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Hinojosa Smith: El lector lee porque le gusta leer; ni para qué ir más allá. Se divierte, se aprende, se educa, y hasta puede edificarse uno al leer lo que sea. Esos ingredientes puede ser que toquen la política, pero eso ocurre en mi país y, por lo que conozco, trata lo social, que es parte de la política. El difunto Per Wahloo y su mujer publicaron doce novelas y si las lees, te das cuenta de la vida económica y social en Suecia; lo mismo verás si lees a Padura, a Nicolás Freeling, a Reverte, a equis. Como dije, no hay límite y no creo que la novela negra latinoamericana se distinga de las otras.
Lozano: Sin duda tiene otros ingredientes, que han contribuido igualmente a la consolidación del género y que tienen que ver con su acercamiento a la realidad, al hecho de haberse convertido, como decía antes, en un instrumento indispensable de análisis y crítica social, sin perder por ello esos otros elementos a los que haces referencia de divertimento e intriga que tan atractivo lo hacen. Pero no creo que sea una característica exclusiva de la novela negra latinoamericana, que sin duda está viviendo un magnífico momento, sino de la novela negra que se escribe actualmente en el mundo. Desde luego en Europa, donde tenemos sobrados ejemplos, pero también en la que va naciendo en Asia –véase Qiu Xiaolong- o en África –como es el caso del argelino Yasmina Khadra y su comisario Llob o del maliense Moussa Konaté y su comisario Habib-. Creo que aquí y allá la novela negra actual surge de la necesidad de sacar a flote la enorme cantidad de basura que inunda el mundo, desde la corrupción hasta la injusticia, desde el totalitarismo hasta la grandes mentiras con que el poder disfraza las peores atrocidades para hacerlas más digeribles a una sociedad dispuesta a dejarse engañar con tal de que no le toquen su bienestar, mentiras de las que lo sucedido en la guerra de Irak se ha convertido en paradigma.
Franco Ramos: Creo que tiene ingredientes inherentes a nuestra realidad social, como son la violencia, la injusticia, la impunidad, el crimen como resultado de una miseria social y psicológica.
Mallo: La novela negra es un divertimento, sin duda, como toda novela lo es. No se lee ninguna novela sino como divertimento. También la satisfacción de esa necesidad de intriga que tenemos los humanos, una sublimación quizás, de las tres preguntas existenciales. ¿De donde vengo?, ¿Quién soy?, ¿Adónde voy? Pero no es sólo eso, es mucho más. Aún las novelas de enigma al estilo inglés, se ocupaban de retratar su tiempo, sus costumbres y las motivaciones para el crimen. Proponían de algún modo una reflexión sobre la vida y la muerte. Luego la novela negra pasó a los Estados Unidos, donde los autores americanos como Hammett y Chandler, entre otros, la sacaron de los salones imperiales y la llevaron a la calle, a la gente común, a la confrontación del detective independiente, individual, con gobiernos locales corruptos y policías pegadores, pero cuidándose de cuestionar al gobierno federal. Allí la retoman lo escritores latinoamericanos y le aportan la experiencia socio política derivada de gobiernos corruptos, totalitarios y brutales, la pobreza derivada de ellos. Las novelas latinoamericanas instauran la realidad socio política como paisaje, hablan de la sociedad en la que transcurren. El crimen dentro de un paisaje criminal. Eso en cuanto a las tramas, pero también hacen una aportación significativa en relación con el lenguaje, enriqueciendo las historias con términos de una gran potencia gráfica extraídos del habla delincuencial y carcelaria. Otro ingrediente importante se verifica por ausencia. Dado que en Latinoamérica es prácticamente inexistente la figura del investigador privado, tan frecuentada por los norteamericanos, ha sido preciso crear personajes diferentes, con otras motivaciones que el dinero para investigar el crimen en cuestión. El amor, la pasión, la necesidad de justicia, la venganza, el odio, toman el lugar del dólar en las motivaciones del protagonista. Aportes por cierto nada menores, de los que autores europeos, al estilo Mankell, Pérez Reverte y tantos otros, no han dudado en echar mano.
La Torre Lagares: La novela negra, como toda la literatura y el arte, muy bien entra en ese intento fútil que tiene el ser humano en completarse a sí mismo. Hablo de futilidad en la medida que nunca sabremos que habrá frente a nuestros ojos mañana. La literatura es, en cierto sentido, una reposición de esa carencia. Dentro de esto, más allá de ser un mero relato entretenimiento (que conste: la literatura sí es para entretener también), la novela negra latinoamericana tiene entre sus componentes el efecto de lo social político, menos patente y/o consciente que en la novela histórica, pero no por ello menos importante. Al contrario, la novela negra latinoamericana pudiese leerse –hasta cierto punto- como una sátira revertida de las consecuencias económicas y políticas en Nuestra América. En ese sentido, la novela negra puede ser más efectiva y mordaz que la propia novela política, porque convoca lo lúdico, lo maravilloso real (que no se confunda con lo real maravilloso, ¿eh?), donde la realidad abruma la ficción misma, que es a fin de cuentas la revelación, epifanía o visión indecible que nos avisa que esto ya no es Kansas, Toto.
Hernández Luna: Mmmmm… ¿Que está escrita por latinoamericanos? ¿Que en ella se plasman una bendita diversidad de españoles? ¿Qué en la mayoría de tramas los gandallas son los poderes políticos? No quiero repetirme, me parece que dije algo al respecto en la respuesta primera. Además, no soy bueno teorizando sobre literatura.
Padura: Una mirada sobre la Cuba que yo veo y que trato de reflejar en mis libros: desasosiego, desencanto, nostalgia, agotamiento, necesidad de aferrarse a los grandes valores (la amistad, la pertenencia, la cultura). La posibilidad de escribir lo mejor que soy capaz de escribir. No asumir el género como un espacio cómodo, sino como un desafío... Como ves, soy muy pretencioso, y eso que me limité en la enumeración.
Hinojosa Smith: Como sabes, empecé la serie The Klail City Death Trip (El viaje de la muerte en Klail) que cuenta con trece o catorce novelas y uso todo tipo: la epistolar, la fragmentaria, la dinámica, la lineal, y, dada la violencia interna de México que atañe a la frontera Texas-Tamaulipas donde nací, publiqué Partners in Crime el '85; luego, el '98 publiqué Ask a Policeman, ya que la violencia había acrecentado y ambas cabían dentro de la serie porque vengo contando la historia de mi región desde sus comienzos como la última colonia española en lo que es ahora Estados Unidos hasta el presente
Lozano: De las cuatro novelas negras que tengo publicadas, tres de ellas están centradas en África, dos en la emigración mal llamada ilegal y una en la figura de Thomas Sankara, ese referente absoluto y desconocido –fuera de África- de la política progresista, honesta y eficaz del continente africano. Si alguien encuentra en ellas un motivo para acercarse a una realidad a la que estamos acostumbrados a dar la espalda, para saltar por encima del muro de silencio que los países poderosos han levantado en torno al continente para ocultar la lucha sin cuartel que mantienen entre ellos por el control de sus recursos, si a alguien le permite ver al emigrante con una mirada exenta de miedo, recelo, desconfianza, de ser humano a ser humano, me doy por plenamente satisfecho con haberlas escrito.
Franco Ramos: La verdad es que siento que caí en el género por accidente porque nunca pienso en géneros cuando escribo. Fui el primer sorprendido cuando Rosario Tijeras fue nominada y luego ganó el Premio Dashiell Hammett en Gijón. Pero fue una sorpresa muy agradable porque además me permitió entender mejor la novela negra. Y a los lectores les permitió conocer un aspecto crudo de la realidad colombiana: el drama de los jóvenes en el mundo de las mafias.
Mallo: Lo que dije antes: cuestionar y problematizar el género. Transgredir sus límites, romper sus preconceptos como modo de dotarlo de una mayor libertad que nos confronte, para superarlo, con el miedo al desamparo y a la soledad que es la otra cara de la libertad.
La Torre Lagares: Con la deferencia que merecen los grandes del género en lengua castellana, como Vázquez Montalban, Juan Madrid, Eduardo Mendoza, Leonardo Padura o tú mismo, Amir Valle, y a pesar de que Bolaños la llevó a otra fase, la novela negra por excelencia sigue proviniendo del mundo anglosajón, con mayor fuerza desde los Estados Unidos, donde hay una gran industria cinematográfica que de algún modo se sustenta a la vez que fortalece al género. Para mí, la relación entre cine y literatura corresponde tal vez a la que una vez hubo entre poesía y teatro, y por tanto, mi escritura está permeada de ciertas cualidades cinematográficas. Esto, si se usa bien, agiliza y le da dimensión al género. Pero mi intención con la novela negra es elevarla, nutrirla, dimensionarla. Mi fascinación con las teorías de conspiración –de las cuales, no todos los países latinoamericanos participan tan directamente como participamos los puertorriqueños– fija un territorio poco visitado en la literatura latinoamericana y entrega la novela negra a otro juego, a la hibridad, a la constante reformulación del género. En Puerto Rico, detrás de toda esa violencia de la que hablé, hay una historia que nos han construido, que nos han dado, que hemos heredado, y que repetimos en el tiempo, y en la que me inserto y de la que me alimento. El tipo de novela negra que escribo me permite visitar toda esa geografía de la historia, que es, al fin y al cabo, otra ficción.
Hernández Luna: No me gustaría aparecer únicamente en los catálogos de novela negra o policial. Existen muchos otros registros de mi labor literaria. Pero si esto no ocurriese me parece que en los recursos poéticos del lenguaje tengo una ventaja sobre los colegas de oficio y eso me gustaría que fuera señalado o advertido por quienes leyesen algo mío. Acepto la rechifla instantánea por semejante acto de vanidad, pero me atengo a lo publicado hasta ahora. ¿A qué viene esto? A una eterna disputa con mis colegas cuando hemos tenido oportunidad de reunirnos y hablar al respecto. La entropía es un código de claves que tarde o temprano se repiten entre sí. Esto me parece una constante en la obra de muchos. Siempre he sostenido que para escribir buena novela policíaca hay que leer a Cortázar. O para escribir buena ciencia ficción haber pasado por Esquilo o Pedro Páramo. Es decir, abrir la posibilidad de registros múltiples, oxigenados.
Padura: En estos momentos, muy mal. Antes -entre los años 1970 y 1980- hubo la ilusión de que se vivía un esplendor de esa narrativa. Hoy la mayoría de esos libros son ilegibles, pura arqueología literaria. Pero pienso que hoy el problema es que son muy pocos los autores que se deciden por la novela negra (por incapacidad, por prejuicios, por temor, por lo que sea) y mientras hay un cierto auge de la novelística cubana (yo no diría boom) somos pocos los que escribimos novela negra, con conciencia de que la hacemos y con intenciones verdaderamente estéticas y participativas. En mi generación -los que nacimos en los años 1950- estoy solo como un perro. Entre los autores anteriores, no hay, hoy por hoy, nada interesante. Entre los más jóvenes, dos o tres empecinados. Y nada más. Lo cual resulta lamentable, porque creo que hoy, más que en años anteriores, Cuba es un buen escenario para la novela negra, al menos del modo en que yo la entiendo y te la comenté antes...
Hinojosa Smith: Como sabes, Poe empezó este género en Estados Unidos durante el primer tercio del siglo XIX. Desde ese tiempo hasta el corriente, la novela negra, detectivesca, que se señalan como thriller, suspense, mystery, procedural, etcétera, siempre ha sido y sigue siendo popular. Bien puede ser que los siguientes apellidos son bien conocidos: Hammet, Chandler, Ellery Queen, Van Dyke, Stout, Spillane, Leonard, Highsmith, y muchos otros más. Sí está y sigue gozando de salud.
Lozano: Bueno, muy bueno. Ha contribuido como pocos otros géneros a explicar la España del post franquismo, sigue abordando críticamente los grandes problemas de nuestra sociedad, de la mano de muchos y en algunos casos grandes escritores, va dejando atrás, como decía antes, el lastre de la consideración de género menor. Aunque quizá muchos lectores, al oír el apellido de negra, encasillen esta novela en un compartimento estanco ante el que pasan de largo, cuando en realidad la novela negra es hoy, me parece, un género de géneros, el género más mestizo entre todos, y en ella se dan cita la novela política, social, histórica, y más aún.
Franco Ramos: Todavía no se ve una corriente clara de escritores que apunten a escribir únicamente novela negra. Así como me sucedió a mí, si caen en ella es por accidente. En cuanto a lectores cuenta con una excelente acogida.
Mallo: La novela negra en Argentina, luego de los magníficos libros de Soriano, Walsh, Dal Masetto y Sasturain, entre otros, pasó por un largo periodo de latencia. Afortunadamente, a partir de algunos resonantes éxitos, el interés por escribir y leer novelas policiales ha renacido con todo vigor. Sin pecar de modestia, mi novela La Aguja en el Pajar fue una de las que alumbraron ese renacimiento. Escritores jóvenes y no tan jóvenes están abrazando el género con mayor o menor fortuna, pero constituyéndose en una singular fuerza literaria. Necesaria también ya que las desgraciadas acciones de los gobiernos latinoamericanos, tan frecuentemente involucrados en la corrupción, el crimen y el autoritarismo, y de sociedades inestables y violentas, a la vez que son (lamentablemente) una fuente aparentemente inagotable de material, es precisa una muy seria reflexión que pueda conducirnos a una situación más pacífica y previsible y, en consecuencia, más aburrida.
La Torre Lagares:Pues, todo lo que he expuesto anteriormente se sostiene para la condición de la novela negra en Puerto Rico, con algunos agravantes: si la novela negra es mirada como un género menor, en Puerto Rico es casi inexistente, por considerarse anti-literaria y como quien dice, poco adherida a la hispanofilia. Existe Wilfredo Matos Cintrón, que escribe el tipo de novela “hard-boiled”. Edgardo Rodríguez Juliá ha llevado el género a un estado de aceptación dentro de lo que se consideraría lo “politically correct”, porque es Rodríguez Juliá, y su presencia en nuestra literatura se lo permite. Por supuesto, Luis López Nieves con El corazón de Voltaire ha sentado pautas en las técnicas de narración con una novela donde nunca vemos los personajes, solo sus escritos de correo electrónico. Entre las generaciones más jóvenes, me gustan Rafael Franco Steeves y Juan Carlos Quiñones entre las mejores plumas. Le dan aire y vitalidad al género. Pero, debo indicar que existe cierta renuencia de las promociones recientes para tratar el tema político directamente. No obstante, opino que si bien la novela negra proporciona ese medio propicio para crear una literatura que se aparte del canon impuesto en Puerto Rico por los últimos 50 o 60 años, también creo que a este género no se le puede excluir de la visión política. Puerto Rico es un país donde se vive una intensa violencia diariamente. En la ciudad de San Juan, el enclaustramiento colonial, o post-colonial, –sin considerar que es una ciudad “amurallada”– nos ha llevado a ese vórtice donde se nos reducen los espacios físicos y por ende los psicológicos. Todos estos asuntos epistemológicos que se originan en el desarrollo y el deterioro de una “polis”. Claro, creo que en los próximos años veremos un resurgir de la novela negra en Puerto Rico. El momento histórico lo amerita.
Hernández Luna:Si nos remitimos al género, la verdad es que el panorama es desalentador. No se publican más de dos o tres títulos por año. Y de ahí a que estos sean rescatables… Asiduos del género Haghenbeck, Bernardo Fernández, Elmer Mendoza. Incursiones extrañas como la de Cristina Rivera Garza, por ser mujer y autora de una buena novela como La muerte me da. ¡De los norteños no tengo ni idea! Respecto al sur… ¿existe?