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Se tenían los antecedentes acerca de su carácter, de su poca comunicación con el mundo exterior y me propuse prepararlo todo, de manera que todas las condiciones estuvieran creadas.
Hicimos gestiones en todos los sentidos, con relación a la prensa nacional pudimos contar con el apoyo del Sr. Carlos Martí (vice-ministro de Cultura en ese entonces), de manera que la divulgación del viaje de la escritora a Pinar del Río fuera todo un acontecimiento. Desde que Carlos Martí supo de mis vínculos con ella, se preocupó siempre por su salud y su estado anímico con relación a la literatura. En cierta oportunidad que Dulce María tuvo un fuerte estado gripal, recuerdo que Martí gestionó para que fuera hospitalizada en el Centro Asistencial “Hermanos Amejeiras” y reconozco que recibió una atención muy especial.
De manos de la escritora, y con el objetivo de montar una pequeña exposición en el Museo Provincial de Historia, que fue el lugar escogido para su presentación, nos entregó varias pertenencias de su hermano Enrique, entre ellas, un mechón de sus cabellos, un cinto, un peine, fotografías y varios manuscritos.
Por su parte los funcionarios del Partido Provincial garantizaron su estancia en el Hotel del Partido (así se llamaba) y un importante apoyo financiero.
Ya con todas estas condiciones creadas, llegó Dulce María a Pinar del Río en abril de 1984.
Su presencia en Pinar, puso en efervescencia a todas las instalaciones culturales y se sentía el calor y admiración a la eximia escritora, de quien se venía hablando desde hacía algún tiempo. Reseñas de su vida y obra se dieron a conocer durante esos días por los medios de difusión. Dulce María y Flor, su hermana (que la acompañó) se sintieron muy agasajadas por todos, sobre todo Flor, que además de vegetariana era muy delicada en su alimentación. Compartí con ellas desayunos y almuerzos y todas las visitas, dentro de ellas las que realizamos al Museo de Ciencias Naturales “Tranquilino Sandalio de Noda”, que le llamó mucho la atención por su arquitectura ecléctica. En toda su estancia, me dejó ver su simpatía por la provincia y su sorpresa por la acogida. No esperaba tal recibimiento, era la primera vez que escuchaba elogios fuera de su casa en Cuba.
Desde que se conoció mi acercamiento a casa de Dulce María, la Dirección Nacional de Literatura, así como altos funcionarios del Ministerio de Cultura, se interesaron por lo que acontecía en nuestra relación y sobre los propósitos de mis visitas. Te recuerdo que comencé a frecuentarla en 1980, diría que en un orden cronológico a partir de entonces se empieza a reconocer su obra y valores como escritora: en 1981 recibe la Orden Nacional por la Cultura, en 1985 donó a la provincia su biblioteca personal, en el año 87 le otorgan el Premio Nacional de Literatura y en 1988 la hacen miembro emérito de la UNEAC y tiempo después gana el Premio de la Crítica.
Todo esto hizo que tuviera que salir de casa a recibir las condecoraciones y con fina ironía dejó ver todo el tiempo que vivió enclaustrada tras las rejas de su morada del Vedado (su Isla privada) en la que solo hasta ese entonces le acompañaban condecoraciones foráneas y los libros publicados fuera de su tierra
De manera informal, en una conversación que sosteníamos en el portal de su casa en una tarde de invierno, a la hora del té, nos dijo que tenía un planteamiento para nosotros, quería saber nuestra opinión sobre una idea que le daba vueltas y nos sorprendió con la noticia de que estaba dispuesta a entregar su biblioteca, con estantería y muebles, a la provincia. El Sr. Martínez Malo y yo intercambiamos miradas y automáticamente respondí: “Claro, con mucho gusto”, pues para nosotros era un honor y un privilegio su decisión. Cuando escuchó mis palabras dijo: “Sólo tengo una objeción y no soy persona de poner condiciones; quiero que mi biblioteca no esté unida a ninguna otra”. Le argumenté que estaba casi convencido de que no habría inconveniente, y lo plantearía tal y como ella lo deseaba. Mi respuesta positiva, sin consultar con los funcionarios correspondientes se afianzaba en las conversaciones que últimamente había tenido con el Director de Cultura, pues estábamos seguros de que nuestro trabajo a su favor sería recompensado. De regreso con esta propuesta-sorpresa le estaba dando un sello distintivo al desarrollo de la literatura en la región vueltabajera.
Cuando le conté al Sr. Ballart sobre los acontecimientos, me preguntó qué podíamos hacer con la donación de Dulce María, y mi rápida respuesta fue: “hacer un centro para el desarrollo de la literatura”, algo que llevaba en la cabeza desde hacia algún tiempo, pues teníamos escritores como Cirilo Villaverde y Eduardo Samacoy que vivieron en la provincia y no se había logrado hacer algo que mereciera la pena. A partir de aquí, se me pidió que hiciera un proyecto para planteárselo al Gobierno y al Partido y en breve estuviéramos dando los primero pasos. Ya aprobado el plan, me asignaron para atender todo lo relacionado con la fundación del Centro de Desarrollo de la Literatura “Hermanos Loynaz”. Por esos tiempos, José Raúl Belén fue designado a dirigir el movimiento de talleres literarios que hasta ese momento yo había llevado con significativos logros, pues la provincia tenía el primer lugar en las visitas que recibía de escritores para dar conferencias y seminarios. Muestra de ello es que una buena parte de los miembros de la sección de literatura de la UNEAC en estos tiempos salieron de esos talleres literarios.
La primera tarea fue escoger el lugar adecuado para el centro y con una pequeña lista de casas que pudieran ser escogidas me tomé el tiempo de visitarlas una por una y al no presentar las condiciones las desdeñé. El encuentro con una amiga de mi madre, me permitió conocer que ella abandonaría el país y su vivienda, que yo la conocía muy bien, me pareció con todos los requisitos para el proyecto y así lo planteé. Su permiso de salida (que estaba estancado) llegó, afortunadamente, en poco tiempo.
Con una inestable brigada de reparación y construcción comenzaron los arreglos y remodelaciones de la morada que se convertiría en el Centro de Desarrollo de la Literatura “Hermanos Loynaz”. Esto demoró más de 3 años por las inexplicables incomprensiones por parte de funcionaros que atendían la Cultura, pero no tenían la cultura para hacerlo. Esto me costó innumerables encontronazos a diferentes niveles, pues la literatura no ha tenido la suerte del beisbol o el boxeo en nuestro país.
Sí, la inauguración del Centro “Hermanos Loynaz” se produjo el 19 de Febrero de 1990 durante la segunda visita oficial de Dulce María a la provincia. Las instituciones culturales, así como organizaciones gubernamentales, se dieron cita en el parque de La Independencia para apoyar el acto de apertura, al que también asistió el entonces Ministro de Cultura, Armando Hart Dávalos.
En las palabras de apertura la escritora enfatizó su agradecimiento a mi persona por todo lo que había hecho en pos de su acercamiento a la provincia, algo que me colmó de legítima satisfacción.
Con ella mis relaciones se mantuvieron como siempre: las mejores, eran más de 10 años de afecto, cariño y, sobre todo, mucho respeto, que fue lo que me inspiró desde el primer día que la conocí.
La última visita a su casa la hice a finales de 1992, cuando recibió el Premio Cervantes.
Esta es una pregunta interesante, al igual que el resto que me ha hecho, pero aquí toma otra connotación mi respuesta que hasta ahora estaba relacionada sólo con Dulce María. Y me acojo a las palabras de Heberto Padilla en su poemario “Fuera de juego”: “Di la verdad/Di, al menos, tu verdad/ y después/ deja que cualquier cosa ocurra”
Han pasado casi dos décadas de mi separación de fundador y director del Centro de Promoción y desarrollo de la Literatura “Hermanos Loynaz” y el mismo tiempo en que se ha estado excluyendo mi nombre, sin embargo, no me he preocupado con odios o rencores sobre quienes lo han hecho, y lo hacen todavía, y digo así porque tienen nombres y apellidos y ellos lo saben, pero lo que no conocen es que hay un viejo proverbio que dice: “saber esperar es una forma de triunfar”; y yo supe hacerlo. Se puede decir una, dos, tres mentiras, pero lo que no puedes es engañar la vida entera, pues la historia te pasa la cuenta un día. Te imaginas esto que está ocurriendo después que Dulce María dijo en su discurso inaugural y que me imagino que alguien lo tenga “bien guardado”: “Agradezco al señor Juan Antonio Sánchez todo lo que ha hecho por mí”.
Hoy yo no culpo sólo a los que lo han hecho, sino a quienes lo han permitido. ¿El motivo de esa exclusión?: deben ser ellos los encargados de explicarlo.
Después que la conocí, e intimé mis relaciones, en cada visita y llamada telefónica que hacía, pude captar, cómo en la conversación que establecía siempre o casi siempre incluía a sus padres o a sus hermanos de una manera elegante, delicada, donde se podía apreciar el orgullo de tener como ejemplo a la familia. Esto siempre me llamo la atención, fue uno de los primeros atributos que descubrí en ella.
(Pinar del Río, Cuba, 1951). Graduado de Literatura y Español, ejerció como profesor. Entre 1980 a 1990 trabajó como Jefe de la Sección de Literatura del Sectorial de Cultura en su provincia natal. Fue director del Suplemento Cultural Paso y fundó en 1990 el Centro de Promoción y Desarrollo de la Literatura “Hermanos Loynaz”. En 1995 se incorpora al periodismo independiente y en 1999 emigró a los Estados Unidos. En la actualidad reside en Miami y dirige junto a Odalys I. Curbelo la editorial Iduna.