OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Enero 2010. Antilde;o cuatro. Número once

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Datos de la revista, enero 2010, año 4, número 11
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“Ficción de verdad”

 

Discurso del Excmo. Sr. D. José María Merino

Página 2

El cuadro suscitó mi interés por el lugar y la actitud del grupo, y el pintor me contó que esa casa se encuentra en una provincia remota del país caribeño, junto a un río que, como consecuencia de los fortísimos y frecuentes temporales, crece tanto que ha estado a punto de arrastrarla, dejando los cimientos ya muy carcomidos por las violentas avenidas, como los de otros habitáculos de la villa. También  me contó que las mujeres de la ventana eran hermanas de la muchachita.

_Mientras estaba pintando el cuadro pasó un hombre a mis espaldas y se dirigió a la muchacha. “¿Qué estás haciendo, Débora?”, le preguntó, y la muchacha exclamó, con una seguridad que me dejó perplejo: “¡Me llevan para España!”, como si estuviese convencida de que su figura en mi cuadro le garantizaba un viaje real.

En el mismo momento de escucharlo intuí que en el cuadro había la semilla de una ficción.  Por eso le pedí que me dejase la fotografía, y durante los días siguientes fui acopiando información y tomando notas para lo que podía ser un relato. Imaginé, para empezar, que una situación similar a la de mi conversación con el pintor y el descubrimiento de la imagen que yo había hecho en la realidad eran el punto de partida para la ficción: un pintor muy cercano a un escritor le muestra los resultados de su trabajo en un lugar del trópico americano, aunque en la ficción no a través de fotografías, sino de los propios lienzos, que ha transportado enrollados.

Ya he cruzado el umbral de lo que comunica lo real con lo ficticio y aunque el pintor y el escritor mantuviesen nuestros verdaderos nombres,  he entrado en un territorio de absoluta libertad para mi invención. El escritor que imagino puede tener cincuenta años, bastantes menos que yo, y una de las razones de su interés por esa pintura está en que ha nacido en los mismos parajes que rodean el espacio pintado, pues es hijo de un exiliado de la guerra civil que se casó en aquellas tierras con la hija de un indiano español. El escritor de mi relato ha vivido en aquel país caribeño  hasta poco después de la muerte de Franco, momento en el que regresó a España con su familia. El antiguo exiliado, que se había enriquecido en aquellas tierras dedicándose al comercio de exportación e importación, ha fallecido hace pocos años, dejando a los suyos en buena posición económica, y el escritor vive en España con su madre, muy delicada de salud y con la cabeza bastante perdida.

Como el desarrollo del relato se va a basar fundamentalmente en la personalidad del escritor, puedo imaginar que se dedica a la narrativa histórica, relacionada con la conquista española del Caribe y de México, aunque por su temperamento tiende al ensueño y a cierta permanente sensación de irrealidad. También quiero añadir que tanto él como su madre permanecen en España por una inercia sobrevenida tras la muerte del padre y marido, pues en realidad nunca se han acostumbrado del todo a vivir en este país.

***

¿Son todo esto que estoy señalando, aunque invenciones mías, puras falacias desvinculadas de la realidad? Pienso que no, si ustedes me lo permiten, primero porque plantean referencias admisibles como ejemplo de un hipotético caso real. Y es que la inicial verdad incontestable de la ficción se encuentra sin duda en la recreación, por medio de una invención que pertenece sobre todo a lo intuitivo, de movimientos, actitudes y sentires humanos, de su origen y evolución, de sus manifestaciones y crisis.

En la ficción, desde aquellas primitivas historias orales hasta las sujetas a los diversos requerimientos de la literatura, está la historia más segura de nuestros sueños, de nuestras emociones, de nuestras maneras de actuar. Únicamente en la ficción, desde la imaginada en la inmensa prehistoria oral hasta la expresada mediante las palabras impresas en libros para ser leídas, o declamadas en un escenario, o incorporadas al artificio cinematográfico, se localiza la certera reconstrucción de lo que somos, presentada de manera tal que podamos analizarla con reflexión serena y distante. Es más, acaso nunca seamos capaces, en la vida real, de penetrar en los recovecos del alma humana con la finura que podemos utilizar en la ficción, y no necesito para ello acudir a ninguno de los innumerables ejemplos de personajes cuya forma de sentir y de pensar hemos desentrañado dentro de la literatura con mucha mayor claridad que si fuesen vecinos, amigos o familiares nuestros de carne y hueso. Privados de ese instrumento que nos ha ido dando signos o reflejos certeros de nuestra condición, los seres humanos no seríamos capaces de comprendernos a nosotros mismos.

En tiempos recientes, el descubrimiento de un padre incestuoso que, en la Europa de hoy, ha mantenido durante casi treinta años encerrada en un sótano a una hija para violarla y engendrar en ella nuevos vástagos, escandalizó al mundo ante los extremos de horror a los que puede llegar la conducta humana, pero yo recordé una antiquísima pieza de nuestro romancero que ya contaba una historia similar:

El buen rey tenía tres hijas
muy hermosas y galanas;
la más pequeña de todas
Delgadina se llamaba.

Un día sentado a la mesa
su padre la reparaba:
_Delgadita de cintura
tú has de ser mi enamorada.

_No lo quiera el Dios del cielo
ni la Virgen soberana,
que yo enamorada fuera
del padre que me engendrara…

Como ustedes saben, Delgadina, encarcelada por su padre con la complicidad de su madre y de sus hermanas, acaba muriendo de hambre y de sed. Y es que es difícil encontrar una situación humana que no haya sido prevista o relatada por la ficción, e incluso es difícil, en algunos aspectos patológicos, poder esclarecer la realidad sin ayuda de la literatura.

Para acotar el campo de mi reflexión, voy a evocar una vez más la gran novela del siglo XIX. Porque el siglo XIX se puede estudiar desde la historia, pero para entenderlo en sus claves humanas profundas hay que acudir a la literatura. Si solamente analizásemos la información estadística acumulada en archivos y registros sobre nacimientos y muertes, alimentación y epidemias,  las crónicas de sucesos, los censos y relaciones de contribuyentes, estamentos y clases sociales, oficios y profesiones, los roles laborales en lo agrícola, en lo pesquero, en lo minero y en lo fabril, los conflictos sociales o bélicos, la actividad policial, los sistemas de comunicaciones,  es decir, los conjuntos de datos, fechas y cifras de la vida colectiva de ciertos países, por ejemplo Inglaterra, Rusia, Francia y España en esa época, apenas llegaríamos a vislumbrar la multiplicidad de factores comunitarios y los sentimientos individuales que, sin embargo, surgen con segura naturalidad en las novelas y cuentos literarios: las hermanas Brönte, Dickens y Thomas Hardy; Pushkin, Chéjov, y Tolstoi; Balzac, Stendhal y Zola; Emilia Pardo Bazán, Clarín y Galdós nos  muestran, a través de sus ficciones, unos panoramas sociales y familiares, urbanos y rurales, inmediatamente accesibles, más allá de las estadísticas y de las reseñas puramente históricas, con las claves certeras de la urdimbre social y del componente moral. Porque la novela, la ficción, la verdad poética de la literatura desentraña la realidad de una forma que, por muy imperfecta que pueda ser, jamás podrá llevar a cabo el estudio más refinado de los puros datos y de los meros hechos.

No es raro pues que, cuando desde el positivismo científico se intenta crear una “ciencia del alma”, se busquen los nutrientes en  las fuentes de la literatura, y voy a referirme muy brevemente a Sigmund Freud, que para intentar crear esa ciencia afrontó enigmas y secretos que parecían indescifrables o demasiado terribles, desde indicios y claves que ya se habían apuntado con certeza en la ficción arcaica y en la literatura. Freud descubrió en la ficción literaria un conjunto decisivo de respuestas a los arcanos de la conducta humana. El escritor Arthur Schnitzler manifestó su admiración ante la inmensidad de lo que Freud había leído. Como conocemos bien, algunos textos de los clásicos griegos le ayudaron a encontrar la huella de ciertas vinculaciones psíquicas, pero su bagaje literario no solamente incluía a los clásicos grecolatinos  y a los clásicos y contemporáneos alemanes, sino a un conjunto que abarca la Biblia, Dante, Shakespeare, Cervantes –además del Quijote, las Novelas Ejemplares, pues con algún amigo escolar jugó a llamarse con los nombres del Coloquio de los perros- Andersen, Dostoievski, Oscar Wilde, Mark Twain e infinidad de libros y escritores más,  y en esa obra monumental que es La interpretación de los sueños, ya desde sus inicios nos está hablando un lector que conoce, no solo a muchísimos estudiosos del tema, coetáneos suyos, sino también a muchos clásicos grecolatinos y hasta a aquel curioso precursor, en la interpretación onírica,  que se llamó Artemidoro de Daldia. Freud fue capaz de descubrir en la ficción un conjunto relevante de respuestas a los arcanos de la conducta humana, aplicables incluso a su propia biografía. Muchos de sus conceptos –como los de Eros y Tánatos, o la especulación sobre el doble- vienen de la ficción mítica o literaria. En cierto modo, se podría definir la teoría del psicoanálisis como un territorio conquistado por Freud, desde su inspiración de apasionado lector, a la ficción, a la invención literaria, insustituible registro profundo de la realidad humana.

Pero no me he remitido a Sigmund Freud para hablar de psicología, sino de literatura, para señalar con mayor énfasis la historia de los comportamientos y sentimientos humanos como verdad irremplazable, indiscutible y principal de la ficción, necesaria para comprenderlos en la propia realidad.

Claro que tales comportamientos y sentimientos no pueden reflejarse de la misma forma en un cuento literario que en una novela. Los requisitos de brevedad, condensación, concisión expresiva y hasta rapidez que el cuento lleva consigo, frente a los de mayor extensión y duración, con posibilidades de divagación, prolijidad y dispersión, y hasta de ritmo más lento, que caracterizan a la novela, hacen que las conductas de los personajes deban ser tratadas de forma diferente, y que en el cuento tengan que sintetizarse en aspectos especialmente significativos, desde un propósito de sugerencia mucho más entregado a la colaboración del lector. Si en toda la narrativa hay una regla según la cual la intensidad suele ser inversamente proporcional a la extensión, en el cuento la regla tiene particular rigidez  y afecta de modo especial a ese desarrollo de las conductas de los personajes.

***

De manera que tengo a mi personaje, ese escritor oriundo del lugar donde el artista realizó su pintura, intentando descifrar la ficción que puede estar escondida dentro del cuadro cuya contemplación suscita en él también el recuerdo de ciertos espacios, brillos y olores que guarda en su memoria. Quiero advertir que tales estímulos son reflejo de los mismos que sugiere la imagen en mí al recordar los lugares de Centroamérica y del Caribe que conocí por primera vez hace treinta años, colaborando en algunos proyectos educativos, de modo que mi personaje, a quien no voy a dar nombre, pues esto no es un cuento sino la aproximación a ciertas claves narrativas,  se compone, para empezar,  de experiencias mías, procedentes de la persona que yo soy.

Debo añadir que pretendo que el personaje de mi historia mantenga, a pesar de los años que lleva en España, bastante relación afectiva con el país natal. He aquí el aspecto que será determinante para redondear el perfil de su conducta, con esa propensión al ensueño y a cierta permanente sensación de irrealidad a las que antes aludí. A lo largo de su infancia y juventud, tan placenteras en el país natal, estaba presente sin embargo en la casa familiar la añoranza española del padre, que recordaba su propio país como un paraíso perdido, el lugar más agradable y precioso del mundo, lo que también en el niño y en el muchacho fue creando una curiosidad un poco anhelante por conocer aquel lugar que el padre tanto echaba de menos. Pero cuando se produce el regreso del padre a la patria, en compañía de su familia, el hijo no encuentra en el lugar del nuevo destino aquel paraíso que el padre añoraba, sino un habla de extraña melodía y un entorno de desconocidos en una ciudad más incómoda que la propia y cuyas maravillas no lo deslumbran en la medida que esperaba. Tampoco el padre reconoce del todo el país y la ciudad que tanto había mitificado en su exilio. Sin embargo, la familia acaba acomodándose a la nueva situación, aunque en el joven irá creciendo, por su parte, una añoranza de la tierra natal similar a la que sentía el padre mientras duró su propio alejamiento.

Y sigamos con el necesario perfil del personaje, sin olvidar que ya Hemingway dijo que“el escritor debe conocer bien la trama,  pero no tiene por qué dejárselo ver todo al lector:  a su madre, como apunté antes muy delicada de salud y en los inicios de la demencia senil, la suele sacar de paseo una mujer inmigrante de su misma procedencia, y no lejos de la casa en que ellos viven se extiende la zona madrileña, entre Tetuán y Cuatro Caminos, donde han venido a instalarse muchas de las gentes que, provenientes de su misma tierra, han cruzado el océano en la aventura de la emigración para intentar ganarse la vida en mejores condiciones que las propias del lugar originario. A mi personaje le gusta visitar de vez en cuando esas calles por reconocer algo de aquello, tan grato para él,  que debió dejar atrás. Con esta alusión a los emigrantes y a su instalación en la ciudad,  aclaro que, cuando la muchachita real que estaba pintando el pintor real le contestó a aquel interlocutor desconocido: “¡Me llevan para España!”, sin duda estaba aludiendo, por encima del eco de ciertas posibles resonancias animistas que su afirmación pudiera manifestar, a aquel viaje que tantos compatriotas habían, han, realizado ya.

Claudio Guillén, en su ensayo El sol de los desterrados: literatura y exilio, repasa la figura de quienes sufrieron a través de los siglos la expulsión o la pérdida forzosa de su país, y de qué manera fueron manifestando su forma de sentir el destierro, desde Aristipo de Cirene, nacido cinco siglos antes de Cristo y al parecer el primer tratadista del asunto en Occidente, hasta Juan Ramón Jiménez y otros representantes de la “España peregrina”, pasando por Séneca, Ovidio, ciertos poetas de la antigüedad china, Dante y muchos otros que, por razones religiosas o políticas, se vieron forzados a la expatriación. Me interesa rescatar de ese ensayo una evocación de Wladimir Nabokov, que en un artículo incluía una cita apócrifa de Plutarco, también estudioso del exilio, según la cual un guerrero antiguo habría escrito: “por la noche, en campos desolados lejos de Roma, yo plantaba mi tienda y la tienda para mí era Roma.” Y quiero recordar,  también citados por Claudio Guillén en ese mismo texto, unos versos de Rafael  Alberti,  que desde la visión del Paraná recuerda la tierra originaria:

Esta ventana me lleva,
la mire abierta o cerrada,
a Jerez de la Frontera.

Que este campo,
donde galopan o duermen
los caballos
y este río,
por más grande que parezca,
son Jerez de la Frontera.
…………………

Por último, hay otro texto evocado por Guillén, este de Juan Ramón Jiménez, que me conviene en especial como pórtico al ulterior desarrollo de mi proyecto narrativo:

Y por debajo de Washington Bridge, el puente más amigo de New York, corre el campo dorado de mi infancia… Bajé lleno a la calle, me abrió el viento la ropa, el corazón, vi caras buenas. En el jardín de St. John the Divine, los chopos verdes eran de Madrid, hablé con un perro y un gato en español, y los niños del coro, lengua eterna, igual del paraíso y de la luna, cantaban con campanas de San Juan…

Del mismo modo, el protagonista  de mi posible historia  ha podido advertir que esos emigrados laborales de su país natal viven al tiempo la duplicidad de estar en Madrid y en el lugar originario. Se reúnen a menudo, bailan bachata, salsa y merengue para celebrar sus fiestas, su demanda ha provocado la aparición de establecimientos donde encuentran las imágenes de sus devociones particulares y hasta los elementos para preparar los platos propios de su cocina nacional. El escritor de mi historia sospecha, como yo mismo, que en todo emigrado hay una conciencia que se reparte en dos, la que corresponde a la vida en el país de destino, donde se trabaja mucho y duro para sobrevivir y enviar algún dinero a los familiares del país originario, y otra, esta difusa pero permanente, que lo mantiene allí, en el ámbito nativo, en los lugares de las primeras experiencias humanas, como en una ensoñación que se materializa precisamente en las reuniones con los compañeros emigrantes, en la animación de esos bailes  con la música de siempre, en los banquetes para consumir, como en una comunión simbólica, el sancocho, el asopao o los tostones.

***

El escritor de mi relato ha sujetado con unas chinchetas el óleo, por los bordes del lienzo, a una pared de su estudio,  y mientras imagina escuchar el sonido del cercano río –por aquellos mismos parajes, entre praderíos,  tenía su familia una casita de descanso, un caballo, aparejos de pesca, libros, los entretenimientos de las vacaciones- contempla la imagen y piensa en esa muchacha que, cuando el pintor la retrataba,  se sentía al parecer inmersa en las circunstancias de un tránsito peculiar.

Pasa algún tiempo y se repiten, sucesivas, las rutinas domésticas: la llegada de la mujer que viene tres veces a la semana para sacar a pasear a su madre, la presencia de otra que diariamente hace las faenas de casa.  Transcurren las jornadas sin que al escritor de mi posible relato se le ocurra nada apropiado para esa historia que intuyó que el cuadro escondía y, para liberarse de lo que parece empezar a ser una obsesión desasosegante e improductiva, y continuar con un proyecto que la llegada del pintor con sus cuadros había interrumpido, una nueva novela, desclava el óleo de la pared, lo enrolla y lo guarda, con el propósito de devolvérselo a su amigo. Sin embargo, el personaje de mi relato no se pone a trabajar en su proyecto de novela, sino que deja a menudo la casa para  deambular por las calles mucho más de lo usual, en una desazón que lo lleva a cambiar sus hábitos horarios de compra de la prensa y del café de sobremesa. Y sigue pasando el tiempo.

El tiempo es otro de los elementos de la ficción, no solo como tema o motivo, sino en su propia sustancia, pues la narrativa, entre las demás virtudes, tiene la de poder realizar viajes en el tiempo con mayor precisión que la memoria, y también la de conservarlo –no otra cosa que tiempo “en conserva” son una novela o un cuento literario, capaces de hacerlo reproducirse siempre que se lleve a cabo su lectura- pero es sobre todo una forma, una materialización, si se puede decir, de tiempo, algo bastante complicado al parecer desde la perspectiva de las leyes de la física. Por eso, al escribir la narración que barrunto, su credibilidad, aparte de que consiga desarrollar ciertas situaciones que sean aceptables para el lector, incluso a pesar de que puedan salirse de las convenciones de la lógica ordinaria, tendrá mucho que ver con mi manera de utilizar el tiempo. Además, uno de los principios básicos de la ficción narrativa es el del movimiento, tan vinculado al tiempo. Un texto que pretenda contar una historia, pero que no se mueva proponiendo mudanzas, por leves que sean, puede presentar una prosa brillante, pero nunca alcanzará la verdadera sustancia de lo narrativo.

Así que no voy a esperar más para mover la trama. Unos días después de su renuncia a seguir intentando imaginar esa posible historia, y de haber quitado de la pared el óleo, y de haber empezado a  deambular con frecuencia y sin rumbo por las calles, el escritor de mi posible cuento recibe una llamada telefónica: a la mujer que acompaña a su madre en los habituales paseos le han surgido algunas dificultades para poder seguir cumpliendo ese trabajo durante una temporada, y le anuncia que, en las próximas jornadas, va a hacerse cargo de la tarea una muchacha de toda confianza, pariente suya, que acaba de llegar de la lejana isla. Y al día siguiente, a la hora convenida para el paseo que los médicos han prescrito dentro del tratamiento de la anciana, se presenta en su casa una muchachita vestida con una camiseta blanca en la que figuran  un delfín y una tortuga, y una falda carmesí.

La muchachita está plantada delante de la puerta, con las manos cruzadas bajo el vientre, y con vocecita en la que se marca con firmeza el acento de la isla caribeña, le dice que es Débora, la sustituta de la acompañante habitual, la nueva encargada de pasear a doña Altagracia.

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José María Merino

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Antonio Skármeta
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