

Página 2
(Para Gabriella Ibieta, mi hermana).
Los que sobrevivieron, de algún modo
al hundimiento de la Atlántida
¿a qué mundo pertenecen?
¿Siguen llamándose atlantes
a sí mismos
después de haber pisado por vez última
una tierra que no existe
y cuya memoria va siendo cada vez
más precaria o más falsa?
Para las cicatrices que acarrean
y las inevitables pesadillas del naufragio
se hallará siempre una abundancia
de sensatez en torno;
y las explicaciones
les proporcionarán a veces
la falsa sensación de haber viajado
a bordo del Titanic,
(u otro barco de menos nombradía),
cuya colisión responde
a ciertas coordenadas, yerros, imprevistos…;
cuya disección compete hacer
al mundo de las noticias, las finanzas, la construcción de barcos trasatlánticos,
el comportamiento de los témpanos del hielo a la deriva
y otros muchos.
¡Por Dios,
La Atlántida es un todo
que irremediablemente se va a pique
con un paisaje vasto
de individuos y praderas;
de ciudades y villorrios;
de incontables cosas y personas
reales, con historia!
Un mundo, Dios mío,
¡Un mundo!
que se hunde sin remedio,
(sin que importe)
lentamente —que se pudre—
a la vista de todos;
que se hunde
en un mar de ponientes majestuosos
mil veces retratados,
como una Venecia de otro mundo, extensa y habitada.
Y no hay a donde huir.
Los viajeros, traficantes de bienes y curiosos
del último momento
desde el puente de algún barco trasatlántico,
constataron la espuma,
último refugio de la isla
en su descenso
como quien presencia el cierre
de una transmisión
cualquiera.
De experiencias como ésa
han salido los libros
que dieron cuenta luego
con más o menos tino
de una presencia que se esfuma
en medio del océano
casi sigilosa.
Las fotos darán cuenta
a quienes duden
de la mera existencia de ese
mundo
pero el dolor y las heridas
no retratan bien. La lejanía del objeto;
la distancia conveniente
o convenida
darán pávulo a dudas.
¿Existió alguna vez
una isla Atlántida?
Hechos como ése
pertenecen sin dudas
a la categoría distintiva de los cataclismos,
el misterio y los mitos.
¿Qué engranaje fatal
pudo fallar, en el mecanismo
de la isla-corcho?
¿Y los sobrevivientes?
¿Viven entre nosotros aún?
¿Sobreviven?
¿De qué modo se llaman
o se hacen llamar?
¿Serán ellos
—sus fantasmas acaso
de paso por las aguas
del tiempo y el delirio—
esos extraños seres
que algunos aseguran ver,
a bordo de naves espaciales
de una configuración extraña?
Marcianos en el tiempo
—en su propio tiempo—
los atlantes
marcan con obstinado empeño
los calendarios de olvidadas fiestas,
aniversarios y otras fechas
e insisten en señalar al mar
como quien hurga
con un dedo entre las olas,
o cual si indicaran en la distancia,
a lo que nadie más alcanza a ver.
(1953) pertenece al grupo de escritores y artistas conocido como «Generación del Mariel». Tiene publicados entre otros los volúmenes de cuentos, Algo está pasando (1992, recientemente publicada en edición bilingüe español-inglés bajo el doble título de Algo está pasando / Something’s Brewing), y Coral Reef: voces a la deriva (Ediciones Simbalito, 2001); la pieza teatral para niños Varios personajes en busca de Pinocho (edición de la Brigada Hermanos Saíz, Camagüey, Cuba, 1978) y el poemario Leve para el viento, (Asunción, Paraguay, Gestora Editorial, 1978). Morelli ha contribuido igualmente ensayos, artículos y relatos a diversas publicaciones académicas y artístico-literarias de Europa y las Américas.