La niña Lourdes

Sobre su obra poética para niños

Por Mirtha Luisa Acevedo Fonseca

Mirtha Luisa Acevedo, una de las más fieles promotoras de la obra de Lourdes Díaz Canto.

Mirtha Luisa Acevedo, una de las más fieles promotoras de la obra de Lourdes Díaz Canto.

«Una muchachita delgadita y bastante más esbelta que el resto de las niñas del barrio… De facciones agradables, melena trigueña que no llegaba a los hombros, ojos de un poco frecuente color glauco, muy expresivos, nariz pequeña, frente despejada —expresión de inteligencia—, rostro sonriente, de cutis muy blanco y labios de bordes afilados, muy dulce, de habla sosegada…».

Así la describe un amigo, compañero de juegos de su hermano Juan, quien asegura haber advertido desde entonces la capacidad creadora de la niña que ya, desde la temprana edad de nueve años, leía a aquellos poetas clásicos españoles cuando Carlota, la madre, le increpaba: «A ver, Coral, leamos unos versos», o en otros momentos la invitaba: «Ven, Brujita, que estos te van a gustar», y fue desde entonces asidua a la literatura e invitada por las musas a escribir sus primeros versos.

A los 10 años la temática universal la inspiró en una sentencia que ya supo escribir:

 

Por la magia del Amor
(si es como dicen),
hasta los mal amados
¡son felices! (MAGIA)

 

La niña Lourdes era la organizadora de los juegos infantiles en el grupo de pequeños y pequeñas, y sobresalía por sus posibilidades para entusiasmar a otros con los cantos y juegos tradicionales. «Hacía con sus amigos sesiones de trabalenguas o salía a la acera a saltar del brazo de las otras más pequeñas en aquellos juegos de Chiquitín, chiquitero o Teresa la Marquesa», según cuenta su amigo. Por eso no es de extrañar que más tarde escribiera poesías a Los tres cerditos, Aladino, El Flautista de Hamelín, Ricitos de Oro o la invitación rimada a leer a Platero, entre la numerosa obra dedicada a los niños, que aparece en los libros publicados o en periódicos y revistas dentro y fuera de Cuba.

Esta afición por los temas infantiles le acompañó a cuantos proyectos se proponía. Así escribió el programa radial Casacón y Casaquín, con una mirada a la actuación, al canto o el baile, iniciada en la infancia, como narra su amigo: «…yo observaba las iniciativas novedosas que impartía a los juegos que organizaba con mi hermana y otras amiguitas… Una cajita de zapatos con un rollito corredizo de imágenes en colores de recortes de los muñequitos semanales con una velita detrás era un fabuloso cine… Para ver al Capitán y los cebollitas, Benitín y Eneas, y Anita la huerfanita», o como más adelante refiere: «…cuando en el pasillo de la casa colgaba una sábana contra la pared improvisaba el escenario de un teatro y asignaba un papel a cada uno de los amiguitos, para que actuaran…».

En todos los géneros ha podido crear esta autora, y especialmente en la narrativa. Ha escrito cuentos de ciencia-ficción cercanos a la literatura contemporánea para niños y jóvenes, en la que los viajes espaciales y los personajes de otras galaxias parecen novedosos, como los que hallaron un lugar en aquellos de Atenderlos con urgencia, escritos por Lourdes en 1993.

Aquella infancia transcurría en un ambiente hogareño bajo la tutela materna y con la complicidad de Colín, el padre atento a sus modestos gustos. La casa se convertía en un recinto propio para el encuentro de los amigos y amigas de Lourdes, quienes especialmente se reunían en el traspatio:

…una pequeña selva privada, llena de mariposas y lagartijas, algunas hasta de dos rabos, eso era para nosotros el patio trasero de su casa. Al evocarlo me parece respirar aún el aroma del jazmincillo de cinco hojas que allí abundaba, y escuchar  el estruendoso ruido y la trepidación del tren cargado de azúcar hacia los muelles, que cruzaba del otro lado de la cerca, y comer algún que otro mango bizcochuelo, que allí goteaba… y degustar alguna que otra refrescante champola de guanábana que preparaba Carlota…

Esa es la flora y la fauna en la poesía de  Lourdes. En su bestiarium no hay animales de selvas foráneas: solo las hormigas, las mariposas o los lagartos; todos merecen una mirada de esta escritora que sabe encontrar belleza en lo más inusitado. Un lugar especial dedica al caballo, no como símbolo de poder o grandeza; en su libro Alazán y Balancín es el caballito de mar, el del ajedrez, el caballito del carrusel, o aquel del niño más pequeño:

 

Caballito balancín,
alazán de mecedera,
se une mi pelo a tu crin
y mi piel a tu madera.
Caballito mecedera
¡alazán de balancín! (BALANCÍN)

 

La niña Lourdes, nació en Cienfuegos, y la recreación una y otra vez del paisaje de su ciudad frente al mar, engalana su quehacer. Ese signo de modernidad de la literatura citadina tiene en esta autora un sello muy personal, pues ha hecho lúdicro el paisaje con su libro Ciudades. La casa puede ser de las hormigas, o el palomar, ahí está la colmena y sus abejas y la vitrina de su casa. Todas son ciudades soñadas, pero la real, la verdadera, aquella donde nació y ha vivido desde hace tantas décadas, esa para distinguirla es innombrable, la representa con su pronombre posesivo:

 

Mi ciudad tiene dos puertas
abiertas de par en par
una, la vieja Calzada;
otra, la ruta del mar.

 

Y tiene muchas ventanas
de asomarse, mi ciudad;
y un techo azul; y un gran mapa
donde se puede pescar. (DE PESCAR)

 

En otros casos, la ciudad está en aquellas leyendas hechas poesía cuando compartía sus inquietudes literarias con otros escritores en el Boletín Literario Mercedes Matamoros, en el que lograron publicar durante años las mejores creaciones de los autores locales.

No podemos decir que la niña se hizo grande. La verdadera grandeza de Lourdes Díaz Canto es una profecía desde su infancia, como bien ha narrado su amigo Idalberto Matamoros Vilaomat, coetáneo de esta autora, quien nos ha permitido entresacar de sus recuerdos a aquella niña que hoy nos acompaña, y para quien su hijo, los nietos y la bisnieta resultaron el leit motiv de su más reciente creación.

A sus nietos mayores dedicó parte de su obra. Karelia, la princesa, y el bondadoso Sergio. Lo que no imaginaba que cuando a él dedicó aquellos versos titulados «Canción de Sal», lo vería ahora consagrado a quien es la Sal de la Vida.

La niña cienfueguera, figura entrañable de esta historia de ciudad al lado del mar, le canta a sus tradiciones, a su paisaje y a sus sueños, desde sus primeras aproximaciones a la poesía, cuando pactó con lo más alto, desde sus tan solo 14 años.

 

Versos

No me escudo tras el verso;
el verso es lanza, no escudo.
Con versos ato al perverso;
mi verso es lazo y es nudo.

 

Martí, en versos te converso
y me contestan a mí
todos tus versos. Martí,
somos del mismo universo.

 

Y donde hay pétalos tersos
y hay espinas, voy allí…
No a separarlos, de ti
aprendí a unirlos en versos.