trabajo decidirse. Quizá era sólo eso.
─ Tenemos familia allá ─ dijo Lizandra. ─ Puede irse con nosotros. Lo ayudaremos. Hablaremos por usted.
─ No ─ dijo el hombre. ─ Hay mucha gente que se va y después se arrepiente. Todo lo mío está aquí, aunque sea siempre lo mismo.
Habíamos prometido no arrepentirnos nunca de nada. No arrepentirnos nunca, fuera lo que fuera. Lo habíamos prometido mirando a la gente en el parque. Mirando las discusiones y las cosas de a diario. Gente que hacía las cosas y después le pesaban. Gente de lo más común que se equivocó en la vida y después no encontró solución. Gente sencilla que pasaba sus años perdonándose. Disculpándose. Cargando siempre los errores como cadenas pesadas. Arrastraban las cadenas toda la vida. Sufrían con ellas. Se arrepentían de las cosas que hicieron en algún momento. Gente que no encontraba la forma exacta de proceder, y seguían adelante, y se equivocaban otra vez.
─ Tienes que prometer algo. Prométeme que no te arrepentirás nunca de nada ─ dijo Lizandra ese día.
─ Lo prometo ─ dije.
─ Prométeme que nunca te arrepentirás de haberme conocido ─ dijo ella.
─ Sólo si tú lo prometes también.
─ Lo prometo ─ dijo ella.
Así lo hicimos. Lo juramos los dos. Lo prometimos mirando a la gente en el parque. Mirando a los niños y a los viejos. Mirando las cosas que la gente hacía para arrepentirse después.
Al cuarto día llegamos al punto. El hombre se detuvo y esperó por nosotros. Esperó sin voltearse. Sin parecer alegre o entusiasmado. Sin apartar los ojos de la playa que se extendía adelante. Sin molestarse por el viento que soplaba fuerte desde el mar. Sin motivarse con el sabor salino del aire.
Era una playa solitaria que no guardaba ninguna huella de hombre. Un estero abandonado a su suerte detrás del monte y los charrascos. Detrás del guao y los peligros. Detrás de los ecos de la ciudad y los cuerpos hinchados al sol. Un pedazo de mar que lamía la arena con olas mansas y aceitadas. Un sol mortecino que parecía colgar del cielo blando.
A la vista del punto, Lizandra y yo nos tomamos de la mano.
Nos sacudimos el cansancio.
Nos sentimos libres de las sombras y las zanjas.
─ Ya están aquí ─ dijo el hombre. ─ Ahora sólo tienen que esperar. Deben mirar siempre al horizonte. Allá, sobre las olas. Deben mirar de noche y de día. Bajo la lluvia, o al sol. Las lanchas aparecerán por allá. Agiten un trapo al aire cuando las vean. Agítenlo bien, sin miedo, y las lanchas vendrán hasta aquí.
El hombre nos miró por última vez con sus grandes ojos de ciervo. Se despidió de nosotros y desapareció en el monte. Desapareció tras los charrascos peligrosos y las sombras tenebrosas de los guaos. No parecía un hombre demasiado viejo. No se movía con la lentitud que un hombre demasiado viejo se debe mover.
Lizandra y yo nos quedamos solos. Durante días miramos el mar. Se veía limpio el horizonte. La línea tensa se rompía sólo con las olas altas de la tarde. Con alguna gaviota que volara bajo. Con algún pez volador que saltara de pronto en el azul.
Lizandra y yo estuvimos mucho tiempo mirando el mar.
Nos enamoramos.
Hicimos el amor.
Nos crecieron los ojos mirando el mar.
Y cuando ya teníamos los ojos tan grandes como sólo podían ser los grandes ojos de un ciervo, Lizandra y yo vimos a la gente.
Estaban allí, junto a nosotros, sin mirarnos.
Tenían los ojos grandes y brillantes como los ojos de un ciervo.
Era gente fina de ciudad. Gente que discutía sobre los temas de siempre.
Oímos otra vez la risa de los niños. Oímos el quejido de los viejos. Oímos el pregón de las escobas, de los dulces y del agua. Nos alegramos con los gritos de los maridos celosos. Con la bulla de los muchachos. Con los planes de la gente. Con los perros sin dueño.
Entonces Lizandra se rió otra vez. Se rió con aquella risa que la hacía parecer tan especial. Poca gente puede reír así. Y yo me reí también. Me reí de una forma que a Lizandra le gustó. Me reí como hacía tiempo no reía, y a Lizandra le gustó que lo hiciera.
Cuando las lanchas aparecieron en el horizonte, ya había pasado demasiado tiempo.
(Mayarí, Holguín, Cuba, 1966) Ha publicado los libros de cuentos Plano secundario (Ediciones Holguín, 2005, Premio a la Mejor Ópera Prima del año 2005 que otorga el Centro del Libro "José Soler Puig" de Santiago de Cuba), Rendez–vous nocturno para espacios abiertos (Premio de la Ciudad Holguín, 2006) y Las formas de la sangre (Premio Regino Boti, 2006). Ha resultado ganador, también, del concurso nacional de cuentos "Tristán de Jesús Medina 2007" y del Premio de la Ciudad de Holguín, 2008 con la novela para niños y jóvenes Viaje a la orilla de un cuento. En el año 2007 fue finalista del Premio de Cuento La Gaceta de Cuba.