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A no dudar, estamos en presencia de una variante de la desacralización, de la desmitificación del saber, para saber ser de otra manera mejor (al menos, confiamos en ello), algo así como saborear el ser que dice que no sabe que puede saber pero sabe… algo nuevo. Saber terminar, pongamos por caso, con la angustia que ocasiona la pretensión de eternizar la presencia de las ideologías y de los fundamentalismos religiosos, y, por supuesto, de la política y de los sistemas económicos como su instrumento de manipulación; políticas como son la exageración del “feminismo”, los trasfondos de la “ecología” y el “pacifismo”, o por la manipulación indiscriminada de los capitales y del dinero ajeno, sin control, y hasta guiado por la avaricia y el afán de enriquecimiento sin límites, por poner varios ejemplos, y detrás de los cuales se mueve toda una programación gramscista de trasnochado izquierdismo que, aunque frustrada y fragmentada después del histórico fracaso de la Unión Soviética y el comunismo internacional, ha logrado mantener sus habilidades para expandirse de una manera abarcadora en universidades y sistemas de educación, instituciones, organizaciones, sindicatos y en los medios de difusión; y así como también detrás de la manipulación de los capitales se mueve una confabulación de ladrones de cuello blanco (en el último ejemplo citado) que, de una forma u otra, constituyen parte del camino hacia el derrumbe de un capitalismo sin control (para no decir salvaje).
Ahora bien, en general, el juego de la manipulación política y económica se oculta detrás de casi todos los intereses (pensemos, entre tantos, en la prensa y la televisión, que merecen toneladas de ensayos), y más dentro de las instituciones que un Estado o sistema impone para dominar. Se crean espejismos y se hiperbolizan falsos valores, y un portarretrato colgado en la pared (como pueden ser el de Carlos Marx, Lenin, Mao, Ho Chi Min, Fidel Castro o el Che Guevara, el retrato de Hussein, de Jomeini, el mulá Omar o de Osama Ben Laden) o un rostro impreso en un billete de banco (como el de George Washington, Lincoln, Jackson, Grant, o Benjamin Franklin) pueden ser —independientemente de la realidad objetiva que entrañen— una exigencia dogmática negadora de la sensibilidad, que alienan a las sociedades y a los individuos hasta llevarlos al espanto de las pesadillas y las incertidumbres.
Asimismo habría que saber vivir fuera de la nociva influencia de la propaganda y de su desbordada persistencia psicosociologista, puesto que todos los intereses de poder imponen su promoción paralizante, como ocurría y ocurre aún con la retórica de los gobiernos totalitarios y fundamentalistas: hablar todo el tiempo, machacando los oídos y las mentes, de la revolución y el hombre nuevo o de la jihad y el islam; o con la indiscriminada publicidad y proposiciones crediticias de las sociedades de consumo (que se convierte en pesadilla, pongamos por caso, cuando los banqueros abren las puertas del crédito a la inmensa mayoría que aún no puede tener crédito y crean las hipotecas de riesgo insuflando, como un gas, las ideas del “sueño americano” en las mentes de los crédulos que aún no tienen mucho). Sucede, por otra parte, que la ideología y la religión, sin la libertad de una genuina democracia y una sana y verdadera interpretación de la fe, se transforman en estrategia política y teología del sofismo, y la política y la evangelización se convierten en técnicas deshumanizantes, simplemente ilusionistas. Y estas política y evangelización fabrican mitos y falacias que intimidan e interfieren en la libertad y privacidad; o peor aun, en la intimidad y estructura intelectual (alma, corazón y vida) de cada persona. De esta manera se llega a reinventar la historia social, política, económica y religiosa para hacer creer en la necesidad “justa, imperecedera y provechosa” de ese Estado y/o sistema de fe (aquí también me estoy refiriendo a cualquier dogma de fe), o en la invulnerabilidad y poderío económico y militar de naciones superdesarrolladas. Con estas estructuras enajenantes, como son las sociedades totalitarias y fundamentalistas, o como son las sociedades del tener en los países del Primer Mundo, se asalta la integridad individual hasta convertir al hombre en un ser vacío que puede perderse en esas sociedades que realmente no dan nada (ni dicen dónde hay), las primeras, o en otras que lo ofrecen todo pero lo consumen todo, las segundas (aunque reconozco que vienen a ser las más viables).
A pesar de todo, creo en la posibilidad de la democracia, y en su mejoramiento; y me tienta la idea de considerar a la democracia también como una utopía debido a que para mí la utopía es “el mejoramiento constante”, el hecho de ir perfeccionando la imperfección… ¿quizás esta sea entonces la última utopía que nos queda? En fin, continúo con el deseo de intuir la esperanza, incluso en las más plausibles posibilidades dinámicas del capitalismo (sin descontrol, digo, y en el que nunca se permita que prime la avaricia, sino la ética del verdadero negocio), reconociendo que el ser humano actualmente tiene que sobreponerse a sus propias contradicciones y por ello está llamado a realizar una mejor búsqueda de sus orígenes (que es decir: la búsqueda de esa esperanza), de sus valores pasados y presentes; y esto significa, de hecho, descubrir nuevas y verdaderas concepciones sustanciales en cuanto a las raíces de un auténtico acervo cultural, que mediante el respeto, dé comprensión y cabida a todas las formas de pensar y sentir la vida.
Como ejemplo de ello, pienso que debemos reconceptualizar el sentido de la utopía posible, como ya dije, el cual creo es inmanente y válido en el hombre, pero que hasta el momento no se ha llegado a su mejor esencia, pensando que haya tenido otras en tiempos anteriores. Estoy seguro que este concepto hay que redefinirlo de una vez. En otras palabras, la utopía puede ser (debe ser, en mi criterio, claro está) ese sentido griego de la búsqueda del mejoramiento constante, y no hablo del mejoramiento total, no, y mucho menos de la perfección, sino por el contrario: hablo de la “imperfección”, me explico, del cambio hacia una visión mucho más humana cada vez que se dé un salto. En realidad, la utopía sería entonces la búsqueda, el escudriñar en “lo imperfecto” esencial para ascender, para de alguna manera “ser mejor”; porque en realidad sería una búsqueda incesante de ser mejor, para ser uno mismo dentro de la diversidad. Tratar siempre de quitar las comillas a la democracia, eso sería otra manera más de ver la utopía.
Acabar de darnos cuenta de que las crisis son consustanciales en el ser humano, y que después de las crisis —sea existencial o financiera— siempre el hombre resurge fortalecido, con nuevas perspectivas y hasta, como en este caso que intuyo, entrando en el proceso de una nueva era, al menos, en el mundo occidental, primero, y el oriental después, nuestra potencialidad será tal que conformará un nuevo espíritu de época. Es como si detrás de cada representación, de cada mundo presentado, se encuentre otro universo en espera de nosotros (Derrida) que nos pudiera promover como seres humanos, que nos ayudara a cambiar sin dejar de ser coherentes y auténticos con nosotros mismos y con el mundo, fieles a una nueva realidad planetaria que a la vez de estar unidos, al mismo tiempo —dialógicamente— nos permita ser distintos.
Narrador y poeta. Primera mención de cuento en el Concurso «David», con el libro Papyrus. Recibió el premio de cuento "Luis Felipe Rodríguez" de la UNEAC en 1992 por su libro La noche del Gran Godo. Ha publicado La luz de la palabra (poesía, 1983), Papyrus (cuento, 1984), y Retablo de la fábula (poesía, 1989). Actualmente trabaja como periodista del diario La Opinión, de Los Ángeles, Estados Unidos.