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En este momento no se puede hablar de una literatura latinoamericana, sino de muchas. El fenómeno lo produce un movimiento de mercado más que uno de origen estrictamente cultural. Las grandes editoriales tienen segmentados las áreas comerciales, y de esta forma pueden aparecer libros de una gran editorial en regiones muy restringidas y sólo después de lograr ciertas metas de éxito pasan al siguiente nivel. Por esa razón, aunque ahora aparecen en catálogos algunos autores de países usualmente desconocidos, la verdad es que seguimos ignorando lo que se hace en la mayor parte de América Latina, y la literatura latinoamericana que conocemos -o consumimos- está determinada por las decisiones de los grandes mercados. En este contexto, está el boom de la literatura cubana, que me parece corre el riesgo de saturar el gusto porque se pretende que decenas, sino cientos de autores, son magníficos y todos debemos leerlos. El riesgo de saturación es para mí que los escritores realmente valiosos se pierdan en esa oleada de nombres, o que los autores dejen de ver el mundo en un sentido amplio y se dediquen o a mirarse el ombligo, o a complacer demandas de mercado. Pienso que los criterios nacionales deberían ceder en función de intereses más amplios -generacionales, por ejemplo como pudo pasar con el intento McOndo-, de género -como los autores policiales-, u otros criterios no necesariamente literarios -como fue la literatura escrita por mujeres en los noventa. Ante tanta dispersión, ante la información que ahora tiende a ahogarnos, creo que debe venir una etapa de depuración.
En general, las leyes del mercado obligan al escritor a pensar diferente. Por una parte, la satanización del libro como producto tiende a desaparecer; por otra parte, la relación del escritor con un mercado potencial de lectores más amplio le obliga decisiones éticas y estéticas. Creo que el mercado también llama a una mayor profesionalización del escritor, aunque todas las consecuencias de esa demanda aún están por verse. En general, el escritor rebelde, con una visión romántica de su obra, está desapareciendo; en su lugar queda el escritor que debe pensar en agentes literarios, editores, presiones de producción, competencia. Creo que frente a esos cambios se requiere defender una ética de la profesión; ya los escritores gendarmes han pasado de moda (por suerte quedan muy pocos), y se hace necesario discutir y plantear los problemas, los pro y contras, de la comercialización de la carrera de escritor.
De preferencia, escribo por las mañanas, pues usualmente soy más productivo a horas tempranas del día. Trato de escribir a diario, aunque sea algo que después no me sirva. El dilema del escribo siempre está en escribir cuando puedes versus escribir a diario. Comparto la idea de que un profesional debe escribir a diario, aunque hay momentos en que es más fácil avanzar en un proyecto, en tanto otros no te permiten más que corregir. Uno no debe ser un escritor de cuando se puede, porque así no se escribe nunca.
Casi siempre escribo directamente en computadora, pero necesito constantemente imprimir lo hecho, sólo así puedo corregirlo. En el caso de los cuentos, pienso que son como los poemas, en los que la corrección puede ser infinita. Para solucionar problemas en un texto, lo necesito impreso y escribo en el margen con lápiz o pluma. Me encantan las plumas fuentes. Tengo además mis cuadernos de apuntes, donde también desarrollo ideas sueltas, o voy más lejos cuando me "atoro" en un texto. Esos cuadernos no pueden ser cualesquiera: me gustan los cuadernos de papel de banano y de papel de tabaco, que tienen un color oscurito y una deliciosa textura cuando la pluma se desliza. Además, huelen bien, aunque no podría decirte a qué huelen. Si no tuviera las limitaciones económicas de escritor, me dedicaría a coleccionar tipos de papel, aunque me gustaría tener también una papelería.
Otra paradoja: es un acto de placer y un sufrimiento, lo que me hace sospechar que soy masoquista. Debería agregar que una necesidad, porque constantemente, a lo largo del día, pienso en mis proyectos y cómo continuarlos, de tal forma que nunca me enfrento al viejo dilema de la hoja en blanco, hoy pantalla vacía. Es un acto de placer y como tal tiene poca explicación, tenés una compensación física a la par de una psicológica, entrás en una suerte de equilibrio con un universo particular; no salvás al mundo sino a vos mismo. Pero también sufro porque padezco de ansiedad y me es muy difícil concentrarme y trabajar tantas horas como lo deseo. Por esa razón, cuando escribo tengo mis ritos: a veces debo hacer un poquitín de autohipnosis, pongo música clásica (una rumba no te quita la ansiedad); leo fragmentos de mi trabajo o de algún libro que me guste, y así empiezo. Pronto debo levantarme, tomar, agua, caminar alrededor de la habitación, auxiliarme con los cuadernos de banano y tabaco. Trato de disciplinarme porque soy muy caótico en mi trabajo y por eso poco productivo; creo en lo que decía William Faulkner, que el trabajo del escritor es 10% talento y 90% trabajo. Reviso obsesivamente y no soy un escritor de torrentes: yo no puedo avanzar en grandes tractos que luego limpio. Mi escritura va como un tejido, avanzando lentamente, con un -supuesto- control hasta llegar a terminar y luego corto y agrego.
Costa Rica, 1962. Escritor. Estudió en la Universidad de Costa Rica, New Mexico State University y Tulane University, donde obtuvo un doctorado en Literatura Latinoamericana. Es autor de los libros Ese día de los temblores (cuentos, Editorial Costa Rica, 1985), El atardecer de los niños (cuentos, Editorial Costa Rica, 1990; Premio Editorial Costa Rica y Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 1990), Larga vida al deseo (cuentos, EUNED, 1996), Si trina la canaria (novela, Editorial Cultural Cartaginesa 1999), Lejos, tan lejos (cuentos, Editorial Costa Rica, 2004; Premio Áncora de Literatura 2005) y El gato de sí mismo (novela, Editorial Costa Rica, 2005; Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 2005). Actualmente vive en Baltimore, Maryland, y enseña en McDaniel College.