Prohibido pasar la senda

Sobre el libro homónimo

Por Michel Martín

L-Diaz-Canto-opiniones-6-OtroLunes34En principio, aceptar las más que probadas razones que existen para agrupar en esta suerte de antología lo que, a mi juicio, es más representativo en la poesía de Lourdes Díaz Canto, aunque la informe summa de poemas que podían ser agrupados en cada una de las cinco partes que conforman este volumen, obligaron a excluir otros que sufren aún un inmerecido desamparo editorial.

Me pareció el más acertado de los criterios reunir estos poemas por los temas, estilos y tonos, y no por sus formas métricas; anteponer la lógica numeraria a la organicidad de los sentimientos comunes sería injustificable. Sin embargo, no estoy seguro de que sea esta la única forma en que pueden ser antologados, o que se trate de una selección incuestionable, y si algo me anima a escribir estas palabras, luego de que el hecho fue consumado, son algunas evidencias que permiten probarme a mí mismo que he obrado de buena fe.

Para saldar la deuda de quienes han vivido muchos años cerca del mar, que es el único paisaje que no cambia a ojos vista, y en su persistente compañía ahogamos tantas veces la angustia y la soberbia, comienza este poemario con un dolor y una nostalgia marinos, dejando en el alma el salitre de un sinfín de iniquidades y algunos viejos miedos. Los poemas reunidos en Con agujas de coral no podían ser sino la edulcorada versión que ofrece el alma humana de los insalvables entresijos del mar.

Se suceden con sobresaltada naturalidad los que eluden otros pesares casi domésticos en los que solo un espíritu muy elevado consigue ver una grandeza traducible al lirismo, y aún sahumado, consiguiendo que podamos sentir la ira, el desdén, el vacío, la ansiedad que sintiera ella misma cuando escribió sus versos. El amor, los afectos familiares, la casa, la muerte, las elegías a los amigos que no están, la apropiación oportuna y mágica de algunas glosas, el sentido redimensionado de otros epígrafes, hilvanados con fina paciencia y que dan sin embargo la sensación de que fueron tratados en un tiempo que no rebasó unos pocos días, y sorprende saber que entre un poema y otro que separa apenas una página puede haber más de cuarenta años de diferencia, y si la autora hubiese tenido el cuidado, o el interés, de fechar cada uno de sus poemas al pie, notaríamos cómo vamos y regresamos a través de los años, sin que sintamos los cambios bruscos que a menudo la carga del tiempo, las felicidades o los infortunios nos hacen sufrir. Ningún azar transformó sus sentimientos y aseveraciones, la diafanidad de sus premoniciones o la dignidad órfica de sus más íntimos recelos.

Esa superstición de antologador que nos lleva a creer en la insoslayable necesidad de justificar el orden y la razón de cada verso, me sugirió colocar en segundo lugar los poemas reunidos en Prohibido pasar la senda, por el coprotagonismo que en toda la poesía de Lourdes comparten las pasiones y los desengaños, tratados con una dolorida paciencia que a veces se confunde con la resignación, cantos que saldan deudas, erigen y destronan ídolos; y continuar con aquellos de gratitud filial y los poemas a los amigos; y por último los que impone el tiempo y algunos inmerecidos olvidos, un ajuste de cuentas que anticipa al de la divina providencia, una multitudinaria soledad que degusta en la polvorienta escribanía, los que nadie ha podido dejar de escribir, los poemas a la ancianidad y a la muerte, visita que no se anuncia y siempre se espera con la tranquilidad indescriptible de la costumbre.

Este libro es, en resumen, una compilación de poemas de disímiles etapas de creación de la autora, que conserva, a pesar de ello, un tono elevado y desligado de insípidos aderezos o falso sentimentalismo.

 

Prólogo a Prohibido pasar la senda, Ediciones Mecenas, Cienfuegos, 2002.