

No a la manera congelada y abrupta
en la mirada que un pintor ha impuesto,
Cristo en el umbral al señalarlo, el rostro de Mateo
iluminado en su perplejidad, la pátina, el goteo
de toda una vida en un despacho,
resquebrajada por la descarga de su elección súbita,
sino con el paso de los años, paulatino,
insinuado, una curva invisible;
un sesgo constante que favorece siempre
en retrospectiva aquello a lo que se renuncie
frente a lo que se conserve, la sortija de sello de oro
depositada en el plato de un mendigo,
el ojo que no comprende totalmente a la mano,
no todavía; el damasco heredado que se arroja al pasar
a un desconocido, la montura ceremonial
(monedas dobladas, trituradas nubes de perla taraceada), el leal
obsequio en irresistible impulso a un sirviente.
Donde antes estuvo ha quedado
un vacío en forma de montura que se desborda
breve, oscuramente... Damajuanas,
cavas de vino, y luego, conforme el impulso se afianzaba
en un hábito, el hábito en una necesidad acendrada,
la necesidad en una compulsión, la totalidad de los viñedos,
la tierra misma, los huertos, los rebaños, la casa toda,
obsequiados, de cada objeto
el ahuecado vacío que se iba haciendo así
cada vez más vivido que la cosa misma, y
como si la renuncia diera llanamente
densidad al poseer; como si
hubiera vislumbrado en el dejarlo todo, el secreto
incólume de un paria, la posesión
inversa... Y sólo entonces, casi superflua, la figura
da un paso suavemente hacia la puerta
de la habitación; familiar casi, anticipada,
recibida con calma, relajada, como a alguien
a quien se ha esperado un largo tiempo, y que llegó.
(Londres, 1958). Ha publicado dos colecciones de poesía y dos libros de cuentos: The Silver Age y Three Evenings. Con Michael Hofmann co-editó la antología After Ovid: New Metamorphoses. Ha impartido clases en los programas de escritura poética y narrativa en las universidades de Princeton, Nueva York y Columbia, y fue beneficiario de la Beca Guggenheim. Su relato The Siege fue adaptado por Bernardo Bertolucci para su película Besieged.