

El fin del mundo sucedió ayer y nadie se dio cuenta. Hoy, todos se levantaron a trabajar y a esperar la quincena. Todos menos BEF, quien desde hace mucho se dio cuenta que el futuro sólo se puede ver con nostalgia. Así, BEF logra brincar de una dimensión a otra, como sus astronautas van brincando de asteroide en asteroide. Ayer era escritor, hoy es artista gráfico y mañana editor. Es una de las ventajas de saber que el mundo ya se acabó. La realidad pierde consistencia. El pasado y el futuro juegan a la ruleta rusa mientras el presente se extiende hacia el infinito. La narrativa y la iconografía se convierten en un rompecabezas sin solución. ¿Qué pasó primero? ¿Destruimos el planeta y salimos a buscar otro? ¿Nos atacó primero el monstruo con tentáculos y después tomamos el control de la nave? Un robot camina solitario por la superficie baldía de un planeta perdido en el espacio. En rojo, negro y verde, BEF nos cuenta sobre las ilusiones de un futuro que nunca llegó, pero que a gracias a su contundencia y efectividad, se proyecta hacia la eternidad, como muestra de que antes del fin del mundo, alguna vez, tuvimos sentimientos nobles y espíritu aventurero. No hay principio y no hay fin. Sus "fantasmas semióticos", como los llamaría William Gibson, son peligrosos por que parecen inofensivos. Su estatus como representación de sueños públicos y políticos les da una materialidad que vence nuestros sueños individuales. Así, el futuro se escribió antier. Ayer se acabó el mundo. Hoy regresamos a trabajar. BEF fue el único que se dio cuenta. Mientras tanto, decenas de alienígenas nos observan.
(Tijuana, 1979) es escritor, autor de Ruido gris, Yonque y Punto Cero. Colabora en varias revistas culturales.