Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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La pared

 

Ricardo Piglia
Cuento

No morimos de viejos, morimos,
de las viejas heridas.

Ernest Hemingway

Terminaron hace una semana, más o menos. Hoy a la mañana uno de los viejos hizo como un hoyo entre dos ladrillos, pero no llegó a ver el otro lado. Hurgue­teó con el dedo y después con un pedazo de rama que cortó del sauce; afuera el cemento se había secado, pa­rece, porque estuvo media hora dale que dale, para nada.

Poder mirar la calle es una gran cosa. La gente cru­za haciendo gestos y se ríe y a veces lo saludan a uno y cada tanto pasan camiones y colectivos y una vez pasó un circo. Yo vi muchos circos en mi vida pero ninguno tan importante como ése: un hombre dirigía la carava­na, vestido de frac, con galera y qué sé yo, caminando por el medio de la calle, meta subir y bajar un bastón rojo, y atrás toda la compañía: los camiones con altoparlan­tes, llenos de bailarinas, trapecistas, magos y de todo un poco, y el tractor con las jaulas y adentro los leones y los osos y los tigres y hasta un elefante. Todo el desfile en medio de un bochinche de la gran puta, con la músi­ca y un tipo que hablaba por un micrófono, y los pa­yasos saltando de aquí para allá todos pintarrajeados. No me puedo acordar el nombre del circo pero siempre pienso en los animales, en lo cambiado que estaba uno de los camiones que había sido un Ford 28, con una especie de torre llena de banderas y carteles. Pienso en eso y en uno de los payasos que me saludó desde la ve­reda. Se inclinó con el sombrero en la mano y se fue de un salto.

Pero a veces se me da por pensar que el circo no pasó y que yo lo soñé, como cada dos por tres sueño que vuelvo a manejar la 39, que ahora debe estar toda oxi­dada, enterrada en algún galpón por Escalada, vaya a saber.

Lo que quiero decir es que sentado aquí mirando pasar la gente o los camiones o el viento que levanta los papeles como si los hiciera bailar, el día se va rápido; cuando uno se quiere acordar va es de noche y no que­da tiempo para andar pensando pavadas.

Mientras estuvo el cerco de ligustro la gente, los camiones, y hasta el circo si hubiera pasado en ese en­tonces, eran bultos, nada más que bultos, y uno se abu­rría de mirarlos, todos iguales. Para poder ver algo ha­bía que plantificarse allí, medio inclinado, mirando a través de las ramas un pedazo de calle grande como esa baldosa. Además, nadie aguantaba mucho tiempo para­do con la cara lastimada por las ramas y el dolor en la cintura.

Hasta que llegaron los albañiles y empezaron a vol­tear el cerco. Yo no lo podía creer: `acá nunca hacen lo que uno necesita. Los albañiles cavaron un pozo a lo largo del tejido, una especie de zanja que rodeaba todo el Asilo. Después el cerco se vino abajo de un tirón y apareció la calle. Y cuando prendieron fuego al ligustro nosotros nos quedamos mirando las llamas que envolvían los troncos y las hojas; y atrás del humo y de las chis­pas estaba la calle: se alcanzaba a ver casi media cuadra. Desde la esquina hasta la mitad de una casa verde, medio vieja, que tiene una especie de jardín, dos por uno cuando mucho, con un pedazo de pino que parece que la casa la hubieran hecho abajo.

En esa casa vive un tipo que debe tener un trabajo raro. Sale casi de noche, a esta hora más o menos, y yo lo he visto volver a la mañana. Lo he visto, dos o tres veces, a eso de las seis cuando me levanto antes que suenen los timbres. Porque yo no aguanto la cama cuan­do estoy despierto; prefiero levantarme aunque falte una hora para el timbre, y el patio y los corredores estén vacíos y oscuros. Los otros se pelean por quedarse un rato más, parecen mujeres. Se hacen los dormidos y protestan cada vez que los llaman. Yo durante más de treinta años me levanté a las cuatro para llegar a Escalada antes de las seis. Y si uno se levanta todos los días a la misma hora se acostumbra y no se puede dormir, por más que dé vueltas y vueltas en la cama. Por eso, cuando me despierto me cuesta entender dónde estoy, y a veces me parece que tengo que levantarme y salir disparando para alcanzar el de las 4.40 y los muchachos ya están en los galpones tomando mate, mientras se calientan las cal­deras. A veces escucho el ruido de las máquinas y una vez vino el inglés y me dijo que podía seguir trabajando; entonces yo andaba de nuevo ,con la 39, meta y ponga, co­mo si no la hubiera escoñado toda, contra aquel carguero de mierda, en el cuarenta y dos.

Sin embargo eso me parece que lo soñé. Como lo del circo.

Pero ahora que me acuerdo, yo estaba contando de los albañiles. Trabajaban dale y dale hasta que oscure­cía. Y era como si no fueran a terminar nunca.

Yo me quedaba parado al lado de la zanja, conver­sando. Porque uno, a veces, siente como necesidad de hablar y con estos viejos no se puede. Se pasan el día quietos, inmóviles, como dormidos, buscando el sol y hablando siempre de lo mismo. Por eso me pasaba las tardes charlando con los albañiles; les explicaba cómo funciona una 39, una 42. Les contaba lo que se siente arriba de una máquina largada a todo lo que da, meta to­car pito, con la caldera echando chispas, y tan torada, de carbón que a uno le parece que los vagones se van a escapar de las vías, para disparar por el medio del campo. Una tarde les conté el choque de la 39, lo del carguero y todo el lío con los ingleses, cuando empeza­ron a decir que yo andaba mal de la vista, que yo no había visto las señales, que esto y lo otro, y por fin me jubilaron, los hijos de puta. Los albañiles se reían como si yo les contara un chiste y seguían trabajando y les gritaban cosas a las mujeres. Yo también les decía cosas a las mujeres que cruzaban por la calle moviendo el culo. Yo las miraba, decía “esta buena”, para que me escu­charan los albañiles, pero la verdad es que no sentía nada.

El asunto es que al final se fueron, y me quedé sin nadie con quien hablar. Solo como una momia, miran­do a los viejos que se la pasan dando vueltas al patio como si no supieran a dónde ir. Pero sea como sea aquí se está mejor que en la casa de mi hijo. Aquí uno puede quedarse sentado el tiempo que quiera, de la mañana a la noche, sin que le den vueltas alrededor y cuchicheen y lo hagan mover de un lado a otro como si uno fuera un mueble. Por eso me vine. A mí las cosas no hay que man­dármelas a decir, y mi hijo es un flojo y la mujer de mi hijo es una puta. Por eso junté las cosas, guardé todo en el baúl y me vine acá, con los viejos. Toqué el tim­bre. Todavía estaba el cerco de ligustro: “Mi hijo se fue de viaje, quiero estar una temporada”, le empecé a explicar al que me atendió, pero el tipo parecía sordo y no hacía otra cosa que señas con la mano y adentro tuve que repetirle lo mismo al portero que estaba to­mando mate. Una temporada, no como éstos que se que­dan aquí hasta que se mueren. Yo quiero andar un poco mejor, que las manos me dejen de temblar, para poder agarrar algún trabajo. Qué sé yo, cualquier cosa. Sería lindo poner un quiosco. Un quiosco de chapa, en una esquina, todo amarillo...

Para todo eso me ayudaba mucho mirar la calle. Entre mirar una cosa y otra, entre vigilar los colectivos y mirar a la gente, cuando uno menos se lo espera pasan los pibes de la escuela haciendo bochinche y suenan las campanas de la iglesia que casi no se oyen mezcladas con el ruido die la calle. Por eso me jode lo que hicieron. Sobre todo después, a la noche, cuando estoy solo en la os­curidad y tengo la cabeza vacía porque en todo el santo (lía no pasó nada. Entonces me viene el miedo de dormir. Me quedo quieto, quieto, con los ojos abiertos y es­cucho a los viejos que respiran y se quejan y a veces se oye un tren lejos y no quiero cerrar los ojos porque si me duermo no me voy a despertar más...

Este miedo me da ahora, sobre todo. Antes, a veces, me acordaba de la curva y del bulto negro del carguero que se venía encima, me acordaba del choque y me des­pertaba todo transpirado, entonces me ponía a pensar en lo que había visto durante el día, me acordaba de todas las cosas, una por una, y era como estar viéndolas en ese momento, hasta que de repente, sin darme cuenta, me quedaba dormido. Pero ahora no tengo nada en que pensar y debe ser por eso que cada tanto se me aparece la vieja toda vestida de verde, igualita al día que la conocí; me acuerdo de cada cosa que da risa: ella lleva­ba una cinta en. el pelo que estaba medio desanudada y le colgaba en un costado, yo estuve toda la tarde por decirle “Se te desarregló el moño” pero no me animé. Seguro que si ella viviera diría que no, que era otro día o que era un sombrero y no un moño o cualquier invento con tal de llevarme la contra. Porque para lle­var la contra era como mandada a hacer. Seguro que si ella estuviera y yo le contara que empecé a acordarme de ella cada vez más, no me hubiera creído. Pero es así. Ahora, desde que los albañiles se fueron, me acuerdo ca­da vez más de la vieja, y de todas las cosas que hice an­tes. Debe ser porque aquí adentro no pasa nada y enton­ces uno no tiene nada que hacer. Al principio, mal que mal, si me paraba en puntas de pie, alcanzaba a ver el techo de los colectivos, el alero de las casas, pero una mañana crucé el patio, me senté aquí como todos los días' y cuando los miré poner la última fila de ladrillos me pareció mentira, como si en seguida empezaran a ti­rar todo abajo y me fueran a decir: “Vio viejo que era un chiste”...

Pero terminaron el revoque, limpiaron hasta la última mancha del piso, juntaron las herramientas y se fueron. Entonces se me empezó a dar por acordarme de todas las cosas, de la tarde que entré a trabajar en el ferrocarril, del día que me casé y llovía como la gran puta y la vieja para saltar los charcos se levantaba la pollera con una mano y con la otra se soste­nía el sombrero, un sombrero negro, con plumas, que daba risa. Me acuerdo de todo como si estuviera pasan­do ahora. Y no me gusta. No me gusta porque es como si a uno ya no le quedara nada por hacer más que pensar en las cosas que hizo. No le quedara nada por hacer más que quedarse sentado aquí, en este banco, quieto como una momia, sin nada que se mueva alrededor, salvo las hojas de los árboles arriba cuando hay viento, y los vie­jos que dan vueltas de un lado a otro, siguiendo al sol. Pasarse los días sin hacer nada mirando la pared que ya la conozco de memoria, la zanja entre los ladrillos y todos los pocitos y esa raya que sube allí toda torcida y parece una vía vista desde muy lejos, cuando uno viene en la máquina meta y ponga y las dos vías se juntan y parecen una sola, una raya larga que sube y sube, toda torcida...

Terminaron hace una semana, más o menos. Hoy a la mañana uno de los viejos hizo como un hoyo entre dos ladrillos, pero no llegó a ver el otro lado. Hurgue­teó con el dedo y después con un pedazo de rama que cortó del sauce; afuera el cemento se había secado, pa­rece, porque estuvo media hora dale que dale, para nada.

Poder mirar la calle es una gran cosa. La gente cru­za haciendo gestos y se ríe y a veces lo saludan a uno y cada tanto pasan camiones y colectivos y una vez pasó un circo. Yo vi muchos circos en mi vida pero ninguno tan importante como ése: un hombre dirigía la carava­na, vestido de frac, con galera y qué sé yo, caminando por el medio de la calle, meta subir y bajar un bastón rojo, y atrás toda la compañía: los camiones con altoparlan­tes, llenos de bailarinas, trapecistas, magos y de todo un poco, y el tractor con las jaulas y adentro los leones y los osos y los tigres y hasta un elefante. Todo el desfile en medio de un bochinche de la gran puta, con la músi­ca y un tipo que hablaba por un micrófono, y los pa­yasos saltando de aquí para allá todos pintarrajeados. No me puedo acordar el nombre del circo pero siempre pienso en los animales, en lo cambiado que estaba uno de los camiones que había sido un Ford 28, con una especie de torre llena de banderas y carteles. Pienso en eso y en uno de los payasos que me saludó desde la ve­reda. Se inclinó con el sombrero en la mano y se fue de un salto.

Pero a veces se me da por pensar que el circo no pasó y que yo lo soñé, como cada dos por tres sueño que vuelvo a manejar la 39, que ahora debe estar toda oxi­dada, enterrada en algún galpón por Escalada, vaya a saber.

Lo que quiero decir es que sentado aquí mirando pasar la gente o los camiones o el viento que levanta los papeles como si los hiciera bailar, el día se va rápido; cuando uno se quiere acordar va es de noche y no que­da tiempo para andar pensando pavadas.

Mientras estuvo el cerco de ligustro la gente, los camiones, y hasta el circo si hubiera pasado en ese en­tonces, eran bultos, nada más que bultos, y uno se abu­rría de mirarlos, todos iguales. Para poder ver algo ha­bía que plantificarse allí, medio inclinado, mirando a través de las ramas un pedazo de calle grande como esa baldosa. Además, nadie aguantaba mucho tiempo para­do con la cara lastimada por las ramas y el dolor en la cintura.

Hasta que llegaron los albañiles y empezaron a vol­tear el cerco. Yo no lo podía creer: `acá nunca hacen lo que uno necesita. Los albañiles cavaron un pozo a lo largo del tejido, una especie de zanja que rodeaba todo el Asilo. Después el cerco se vino abajo de un tirón y apareció la calle. Y cuando prendieron fuego al ligustro nosotros nos quedamos mirando las llamas que envolvían los troncos y las hojas; y atrás del humo y de las chis­pas estaba la calle: se alcanzaba a ver casi media cuadra. Desde la esquina hasta la mitad de una casa verde, medio vieja, que tiene una especie de jardín, dos por uno cuando mucho, con un pedazo de pino que parece que la casa la hubieran hecho abajo.

En esa casa vive un tipo que debe tener un trabajo raro. Sale casi de noche, a esta hora más o menos, y yo lo he visto volver a la mañana. Lo he visto, dos o tres veces, a eso de las seis cuando me levanto antes que suenen los timbres. Porque yo no aguanto la cama cuan­do estoy despierto; prefiero levantarme aunque falte una hora para el timbre, y el patio y los corredores estén vacíos y oscuros. Los otros se pelean por quedarse un rato más, parecen mujeres. Se hacen los dormidos y protestan cada vez que los llaman. Yo durante más de treinta años me levanté a las cuatro para llegar a Escalada antes de las seis. Y si uno se levanta todos los días a la misma hora se acostumbra y no se puede dormir, por más que dé vueltas y vueltas en la cama. Por eso, cuando me despierto me cuesta entender dónde estoy, y a veces me parece que tengo que levantarme y salir disparando para alcanzar el de las 4.40 y los muchachos ya están en los galpones tomando mate, mientras se calientan las cal­deras. A veces escucho el ruido de las máquinas y una vez vino el inglés y me dijo que podía seguir trabajando; entonces yo andaba de nuevo ,con la 39, meta y ponga, co­mo si no la hubiera escoñado toda, contra aquel carguero de mierda, en el cuarenta y dos.

Sin embargo eso me parece que lo soñé. Como lo del circo.

Pero ahora que me acuerdo, yo estaba contando de los albañiles. Trabajaban dale y dale hasta que oscure­cía. Y era como si no fueran a terminar nunca.

Yo me quedaba parado al lado de la zanja, conver­sando. Porque uno, a veces, siente como necesidad de hablar y con estos viejos no se puede. Se pasan el día quietos, inmóviles, como dormidos, buscando el sol y hablando siempre de lo mismo. Por eso me pasaba las tardes charlando con los albañiles; les explicaba cómo funciona una 39, una 42. Les contaba lo que se siente arriba de una máquina largada a todo lo que da, meta to­car pito, con la caldera echando chispas, y tan torada, de carbón que a uno le parece que los vagones se van a escapar de las vías, para disparar por el medio del campo. Una tarde les conté el choque de la 39, lo del carguero y todo el lío con los ingleses, cuando empeza­ron a decir que yo andaba mal de la vista, que yo no había visto las señales, que esto y lo otro, y por fin me jubilaron, los hijos de puta. Los albañiles se reían como si yo les contara un chiste y seguían trabajando y les gritaban cosas a las mujeres. Yo también les decía cosas a las mujeres que cruzaban por la calle moviendo el culo. Yo las miraba, decía “esta buena”, para que me escu­charan los albañiles, pero la verdad es que no sentía nada.

El asunto es que al final se fueron, y me quedé sin nadie con quien hablar. Solo como una momia, miran­do a los viejos que se la pasan dando vueltas al patio como si no supieran a dónde ir. Pero sea como sea aquí se está mejor que en la casa de mi hijo. Aquí uno puede quedarse sentado el tiempo que quiera, de la mañana a la noche, sin que le den vueltas alrededor y cuchicheen y lo hagan mover de un lado a otro como si uno fuera un mueble. Por eso me vine. A mí las cosas no hay que man­dármelas a decir, y mi hijo es un flojo y la mujer de mi hijo es una puta. Por eso junté las cosas, guardé todo en el baúl y me vine acá, con los viejos. Toqué el tim­bre. Todavía estaba el cerco de ligustro: “Mi hijo se fue de viaje, quiero estar una temporada”, le empecé a explicar al que me atendió, pero el tipo parecía sordo y no hacía otra cosa que señas con la mano y adentro tuve que repetirle lo mismo al portero que estaba to­mando mate. Una temporada, no como éstos que se que­dan aquí hasta que se mueren. Yo quiero andar un poco mejor, que las manos me dejen de temblar, para poder agarrar algún trabajo. Qué sé yo, cualquier cosa. Sería lindo poner un quiosco. Un quiosco de chapa, en una esquina, todo amarillo...

Para todo eso me ayudaba mucho mirar la calle. Entre mirar una cosa y otra, entre vigilar los colectivos y mirar a la gente, cuando uno menos se lo espera pasan los pibes de la escuela haciendo bochinche y suenan las campanas de la iglesia que casi no se oyen mezcladas con el ruido die la calle. Por eso me jode lo que hicieron. Sobre todo después, a la noche, cuando estoy solo en la os­curidad y tengo la cabeza vacía porque en todo el santo (lía no pasó nada. Entonces me viene el miedo de dormir. Me quedo quieto, quieto, con los ojos abiertos y es­cucho a los viejos que respiran y se quejan y a veces se oye un tren lejos y no quiero cerrar los ojos porque si me duermo no me voy a despertar más...

Este miedo me da ahora, sobre todo. Antes, a veces, me acordaba de la curva y del bulto negro del carguero que se venía encima, me acordaba del choque y me des­pertaba todo transpirado, entonces me ponía a pensar en lo que había visto durante el día, me acordaba de todas las cosas, una por una, y era como estar viéndolas en ese momento, hasta que de repente, sin darme cuenta, me quedaba dormido. Pero ahora no tengo nada en que pensar y debe ser por eso que cada tanto se me aparece la vieja toda vestida de verde, igualita al día que la conocí; me acuerdo de cada cosa que da risa: ella lleva­ba una cinta en. el pelo que estaba medio desanudada y le colgaba en un costado, yo estuve toda la tarde por decirle “Se te desarregló el moño” pero no me animé. Seguro que si ella viviera diría que no, que era otro día o que era un sombrero y no un moño o cualquier invento con tal de llevarme la contra. Porque para lle­var la contra era como mandada a hacer. Seguro que si ella estuviera y yo le contara que empecé a acordarme de ella cada vez más, no me hubiera creído. Pero es así. Ahora, desde que los albañiles se fueron, me acuerdo ca­da vez más de la vieja, y de todas las cosas que hice an­tes. Debe ser porque aquí adentro no pasa nada y enton­ces uno no tiene nada que hacer. Al principio, mal que mal, si me paraba en puntas de pie, alcanzaba a ver el techo de los colectivos, el alero de las casas, pero una mañana crucé el patio, me senté aquí como todos los días' y cuando los miré poner la última fila de ladrillos me pareció mentira, como si en seguida empezaran a ti­rar todo abajo y me fueran a decir: “Vio viejo que era un chiste”...

Pero terminaron el revoque, limpiaron hasta la última mancha del piso, juntaron las herramientas y se fueron. Entonces se me empezó a dar por acordarme de todas las cosas, de la tarde que entré a trabajar en el ferrocarril, del día que me casé y llovía como la gran puta y la vieja para saltar los charcos se levantaba la pollera con una mano y con la otra se soste­nía el sombrero, un sombrero negro, con plumas, que daba risa. Me acuerdo de todo como si estuviera pasan­do ahora. Y no me gusta. No me gusta porque es como si a uno ya no le quedara nada por hacer más que pensar en las cosas que hizo. No le quedara nada por hacer más que quedarse sentado aquí, en este banco, quieto como una momia, sin nada que se mueva alrededor, salvo las hojas de los árboles arriba cuando hay viento, y los vie­jos que dan vueltas de un lado a otro, siguiendo al sol. Pasarse los días sin hacer nada mirando la pared que ya la conozco de memoria, la zanja entre los ladrillos y todos los pocitos y esa raya que sube allí toda torcida y parece una vía vista desde muy lejos, cuando uno viene en la máquina meta y ponga y las dos vías se juntan y parecen una sola, una raya larga que sube y sube, toda torcida...

 

Del libro La invasión (1967)

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