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En el León de esos primeros años, en la ciudad inmóvil sobre la que gravita el prestigio de las glorias para siempre perdidas, la Biblioteca familiar fue el lugar de los primeros viajes de la imaginación, el espacio afectivo de los libros, donde Merino descubre los autores que le deslumbrarán con la narración de aventuras que implicaban las historias de los comportamientos humanos, la fascinación más inmediata de lo literario. Verne, Stevenson, el anónimo autor del Lazarillo, el mundo de los cuentos, desde Las Mil y una Noches y Hoffmann a Poe, Chéjov, Clarín y Valle Inclán, un viaje iniciático que, en la Biblioteca familiar, se compagina con el fervor que promociona una desbordada curiosidad que se satisface en las enciclopedias y los diccionarios.
Una buena biblioteca familiar, en tiempos precarios y oscuros, es un regalo de los dioses. La que Merino tuvo a su alcance estaba avalada por la sensibilidad y el criterio de su padre, un hombre que valoraba ese tesoro de los libros como el mejor legado para sus hijos, y a quien debo recordar en este momento porque sé que José María tiene ahora mismo muy presentes las ausencias familiares, que el tiempo hace irremediables.
Es muy larga la lista de aventuras literarias que orientan el camino del temprano escritor en que Merino se convierte, con el aliciente del lector empedernido que en la lectura hace su aprendizaje de la literatura y de la vida, compaginando hasta confundirlas las experiencias de lo imaginario y lo real. Desde las grandes novelas, con preferencia en Dickens, Tolstoi, Galdós, Mann y Baroja, y el resplandor de la poesía, con el heredado culto familiar a Rosalía, Bécquer, Juan Ramón, Machado y Lorca. La juventud universitaria abriría luego otros caminos, otros intereses, siempre sobre esos pilares de una fascinación imaginativa y vital que, al tiempo, consolidará el subsuelo de una obra que empieza a tomar consistencia, ya que el escritor temprano vislumbra el descubrimiento de su aventura personal, la trayectoria de lo que debe ir haciendo. Faulkner, Kafka, Proust, Borges, Cortázar, Vargas Llosa y otros escritores hispanoamericanos, se conjugan con la cercanía de los cuentistas españoles del medio siglo, Aldecoa, Fernández Santos, Medardo Fraile, y con el interés por la narrativa llamada de “fantasía científica” y la valoración de poetas de todos los tiempos entregados al poema de largo aliento, que Merino admira sobremanera, de Lucrecio a Leopardi, Walt Whitman y Neruda, con otros como Cernuda y Prévert.
Las referencias de esos intereses literarios son ilustrativas del gusto ecléctico que ha nutrido la obra de José María Merino: el realismo y lo fantástico, lo lírico y lo narrativo, un gusto que alienta la alternancia armoniosa de la conciencia y el delirio, y donde lo absurdo y lo cotidiano conviven sin estridencias.
La ficción reveladora incita al buceo en la extrañeza de lo que somos, a la inmersión en lo que Merino contabiliza como la emoción y el sentimiento raro que ponen de relieve nuestros aspectos más desconocidos. Se trata, como le hemos escuchado en su discurso, de profundizar en lo inusual, en lo misterioso y menos evidente de la realidad.
Hace tres años José María Merino recogió en el volumen Cumpleaños lejos de casa toda su obra poética. El libro dejaba constancia de la ya lejana despedida con que el narrador había soslayado esa vertiente de su obra, en la que muchos críticos habían percibido la resonancia de la balada, el impulso de cantar y contar desde el denominador común de la memoria del poeta. El aliento poético impregna el sustrato de la narrativa de Merino, que no rehúye ninguno de sus alicientes expresivos y significativos. Su experiencia lírica fue corta e intensa, interferida por el narrador, enriquecido en su apropiación, dueño definitivo de lo que la mirada del poeta irradia en el interior de las historias que cuenta.
Merino es un autor de obra extensa, lo que indica que es dueño de un mundo narrativo expansivo, que mantiene con una fidelidad férrea, rigurosa y sin concesiones. Obra extensa y variedad de géneros cultivados y de registros expresivos, con una continua voluntad de experimentación, de conquista, de novedad, a la hora de contar sus historias, de modo que sus narraciones siempre implican la búsqueda de su destino y sentido para ser contadas de la manera más hermosa y eficaz.
Es, además, uno de nuestros escritores actuales que más y mejor han reflexionado sobre el propio acto de la escritura, de la creación literaria, en libros como Ficción continua, que recoge muchos de sus ensayos, y ha desarrollado una labor de antólogo, muy iluminadora de sus propios intereses narrativos y de su perspicacia de lector, a la hora de evaluar aspectos de nuestro patrimonio literario. Recordemos Cien años de Cuentos, 1898-1998, antología del cuento español en castellano, y Una memoria soñada. Leyendas españolas de todos los tiempos.
El cuentista se compagina con el novelista, y la obra de Merino crece en la variedad de géneros, también en la novela corta y el microrrelato, con una libertad de imaginación en la que, como han advertido muchos de sus estudiosos, la fantasía, el sueño, el delirio, a veces en el límite de la locura, fecundan la realidad ordinaria, la materia de la vida.
El propio Merino ha presentado sus novelas, que han sido traducidas a muchas lenguas y han sido objeto de estudios y tesis doctorales en universidades españolas, europeas y americanas, bajo tres perspectivas diferentes, desde su propia clasificación: las Novelas Metaliterarias, las Novelas del Mito y las Novelas de la Historia.
La literatura dentro de la literatura sirve para hablar de lo extraña que es la realidad, de la forma en que la inventamos y pactamos con ella. Novela de Andrés Choz, Los invisibles y No soy un libro son tres fábulas en las que esa imbricación de la literatura en la literatura destila, por conductos tan apasionantes como fantásticos, la irrupción de lo inadmisible en lo cotidiano, la sorpresa del relato en el espejo de la vida. El uso de lo mítico, la aureola de lo legendario recrean atmósferas y sueños muy peculiares en algunas de sus novelas más ambiciosas, desde El caldero de oro hasta la más reciente El lugar sin culpa, pasando por La orilla oscura, que fue Premio de la Crítica en 1986, El centro del aire y El heredero. Los estratos de la memoria en la identidad confusa de los lugares y de los seres humanos, la disolución de la conciencia, el durmiente despierto, el doble, las pérdidas y las desapariciones, llenan de sugerencias unas fábulas complejas que tienen como protagonista al ser humano en el centro de un siglo devastado y contradictorio. En las Novelas de la Historia se encuadran Las crónicas mestizas, trilogía que reúne El oro de los sueños, La tierra del tiempo perdido y Las lágrimas del sol, y Las visiones de Lucrecia, en la que se reconstruye la infortunada vida de una muchacha real, involuntaria soñadora apocalíptica, castigada por la Inquisición en tiempos de Felipe II. La experiencia del sueño, la imaginación y extravío del soñador, el contraste abismal del sueño y la vigilia, lo que el sueño contiene del misterio de la existencia son asuntos que impregnan el mundo literario de Merino, y Lucrecia, que asume como destino la desgracia de soñar, es un personaje histórico y, al tiempo, uno de los personajes más conmovedores e inquietantes de nuestro novelista. En Las crónicas mestizas quiso ofrecer una joven mirada contemporánea, a través de las aventuras de un muchacho mestizo de español y mexicana, de la Conquista cristalizada mediante la lectura de muchas Crónicas de Indias y antiguas relaciones. De nuevo el asunto de la identidad y de la inevitable invasión cultural preside estos libros, que contienen, además, un explícito homenaje a la literatura española del Siglo de Oro. El enorme éxito de estas novelas entre lectores jóvenes ha servido, sin duda, para dar a conocer una épica que alienta y alimenta una gran literatura de las dos orillas. También entre las Novelas de la Historia habría que reseñar la que aparece en estos días: La sima, una fábula muy comprometida sobre nuestros enfrentamientos.
En los cuentos está una parte fundamental de la obra narrativa de José María Merino. Hay unanimidad al considerarlo uno de los incuestionables maestros actuales del género breve. En ellos podemos encontrar asuntos poco visitados en la narrativa española, que proceden sobre todo de la naturalidad con que se introduce lo fantástico, como un hallazgo que supura en lo cotidiano o un descubrimiento que perturba lo real. Merino reclama para nuestra literatura una tradición tenue pero segura de lo fantástico, que se remonta, según él, a cuentos como Lo que le sucedió a un Deán de Santiago con don Illán, el Gran Maestre de Toledo, y a otros selectos antepasados que en todos los siglos han mantenido esta misteriosa llama, desde El peregrino en su patria de Lope de Vega hasta Smith y Ramírez de Alonso Zamora Vicente, pasando por el Jardín de flores curiosas de Antonio de Torquemada o las Leyendas de Bécquer y, por supuesto, en el rico patrimonio del cuento popular, que tanto ha interesado a Merino en la herencia de las tradiciones orales.
Cuentos del reino secreto, El viajero perdido, Cuentos del Barrio del Refugio, Cuatro nocturnos, Cuentos de los días raros, Las puertas de lo posible jalonan, entre otros títulos, en que el género literario canónico deriva hacia otras opciones más experimentales, un panorama creativo lleno de hallazgos y sugestiones, donde el cuentista demuestra ser dueño absoluto de un arte difícil, que siempre mantiene en vilo el reto de la intensidad y la medida.
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Vuelvo a recordar, finalmente, esa idea que le hemos escuchado a Merino en su discurso de que la ficción construye una forma exclusiva de verdad, como servidora de eso tan escurridizo que llamamos realidad. Y la cita de Maupassant sobre el alma de las palabras, sobre el hecho de que la mayoría de los escritores solo les piden un sentido, pero que es preciso encontrar esa alma que aparece en contacto con otras palabras. El alma es siempre un término vagoroso e inquietante, un indicio en este caso de lo que un maestro tan poco dado a la retórica como Maupassant podía sugerir respecto al misterioso hallazgo de las mismas, al encuentro que en ellas teje la materia narrativa como destino irremediable de las ideas que se pueden contar, las que auspician el relato.
De la palabra se trata. De este bien del que cuida la Real Academia Española y donde, desde esta tarde, tienes, José María, un sillón que colma el sueño de aquel niño que fuiste, fascinado precisamente por eso, por la aventura de las palabras en los diccionarios y enciclopedias de tu infancia, que abrieron el mundo a la aventura de la vida y a la aventura de la literatura.
Yo puedo confesar que el privilegio de darte ahora la bienvenida, se cuenta entre las cosas más satisfactorias que me han sucedido. La amistad tiene lugares de encuentro variados e inolvidables, y el de esta tarde es tan simbólico que puede deslizarse en una maravillosa percepción imaginaria, como la del cuadro del cuento que nos acabas de contar sin haberlo escrito.
Bienvenido seas.
Notas del artículo:
El cuadro referido en este Discurso es Las tres gracias de Altagracia, de Félix de la Concha, Óleo sobre lienzo, 75 x 122 cm. (2008)