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Discurso leído el día 19 de abril de 2009 en su recepción pública por el Excmo. Sr. D. José María Merino y contestación del Excmo. Sr. D. Luis Mateo Díez, Madrid 2009
Excelentísimo señor Director, señoras y señores académicos:
Al hacerme miembro de la Real Academia Española –a la que, en ocasión de su ingreso, don Benito Pérez Galdós denominó “orden suprema de las Letras”-, me han concedido ustedes la credencial más segura y relevante de nuestro ámbito literario, por la diversidad de criterios del colectivo que componen, por el mérito intelectual indiscutible que los individualiza, por la evidente independencia con que toman sus decisiones, por el prestigio cultural de la corporación que constituyen. Todo ello obliga a que mis palabras iniciales expresen mi gratitud, primero a los señores académicos que presentaron mi candidatura -don Luis Mateo Diez, don Arturo Pérez-Reverte y don Álvaro Pombo, tres escritores que ofrecen aspectos tan diferentes y representativos como fundamentales en la narrativa española contemporánea- y, con el mismo calor, al resto de quienes me han apoyado, me acogen y me van a orientar y acompañar, a partir de hoy, en mis tareas dentro de esta venerable institución.
Sin embargo, mi agradecimiento no se sustenta solo en el alto honor que he recibido con la elección de mi persona para que me incorpore a su equipo, sino también en que, al decidirlo así, me han hecho un regalo cargado de benéfica simbología, el de permitirme cerrar, de modo inesperadamente grato, una trayectoria personal. En los tempranos inicios de mi experiencia de lector de novelas y cuentos, absorto en la fascinación de aquellas aventuras o intrigas desarrolladas mediante palabras escritas, me encontraba a menudo con términos insólitos: jarcias, cofas y obenques, basaltos, áloes y mucílagos, ámbitos australes, boreales y abisales, azagayas, jáculos y macanas… pero también descubrí enseguida, en la biblioteca de mi buen padre, Bonifacio Merino, el instrumento necesario para descifrar tantos términos extraños o ininteligibles. Y, a menudo, consultar el diccionario me deparaba un nuevo viaje mental, una aventura interior que me iba haciendo fondear de palabra en palabra como un bergantín en las islas del más denso archipiélago.
Ahora me otorgan ustedes todo el derecho para entrar en el espacio, que yo sentía sagrado y misterioso, donde se elabora ese instrumento y con ello, tras el fluir de los años, aquellas visitas de mi niñez y adolescencia al diccionario van a transformarse para mí en la más certera y directa de las exploraciones verbales. Completo pues un círculo vital, a través de una trama que tiene mucho de ficción rematada con felicidad. Además se me asigna un sillón identificado con la misma letra que es la inicial de mi apellido, pero también de palabras que, como madre y música, pasando por madurez, magia, manantial, mar, melancolía, memoria, mestizaje, metamorfosis, montaña, mito o muerte, hacen resonar para mí un eco singular en la literatura y en la vida. ¿Puedo decir más en el campo de lo simbólico?
Pues claro que puedo, y lo haré. Solo dos académicos han ocupado antes que yo el sillón “m” que me habéis adjudicado. El primero fue don Rafael Alvarado Ballester, biólogo ilustre, científico sobresaliente que tuvo la taxonomía y la terminología biológicas como núcleo de sus investigaciones. De nomenclatura, juxta praeceptum aut consensu biologorum, tituló su discurso de ingreso en esta casa, lo que en su contestación fue traducido por don Pedro Laín Entralgo como “Sobre nomenclatura, según las reglas o por consenso de los biólogos”. Es decir, un discurso centrado en las palabras capaces y suficientes para dar nombre a numerosos seres vivos, tras examinar las raíces etimológicas de los términos, comparar diferentes voces y deshacer errores. No tengo la pretensión de analizar la vertiente teórica de aquel texto, sino solo la de recoger unas cuantas de las palabras que en él mostraban, con la diversidad de sus sonidos, esa riqueza real que lo verbal evoca y define: marmosas, zarigüeyas, musarañas, tatuejos, ocelotes, armadillos, manatíes. Esos nombres, derivados de otros previos, indígenas, recorren con viveza las espesuras o se zambullen en los estanques del discurso de Alvarado sin turbar su solidez científica, mostrando el poder del lenguaje para dar forma y sentido a los elementos del mundo.
El segundo ocupante del sillón, don Claudio Guillén, mi directo antecesor, fue un asombroso viajero en los espacios de la literatura, por encima de lenguas y fronteras. Hijo del gran poeta Jorge Guillén, nació en 1924, acompañó a su familia al exilio como consecuencia de la Guerra Civil, interrumpió sus estudios para alistarse como voluntario en las fuerzas del general De Gaulle, en la lucha contra el totalitarismo nazi, combatió en África del norte y acompañó al ejército aliado en distintos frentes europeos.
Diversos espacios académicos fueron completando la composición de su extraordinaria personalidad y tuvo como maestros, amigos y mentores a intelectuales muy distinguidos, algunos exiliados de España, como los profesores de literatura Ángel del Río o Francisco García Lorca, el profesor y poeta Pedro Salinas, el historiador Américo Castro, el crítico Joaquín Casalduero o el filósofo José Ferrater Mora y otros exiliados del régimen hitleriano, como el filósofo y ex rector de la universidad de Berlín Werner Wilhelm Jaeger. En su formación intervendrían también el filólogo hispano-argentino Amado Alonso o el comparatista norteamericano Harry Levin. Este conjunto de importantes maestros, tan diferentes en sus orígenes y especialidades académicas, se reflejó sin duda en la variedad de registros y en el abanico de lenguas y perspectivas literarias que caracterizarían el desarrollo de su obra.
Doctorado en la universidad de Harvard en 1953, su especialidad sería la literatura comparada, y a lo largo de su fructífera carrera académica fue catedrático de esta materia en las Universidades de San Diego, Princeton y Harvard, donde compartiría docencia con otro exiliado, el lingüista y antropólogo ruso Roman Jákobson. Completó su labor docente en las distintas universidades con una intensa vida de conferenciante, participando en numerosos cursos y seminarios, no solo en los Estados Unidos, sino en muchos países de Europa, Iberoamérica e incluso China.
Claudio Guillén regresó a España en 1982, una vez instaurada la democracia, para desempeñar la plaza de catedrático extraordinario de Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona. Durante varios años presidió la Sociedad Española de Literatura General y Comparada. También fue promotor y miembro de diversas fundaciones, y acaso la que tuvo para él mayor sentido en la razón y en el sentimiento fue la dedicada a la Generación del 27, de la que tantos de sus miembros más significativos habían sido conocidos por él desde la niñez y cuya presencia, tanto en la evocación como en la amistad y compañía, había sido firme apoyo y consuelo durante los largos años del exilio. Asesoró a varias instituciones culturales, sin perder nunca el contacto con el mundo editorial, en el que dirigió prestigiosas colecciones de clásicos de la literatura española y universal.
Conocedor y estudioso de infinidad de escritores de muchos siglos y espacios culturales y territoriales diferentes, Claudio Guillén fue prolífico autor de ensayos lúcidos, que abarcan la teoría literaria y el examen profundo de muy diversas obras y autores, principalmente sobre el Renacimiento, la novela y la poesía del siglo XVI y la poesía del siglo XX, pero también a propósito de la historia literaria, analizada a través de muchos autores clásicos, y la teoría de los géneros.
Este vasto conocimiento de la historia de la Literatura, unido a su enorme talento, le permitió centrar su investigación y reflexión en asuntos relacionados con ella sobre temas que desbordaban el estricto ejercicio comparativo de escritores y estilos. En su libro Múltiples moradas, de 1998, Premio Nacional de Ensayo, reunió siete densos y espléndidos estudios en los que analiza autores de distintas lenguas, tiempos y ámbitos culturales, a la luz de asuntos tan distintos como sugerentes, además de investigar de modo muy certero sobre los comienzos de las literaturas nacionales, con la intención de ahondar en la ficción literaria para buscar la multiplicidad y riqueza de nuestra realidad desde una perspectiva temporal y con una visión humanista y abierta de la cultura, denunciando las tendencias a la simplificación y a la afirmación monolítica o hegemónica. Elegido para ocupar este sillón en el año 2002, lo hizo con una bonhomía, entrega y laboriosidad que permanecen en el cálido recuerdo de sus compañeros, hasta su muerte, sobrevenida de modo inesperado el 27 de enero de 2007, mientras preparaba la edición del epistolario de su padre y daba fin a un libro sobre Goethe.
De manera que, y ya con esto termino de agobiarles con mis intuiciones de traza simbólica, al ser el tercero que ocupa este sillón, vengo a completar por ahora, en los azares del tiempo y del número, una especie de tríada, y disculpen la apariencia inmodesta de mi afirmación, un tercer elemento que sirve de vínculo entre el científico capaz de acotar la palabra creadora y el estudioso de la ficción en su multiplicidad autorial y en su incesante fluir. Resulta que en esta tríada yo represento al inventor individual, concreto, vivo y en ejercicio, de esas ficciones que, en la vigésima segunda edición del Diccionario de esta casa, publicada en el año 2001, son definidas –en su tercera acepción, todo hay que decirlo- como “Clase de obras literarias o cinematográficas, generalmente narrativas, que tratan de sucesos y personajes imaginarios.”
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He dado a mi discurso el título Ficción de verdad porque pretendo, no solo insinuar un sentido diferente, con la ambigüedad de un juego de palabras, para una antiquísima contraposición, sino exponer ante ustedes determinados mecanismos con los que, en mi experiencia de escritor, la ficción literaria me sirve para afrontar eso que llamamos realidad. Sabemos de sobra que la idea de “ficción”, al menos en nuestra cultura, recorre una tradición no demasiado condescendiente con ella, que tiene sus orígenes en Platón y Aristóteles, pero sin duda la ficción como invención de la imaginación humana es muy anterior al mundo clásico, pues nuestra especie lleva habitando este planeta muchos milenios previos a la invención de la palabra escrita.
Los estudiosos de antropología física y paleoantropología, con los de anatomía y biología humana, y los psicolingüistas, al tratar de los orígenes del lenguaje humano, han analizado pinturas rupestres de hace sesenta mil años como precedentes de la forma de expresión simbólica que representó la escritura. Pero a tales pinturas, lenguaje plástico estructurado, antecedió sin duda un proceso de desarrollo del trazo y de la mancha. Del mismo modo, el lenguaje verbal acabó afinando sus posibilidades para la creación de estructuras simbólicas, que no pueden ser otras que las ordenadas en forma de ficciones. No sería muy coherente pensar que, en la historia del lenguaje verbal humano, hubiera habido un período demasiado dilatado anterior a su consolidación en la forma de tales invenciones organizadas por la imaginación. Cuando nos preguntamos si los neandertales usaban palabras, o qué diferencia nuestro lenguaje del de otros animales que también lo tienen, como los delfines, creo que la respuesta está en que nosotros lo hemos utilizado para crear ficciones, y a partir de ellas una gigantesca trama, tanto en lo fabuloso como en lo real, en la que se incluyen desde los seres quiméricos -de los que habitan parnasos a los que vagan como fantasmas- hasta los rascacielos o las estaciones espaciales.
Un personaje que me van a permitir citar, el profesor Eduardo Souto, recurrente visitador de mis narraciones, ha llegado a escribir lo que él llama “paradoja fundacional”: No fue el ser humano quien inventó la ficción, sino la ficción lo que inventó al ser humano. En cualquier caso, no creo descabellado pensar que la ficción vino a ser la primera herramienta, el recurso inicial de la mente de los seres de nuestra especie para intentar entender y dar alguna forma, cierto orden inteligible, al mundo adverso, huraño, opaco, inescrutable, en el que se encontraban, y a su propia existencia. Estoy hablando de un tiempo muy anterior a la filosofía, a la metafísica, a la ciencia. Muy anterior incluso a la formulación de los mitos tal como los conocemos, ya en una época de la memoria sistematizada por la cultura escrita o por una oralidad ritualizada.
Esta especulación nace del interés, muy arraigado en mí, hacia la cultura oral, desarrollado por la circunstancia de haberme criado en León, un territorio a la vez mítico e histórico, donde la narratividad de tal carácter, vehículo de innumerables ficciones, tuvo mucha importancia comunitaria hasta tiempos relativamente recientes. Ese interés, que me ha llevado a buscar las más antiguas narraciones orales que la humanidad recuerda, me hizo descubrir, entre otros, los trabajos de recopilación que realizó a mediados del siglo XIX el pastor de almas prusiano Wilhelm Bleek de las narraciones orales que determinada etnia surafricana había ido transmitiéndose desde tiempos remotos, un libro ya clásico en el resto de Europa (Specimens of Bushman Folklore). Ahí puede comprobarse que un grupo de seres humanos extremadamente primitivo, anterior a la cultura agrícola e incluso al conocimiento de la cerámica, poseía sin embargo un riquísimo patrimonio de ficciones orales, a través de las cuales conseguía hacer comprensible el mundo en que se encontraba.
Hace pocos años que, de la mano de José Manuel de Prada Samper, se publicó en España una antología de esas ficciones que demuestran cómo, mediante ellas, aquellos antepasados nuestros daban sentido al universo, a su relación con sus semejantes, con los animales y con los fenómenos de la naturaleza. La ficción se enfrentaba a lo real, ya en los tiempos primeros de la humanidad, para poder entenderlo: para explicarse el imprevisible surgir y soplar del viento imaginaban que se trataba de la voz de los muertos; para comprender las estrellas inventaron que era la ceniza dispersa de un puñado que una muchacha arrojó a los cielos en un momento propicio; para asumir la mortalidad conjeturaron que había sido un castigo a los seres humanos, cuando éramos liebres, de esa Luna que siempre resucita.
Y es que la ficción, con sus sucesos y personajes inventados, interpreta la realidad por medio de un procedimiento que está en nuestra propia condición, que nos pertenece de forma natural. Acaso en los mamíferos, y en nosotros –¿puedo decir escala superior de los mamíferos?- el sueño ha sido la primera forma simbólica de intentar entender la realidad. Georges Steiner, en “La historicidad de los sueños”, al hablar de los sueños de algunos animales -los perros, los gatos-, se pregunta “qué es lo que podemos decir de esos sueños anteriores al lenguaje”, y señala que “en cierto modo, el lenguaje es un intento de interpretar, de narrar sueños anteriores a él mismo”. Así, los sueños serían una suerte de sabiduría inconsciente. Pero la especie humana inventó la palabra y la ordenó en ficciones, un artificio hecho de sueños objetivados, nuestra primera sabiduría consciente, y posiblemente somos sapiens desde ese preciso momento.
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Mas lo que en esta solemne ocasión me interesa, sobre todo, es mostrar, desde mi propia experiencia de imaginador de ficciones, de qué manera estas pueden surgir, y hasta qué punto intentan descifrar, los aspectos menos evidentes, más escurridizos o extraños de esa realidad que, aunque no sea para nosotros tan inasible y proteica como en aquellos tiempos iniciales de la humanidad, sigue presentando un azaroso, confuso, poco inteligible conjunto de hechos y actos, una retícula complicadísima plagada de repentinos movimientos y de imprevisibles resultados.
Claro que sería pueril pensar que el narrador literario puede desvelar todos los elementos que componen cada uno de los sucesos que, por mínimos que sean, conforman la realidad. Pero algunos de ellos, los que a su mirada resulten más sugerentes, tratados de forma adecuada mediante la ficción, son capaces de ser iluminados con una claridad que no consigue ningún otro instrumento. La realidad puede ser descrita de manera verdadera o falsa, pero la ficción siempre es un camino distinto del de la pura crónica y no pretende adscribirse a la mentira o a la verdad, porque la buena ficción siempre resulta una revelación, mediante lo simbólico, de lo que la realidad esconde. Además la ficción se interpreta a través de la razón, por supuesto, pero sin que la intuición pierda su esencial protagonismo, porque la ficción narrativa, como la poesía, hay que sentirla. No deja de asombrarme cierta voluntad analítica de entrar en la ficción como si se tratase de un objeto perceptible desde una óptica exclusivamente científica. En mis tiempos de joven estudiante de Derecho existía una facultad de Ciencias Exactas, pero en los tiempos que vivimos lasMatemáticas ya no se aventuran a denominarse “exactas”, y suelo proponer que no le exijamos a la literatura, a la ficción, esa “exactitud” que ya ni siquiera nos atrevemos a demandarle a la ciencia. La literatura se dirige a la razón, pero siempre a través de los atajos de la intuición, repito, y acaso ahí esté uno de sus destinos primarios, rastrear en la parte más enigmática de lo que nos constituye, para hacernos comprender con mayor nitidez lo que somos, también desde lo oscuro y lo poético.
La literatura, la ficción, es pues un modo específico, incomparable, de desvelar ciertos aspectos de la realidad. Incluso es posible que la ficción sea capaz de crear una realidad propia, exclusiva. Buscando en nuestra juventud la proximidad de un maestro, en un entorno donde no era fácil hallarlos, Luis Mateo Diez, Juan Pedro Aparicio y yo mismo acudimos al conjuro de la ficción para inventar a Sabino Ordás, un supuesto patriarca de las letras españolas –el insustituible patriarca real es sin duda don Francisco Ayala, de cuya benéfica presencia disfrutamos- aunque luego tendríamos la fortuna de encontrar un maestro cercano y querido en Ricardo Gullón, a quien nos presentaría aquel ilustrado periodista cultural que se llamó Dámaso Santos.
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Al hilo de este discurso voy a referirme al proceso de invención de ficciones. En mi caso, comienza siempre desde la intuición de lo extraño que, para mis vislumbres de escritor, puede esconderse detrás de un hecho cotidiano. No hace mucho que, al visitar una colección de pintura rusa que ha venido completando sus colecciones con obras desde el siglo XVIII, el museo Tetriakov, me pareció descubrir en sucesivos retratos la reproducción de los rostros de algunos escritores españoles de ambos sexos de la misma generación que la mía, lo que acabó produciendo en mí cierto jubiloso sentimiento de alucinación y la idea de un relato en el que, por algún azar inexplicable, rostros muy similares a los de tantos compañeros de gremio hubiesen ido siendo retratados a lo largo de los siglos y recogidos en aquel museo. Es posible que no haya en el mundo ningún rostro realmente nuevo, que todos repitamos unas facciones que ya estuvieron otras veces aquí, que seamos dobles físicos y acaso anímicos de otros humanos anteriores. He ahí el tema para una ficción, que por cierto nunca escribí. En otra ocasión, sentado en la terraza una sosegada noche de verano, cruzó el cielo una estrella fugaz de dimensiones inusuales, y aquella visión despertó en mí la sospecha de otros espectadores imaginarios, sentados también en un lugar y en un momento semejantes, para quienes la percepción del fenómeno supondría cierta revelación sobre uno de los más importantes secretos de su vida. Regresando hace unos meses de una reunión con antiguos compañeros escolares en una dehesa perdida entre rutas secundarias y vacías, a unos kilómetros de la capital de la provincia, cuyas torres ya se podían divisar en el horizonte, me pidió que detuviese el auto un joven que caminaba solitario por el borde de la carretera, empapado por la lluvia, para decirme que no sabía dónde se encontraba. Yo le expliqué que, no mucho más adelante, estaba la capital y que podía llevarlo hasta allí, pero él quería saber lo que había en la otra punta de la carretera, de lo que no pude informarle, sin que ello impidiese que el joven continuase su misterioso caminar sin rumbo.
Como ustedes pueden comprobar, siempre se trata de aspectos raros, acaso porque creo que una de las funciones de la literatura es profundizar en lo inusual, en lo misterioso y menos evidente de la realidad, enfocándolo muchas veces desde la perspectiva fantástica, que, a pesar de tener en la lengua española una antiquísima tradición, ha sido poco apreciada por la mayoría de nuestros estudiosos y críticos, herederos acaso inconscientes del firme rechazo eclesiástico y de la rigurosa proscripción inquisitorial que, ante tal tipo de literatura, se manifestaron durante varios siglos, aunque debo también decir que esa actitud se está modificando de manera acelerada en los últimos años.
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Me extenderé un poco en el desarrollo de ciertas consideraciones a propósito de una ficción factible que he barruntado en tiempos recientes, en el intento de mostrar los aspectos formales y verbales que, desde mi experiencia de narrador, suscita esta tarea en la persona que imagina y escribe ficciones, y las diversas implicaciones que pudiéramos llamar no formales o no verbales que surgen al desarrollarla.
Voy a empezar planteando una posible trama.
Antes del pasado verano, un pintor muy cercano para mí en el ámbito familiar, Félix de la Concha, al regresar de una isla del Caribe en la que había estado pintando a lo largo de un par de meses, me mostró las fotografías de sus cuadros, y entre ellos hubo uno que llamó mi atención por el motivo, pero también por lo que el artista me contaba: el cuadro, alargado horizontalmente en forma rectangular, representa tres personajes femeninos. Dos mujeres, una vestida de amarillo y la otra de negro, a la izquierda, nos contemplan con cierto aire sonriente, agarradas del brazo, asomados sus torsos a una ventana de una casa o cabaña, en la que ciertos remiendos de zinc o materia similar indican su modestia; el tercer personaje, una muchacha, casi una niña, se muestra a la derecha, fuera de la casa, mucho más cercana, descalza, los brazos caídos con las manos cogidas, vestida con una camiseta blanca en la que figura la imagen de lo que parecen ser un delfín y una tortuga, y una falda carmesí, más seria pero también con una mueca que pudiera apuntar una sonrisa. Junto a ella, en el extremo derecho del cuadro, otro pedazo de plancha orinienta y corroída sirve de vallado a algún lugar en el que asoman, fuertemente iluminadas por el sol, las hojas de lo que debe de ser un palmito.
