En la voz del viento

Sobre su obra poética

Por Mayra Hernández Menéndez

Lourdes Díaz Canto y Mayra Hernández Menéndez, en Miami, 2014.

Lourdes Díaz Canto y Mayra Hernández Menéndez, en Miami, 2014.

Para la cienfueguera Lourdes Díaz Canto (1932) la décima y el soneto son fundamentales en su obra (aunque no desdeña el verso libre). En 1988 publicó una plaquette con el sugestivo título La tristeza, que incluye seis estrofas independientes y una serie de tres. Además, tiene un libro aún inédito, «En la voz del viento», del que el Indio Naborí ha expresado:

Es un conjunto de décimas que se caracterizan por un tono delicado, auténticamente poético. Aquellas que se refieren a temas autobiográficos son de una suave y profunda intimidad. […] Las glosas arriban victoriosamente a sus pies forzados y dejan constancia del paisaje en la que la autora canta […]. En conclusión, consideramos que hay mucha poesía en este decimario, donde la décima reivindica su origen lírico, intimista, elegíaco y amoroso.2

En sus estrofas, Lourdes deja al descubierto estados emotivos, sentimientos, ansias, desvelos. Es la voz de una mujer que se duele de la tristeza, el amor, el olvido, la soledad… Sirvan de ejemplos cuatro décimas independientes, en las que los logrados recursos del lenguaje poético (como la anáfora, la interrogación, la conduplicación y la derivación, fundamentalmente) le dan a la palabra un mayor valor gramatical, semántico y lingüístico:

Convite

La tristeza me convida
a que tomemos un trago.
Tristeza invita, yo pago,
y brindamos por la vida.

La tristeza no se olvida
de volverme a convidar.
Yo me olvido de pagar
y así desarmo a Tristeza,
que se aleja de mi mesa
buscando a quien invitar.

 

Nótese aquí cómo el sustantivo tristeza, en tanto estado anímico, está personificado, y justamente este uso de la prosopopeya le permite a la poetisa demostrar su poder de sobreponerse y derrotar a su objeto lírico, cuando logra «alejarlo de su mesa», o sea, de su vida, aunque sea de forma ocasional.

Responde

 

¿Tan poca cosa es mi amor
que tu amor no ha despertado?
¿Tan débil, que no ha llegado
a ti, estando alrededor?

¿Es tan triste y sin color
que no es capaz de ganarte?
¿Tan sin luz, que por mirarte
no lo miras en mis ojos?
¿Tan frágil, que sus antojos
No son dignos de antojarte? 3

Es ese mundo interior de Lourdes —donde caben a un tiempo el amor y la tristeza— el que sale a flote en estos versos. Sin embargo, tanto en esta como en la anterior décima, su amor triste o, si se quiere, su tristeza amorosa, no impide que se vislumbre cierta ironía, detrás de la cual se esconde una mujer que pretende ser fuerte ante este sentimiento e incluso ante la «Muerte»:

Muerte: yo peleé contigo
desde aquella infausta vez
en que me postré a tus pies,
Muerte, como ruin mendigo.

Que te vencí, no lo digo;
pero te sobreviví.
Y cuando llegues a mí
reclamándome, altanera,
iré, pero a mí manera,
no corriendo tras de ti…

En esta décima destaca, como en «Convite», también el uso de la prosopopeya, pero aquí reviste una doble connotación: semántica y emotiva. Por un lado, no se trata de una muerte física sino espiritual, por eso confiesa, en la primera redondilla, su sumisión ante ella; sin embargo, por el otro, demuestra que va a enfrentarla con la misma altanería que le otorga a ese objeto poético en la segunda redondilla, con la que culmina imponiéndole a la muerte que no la aceptará fácilmente sino «a mi manera».

Es oportuno señalar que, a pesar de seguir la tradicional línea espineliana (en cuanto a metro y rimas) y no emplear encabalgamientos, desde el punto de vista tipográfico divide las estrofas. En los dos primeros ejemplos separa la redondilla inicial de los seis versos restantes (4-6) y en «Muerte» utiliza la fragmentación de 4-2-4, o sea, las dos redondillas aisladas de los versos de enlace.

En la cuarta y última décima que transcribiré («A veces»), deja atrás los toque irónicos para hacer gala de su dominio de la palabra, estableciendo un juego entre al;gunos sustantivos y sus desinencias (con verbos y adjetivos):

A veces sueño que sueñas
este dolor compartido,
este dolor repetido,
este desdén que desdeñas.

A veces cuando te empeñas
en soñar mi ensoñación,
soy ilusa a tu ilusión
y tierna ante la ternura,
y enloquezco en la locura
pasional de tu pasión.

Y con un tono lírico e intimista no escapan a su sensibilidad esos pequeños detalles cotidianos, como el sonido de la guitarra o el de una puerta al abrir y cerrar; el asomarse a la ventana «para ver pasar / el tiempo que se acompaña», o contemplar una flor, el portal —donde «se sirve la taza / de aromático café»—; el típico taburete; la tinaja, ese «oscuro vientre preñado, para el parto de la sed»; la lluvia, cuyas gotas son «como enardecidas notas / de triste y salobre llanto».

En resumen: Cienfuegos tiene en Lourdes Díaz Canto  uno de sus nombres más significativos en la décima.

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Notas del artículo

  1. Este texto está incluido, como capitulillo, en mi libro Hombres necios que causáis… Estudio sobre el discurso femenino en la décima en Cuba, Premio de Ensayo Razón de Ser (1999), publicado por la Colección Mariposa, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2001, pp. 129-132.
  2. Esta valoración de Jesús Orta Ruiz quedó como prólogo a ese decimario [aún] inédito de Lourdes Díaz Canto.
  3. Esta décima pertenece a un breve poemario (Cabriolas poéticas) publicado por la Colección Mar Adentro, de la Editorial Mecenas (Cienfuegos, 1993), y con el que Lourdes Díaz Canto obtuvo el Premio Clotilde del Carmen Rodríguez, en 1990, conferido en su provincia.