Lourdes Ortiz (1943) es una de las más reputadas novelistas de la narrativa española contemporánea. Su escritura ha abordado además el ensayo, el artículo periodístico y la literatura dramática. A su aportación a este género y la recepción por parte de los medios dedicamos el presente artículo. Aunque la repercusión pública de su obra narrativa, e incluso ensayística y periodística hayan sido mayores que la obtenida por su teatro, la trayectoria profesional y personal de Lourdes Ortiz parece singularmente vinculada a la escena. Ha ejercido durante largo tiempo como catedrática de Historia del Arte en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid (RESAD), en la que, además, desempeñó algunos cargos de responsabilidad, entre los que destaca la dirección del centro, a cuya modernización y consolidación contribuyó de forma notable. Y ha ejercido también un magisterio y una influencia notables sobre muchos creadores egresados de la institución, a los que ha alentado y para quienes ha servido de referencia intelectual, profesional e incluso personal. Lourdes Ortiz es además -y conviene subrayarlo- espectadora asidua del teatro madrileño, al que dispensa una atención amistosa y cordial, pero exigente y crítica.
Desde hace algunas décadas ha abordado la escritura dramática, estimulada, como ha comentado en alguna ocasión, por los encargos o, al menos, por las peticiones, inspiraciones o sugerencias de colegas, amigos e incluso estudiantes. Su producción para los escenarios no es abrumadora, puesto que ha compaginado la escritura dramática con los demás géneros mencionados, singularmente con la novela, y también con la docencia y con distintos modos de participación en la vida pública, con la que mantiene un compromiso al que no quiere renunciar, pero sí ha sido constante y ha ofrecido una relación de textos que merecen ser considerados a la hora de dibujar un panorama del teatro español durante las últimas décadas del siglo XX y las primeras del XXI. Tenemos noticia de, al menos, una docena de textos, estrenados o publicados. La audacia y la energía a la hora de abordar los temas desarrollados en sus piezas han fortalecido su condición de dramaturga que sirve de referencia a otras autoras y a la sociedad en su conjunto. Su figura se convierte en relevante.
Significativamente la crítica académica y universitaria, española y extranjera, ha dedicado valiosos trabajos a sus aportaciones a la escena y ha destacado la importancia de su teatro. Las perspectivas de esos estudios han sido muy diferentes. Por ejemplo, la revisión de los mitos clásicos ha sido el objeto de trabajos firmados por investigadoras como Pilar Nieva de la Paz (1996; 267-273), María José Ragué-Arias (1989: 23-24), Francisca Vilches (2005), Diana de Paco (2001:378-384) o Cristina Santolaria (1996:653-658). No son pocas las autoras que han dado preferencia al tratamiento del tema del terrorismo en la obra de Lourdes Ortiz, tales como Hazel Cazorla (2000: 26-31), Iride Lamartina-Lens (2005:39-44) o Manuela Fox (2011:13-37). O han estudiado su obra desde su relación con el feminismo ensayistas como Natalia Cacellieri (2005: 65-86). El erotismo de su teatro ha sido estudiado, por ejemplo, por Alicia Casado (2004: 33-44). Dru Dougherty (2004:139-150) ha prestado atención a uno de sus textos más significativos: El local de Bernardeta A. Virtudes Serrano (2004: 561-572) ha contextualizado la obra de Lourdes Ortiz en el teatro español contemporáneo, singularmente en el ámbito de la escritura femenina. Y han ofrecido sólidas visiones de conjunto sobre su obra los investigadores Fernando Doménech (1992: 36-38, 1998: 57-62, 2001: 5-8 y 2016: 11-16 y Felicidad González Santamera (1991: 7-ss.). No son los únicos nombres que podrían citarse.
En el conjunto de su obra son perceptibles algunos de los rasgos que caracterizan a los escritores de su generación, aquellos que alcanzaron su primera madurez en los últimos años de la interminable dictadura y que fueron consolidando su obra durante los años de la Transición democrática, de modo que dejaron sentir su magisterio sobre las generaciones más jóvenes, de las que fueron profesores o a las que les sugirieron nuevas vías de abordar la creación escénica.
Es una generación que creyó en el valor político del teatro, pero que cuestionó el dogmatismo o la existencia de fórmulas únicas para organizar la vida en común. Una generación que se mostró crítica con cuanto sucedía a su alrededor, que prestó atención a los excluidos por el sistema y que advirtió en fecha temprana de los abusos y las perversiones a las que conducía el capitalismo. Una generación que hizo hincapié en las contradicciones a las que la situación histórica había abocado, pero que no tuvo reparo en asomarse también a las propias contradicciones personales y cuestionar el papel del intelectual contemporáneo en un tiempo nuevo y en permanente proceso de cambio.
Esta generación se mostró -aún sigue mostrándose- combativa y responsable durante décadas, pero no pudo evitar el desencanto ante la realidad que depara la sociedad española tras las esperanzas e ilusiones puestas en una transformación más profunda durante los años de la lucha contra la dictadura. Decepción que, tiempo después, se ha podido alimentar también de la disolución de unos ideales que imaginaban una sociedad más justa en todo el mundo. De ahí que su escritura se impregne progresivamente de un cierto sarcasmo y resulte dura y hasta inhóspita por momentos.
Desde la perspectiva estilística, la generación a la que pertenece Lourdes Ortiz ha combinado los tonos hiperrealistas, e incluso la visita a los territorios sórdidos de la marginalidad, la exclusión o la violencia, con el recurso a los motivos de la cultura establecida o la historia canónica, aunque con frecuencia estos aparezcan glosados, reinterpretados, subvertidos, revisados o parodiados. No es extraño que la literatura clásica pueda convivir con la actualidad mostrada por la prensa o que, en los ambientes que han servido a veces a formas teatrales costumbristas y hasta sainetescas, irrumpan personajes procedentes de la mitología griega, por ejemplo. Lo poético convive con lo cotidiano, lo onírico con el realismo. El lenguaje, muy cuidado, entrevera los más diversos registros y la intertextualidad y la cita invaden los textos literario-dramáticos de los autores de esta generación (es particularmente visible en el teatro de Lourdes Ortiz), aunque casi siempre la intertextualidad está atravesada por la ironía.
En este contexto, Lourdes Ortiz escribe un teatro personal, claramente reconocible, aunque no renuncie a los supuestos estéticos e ideológicos que pueden advertirse en otros colegas de su generación. Una mirada sobre su obra nos revela enseguida el predominio de los motivos procedentes de la mitología, de la épica y de la tragedia griegas -y también latinas- (Penteo, Aquiles y Pentesilea, Fedra, Dido en los infiernos) y de la literatura bíblica (Las murallas de Jericó, Yudita), o la mezcla de ambas en Electra-Babel. Aparecen también personajes o fábulas procedentes de otras tradiciones literarias (Cenicienta, El local de Bernardeta A.) o incluso personajes históricos, tomados no tanto desde su significación política, sino precisamente desde su condición de seres asociados a la leyenda, convertidos en emblema de una felicidad personal y colectiva imposibles (Rey loco. Las últimas horas de Luis de Baviera). Naturalmente en todas estas obras los motivos de referencia aparecen tratados con suma libertad y con originalidad personal, sin ánimo de ajustarse a los tratamientos canónicos, sino, precisamente, desde una lectura contemporánea que actualiza su fuerza y su capacidad evocadora y simbólica. Lectura discrecional, desde luego, pero no caprichosa ni arbitraria.
El teatro de Lourdes Ortiz pone en primer plano a la mujer. La mera lectura de sus títulos así lo pone de manifiesto (A los ya citados habría que añadir Olivia y Macedonia). Sin embargo, las figuras femeninas que se toman como referencia para los títulos (y como consecuencia para la inspiración de las obras) son casi siempre figuras ambivalentes, marcadas tanto por la injusticia o la violencia sufridas -sobre su propio cuerpo o sobre su identidad o su estima-, pero también por sus actos vengadores o justicieros, de naturaleza violenta a su vez, con ellas mismas y/o con sus rivales, que son también sus amantes (en amores consumados o no) o pertenecen a su propia familia. Así, Judith, Fedra, Electra, Pentesilea, Dido o, a su modo, las Bernarda Alba y Adela lorquianas. Lo cual nos sitúa ante un universo femenino dominado por la violencia (casi siempre cruenta, no solo simbólica o moral) y por la frustración de un fracaso, tantas veces irreversible, del que las protagonistas son a un tiempo responsables y víctimas. Ciertamente, en la revisión de estos mitos que realiza Lourdes Ortiz no siempre estas mujeres actúan como lo hicieron sus homónimas predecesoras e incluso en algún caso -el de Fedra, por ejemplo- renuncian a la violencia cuando el deseo que perseguían se ve satisfecho. Pero la violencia tampoco es ajena a los personajes (o a los universos) masculinos en la obra de Lourdes Ortiz: Penteo, Aquiles, Luis de Baviera o el Romano son también víctimas de la violencia. Crímenes, suicidios, venganzas, actos sacrificiales o de justicia poética, orgías de sexo y sangre, asesinatos traicioneramente preparados, secuestros, formas de exclusión u opresión social, etc., son los rasgos que dominan un panorama dramático poderoso y estremecedor, tomado como punto de partida para la reflexión política y vital. Al deseo de una vida feliz y libre se contrapone en el teatro de Lourdes Ortiz una fuerza demoledora que se asocia a supuestos ideales de heroicidad, grandeza, eficiencia económica, pureza religiosa o moral, conveniencia política, normas sagradas e irrevocables. Esta fuerza destruye inevitablemente los anhelos de felicidad personal y colectiva o cualquier forma de desarrollo vital armónico.
A lo largo de las páginas siguientes ofrecemos algunos de los materiales publicados en la prensa española con motivo de los estrenos de las obras teatrales de Lourdes Ortiz. Entre ellos incluimos tanto las críticas propiamente dichas, como artículos en los que se presenta o se comenta un determinado estreno y también entrevistas con la dramaturga o con otros creadores.

